Totó La Momposina celebra medio siglo de vida artística con su álbum ‘El asunto’

Totó La Momposina celebra medio siglo de vida artística con su álbum ‘El asunto’

Noviembre 23, 2014 - 12:00 a.m. Por:
Lucy Lorena Libreros | Periodista de GACETA
Totó La Momposina celebra medio siglo de vida artística con su álbum ‘El asunto’

Totó la Momposina hace parte de una generación brillante de cantadoras del Caribe, junto a Petrona Martínez y Etelvina Maldonado, que murió en 2010. Fue Totó, sin embargo, la que logró brillar internacionalmente.

Este trabajo musical, nominado al Grammy Latino de este año, que recoge la esencia de lo que ha sido su música en todo este tiempo: celebrar a ritmo de cumbias, mapalés y bullerengues, las historias del diario vivir de campesinos y pescadores. Memorias de la hija del zapatero de Magangué.

Cantaba en las calles, en el metro, en los mercados de pulgas, en los bares, en pequeños restaurantes. Era la Francia de comienzos de los años 80 y quien cantaba era una morena robusta, de rizos desordenados, dientes blanquísimos y voz recia, cuyas melodías estaban más cerca del río Magdalena que del Sena: chalupas, cumbias, bullerengues, mapalés y garabatos.Era, pues, una música casi incomprensible. Exótica. Ella misma lo parecía. Muchos —lo recuerda hoy entre risas— se le acercaban a tocarle sus túnicas de colores y ese cabello siempre en desorden para comprobar si era real. Otras veces vivía la incomprensión de saberse “de piel oscurita”. Una noche de lluvia necia en París, buscó refugio en un bar. A los pocos minutos el dueño la sacó a empujones y la tiró al suelo. Ya para entonces a Sonia Bazanta Vides le decían Totó. Totó, la Momposina. Así comenzó a llamarla su madre desde niña, allá en Talaigua Nuevo, el pueblo del sur de Bolívar donde nació. Sonia —que aún no sabía hablar— escuchaba los tambores que interpretaban su papá y sus tíos e intentaba imitar su sonido: “to-tó”. Lo de Momposina llegaría más tarde. Porque ella misma lo decidió. Porque Talaigua Nuevo estaba “pegaíto” a Mompox, esa isla que parece haberse detenido en un siglo lejano y que flota con su historia de grandeza de otros tiempos sobre el Magdalena.A Francia había llegado Totó como la integrante de la cuarta generación de una familia dedicada por entero a la música folclórica. Con cerca de 40 años, decidió viajar por su cuenta a Europa (donde acabó quedándose por cinco años) tras intuir, casi desde la adolescencia, que era necesario difundir ese legado —tan negro y tan indígena a la vez— de tambores machos y hembras, gaitas y flautas de millo. Era la banda sonora de su infancia. Esos días en que su mamá, con sus hijos todos metidos bajo un toldillo, en una casa de palma, “nos echaba fresco en noches cuya temperatura no bajaba de 40 grados”. Los días en que esa misma mamá les enseñaba a sus pelados a bailar la danza de los indios farotos de la raza chimila. En que Daniel, su papá, se ganaba la vida como zapatero en Magangué y en los que su abuelo les repetía que uno venía a este mundo con la ‘guitaca’, eso que todos llamamos ‘tener oído’. Los días reveladores en que Totó comprendió que el tambor no era un simple trasto de parranda: era la resonancia espiritual de una comunidad en el duelo y en la fiesta, en el nacimiento y en la muerte.Notificada entonces de que su destino era la música, eso que con los años ella misma nos contó que se trataba de “bailes cantados”, primero integró una agrupación familiar con sus padres y hermanos. Después conformó una propia.“Cuando empecé a salir al escenario con cinco hombres músicos —recuerda Totó— me tildaron de promiscua. Encima, decían que la música tradicional no existía. O que era simplemente cosa de negros. Pero eso, lejos de atemorizarme, me convirtió en una guerrera. Sabía que era yo quien tenía la razón. Y del puro coraje con el que cantaba, terminé por afectarme la garganta”.Hoy, con 74 años, un premio a la excelencia musical entregado el año pasado por la Academia Latina de la Grabación y una decena de álbumes —“pocos, la verdad, porque he sido más una artista de escenarios que de estudios de grabación”— la ‘diva descalza’, como la bautizaron en los escenarios de Europa por su costumbre de saltar al escenario sin zapatos, celebra cincuenta años de pura terquedad con ‘El Asunto’, el primer álbum que graba para Sony Music, después de años de independencia musical.Allí, cada tema celebra lo que ha sido la esencia de su música, la cotidianidad de la vida rural. El anuncio de la tormenta, los cantos de la entraña popular, la fe del pescador con cada subienda, las hormigas abriéndose paso entre la tierra, la muerte del caimán. Esa vida que pasa entre cada son, cada puya, cada merengue.Maestra Totó, ¿qué es en realidad ‘El Asunto’?La vida misma. Ser cantadora no es solo cantar afinao. Es saberse una mujer que ha crecido en un contexto, en una cultura, en un paisaje que no se parece a ningún otro. Entonces, cantar es como vivir una especie de ritual. Hay cantadoras con grandes cualidades vocales, pero que no tienen ‘el asunto’. Porque ser cantadora es ser también una líder de su pueblo. Y su pueblo es Talaigua, en la isla de Mompox. ¿Cómo ha logrado mantenerse ‘anclada’ a la vida de su pueblo cuando no para de dar conciertos por el mundo?Es casi una necesidad. Si bien mi bandera ha sido la de llevar nuestra música por el mundo, me gusta estar atenta a la manera como evoluciona nuestra tradición acá, en Colombia. Además, usted no se imagina lo que es estar en Londres y extrañar un viudo de bocachico. ¿Cómo explicar que el brillo de su carrera le haya llegado en escenarios de Europa y Estados Unidos y no en Colombia, la cuna de esa tradición que usted abandera?Porque uno va entendiendo que en Europa a los artistas nos consideran profesionales. Por eso es que he dado conciertos en Alemania, por ejemplo, donde probablemente el público no entiende lo que canto, pero que lo vive con una emoción y un respeto impresionantes. Igual en Francia, el primer país que le abrió las puertas a mi música. Lo triste es que en Colombia, en la Colombia urbana, ya no se escucha la cumbia. Pero si tú vas navegando por el río Magdalena, descubres que en cada caserío y cada pueblo aún existe la tradición de los bailes cantados.Más que interpretar el folclor, uno siente que su tarea realmente ha sido la de hacer antropología de la música, de su música...Mi música que es también tú música, nuestra música. Sientes eso, quizá, porque me he interesado por entender las raíces de toda esta tradición de la que hago parte. De hecho, estudié en el conservatorio de la Universidad Nacional e hice estudios de historia de la música en La Sorbona. Lo hice para tener un concepto más universal de lo musical, a pesar de que en apariencia lo que canto suena muy local. Gracias a eso entendí que la música tradicional no tiene fronteras. Volvamos a su nuevo disco. Usted siempre había defendido su independencia como artista, ¿cómo termina seducida por Sony Music? Entendí que para defender nuestra música era necesario asegurar cierta independencia. Que nadie venga a decirte cómo tiene que sonar algo que tú sabes hacer y cargas desde tus ancestros, cuando te criaste rodeada de músicos, cantadoras y llamadores; de cumbia, de mapalé, de chalupa, de porro, de sexteto. Para sacar mi álbum ‘La bodega’, recuerdo que yo misma hice de productora y tuve incluso que vender mi casa para costearlo. Este álbum, ‘El Asunto’, si bien es grabado por una disquera comercial, conserva la esencia de lo que soy: son 13 canciones que hablan de la cotidianidad de la vida en los campos y en los ríos. Curioso que a la hija de un zapatero de Magangué la llamen en medio mundo ‘La diva descalza’...Mi papá y mi abuelo eran zapateros. Y de hecho, si tú me lo pides, yo misma puedo fabricarte un par de zapatos porque aprendí de ambos. Yo lo único que no aprendí en esta vida fue la ortografía y siempre me toca ayudarme de un diccionario. Disfruto cantar descalza. Y eso que estoy acostumbrada a tener zapatos bonitos desde niña. Pero, eso a veces es lo de menos. Cuando llegué de 8 años a Bogotá, me tocó vivir la violencia. Y uno queda marcado para toda la vida cuando debe caminar por encima de los muertos, en plena calle, así sea con zapatos bonitos. Usted misma se declara una artista más de escenario que de estudios de grabación, pero ¿cómo recuerda hoy esa oportunidad que le dio el músico inglés Peter Gabriel de grabar con él?‘La candela viva’ fue el disco que me abrió las puertas del mundo. Lo grabamos en el año 93. Recuerdo que Gabriel me contó que le habían hablado de mí como la colombiana que cantaba en el metro de París. Entonces me hizo buscar y me llevó a su sello Real World. Él interpretó con maestría la esencia de la música colombiana. Tan bien, que el público europeo la hizo suya también.¿Qué le envidia Sonia Bazante a Totó la Momposina?No creo que la envidie. La hija del zapatero de Magangué, que pertenece orgullosa a una dinastía de músicos, aprendió, diría yo, a admirar a esa señora de sonrisa generosa que tomó la bandera de la identidad musical de un país para llevarla por todo el mundo. Ambas, creo más bien, viven agradecidas de haberse conocido.

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