Tambores de Siloé: la orquesta que hace música con materiales reciclados

Tambores de Siloé: la orquesta que hace música con materiales reciclados

Marzo 23, 2014 - 12:00 a.m. Por:
Lucy Lorena Libreros | Periodista de GACETA
Tambores de Siloé: la orquesta que hace música con materiales reciclados

Las marimbas de la agrupación se fabrican con palmas de chonta, pero en vez de tubos de guadua, se usan botellas plásticas.

Desde hace ocho años, una agrupación musical se hace escuchar con la fuerza de la percusión desde la ladera caleña: se llama Tambores de Siloé, la integran un centenar de niños y jóvenes de la Comuna 20 y su historia suena tan rítmica como ingeniosa: los instrumentos que interpretan están fabricados con elementos que muchos creen basura. Ellos no.

Es bien probable que no lo sepa Steven Ceballos: mucho antes de que naciera la orquesta en la que ha aprendido de música, el de los tambores ya era un sonido hospitalario para todos en esta vieja loma de Cali.Es el mediodía de un lunes de sol que gruñe desde lo alto, y a esta hora el muchacho golpea con fuerza rítmica la ‘silococaja’, un instrumento fabricado con un cuñete vacío de pintura que logra imitar, cuando él se lo propone, notas parecidas a las que regala cualquier batería de un músico profesional. Steven y sus compañeros del grupo Tambores de Siloé llevan cerca de seis años viendo —y escuchando, claro— cómo sucede el milagro: a falta de millones de pesos para comprar suficientes instrumentos de percusión, los cerca de cien chicos que cada año integran esta singular agrupación se las ingenian para fabricarlos, en compañía de sus profesores y papás, con elementos que otros desechan y creen basura. Ellos no.Ese cuñete, después lo sabré, contenía la pintura con la que hace algunos años, en 2008, se comenzó a pintar de blanco buena parte de la Comuna 20. El episodio es recordado aquí como ‘la pintatón’, lo lideró la Fundación Sidoc y sirvió para que los propios habitantes, animados por sancochos comunitarios, enlucieran más de 4 mil viviendas. Entonces aquí, y eso es probable que Steven tampoco lo comprenda a sus 13 años, algo tan simple como un tarro de pintura puede cambiar la vida de muchas maneras: lo mismo sirve un día para hacer más bella una casita de cemento o de bahareque, que para lograr que la música se escuche más fuerte que las balas. Igual puede pasar con una botella plástica. Porque aquí, en esta loma vieja, que primero fue invasión y luego barrio, colonizada hace más de un siglo por mineros y campesinos de Caldas, Cauca y el sur del país, no hay tampoco marimbas sino ‘marimbotellas’. El artilugio parece complejo, pero no lo es: la música brota cuando se logra escurrir con éxito el sonido que producen las 23 tablas de la palma de chonta, no a través de tubos de guadua —como lo hacen los lutieres en la selva del Pacífico, desde tiempos ancestrales— sino con botellas desocupadas, que antes contenían jugos o gaseosas, que todos van tejiendo con paciencia e hilo grueso, de un lado al otro del instrumento, y que ordenan de menor a mayor tamaño.El tintineo que sigue a continuación, una vez la hacen repicar, se escucha igual de dulce y melódico que el de una marimba tradicional. Eso lo aprendió con avidez Nicolt Urrego, una adolescente de 13 años que la interpreta desde hace 4, y a la que el talento para la música le ha alcanzado incluso para ser aceptada en un salón de clases del Conservatorio Antonio María Valencia. Junto a esas marimbas suenan también los ‘silocobombos’, fabricados con tarros plásticos de gran tamaño, redondos y azules, a los que los muchachos de la orquesta, una vez se los cuelgan de la espalda, les arrancan notas musicales tras golpearlos con baquetas fabricadas con palos de escoba.El otro instrumento que suena en esta ‘orquesta’ parece sacado de una portentosa imaginación. Todos acá, con la mayor naturalidad, como si hablaran de una flauta o una trompeta, le llaman ‘bernáfono’, se construye con largos tubos de pvc y si logra hacerse escuchar es porque —como ahora, en este mediodía de lunes— varios de estos chiquillos lo golpean, una y otra vez, con maestría y un material negro y grueso llamado ‘evaoby’, usado para la fabricación de puertas herméticas y suelas de sandalias.***A quien se le ocurrió que de la basura podían brotar notas musicales y con ellas fundar una orquesta, fue al profesor y músico Héctor Javier Tascón, uno de esos colombianos que pertenecen al ‘club de los testarudos’ y que están seguros, como que dos y dos son cuatro, que el arte es arma poderosa para arrebatarles jóvenes a la violencia feroz que camina en las grandes ciudades. Y a su antojo, en sectores tan pobres como los once barrios sobre los que se extiende la Comuna 20.Héctor conocía bien que Siloé y sus barrios vecinos han construido buena parte de su historia sobre la soberbia tradición de la percusión. Y esto ocurrió como consecuencia, explica, “de la fuerte migración de gentes provenientes del Cauca, que llegaron hasta esta montaña con varias de sus costumbres, entre ellas la chirimía caucana”.No es gratuito, pues, —aclara el profesor— que de esta loma caleña sea de donde desciendan gran parte de los ‘diablitos’, grupos de chicos disfrazados que en diciembre, a cambio de unas monedas, suelen tomarse por asalto barrios residenciales y semáforos concurridos con su estruendo de bombos y tambores. Así se lo hizo saber el maestro a Cristine Armitage, directora de la Fundación Sidoc, que acabó por apoyar esa descabellada idea, de poner a decenas de muchachos a interpretar canciones folclóricas con elementos reciclados.Hoy, Tambores de Siloé hace parte del programa Siloé Visible, con el que la Fundación trabaja por cambiarle la cara a una zona habitada por 65 mil personas y que, tristemente, desde hace años, lidera la lista de los sectores más violentos de la ciudad.Sin ir muy lejos, según el documento Cali en Cifras, en 2013 la Comuna 20 se ubicó como la tercera más violenta y dos de sus barrios, Brisas de Mayo y Siloé, como los más peligrosos. El año pasado las muertes violentas sumaron 60.Es que de las cerca de 134 pandillas juveniles que siembran miedo en la capital del Valle, unas 26 —que agrupan a cerca de 400 ‘pelados’— se pasean por toda la comuna, desde La Nave hasta La Estrella, el punto más empinado. Aquí todos las conocen y han sentido miedo: Los Play Boy, Los del Hueco, La Estatua, El Caguán, Los Briñez, Sobredosis, Los Peluzas, Hueco de Belén, Los de la Estrella...Cristine y el profe Héctor no es que ignoren esas cifras. No desconocen que muchos de los niños del grupo de tambores desertan porque sus familias se ven obligadas a mudarse de barrio por culpa de las pandillas y el acoso de sus balas.No ignoran que esas pandillas trabajan al servicio de ‘Urabeños’ y ‘Rastrojos’ o que de ellos depende buena parte del microtráfico de drogas que circula por toda la ciudad. Tampoco que la génesis de tanta falta de convivencia se debe, entre muchísimas otras razones, a que sus pobladores viven apiñados, casi unos encima de los otros: la 20 es la comuna con el índice de espacio público más bajo de toda Cali, solo 12 centímetros por persona. Para el promedio del resto de caleños es de 5,12 metros. Así las cosas, es como si estuvieras condenado a disponer de solo de un área que es del tamaño de un ladrillo.De esa realidad tampoco se esconde Carolina Araque, la psicóloga que acompaña el proceso musical de los pequeños del grupo y que trabaja con ellos competencias sociales y cognitivas. “Uno sabe que muchos desertan de la música porque resulta siendo más fuerte el ejemplo del pandillero que vive en su barrio. El que porta el arma, el de los tatuajes, el berraco. Es un modelo de virilidad o de hombría que ven desde pequeños y que en los sectores populares es muy marcado”. Pero esa radiografía estaba clara desde el comienzo. Tan ‘terca’ como el profe Héctor, Cristine Armitage en estos años se ha aferrado a su doceavo mandamiento: “Un niño que toca un instrumento musical jamás empuñará un arma”.Y convencida de eso, decidió entonces que Tambores de Siloé debía llegar a la cuadra, a las entrañas de los barrios. “Por culpa de las fronteras invisibles, cuenta Cristine, a muchos jóvenes se les dificulta moverse de un barrio a otro; hay familias enteras que terminan viviendo en apenas tres o cuatro cuadras porque la intimidación no les permite moverse más allá de eso”. Entonces, dice, no se quedaron esperando a que el muchacho llegara a un solo espacio para ensayar, “sino que nosotros los invitamos a ensayar en puntos que les queden lo más cerca posible de sus casas”.Moisés Zamora, uno de los profesores de percusión del grupo, intérprete de marimba de ‘Mamajulia y los sonidos ambulantes’, cuenta que él y sus chicos llegan con sus tambores a ensayar en lugares de la Comuna como el mirador de Siloé, al Parque de la Orqueta, al Centro Cultural Brisas de Mayo, a La Torre, al Colegio Multipropósito, a La Estrella.En esos espacios, la metodología de la que él y los otros maestros echan mano es tan ingeniosa como la construcción misma de los instrumentos.El profesor Héctor intenta explicarla en la hoja de una libreta: dibuja un punto negro con varias rayitas alrededor. Dice que eso, para los chicos, es un sol. Para él, en cambio, es lo más parecido a la nota negra de un pentagrama. La silueta de un cocodrilo son cuatro semicorcheas, la figura de una casa son dos corcheas... Es un lenguaje musical alterno que ha funcionado. Lo ves, este lunes caluroso, cuando Karol Cruz interpreta su ‘marimbotella’, cuando Estefanía Esquivel ‘golpea’ la ‘silococaja’; cuando Natalia Villada hace sonar con sabrosura su ‘bernáfono’.De lo que se trata no es de que estos ‘pelados’ se conviertan en músicos profesionales, aclara el profesor Moisés. Por eso es que aquí, en esta vieja loma caleña, no se escuchan amenazas de expulsión del grupo de tambores sino asisten con regularidad a las clases. Total, piensa, “toda la vida se han sentido tan excluídos, que no sería justo que acá sientan eso mismo también”.Héctor, sentado a su lado, lo escucha y dice que, más que eso, lo que busca el programa Tambores de Siloé es que sus integrantes aprendan convivir: que saluden al llegar, que se despidan al salir, que den las gracias, y que entiendan que es posible dirimir sus diferencias con la eficacia de la palabra y no con la herida del puñal.Santiago Gómez, a sus 15 años, sabe que no es ‘carreta’ de sus maestros. Que sí es posible. Que pasa. Que ha valido la pena que los últimos tres años de su vida, entregue horas enteras de sus viernes y sábados a aprender cómo hacer que suene mejor, en manos suyas, la ‘marimbotella’ y el ‘silocobombo’. Sabe Santiago que si bien en estas calles caprichosas y empinadas de la Comuna 20 no se escriben con mucha frecuencia canciones de rima fácil y final feliz, sí es posible, al menos, de vez en cuando, intentar tararearlas.

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