Un abrebocas del libro de Margarita Rosa de Francisco, 'El hombre del teléfono'

Enero 02, 2017 - 12:00 a.m. Por:
Especial para El País
Un abrebocas del libro de Margarita Rosa de Francisco, 'El hombre del teléfono'

'El Hombre del teléfono' de Margarita Rosa de Francisco. (158 páginas). Lumen.

Por cortesía de Penguin Random House presentamos un fragmento del libro de Margarita Rosa de Francisco.

El teléfono está sonando. Qué raro; ¿quién podrá ser a medianoche? No quiero ni pararme para no sentir el estómago como un balón. 

Contesto y del otro lado me saluda un hombre con un tono de voz muy sereno, me dice que me llama desde Bogotá, que no le ha sido difícil conseguir mi teléfono porque es periodista, pero que no tiene la intención de hacerme una entrevista. Quiere simplemente pedirme permiso para cambiar su apellido por el mío y decirme que ha fracasado como ateo, porque, según él, yo soy la prueba de la existencia de Dios. Curioso que nada de esto me extrañe. 

He contestado a las preguntas personales que me ha hecho sin ningún filtro, como si fuera mi terapeuta. Tan necesitada me siento de ser tenida en cuenta en estas estériles dos de la mañana. ¿Tanto duró la conversación? La verdad, él habló casi todo el tiempo, y no me pareció que mintiera cuando me aseguró que no estaba borracho. ¿Quién es este señor que me ha endulzado el oído para convencerme de que soy la más bella de las bellas y que tengo mirada de domingo por la tarde? Me ha preguntado que si puede llamarme todos los días a esta misma hora. Barajó las palabras con la destreza de un prestidigitador, se ve que ha leído mucho (eso me ha acobardado bastante). Yo, en cambio, me estoy dedicando a ver programas de concurso en la televisión, a sufrir de desamor y a atarugarme de comida chatarra cuando me quedo vacía como un abismo. Sin duda mis clases de actuación son lo único que por el momento saca la cara por mi cultura, pero sobre todo, por mi locura. El hombre del teléfono es un tipo brillante y supremamente gracioso, que parece que me hubiera rescatado en el último instante de las garras de un monstruo voraz. Con él he reído a carcajadas y me ha hecho sentir apetitosa de nuevo, aunque no muy inteligente. “Claro que sí podés llamarme”, le confirmé al final. Cómo no convertir aquellas palabras tan insoportablemente oportunas en vendas dulces para curar las heridas de mi ego tasajeado.

Me he levantado a oír Doidice de Djavan y le di play a un casete de José Antonio Méndez porque me puse contenta y no puedo conciliar el sueño. Acabo de grabarme en el contestador cantando a capela el bolero ‘Nos hemos separado’ y el chachachá ‘Dime qué es lo que te pasa’. De pronto sentí ganas de cantar para ver si por fin me reconcilio con mi desabrida voz sin vibrato; a veces la odio por ser tan infantil y debilucha, sin embargo, canto cuando mi ánimo mejora y entonces ella parece robustecerse como por hechizo. Sin duda me ha alentado la llamada reparadora de mi extraño admirador, ya no me siento la mujer más despreciada de este mundo (no puedo dejar de fantasear con el posible comienzo de una extravagante historia de amor). Esas casi dos horas de conversación han logrado distraer el impacto del reciente zapatazo en el plexo solar que produjo el desolador “cuídate mucho” dedicado por el amante antes de que la puerta se me cerrara en la cara, como una bofetada. ¡Qué llamada para haberme caído estupendamente bien!

Algo raro pasa cuando me dejo fluir en el llanto mágico. Me ocurre cuando ya no me defiendo más del sufrimiento y me tiendo, así como lo hice hoy, en el suelo o sobre la cama, sin cruzar los brazos ni las piernas, y lloro, gritando desde el diafragma, entregada al dolor con plenitud, tocando el piso de todos los órganos del bajo vientre, que es de donde se sacan las fuerzas para volver a nacer. Es un llanto que no puedo provocar voluntariamente, me ocurre igual que si empezara a llover, pero en vez de resguardarme me dejo diluviar toda por dentro, hasta que mi cuerpo escampa. Todas las veces que sucede llega una señal directamente del cielo, o la voz de algún ángel se deja oír cuando ya la tormenta ha pasado y el paisaje de mi mente es un llano quieto y plateado por la inundación.

  En este remanso de cansancio es cuando he recibido llamadas claves.

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