"Si la paz de Colombia no se poetiza, no se pinta, se retrasa": Patricia Ariza

"Si la paz de Colombia no se poetiza, no se pinta, se retrasa": Patricia Ariza

Julio 17, 2016 - 12:00 a.m. Por:
Santiago Cruz Hoyos | Periodista de GACETA

“Hay que volver a hablar del arte con la pasión de los nadaístas adolescentes. Éramos capaces de escribir sin la noción del tiempo, o del dinero. Y escribimos mucho, filosofamos mucho” - Patricia Ariza.

Fundadora del teatro La Candelaria junto al maestro Santiago García, es una de las invitadas al XXXII Encuentro de Poetas Colombianas de Roldanillo, donde se hablará, sobre todo, de paz.

Siendo mujer me perdí y solo me encontré cuando lo supe… Aquel brevísimo poema es uno de los que declamará Patricia Ariza esta semana, cuando se inicie el XXXII Encuentro de Poetas Colombianas organizado por el Museo Rayo de Roldanillo. 

También dirá: Montaña, por planta que estés, ante mis ojos, pasas.

Pero no solo eso. Además de poetisa, Patricia Ariza es una de las dramaturgas más reconocidas de Colombia. Junto al maestro Santiago García y otros actores fundó el Teatro La Candelaria de Bogotá, hace  50 años. Así que, cómo no, en Roldanillo también hará teatro. Dirigirá ‘Memoria’, una obra sobre la guerra en Colombia, “de cómo somos capaces de convertir el dolor en fuerza”. 

Nadaísta, integrante de la Unión Patriótica, aquel partido político de izquierda, actriz además, Patricia repasó su vida para GACETA y habló del momento actual de Colombia, esa búsqueda de una paz definitiva, duradera. 

- Creo en las palabras de Antígona: no nací para compartir el odio.

Patricia, naciste en Santander en 1946 y muy temprano la violencia tocó a tu familia, incluso se vieron obligados a desplazarse hacia Bogotá. ¿Cómo fue esa historia? ¿Cómo es la guerra desde la perspectiva de la niña de entonces?

En realidad llegué a Bogotá siendo una bebé, así que no recuerdo nada de los antecedentes. Sé de actos de violencia por las historias de mis padres y hermanos, pero mi infancia y adolescencia sucedieron en Bogotá. 

¿Y cómo fue esa infancia que, entiendo, estuvo marcada por la figura de un  gran líder de nuestra historia, Jorge Eliécer Gaitán? 

Mi padre era gaitanista hasta la médula de sus huesos. Era un militante afectivo. Consideraba a Gaitán un líder por fuera de toda duda, de toda crítica. Recuerdo que mi padre me puso una vez un disco de pasta con discursos de Gaitán y se sintió muy mal porque yo me asusté con esa voz tan grandilocuente. Años después entendí su devoción y aprecié mucho los discursos de Gaitán. Era una época donde se hablaba así.

Llega la juventud, y entonces decides estudiar filosofía, letras, e historia. ¿por qué?

Tal vez porque quería escribir. Estuve, por fortuna, poco tiempo en la academia. Me ganó el teatro. Me salí de la universidad convocada por Santiago García a fundar un teatro independiente. Esa fue mi tesis. No solo hicimos un teatro. Contribuimos a conformar un movimiento. 

¿Pero qué hizo que  el teatro te sacara de la filosofía y de la historia?

Me sacó de la academia, pero sigo pensando el teatro filosóficamente. Enrique Buenaventura y Santiago García, mis maestros, han sido, además de artistas, filósofos del arte. Y en la historia, pues la política me mueve. Yo sigo siendo activista política. Y no se puede ser político o política, si no se tiene una noción histórica de la sociedad y de la cultura.  Pero al mismo tiempo, hago poesía y teatro, que son prácticas desde donde se puede poner la historia patas arriba.     

Hay una parte de tu historia  que me llama mucho la atención: el nadaísmo. Si no estoy mal, te hiciste nadaísta después de que te expulsaran del colegio por haber escrito un diario. ¿Cómo fue eso?

Un diario escrito al revés. Pero esa expulsión del colegio me sirvió tanto… Me fui a Medellín y allí conocí a Gonzalo Arango y a todos los nadaístas. Fueron unos años bellos, fuertes. Años de compartir con poetas rebeldes y profundos. 

Poco se habla de las mujeres nadaístas porque hay mucho machismo. Éramos unas cuantas jóvenes iconoclastas, fundadoras de actitudes feministas. Por ejemplo, íbamos en grupo a los bares nocturnos a jugar billar pool, a beber cerveza y a hablar de política y de literatura. Compartíamos las mesas con hombres que nos admiraban y temían. 

[[nid:556540;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/270x/2016/07/p1gacetaportadajul17-16photo03.jpg;left;{“Que la poesía se practique y se estudie y que haya muchas salas de teatro, pero sobre todo que seamos capaces de volver a debatir sin matarnos” - Patricia Ariza.Foto: Especial para GACETA}]]Siempre andábamos en grupo para protegernos. Nuestra presencia  era un acto rebelde, una especie de performance ambulante. A veces nos insultaban, pero nadie podía ignorar a ese grupo capaz de reírse de los poderosos y de conversar de poesía hasta el amanecer.  Éramos muy amigos de los jóvenes revolucionarios. Mis grandes amigos fueron Alberto Escobar y Amilkar U, ‘el sabio’. Y de las mujeres, Dina Merlini, Consuelo Salgado, Rubiela, Helenita Restrepo,  Fanny Buitrago, la gran novelista. Ah, y Sócrates Muñoz Torres, un revolucionario que hablaba ocho idiomas y siempre estaba en la cárcel.   

¿Quizá la rebeldía del grupo, del nadaísmo,  te llevó a ese otro capítulo tan interesante de tu biografía, la Unión Patriótica? ¿Cómo era eso de manejar la cultura en un partido político de izquierda?

No tanto como manejar, más bien promover. No lo sé, éramos un colectivo de pensamiento y de creación. Fui feliz allí. Fue un momento trascendental en el que este país pudo haberse ahorrado miles de muertos y pudo haber ganado miles de poetas y de artistas. Los intelectuales más importantes estaban cerca o eran de la UP. Desde allí se ejercía una capacidad de convocatoria cultural, poética y política impresionante. Pero el genocidio lo dañó todo, las vidas de tantos y tantas.  Y, claro, el movimiento cultural se resintió por dentro. Ahora es más difícil, hay desconfianza, miedo, excentricismo. Pero esta paz, que puede ser definitiva, nos está volviendo a reunir, para pensar juntos y juntas de nuevo en cómo diablos construirla. Qué bueno tener una tarea histórica. 

Y aunque es otra historia larga, ¿cuál fue el camino para convertirte en una de las artistas más reconocidas del país? ¿Cuál fue la apuesta? No se hace teatro por dinero. Por lo menos no en Colombia. Además, como te lo enseñó tu padre, el dinero puede ser un enemigo incluso.

Yo no sé si seré reconocida, pero lo que sí sé es que se puede ser artista sin dinero. Ojalá que esto no lo oigan en las instituciones que todo el tiempo hablan de las industrias culturales y creativas. Pero hay que volver a hablar del arte con la pasión de los nadaístas adolescentes. Éramos capaces de escribir sin la noción del tiempo, o del dinero. Y escribimos mucho, filosofamos mucho.  

No sé si me equivoco, pero uno podría definir tu teatro como muy político, revolucionario, social, la resistencia…

Los encasillamientos son a veces como un estigma. El teatro que hacemos es arte. Y alguna gente no lo sabe ver porque cree que es política y se pone los anteojos del discurso contrainsurgente. Yo prefiero decir que el arte que hacemos es un ejercicio de la libertad. Y claro que es político. Todo es político en términos filosóficos. Pero si haces teatro, tienes que hacerlo todos los días y hacerlo de verdad. Si es de verdad, es político. 

Aunque el teatro no es capaz de cambiar al mundo por sí solo…

No creas eso. El teatro cambia el mundo, la cultura cambia el mundo. Si no creyéramos en eso, no habríamos sido capaces de durar cincuenta años haciéndolo todos los días. Si Bolívar no hubiera creído que la campaña libertadora cambiaría el mundo, no se levanta de la cama. Yo sí lo creo. Fíjese usted, aquí hace cuatro años nadie daba cinco por la paz, y la estamos haciendo. En gran parte gracias a las y los que hemos creído y luchado por ella. Yo, que debería estar sumida en la depresión por tantos muertos y tanto dolor,  he sido capaz de levantarme y seguir. Tuve ahora la oportunidad de estar allí en La Habana en el momento de la firma del cese definitivo. No paré de llorar. Era como una felicidad dolorosa o como una tristeza alegre. Estaba feliz, pero las lágrimas rodaban a montones. Es que esta paz tiene que hacerse con la memoria puesta en el futuro. 

Hablemos de ‘Memoria’, la obra que vas a presentar en el Encuentro de Poetas Colombianas en Roldanillo. 

Es un acto de memoria. La posibilidad de hablar de las mujeres en la huida. De cómo somos capaces de convertir el dolor en fuerza. Es hablar del desplazamiento, del destierro del no lugar, pero también de la valoración del recuerdo, de la memoria. Cuando la gente se va, quizás tenga que dejar la tierra, pero no deja las canciones. Una vez escuché a una mujer desplazada decir que lo que le dio fuerza mientras huía fue acordarse de una canción. ‘Memoria’ es también una obra con dos actrices maravillosas, Nohra González y Alexandra Escobar, del Teatro  La Candelaria.

Por cierto, ¿cuál es el papel del arte en estos tiempos de acuerdos de paz?

Yo creo que hay un faltante en la política de paz. En la pedagogía. Casi no se habla del arte. Creo que nosotros y nosotras podemos estar en el relato. Este país necesita el relato de lo que nos ha sucedido en muchas voces y lenguajes. Es lo que hemos hecho toda la vida. Y si ahora no se hace masivamente, si no nos contamos la épica de la guerra, pero toda, incluyendo las víctimas, los insurgentes y los soldados, si no lo hacemos no podemos construir la paz desde la Colombia profunda. 

¿Está el país preparado para la paz, para el regreso a la sociedad de los alzados en armas? 

La paz es un salto, la historia se da a saltos, no es lineal nunca. La paz nos está preparando. Ella misma nos enseña. Creo que en muy poco tiempo seremos maestros y maestras de la paz. Este país está llamado a ser el laboratorio de paz del mundo. Un país que es capaz de salir de sesenta años de guerra a punta de diálogo. Y que quede claro que no fue un diálogo solo entre el gobierno y la insurgencia, fue un diálogo a partir de las propuestas sociales acumuladas y aplazadas. Este país, después de esto, es capaz de todo.

Quizá el arte y la cultura también tengan la tarea de hacer pedagogía del perdón…

El perdón tiene tanto de hondura como de demagogia. Para algunos perdonar es olvidar. Yo no creo en ese perdón. Creo en una nueva noción de justicia que nace con esta paz. Una justicia que surja de las cenizas del odio y de la venganza. Quizás el perdón ayude a algunos, pero lo que más ayuda es la reparación. Tenemos que repararnos desde la memoria compartida, reparar a las víctimas, reparar la justicia que está herida, reparar el campo, la tierra, la pacha mama. Repararnos nosotros, los que tenemos heridas tan hondas.

[[nid:556542;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/270x/2016/07/p4gacetajul17-16n1photo03.jpg;left;{Antígona, otra de las obras de Patricia Ariza.Foto: Especial para GACETA}]]Sin embargo, no se puede idealizar el arte y la cultura. Porque también desde la cultura se practica la violencia. Fíjese usted en el papel de los medios y en las matrices de opinión que construyen. Desde los medios se construyen candidatos, destruyen honras, se estigmatizan movimientos y personas. Fíjese usted también en el papel de los dramatizados de la televisión. Yo creo que hay una cultura que atiza el odio y la violencia y otra, a la que yo pertenezco, que trabaja desde el afecto por una paz sin olvido. Creo en las palabras de Antígona: no nací para compartir el odio.  

¿Ha encontrado la respuesta a la pregunta que nos hacemos muchos: por qué matarnos durante 60 años? La guerra incluso es una forma de ganarse la vida para algunos...

Claro, se creó una cultura patriarcal de la guerra y de la competencia. Me duelen los jóvenes. Muchos de ellos dedican toda su energía a ganar a como dé lugar, y eso los está matando no solo físicamente, sino espiritualmente. El que tiene que ganar está de antemano jodido. Ya no tiene espacio para crear, solo para vencer al otro, dominar a la otra, poseer los bienes.     

Y a todas estas, ¿cuál es su posición frente al proceso de paz?

El sí, por supuesto. Tengo la satisfacción de haber participado desde la cultura en todos los procesos de paz desde que me conozco. Y mi posición es irreductible: la paz es la victoria final. Pero también creo en la paz con memoria, la paz con arte. Si esta paz no se canta, no se cuenta, no se poetiza, no se pinta y no se representa, se retrasa. 

¿Cómo se imagina Patricia Ariza a Colombia en 20 años? ¿Podemos tener la esperanza de que los exiliados puedan volver a su tierra?

Si no vuelven que nos ayuden a los que estamos en nuestro lugar de origen. Ellos han traído nuevas formas de ser y nos han alegrado la vida. Fíjese usted que en Bogotá hace años la gente no sabía bailar y no se vestía de colores. Había poca población afro. Hoy esta ciudad es mejor gracias a ellos y a ellas.  Algunos seguramente ya no quieran regresar. Yo sí creo que en 20 años puede ser que las mujeres puedan salir a la calle en la noche, entrar a un bar, tomarse una cerveza y que nadie las moleste, que la educación sea gratuita y que el teatro y que las humanidades vuelvan a la escuela. Que la poesía se practique y se estudie y que haya muchas salas de teatro, pero sobre todo que seamos capaces de volver a debatir sin matarnos.

La versión del XXXII Encuentro de Poetas Colombianas de Roldanillo se inicia este martes 19 de julio y finaliza el domingo 24. Además de Patricia Ariza, entre las invitadas especiales se encuentra la artista Carlota Llano.

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