Teatro Esquina Latina, cuatro décadas en un monólogo

Mayo 14, 2013 - 12:00 a.m. Por:
Ricardo Moncada Esquivel ? Periodista Gaceta
Teatro Esquina Latina, cuatro décadas en un monólogo

Desde el escenario de la sede teatral de Esquina Latina, orlando Cajamarca ha liderado el proyecto de esta compañía escénica que cumple cuatro décadas de actividades.

Subido en el escenario del teatro Esquina Latina, su director, Orlando Cajamarca, rememoró lo que ha sido el devenir de la compañía tras 40 años navegando por las aguas de la creación escénica. La historia de un grupo que le apostó al teatro desde su proyección social y estética.

Frente al parquecito del sector de Tejares, en el barrio San Fernando, está la casona que sirve de sede al Teatro Esquina Latina. En la tranquila tarde de este día de mayo los árboles que están en esa zona verde se mueven plácidamente con la brisa sanfernandina como si ignoraran que a su vera, por décadas, se ha gestado contra vientos y mareas el milagro del teatro.Al interior de la casona Orlando Cajamarca, su director, baja desde su oficina en la segunda planta para dirigirse al auditorio de la sede, un pequeño espacio del tamaño de la sala del comedor de una casona de los años 50 con un aforo en el que no caben más de ochenta personas sentadas y un escenario de unos seis metros de ancho por no más de cinco de fondo.Allí, en el centro del escenario, el director se sienta sobre una especie de butaca de madera sin espaldar, mientras unas luces de colores que penden de la parte superior del recinto iluminan su cuerpo de contextura gruesa y estatura media.Sus ojos pequeños y vivaces, como de niño curioso, contrastan con su pelo y barba canas, sobre una tez blanca que tiene las huellas de mil batallas vividas, dentro y fuera de la escena. Y allí, sentado sobre aquella butaca, con su voz nasal y potente, comienza a evocar cuatro décadas de luchas, derrotas y victorias que han integrado la gran aventura de hacer su propio camino en el teatro.Un proceso al cual, según dice el propio Cajamarca, han aportado miles de personas para construir esa historia que comenzó en 1973 muy cerca de allí, en la Universidad del Valle, sede Meléndez, cuando unos estudiantes de diversas carreras se propusieron crear un grupo teatral para sumarlo a esa vida en la comunidad universitaria abierta y liberal en el sentido filosófico de la palabra.Estos jóvenes se sentían herederos de esas corrientes políticas y del agitado movimiento estudiantil de finales de los años 60 y comienzos de los 70. Muy pronto el grupo enfocó sus esfuerzos al trabajo en comunidades marginales que, a la postre, se convertiría en una de sus banderas. “Fuimos desarrollando entonces una metodología de interacción social con programas pedagógicos con el teatro, pero también ofreciendo alternativas a chicos y chicas, a quienes capacitábamos en estas artes para que luego ellos mismos lideraran esos procesos en sus barrios; ese ha sido un proceso que hemos desarrollado en poco más de dos décadas”. Sin embargo, con es actitud se ganaron la crítica e incomprensión de sus pares, quienes no entendían esa forma de asumir el oficio escénico. Esa misma incomprensión los llevó también a tener que abandonar el recinto de la Universidad del Valle, en 1994, para plantar la bandera de la independencia e instalarse en la casona donde hoy funcionan. Los frutos no tardarían en llegar: y se hicieron concretos en la solidificación de una Red Popular de Teatro Comunitario que traspasó las fronteras de Cali y el Valle del Cauca, y que derivó en su propia cantera de actores y el reconocimiento a sus creaciones escénicas dentro y fuera del país, a través de becas y estímulos, que no paran de recibir, en medio de las dificultades para mantener la nave a flote.‘El queriente’El director gesticula, mueve sus brazos, sube y baja la intensidad de su voz. Quiere recordar cómo en aquellos años, él, un estudiante de medicina, terminó asumiendo el sacerdocio del culto teatral. “Este tipo de proyectos artísticos requieren un queriente, alguien que se apropie, que sienta que esto le gusta y que cualquier cosa mala que le suceda le duele”. Y Orlando se convirtió en ese queriente. Los que iniciaron el camino junto a él se fueron yendo. “A mí me preguntan, ¿y usted por qué se quedó, por qué cambió una carrera de medicina, tan prometedora, si con ella tenía la vida resuelta? Entonces cito a Estanislao Zuleta: “Me gustan las dificultades”. Y allí estaba, en el teatro, un camino pedregoso. “No quise ser medio médico y medio artista, quería ser un artista integral, y fue lo mejor porque desde el teatro la medicina me ha servido para desarrollar proyectos. Si fuera al revés, habría terminado haciendo trabajitos por raticos, poniéndome la nariz de payaso de vez en cuando y yo quería tenerla puesta todo el tiempo”. La labor escénica también significó un descubrimiento personal. “El teatro me entró por el cuerpo, fue un encuentro con mi propia corporeidad, con mis posibilidades expresivas. Pude descubrir el potencial que tiene cuando quiero contar algo. Entonces eso afloró una identificación con lo escénico”. Por eso, primero apareció el actor. “Fui privilegiado, pues en esos años de la universidad tuve como maestro a alguien que sigue siendo un referente del teatro en nuestra región: Danilo Tenorio. Él irrumpía como un contestatario, en el mejor sentido de la palabra, y como un investigador que estaba en ese momento en un pulso estético con el Teatro Experimental de Enrique Buenaventura y nosotros éramos como su quinta columna para plantear sus argumentos. Él nos aportó muchísimo”.Tenorio le habló al pupilo Cajamarca de los postulados de Jerzy Grotowsky, director de teatro polaco centrado en el rigor del actor santificado en las tablas, desnudo, puro en la expresión, que solo necesitaba de su cuerpo para expresarse. Entonces, Orlando sintió la pasión por estar en escena.Casualmente, sin embargo, su primer gran momento en las tablas ocurrió después de que el grupo rompiera con Tenorio: en un montaje colectivo presentaron la obra ‘El Escorial’. “Enrique Buenaventura nos hizo el afiche y hasta nos escribió un poema. Para nosotros era maravilloso que alguien como él aplaudiera nuestro montaje. En su amplitud y lucidez nos dijo que la pieza era una metáfora que hablaba de América Latina. Resaltó el texto y el trabajo de los actores. Fue un maravilloso momento”. El directorCajamarca se levanta y toma unas máscaras en sus manos para recordar cómo terminó ejerciendo el oficio de director. “Como ha sido todo nuestro desarrollo: aprendimos haciendo. Si me preguntan cuál es nuestra metodología, respondo que es constructivista y, por fortuna, esto es algo que nunca se acaba de aprender”.Tal vez el primer momento en que Cajamarca disfrutó las mieles del triunfo como director fue con el montaje de una obra escrita por el maestro Buenaventura, ‘Se hizo justicia’. Una pieza corta, muy al estilo del lenguaje de Bertolt Brecht. “Allí también recibimos el espaldarazo del fundador del TEC, quien nos dijo: yo siempre imaginé que así sería una pieza ‘brechtiana’. Entonces, que nos aplaudiera como director fue un momento importante para mí”. Posteriormente, con la obra ‘El enmaletado’, de 1982, fue que Orlando Cajamarca se encontró con la escritura teatral. Esta pieza, que gira en torno a la aparición de un cadáver en una maleta, reflexiona sobre aspectos como la violencia social que ha quedado como un hito de la escena nacional. Aquél primer gesto dramático recibió una mención de honor en el Premio Nacional de Dramaturgia de 1986 y la crítica de expertos como el escritor y dramaturgo mexicano Emilio Carballido, ya fallecido, quien reseñó positivamente la obra en su revista Tramoya de la Universidad Veracruzana de su país. Así fueron llegando reconocimientos para Cajamarca y su equipo como la beca de creación artística de Colcultura por ‘Toda desnudez será castigada’ y ‘Aventura sin fortuna’, en 1993 y 1995; Premio Jorge Isaacs en Dramaturgia, por ‘Encarnación, en 1995; Beca de residencia artística, México-Colombia, con ‘Alicia adorada en Monterrey’, en el 2003; ‘ElegíA… Lorca’, premio de dramaturgia Alejandro Casona, de España en 2004 y beca nacional a la creación teatral, Mincultura 2009 o ‘El solar de los mangos’, premio George Woodyard de la Universidad de Connecticut, 2007.En la última década su labor se ha inclinado más a la dramaturgia de oficio. “Ahora escribo no pensando en hacer una dramaturgia conductivista, que se convierta en una camisa de fuerza para los directores, sino en las posibilidades que tenga eso de ser puesto en escena”. Cajamarca afirma que le encanta escribir por la dificultad que le produce. “Es como un parto permanente y doloroso, porque uno en la escritura tiene que vivir tachando y tachando y desechando. Pero no me siento para nada un literato, porque la literatura es una palabra mayor”. El estiloDe esa suma de creación y apuesta escénica ha ido surgiendo un lenguaje propio que Cajamarca niega ligar con un estilo o una estética determinada. Pero reconoce que la mecánica interna de sus piezas se mueve bajo unos principios básicos. “Algunos dicen que somos cuadriculados para actuar, quizás porque tenemos ese rigor del actor, un principio en la economía del movimiento”. Sentado de nuevo, desde el taburete el director advierte que “aquí la gente no manotea ni grita ni el actor tiene la libertad para hacer lo que le de la gana cada día en el escenario, si bien tiene esos márgenes para la improvisación. Nosotros vamos más bien apuntando que nuestros espectáculos se muevan como una partitura, en el sentido de la música que la tiene, pero que no implica que pierda fluidez”. Y para explicar la relación del grupo con el público, Cajamarca utiliza una metáfora. “Me interesa meter a los espectadores de todo tipo de clase social o interés en una balsa y sacarlos mar adentro. Entonces, de acuerdo a sus condiciones, cada viajero podrá tirar su anzuelo; algunos con varas largas y otros, más cortas, para pescar en aguas superficiales o más profundas. De esta forma todos pueden encontrar lo que buscan en nuestras obras”.Afirma que no le interesa hacer obras para ser evaluadas por un comité especial de pos grado. “A mí también me interesan esas profundidades, porque no puedo desconocer ni la teoría ni la investigación, pero sobre todo busco llegar al amplio espectro de la audiencia, esa es para mí la maestría”.También reconoce que el suyo es un oficio para minorías, pero aclara que cuando habla de minorías, no se refiere a contar con dos o tres espectadores. “Las grandes masas pueden ir a fútbol, allá están muy bien. A mí me interesa esa minoría sensible a las artes con buen gusto, que no es exclusivo de las clases altas como se cree. Que vean nuestras obras, se diviertan, las entiendan y que vuelvan”.La crisisPese a los logros obtenidos, la gran queja del director ha sido la falta de apoyo y de políticas culturales claras que beneficien proyectos como el que desarrolla Esquina Latina. Ha sido siempre el gran reto, la búsqueda de condiciones que les permita gozar de una sustentabilidad que les genere tranquilidad. “No porque queramos acostarnos a dormir como en el país de la cucaña, porque sabemos que la vida siempre será de dificultades”.Tomándose con preocupación su barba cana, el director agrega que a veces piensa que no quiere tantas dificultades ni de esa calidad. Dice, por ejemplo, que en el plano del Estado encuentra ciertos mecanismos de financiación que no son un regalo, porque lo que hacen es devolverlo a través de impacto a la comunidad, “pero apenas cambian un funcionario o un Gobierno, nos devuelven tres pasos, a pesar de haber demostrado con nuestro trabajo lo importante que es el arte y la cultura para la sociedad”. Es un proceso que se ha solidificado con el desarrollo de un equipo. “Aquí no solo hay actores, dramaturgos y directores. También comunicadores, técnicos, escenógrafo, músicos, administradores, contadores. Pero, desde luego, es un proceso que va necesitando más combustible. Esa ha sido una dificultad que ha amenazado la estabilidad de nuestro proyecto especialmente en los últimos cinco años. A pesar de eso, hemos avanzado”. Y es que, tras 40 años de navegar por las corrientes escénicas, el futuro siempre sigue teniendo en el fondo un signo de interrogación. Cajamarca sabe bien que las historias de los grupos teatrales como Esquina Latina suelen acabar cuando el dueño del aviso ya no está. “Si bien la práctica dice eso, yo aspiro a que seamos la excepción de la regla y que haya quién recoja la posta. Y en eso he trabajado. En nuestro grupo tenemos varios directores y varios dramaturgos que pueden seguir la tarea”.Es entonces cuando el director se da cuenta que la tarde ya está llegando a su fin. Se levanta de la butaca, mira al piso y esboza una sonrisa. “No está en nuestros presupuestos que Esquina Latina desaparezca, pero si acaso eso llegara a suceder, no importa, nadie nos quita lo teatriado”.Entre tanto, afuera, los árboles del parque siguen al vaivén de la brisa sanfernandina. Ignorantes, como muchos, del milagro teatral que Esquina Latina sigue gestando a su vera.

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