Un café con Florencia Buenaventura

Diciembre 20, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Especial para GACETA
Un café con Florencia Buenaventura

Florencia Buenaventura.

Echando mano de su formación como artista y como psicóloga, esta caleña se le midió a indagar la psiquis de las mujeres de ‘Cien años de Soledad’. El resultado es un libro con sus retratos que, además, explora e imagina sus vidas.

Florencia, ¿cómo surge la idea de explorar la vida de ‘Las mujeres de Macondo’?

Yo desde muy joven he sido apasionado lectora de Gabriel García Márquez. Hace unos 15 años, cuando me fui a estudiar arte a Francia, me pidieron que hiciera un proyecto para grabado. Yo propuse hacer las mujeres de Macondo, así que ya llevo como  20 años con la idea en la cabeza. 

Pero la idea de indagar sobre sus vidas se concretó cuando en el taller de escritura de Julio César Londoño  me pidieron  hacer un ensayo, y se me ocurrió presentarlo analizando el carácter de las mujeres de Gabo en Macondo. Lo que descubrí fue bien interesante porque era como si García Márquez hubiese  atomizado la psiquis femenina en mil mujeres. Eso  me llamó profundamente la atención.

 Y aunque el proyecto no nació con la intensión de convertirse en libro, un par de editoriales vieron el proyecto y les encantó, así que me lancé en esta aventura. 

Podría decirse que hay  una dosis de atrevimiento en este proyecto pues no deja de ser riesgoso meterse con personajes de ese calibre, como todos los de  García Márquez...

 Es cierto que sí  hay algo de atrevimiento, pero eso hace parte de mi personalidad. Siempre  he tenido esa característica de atreverme a  buscar otros mundos sin temor de nadie ni de nada. Ahora,  si hay alguien que respeta a García Márquez soy yo. Y en eso sentido no estoy atropellando a nadie ni a nada. 

De otra parte, la psiquis de las personas es un agua en la que yo navego fácilmente pues durante 20 años he sido terapeuta y el tener al frente el carácter y poder mirar con otros ojos a un ser humano no me es para nada difícil.

¿Le resultó difícil el proceso de escritura?

Al principio fue un trabajo en solitario. Luego, cuando la editorialCangrejo Editores le apostó al proyecto, fue un trabajo  con la editora muy arduo hasta el punto que lloré varias veces. Fue un trabajo de aprendizaje, pero en el que siempre pedí que dejaran mi voz. No tengo pretensiones de escribir como nadie ni parecerme a nadie. Quise que fuera un trabajo auténtico ante todo. 

¿Qué fue lo que más la sorprendió de estas mujeres? ¿Cuál de todas la cautivó más?

Me sorprendió  la ternura de Rebeca, teniendo en cuenta que fue una niña de 7 años que llegó tocando las puertas de los Buendía con  los huesos de sus papás en una taleguita y que llega a  comer cal. Me enterneció tanto por esa soledad que  decidí inventarme la historia de quiénes habían sido sus papás. 

Otra que me tocó mucho fue  el carácter frío y despota de Fernanda Del Carpio, una mujer que pareciera no tener alma. Yo pensaba que uno no puede ser tan duro en la vida,  entonces me meto con ella para indagar las posibles causas que la llevaron a ser así. 

Remedios La Bella también me sedujo, al punto que empiezo a imaginarme  donde cayó, luego de haberse elevado. 

 Y es imposible no mencionar a  Úrsula, esa mujer  que lo sabía todo, que tenía el carácter de las mujeres de esa época,  poco afectuosa, un poco dura y recia,  pero que siempre estaba presente y quien en el fondo llevaba toda la carga  de Macondo. 

Pero en total son 16 mujeres, todas maravillosas y con unas características muy especiales que las hacen únicas y maravillosas. Me he regocijado enormemente en ellas.  

Háblenos de los retratos. ¿Siguen la línea de lo que usted venía haciendo antes?

Yo soy bastante ecléctica en mi pintura, uso desde acuarela hasta crayola,  acrílico, plumillas y lápices de colores... Siento que cada vez tengo una línea mucho mas personal, que me he apropiado del color plano y  de la expresión de la mirada. Al principio tenía mucho miedo de pintar retratos, porque siempre había tenido acercamientos a la figura humana como una totalidad abstracta. Al retrato le tenía   cierto respeto, pero me metí en ellos y me atraparon y siento que cada día quiero seguir pintando más.

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