Shangó Dely un conquistador a golpe de tambó

Julio 30, 2012 - 12:00 a.m. Por:
Elpais.com.co | Gaceta - Lucy Libreros
Shangó Dely un conquistador a golpe de tambó

Shangó Dely, tiene 33 años, es cartagenero de raíces húngaras y africanas. Gaceta tuvo un encuentro con este terrible niño de la percusión, quien con su talento se ha ganado el reconocimiento de la escena musical en España.

Si uno se llama Shangó Dely de seguro tiene que ser percusionista. Este cartagenero de 33 años es uno de los artistas más reconocidos de la escena musical latinoamericana en España.

Shangó Dely, entonces, es este hombrecito con cara y cuerpo de niño que tengo al frente. No parece. Al menos no el artista con veinte años a cuestas en la música, que ha grabado con Carlos Vives y Carlos Santana y ha celebrado varios Grammy. El percusionista. El que un día mandó a callar a todos en San Basilio de Palenque, justamente allá donde el tambor es luz y alfabeto. El que hace muchísimos años, en otra ocasión, les hizo preguntarse a los cubanos quién era ese bendito muchachito colombiano que parecía ungido por el mismísimo Changó, dios yoruba del tambor.Aquello fue en 1989. Lo de hoy ocurre un viernes 20 de julio en Cádiz, España. Shangó Dely sacude sus manos frenéticamente sobre un tambor alegre, el más colombiano de los instrumentos de percusión, que cuelga a un costado de su cuerpo menudo de 1,55 metros. Ya lo dijimos: el protagonista de esta historia parece más un niño extraviado en un universo de gentes mayores, un aprendiz, que un músico versado. Este ‘niño’ toca esta mañana al lado de Carlinhos Brown, el célebre cantante brasileño que se encuentra en esta ciudad de visita, invitado de honor a sus carnavales de verano. Ambos coinciden en la llamada Plaza de la Constitución, en un acto convocado por la Ruta Quetzal, que después de recorrer Colombia durante 20 días hace lo propio por España, con 230 expedicionarios adolescentes de medio mundo. Shangó conformó con varios de ellos, en tan brevísimo tiempo, un improvisado pero afinado grupo de percusión. Parece otro adolescente más. Uno que hace latir con fuerza su tambor frente a los chicos aventureros y decenas de curiosos, turistas en su mayoría, que han llegado al lugar esta mañana: ¡Bum pá! ¡Bum pá! ¡Bum pá! Luce extasiado. No quiere parar. Y Carlinhos le responde con un canto en lengua yoruba de esa África que terminó sembrada con sangre en América cinco siglos atrás. La voz del brasilero calla de repente; lo único que se escucha después en toda la plaza es ese tambor alegre que lo mismo sirve para agitar cinturas mulatas en el Caribe alrededor de una cumbia, que para redomar el alma de una estrella acostumbrada a los grandes escenarios. Shangó no cesa de castigar el cuero. Sus alumnos de ocasión, unos 25, tratan de imitarlo. Ahora hay palmas dentro del público que persiguen la melodía. “Este chico, dice Brown, con emoción evidente ante todos, carga el auténtico sonido de África en las manos”. ¡Bum pá! ¡Bum pá! Aplausos. Muchos aplausos. ***** Esas manos de Shangó Dely, lo comprobaré luego, son tan tiernas como callosas. Por encima parecen dispuestas para deslizarse sobre un piano de cola, pero en sus palmas cargan grietas incurables que un día dolieron y costaron lágrimas. Ya no: los percusionistas entienden pronto que sus manos quedan inservibles para regalar caricias. Shangó interpreta instrumentos de percusión desde muy pequeño, cuando su padre, Istvan Dely un húngaro de corazón latinoamericano, lo sentó frente a un tambor junto a su hermano, David, en la escuela musical que no hacía mucho había fundado en el barrio La Boquilla de Cartagena y que años después anclaría también en Barranquilla: Cabildo de Tambores Millero Congo. No tenía más de 6 años. Sentado, el tambor le llegaba a la quijada y apenas si podía alcanzarlo. El niño Shangó vivía en una casa amable del barrio Crespo de Cartagena, al lado del aeropuerto Rafael Núñez, cuyo patio estaba dominado por árboles de guayaba, mango, papaya y guanábana. Este hombre que es tan niño lo recuerda todo bien: “Tocaba de manera torpe al principio, claro; incluso mi hermano aprendió primero que yo; pero desde ese día sentí una magia especial con el tambó. Al año siguiente ya tenía mi propio instrumento y no pude volver a soltarlo nunca”. El niño, desde entonces, aprendió a pasearse con solvencia por los ritmos afro-cubanos. Del toque de palo al yambú. Del guaguancó al abakuá. Del bembé a la conga de comparsa. Del mozambique a la macuta y la salsa. Fue hasta la propia Cuba y allá se quedó con el título de Mejor Estudiante en el Curso Internacional de Folklore Folkcuba, dictado en La Habana en 1989. La más importante cita académica de la percusión. Tenía solo 10 años y él, Shangó, fue el único niño que participó. Doce meses atrás se había convertido en el Mejor Tamborero del II Festival de Tambores de San Basilio de Palenque. ¡Bum pá! ¡Bum pá! ¡Bum pá! El chico mostraba raza. Hacía historia.Pasó por varias agrupaciones, sin abandonar jamás ‘Millero congo’, la que conformó junto a su hermano David y su madre Leonor como vocalista.Así que de él pueden llegarnos noticias desde Bogotá, desde Madrid, desde Los Ángeles, Buenos Aires, Nueva York o Portugal, pero siempre emprende el viaje a la semilla: ese que lo deja en esa patria querendona llamada ‘Millero congo’, allá en su Cartagena natal, en la que interpreta tambores, llamadores y congas, así como produce álbumes y canciones. Y eso, está seguro, “no lo cambiaría por todos los Grammy de este mundo”.Con el tiempo, dice, fue dándose cuenta por qué, tal como repetía tantas veces su padre, “el tambó no era un simple instrumento por dominar, sino un universo por descubrir”.Es que esta historia, para ser honestos, no comienza en Cartagena de Indias, un septiembre de hace 33 años, cuando nace Shangó Dely. Comienza en la lejana Hungría, en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial, cuando los rusos se medían en un duelo militar con los alemanes, por hacerse a un país tan chico que puede atravesarse de lado a lado, a bordo de un vehículo, en solo seis horas. Istvan Dely, lo ha contado ante sus hijos varias veces, abrió los ojos por primera vez en una Europa en ruinas en 1944, en medio de bombazos de guerra y un frío que helaba la sangre. De ese momento conserva dos lecciones que transformó en doctrina hasta hoy, convertido ya en un venerable anciano de 69 años: aquellos bombazos los cambiaría por el golpe seco de los tambores “yo seré tamborero”, repetía cada vez que veía en escena en su país grupos de música africana— y en lugar de paisajes gélidos un día marcharía al trópico. La vida le cumplió: Istvan acabó, siendo muy joven, en las calles de La Habana con la excusa de servir de traductor a un profesor húngaro de waterpolo. En Cuba, a su llegada, aún estaba fresco el olor de la entrada de Fidel Castro a la capital. Era 1966. Más pronto que tarde, el joven Istvan terminaría frente a José Oriol Bustamente, un percusionista veterano parido en la cultura palera (propia de Congo y de Angola), quien le enseñaría no solo a dominar los ritmos cubanos a golpe de tambor, sino su poderosa relación con los orishas, con la santería. Istvan, entonces, es un músico sin pentagramas. A cambio de eso, aprendió que el tambor es más que un convidado de la fiesta pagana: tambor es medicina para los males del alma y del cuerpo; tambor es la celebración de la vida misma; tambor es, fue, armadura contra el látigo del amo. Tambor es lengua, llamado y nostalgia de piel negra.El traductor, pues, pasó a convertirse en el primer conguero de Europa del Este. Se fue como un húngaro más, pero regresó a su país, después de tres años largos, transformado en un latinoamericano exótico con una misión expresa por parte del maestro Oriol: sembrar la semilla de Changó. América le había permitido a Istvan comprender lo que antes era apenas una sospecha: pese a su espíritu atildado de escritor de poesía y su dominio de siete idiomas, inglés, francés, húngaro, español, ruso y alemán, la esencia de su vida descansaba bajo el altar de Changó.Fue eso lo que atrajo a los integrantes de ‘Los pachungos’, un grupo de jazz que le abrió las puertas. Con ellos, en Francia, como escala de una gira de la agrupación por ese continente, conoció a Leonor, mulata colombiana y hermosa que desde niña había aprendido los secretos del tiple para acompañar a su padre tumaqueño en serenatas. Esa mulata, vaya coincidencia, se presentaba también con un grupo de ballet folclórico en varios teatros de ese país. A los dos, Istvan y Leonor, les bastó apenas una noche bajo la luna de París para entender que estaban hechos el uno al otro. Cada uno regresó a su nación con la nostalgia de un par de besos, y durante largo tiempo intercambiaron cartas de promesas perfumadas, de un océano a otro. Cuenta la historia que el amor pudo más y que esa fue la razón por la que Istvan Dely, el traductor y poeta húngaro, acabó en Cartagena fundando una escuela gratuita de percusión. Para Gustavo Tatis Guerra, periodista del diario El Universal de La Heróica, no es posible entender la formación de Shangó sin entender la poderosa influencia de su padre, “un hombre que ha hecho historia no solo por su sabiduría musical y su vasta cultura, sino por haber traducido al húngaro varios cuentos de García Márquez y la novela ‘El otoño del patriarca”.***** Shangó Dely empuja un sorbo de su bombón, una bebida famosa entre los españoles: es un café expreso que se sirve sobre una base de leche condensada. Uno de esos placeres sencillos con los que el cartagenero engaña la nostalgia de los sabores de la patria que no está al alcance: las empañadas, los jugos de fruta fresca, y la guayaba recién cogida del mítico palo que se alzaba en la casa del barrio Crespo.Lo hace en una café de Sevilla, una de las más bellas ciudades del sur de España, vestido de camiseta verde, sandalias y un pantalón adolescente, con cierres por todos lados. Lo hace mientras habla de cómo, con tan solo 17 años, terminó en los ensayos de La Provincia, la banda que formara Carlos Vives en los tiempos gratos en que ‘La Gota Fría’ y ‘Alicia dorada’ pusieron al mundo a cantar vallenato. Junto al samario, Shangó grabaría los álbumes ‘El amor de mi tierra’ y ‘Déjame entrar’. Este último se quedaría con un premio Grammy en 2002 y dos Grammy Latinos. Y junto a él también escribiría historias memorables, como aquella vez en que salió, con sus manos puestas sobre el tambor, en la primera página de un periódico de circulación nacional en Colombia, en cuya foto se leía el nombre de Vives. El look de ambos, risos altaneros, sonrisa blanco, shorts cortos, acabó por confundir al fotógrafo.Con La Provincia, Shangó trabajó cerca de una década, conoció una treintena de países y se ganó un lugar como percusionista en Colombia. Shangó Dely se hizo famoso. Ahora, sentado en este café, reconoce que ese reconocimiento temprano y ese ritmo sin tregua de trabajo fue lo que le impidió terminar los estudios de música que inició en la Universidad del Atlántico de Barranquilla y después en la Universidad Javeriana de Bogotá. Ni falta que hicieron. Después de su trabajo junto a Vives, Shangó marchó hacia Estados Unidos, donde trabajó al lado de dos grandes músicos y productores, JB Eckl y KC Porter, y donde terminó en la banda de Carlos Santana, con quien grabaría el álbum ‘Supernatural’. También grabaría con grandes como Emilio Estefan, John Barnes y Brian Culbertson. Justamente Porter, quien ganara un Grammy como Productor del Año por su labor en ‘Supernatural’ y trabajara al lado de figuras como Michael Jackson, asegura que Shangó no solo es el percusionista innato más arrollador que ha conocido, “sino que se está estableciendo como uno de los más destacados percusionistas del mundo”.Shangó recuerda con cariño esos días de buena estrella que supo administrar hasta su arribo a Hungría, el país de su padre, al que llegó no solo para conocer sus raíces, sino para iniciar su vida como músico en Europa. “Fue un sueño que fui alimentando desde niño, cada vez que mi papá hablaba de su país. Estaba seguro de que un pedazo de mi vida y de mi carrera esperaba allá por mí”. Sucedió en 2005. Su hermano, David, vivía en Hungría desde hacía un buen tiempo y a la llegada de Shangó conformó junto a otros músicos un grupo de percusión. Eran nada menos que los hijos de Istvan Dely, una verdadera leyenda de ese país. La empresa musical duró solo un par de años porque, tal como un día le sucedió a don Istvan, el amor tocó a la puerta de Shangó. Se mudó a España con quien después sería su esposa, Clara Sánchez, una realizadora madrileña de cine y televisión.Ella, Clara, es también una especie de mánager. La que organiza la agenda de este niñito colombiano, al que cuesta trabajo mantener sentado y en un solo sitio. Solo los tambores, admite la mujer, consiguen mantenerlo en tierra firme. Shangó sin tambores es solo un chiquillo disperso, al que ves caminar de un lado a otro golpeando con sus manos pequeñas congas y tamboras imaginarias.Junto a Clara, Shangó consiguió hacer más menos pesada la vida en España, que al comienzo solo le abrió las puertas como maestro de idiomas. Los tambores tuvo que guardarlos durante largo tiempo. “Aquí en España, relata Shangó, no importa qué hoja de vida tienes, sino qué contactos tienes. Yo tuve la suerte de conocer al director de un grupo de música latina, ‘Los chocolatinos’, con quien me fui abriendo puertas, porque pese a haber trabajado con Vives y Santana no era más que otro latinoamericano tratando de ganarse un lugar”.Hoy, el niño de Cartagena no solo es uno de los percusionistas más renombrados de España; dicta clases de percusión y se pasea con solvencia por el flamenco, los ritmos afro-cubanos y los tradicionales de Colombia. De hecho, su proyecto musical más reciente, ‘El tamborero embrujao’, lo escribió al lado de Alberto Llerena Martínez, hijo de la célebre Petrona Martínez. El viejo Istvan Dely, allá en Cartagena, debe sentirse orgulloso. Un día, hace medio siglo, partió desde la lejana Hungría dispuesto a conquistar a América a golpe de tambó. Y lo consiguió. Treinta años más tarde, su hijo emprendió el camino de regreso, también como percusionista. Y la suerte tampoco fue esquiva. Gracias, Changó. ¡Bum pá! ¡Bum pá! ¡Bum pá!. Por invitación de la Ruta Quetzal - BBVA

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