Savia Pacífico, el libro que retrata al Litoral

Agosto 09, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Catalina Villa| Editora de GACETA
Savia Pacífico, el libro que retrata al Litoral

Tercer libro de la serie Savia, realizado por los periodistas Héctor Rincón y Ana María Cano.

Sus entrañas misteriosas, su espesura, su riqueza y profundidad. Eso fue lo que sedujo a estos curtidos periodistas del Pacífico colombiano, “nuestro Pacífico”. El resultado es el tercer libro de la serie Savia, dedicado a la región occidental colombiana. Charla con Héctor Rincón y Ana María Cano.

Ellos, periodistas curtidos en eso de recorrer, observar e investigar el país, no tenían muy claro con qué se encontrarían. El Pacífico representaba un enigma para ellos, mucho más, incluso, que el mismo Amazonas, cuyas selvas y planicies ya se habían aventurado a explorar. Pero ese misterio, en lugar de prevenirlos, los sedujo aún más. Y entonces se internaron en esa selva indómita de aguaceros que no cesan y vientos que no dejan de soplar.

El resultado de la expedición es Savia Pacífico, el tercer volúmen que los periodistas Héctor Rincón y Ana María Cano editan sobre las regiones del país, un proyecto emprendido con el apoyo de Argos y que busca, en principio, reconocer esa riqueza botánica que nos tocó en suerte y pareciera nos hemos empeñado en ignorar. “Al estar metidos en sus entrañas, descubrimos que en ellas se esconde una selva aún más biodiversa que el Amazonas mismo. El Pacífico tiene una vegetación más frondosa, mucho más colosal por razones de suelos. Es más denso y más misterioso; más aguacerudo y tenebroso. Todo eso hizo de esta una aventura maravillosa”, cuenta Héctor Rincón, quien de joven se recorrió medio país, narrando esa Colombia oculta.

Treinta años después, en compañía de su esposa la periodista Ana María Cano, recorre muchos de esos pasos, pero con otra mirada. “Más que otra mirada es la necesidad de narrar este país con los ojos de la belleza”, dice.

 

Héctor y Ana María ¿cómo abordan ese recorrido por ese Pacífico que ustedes llaman tenebroso y colosal?

H.R.: Lo abordamos en el norte, donde nace el Darién, es decir más al norte de Bahía Solano y la Ensenada de Utría. Recorrimos la zona de Quibdó, viajamos por el Atrato, bajando hacia el delta. En el Valle estuvimos en la zona de Juachaco y Ladrilleros y en Buenaventura. Fuimos a Nariño, a toda la parte de Tumaco, y al río Patía. Fuimos a Guapi y a las islas.

En total fueron cinco excursiones, cada una de ellas en promedio de siete días; eso como trabajo de campo. El trabajo de investigación fue más arduo, de meses. En él participaron 50 personas entre reporteros, investigadores, botánicos, correctores, ilustradores y fotógrafos.

Hubo un descubrimento botánico, cosa que no les había pasado en las expediciones anteriores…

A.M.C.: Sí. Fue descubierto por el profe Cogoyo, que es el director científico de la colección Savia. Encontramos en la selva cercana a Bahía Solano un nuevo registro para Colombia de una planta que si bien tenía registro en Asia y en Centro América, no lo tenía en Colombia. Y la encontramos en el Jardín Botánico del Pacífico, lo que fue un hallazgo maravilloso. Aunque no debería ser sorpresa, puesto que el 15% de las familias botánicas del mundo está aquí.

Eso también revela y ratifica la noción de la Pangea, la existencia de un solo mundo. Y eso es algo muy bello que pudimos desarrollar en el libro: contar que geológicamente la selva chocoana, la selva del Pacífico y la selva amazónica fueron una sola selva. Solo cuando se levantó la cordillera de los Andes estas empezaron a apartarse y quedaron la una y la otra con una hermandad de especies que se pueden encontrar en una y otra. Eso lo describimos justamente en un capítulo llamado ‘La hermandad de los bosques’, un texto muy lindo escrito por un geólogo.

A pesar de esa riqueza, no es secreto que el Pacífico ha sido una región ignorada por el resto del país…

A.M.C: La soberbia del centro, la soberbia del mundo andino que cree que tiene todas las claves de las cosas, piensa en Japón o en Singapur cuando se menciona al Pacífico. Es que todavía no sabemos que el Pacífico nos pertenece y que comienza justamente en Colombia. Es una lástima que ese centro soberbio no reconozca que esto que parece tan primitivo y tan olvidado puede tener unas claves de modernidad y de desarrollo impresionantes. El futuro está aquí.

H.R.: El Pacífico colombiano, sobre todo el Chocó biogeográfico, está habitado por negros e indígenas. Y nada puede ser más repelente para esa Colombia que se cree blanca y aristocrática que un negro y un indígena. Pero cuando tú llegas a su territorio, y vez qué principio organizador tienen, te das cuenta que ellos no han perdido el hilo con su cultura, nosotros sí. Y eso no se reconoce en este país.

Sorprende la resistencia de sus habitantes, su capacidad de sobrevivir a pesar del olvido…

H. R.: Esa es una porción de una Colombia ignota, ignorada, olvidada, vilipendiada, y a la vez riquísima. Sus habitantes son sobrevivientes de una geografía arisca y de un olvido ancestral. Pero quizá ese olvido los ha puesto a salvo y los ha hecho más inteligentes. Tanto a los indígenas como a los negros los salva una total alianza con la naturaleza. Ellos son sobrevivientes porque saben exactamente cómo es, cómo se preserva, para qué sirve, es una lección de vida que le podrían dar a todo el país.

Uno de los temas que ustedes siempre abordan en materia botánica es su riqueza medicinal; el bosque como una botica. ¿Qué descubrieron en el Pacífico?

A.M.C.: Es sobrecogedor ver cómo estas comunidades combaten enfermedades severas como afecciones renales y de sangre, gracias a las plantas. Saben cómo usarlas, son prodigiosos en eso.

H.R.: En el mercado de Quibdó, por ejemplo, al borde del río, hay muchos kioskos de hierbas a donde llegan los indígenas o los campesinos con las fórmulas que les han escrito los curanderos, en unas letras extremadamente difíciles de leer y que la vendedora las interpreta como el boticario interpreta la penicilina. Me quedé asombrado. Para ellos la huerta es la farmacia. Y eso tenemos que comprenderlo. Que la riqueza natural del Pacífico es vital para la salud de la humanidad.

¿Cómo los ha tranformado esta experiencia? No solo la del Pacífico sino, en general, el proyecto de Savia?

A.M.C.: A mí me ha revelado que el país estrecho y sórdido que nos hemos encargado de construir los medios de comunicación, no tiene relación con el país amplio y completamente abierto y esperanzador que he visto en este viaje.

H.R.: Recorrer muchas de esas regiones que ya había recorrido como reportero, y verlas con otros ojos, fue muy satisfactorio. Pero quizá la gran enseñanza es encontrar que uno puede hacer periodismo --y debe hacerse-- bajo la necesidad de registrar la belleza. El periodismo no solo está para relatar la tragedia. El periodismo tiene la obligación de narrar la esperanza, y nosotros tenemos materia prima para hacerlo. Por desgracia, las urgencias, los monotemas, los tips, la política y la farándula impiden que los periodistas veamos más allá.

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