Salario mínimo, vivir con nada

Salario mínimo, vivir con nada

Diciembre 06, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Por Santiago Cruz Hoyos | Periodista de GACETA
Salario mínimo, vivir con nada

'Salario mínimo' fue publicado por Tusquets Editores.

Durante seis meses, Andrés Felipe Solano vivió con el salario mínimo. La crónica en la que intenta explicar qué significa aquello la publicó en una revista y ahora se convirtió en un libro que debería ser lectura obligada para industriales y políticos.

Era 2007 y Andrés Felipe Solano estaba esperando un bus en alguna avenida de Medellín. Había viajado a esa ciudad para hacer un experimento: dejar de ser periodista, vivir con el sueldo generoso que le aseguraba la revista SoHo, y en cambio trabajar en una fábrica de ropa donde le pagaban el salario mínimo de entonces: $484. 500. Su plan era vivir seis meses con el sueldo que reciben un poco más de la mitad de los colombianos que laboran para  después intentar explicar – en una crónica -   qué significa aquello. 

En el sitio donde esperaba el bus, la ruta O69, un hombre vendía churros recubiertos de azúcar. Solano recuerda que olían bien. “Mejor de lo que puedo soportar”.  Porque entre otras cosas, si compraba los churros, se quedaba sin el dinero para pagar el bus que lo llevaba al barrio Santa Inés, donde arrendaba un cuarto. Son las elecciones que debe sortear  quien vive con el mínimo. 

En otra ocasión tuvo que decidir si comprar una cuchilla para afeitar o una pasta para la gripa. Por esos días justamente escribió en un papel el número de prendas que había contado en una jornada de trabajo en la fábrica de ropa: 1253. Conservó el número para acordarse siempre de lo que un hombre puede llegar a hacer por dinero. 

No tener dinero, se dijo después,  “es como andar desnudo o haber perdido a la madre en la infancia. Es difícil luchar contra este sentimiento de orfandad. Entonces, si se tiene dinero, ¿se es alguien diferente? Dicen que la única manera de dejar de pensar en el dinero es tener tantísimo que ya no importa su valor. ¿Y cómo se hace, cómo se llega allá?”

La crónica se publicó primero en la revista SoHo. Ahora, después de un trabajo riguroso de edición– mover párrafos, comas, corregir datos -  se convirtió en un libro que, pienso, debería ser de lectura obligada para políticos y empresarios, sobre todo cuando se empieza a ‘negociar’ el salario mínimo de Colombia. 

¿Cómo es que Andrés Felipe Solano termina viviendo seis meses con el salario mínimo? 

Cuando trabajé como editor de crónicas de la revista SoHo esta idea siempre rondó la redacción. Se la propusimos a un par de periodistas pero ninguno arrancó. En el 2007 me vi frente a una encrucijada vital por diversos motivos y pensé que era la oportunidad para arriesgar algo, para tirar los dados, para desenraizarme y lanzarme de cabeza a un proyecto de largo aliento. Así que me ofrecí y además propuse que la crónica se hiciera en Medellín, una ciudad que para bien o para mal ha marcado los últimos treinta años de la historia de Colombia.

¿Cómo fue la carpintería de la crónica? ¿Cómo se organizan seis meses de reportería diaria?

Tomé notas en una libreta pequeña que siempre llevaba conmigo. En la fábrica empecé a ir mucho al baño para anotar cosas y mi jefe se molestó. Lo que hice fue anotar en pequeños papelitos las cosas que me interesaban y en la noche los sacaba de mis bolsillos y los transcribía. Al principio anotaba absolutamente todo, no en vano estaba frente a una nueva vida, pero con el tiempo mis días empezaron a parecerse: de la casa a la fábrica, de la fábrica a la casa. Quizás entonces empecé a pensar en las implicaciones de fondo de esta crónica.

En el epílogo cuenta en parte lo que fue el proceso de escritura, algo así como un parto. ¿Por qué? 

Fue realmente agotador. Llegué a Bogotá de nuevo y mi vida no engranaba, no tenía lugar dónde vivir –me mudé con mi hermana-, el regreso a mi antigua vida resultó violento, y además me pidieron que escribiera la crónica en dos meses. Acepté con ingenuidad. Me dije bueno, salgamos de esto ya. Obviamente no fue nada fácil. Llevaba seis meses sin escribir, estaba engarrotado. Fuera de eso, poner todos aquellos días juntos y darles un sentido en tan pocas páginas empezó a convertirse en algo imposible. A medida que escribía también surgieron preguntas sobre mi propio trabajo. Fue cuando pedí ayuda y un editor externo me dio una mano, vio la experiencia desde afuera y me guió. Fumé como un loco, me bañaba tres veces al día para aclarar las ideas, no tuve domingos.

¿Qué cambió de la primera versión de la crónica a la del libro?

La primera versión, la de la revista, tiene una estructura compartimentada que surgió de los espacios: la casa, el barrio, la fábrica, el bar de salsa al que a veces iba. Fue la manera más efectiva que encontré en ese momento para verter mi experiencia. Cuando volví sobre la crónica para el libro pensaba darle algunos retoques para que se entendiera más rápidamente lo que había hecho, pero conversando con mis editores me di cuenta que la crónica necesitaba una sacudida fuerte. Entonces moví verdaderas placas tectónicas de texto y logré darle una fluidez que antes no tenía. La estructura es muy diferente al original y el contenido, aunque es el mismo casi todo, se lee de una manera totalmente nueva.

 Al principio tenía en mente armar una antología con algunas de mis crónicas e incluir la del salario mínimo en ella. Sin embargo Marcel Ventura, editor de Planeta, me propuso que  sacáramos la crónica sola. La idea me empezó a rondar y todo acabó de cerrarse cuando él me propuso que trabajara con Leila Guerriero como editora. 

¿Cómo es trabajar con la cronista Leila Guerriero, por cierto?   

Es la tercera vez que trabajo con ella. Primero me encargó un perfil sobre un escritor colombiano homosexual que se suicidó en los años treinta, Bernardo Arias Trujillo, que además era morfinómano. Fue una labor mayéutica de su parte. Hay una cosa maravillosa en sus correos. Siempre, por lo menos yo, me pongo muy ansioso ante la respuesta de un editor después de la primera lectura. Si el correo comienza con una frase ambigua me vengo abajo rápidamente y me cuesta mucho pararme. 

Leila te entrega un párrafo donde rescata las fortalezas del texto y después, con mucho tacto, clava los alfileres justos para que reacciones y te des cuenta de la cantidad de errores y caminos equivocados que elegiste. Tiene manos de acupunturista en ese sentido. 

De su trabajo como tal, admiro esos cambios de ritmo endemoniados que a veces consigue, esas pausas donde se oye respirar o toser a alguien, donde los pensamientos mismos se oyen. Pero sobre todo admiro la capacidad que tiene para desdoblarse, porque hasta donde sé ella misma hace de editora de sus textos. Así que en una crónica o un perfil suyo hay dos Leilas, una frente a la otra, sin concesiones. Creo que es lo más difícil de lograr para un escritor o periodista, ser un juez implacable con sus textos y tener la valentía y la lucidez para rescatarlos cuando encallan. Esa es la gran lección que se puede aprender de Leila, que luego se repitió en un libro sobre mi primer año en Seúl, una especie de diario, del que ella fue editora. Y ahora con la crónica del salario mínimo.

Volviendo al libro, ¿qué pasó con la gente que hizo parte de su historia durante la reportería? Digo: la familia que te acogió, la empresa, los empleados (qué no sabían lo que  estabas haciendo, una crónica). 

La familia siempre supo qué estaba haciendo, pero en la fábrica era un total impostor. Esa doble condición me generó muchas preguntas y dudas, que terminé por incluir en la crónica para darle una carga de honestidad, para decirle al lector, mire, hice esto y tenía estos motivos, y sepa que hasta el final me he preguntado por qué lo hice. En el epílogo cuento cómo me seguí hablando con la familia en todo este tiempo y los ires y venires de esta relación.

“Soy un escritor que a veces escribe ficción y otras no ficción, tan simple como eso. Ahora mismo, después de dos libros  de no ficción, estoy en medio de una novela que tiene un componente real muy palpable: la participación de Colombia en la guerra de Corea”.

Poniéndome en sus zapatos, no sé si era un problema -  para la historia – el saber que solo iba a vivir con el salario mínimo seis meses, que después  llegaría una remuneración importante. ¿Cómo entender en realidad al colombiano que vive con un sueldo mínimo?

Es imposible y entendí eso muy rápido, pero por otro lado estuve allí, en una fábrica, seis meses, contando prendas diez horas al día y viví de lo que me ganaba por hacerlo. Otra cosa habría sido si voy con mi grabadora una semana, entrevisto a quince obreros, regreso a la sala de redacción y escribo una crónica en primera persona sobre lo que es ganarse el salario mínimo. En esa medida creo que le di carne y sudor a esos números que siempre vemos una y otra vez en la televisión y en los periódicos cuando se acerca el fin del año, aquellos números alrededor de los que se arman titulares vacíos del tipo: ‘Empresarios, gobierno y gremios se retiran de la mesa de negociaciones. No se llega a un acuerdo para el aumento del salario mínimo’.

A propósito, supongo que hay datos que se quedan por fuera de la crónica.  ¿Cuáles son los ‘malabares’ extremos que deben hacer los colombianos que viven con el mínimo y de los cuáles seguramente fuiste testigo?

Justo cuando salió la crónica y me invitaron a hablar en una universidad, un estudiante se quejó de que no había datos. Y si alguien espera encontrar listas del Dane y del Ministerio de Hacienda, pues seguro no las va a encontrar. Aún así deslicé a lo largo del texto líneas que hablan desde lo cotidiano sobre las implicaciones de ganarse el salario mínimo y las decisiones que se toman cuando debes escoger entre comprar cuchillas de afeitar o pastillas para la gripa. Pero por supuesto, muchas cosas quedaron por fuera, entre ellas algunas historias de solidaridad que me habría gustado incluir. Me sorprendieron mucho las redes que se tejen entre las personas de los barrios y que ni siquiera la violencia más extrema logra romper del todo.

¿Esta crónica le cambió la vida?  ¿Qué pistas le dio de lo que es Colombia? 

Le dio un vuelco a mi vida, quizás más brutal de lo que esperaba. Nunca me volví a emplear de tiempo completo, mi relación con el dinero cambió sin duda y además empecé a sentirme cómodo con la clase media de la que hago parte, cosa que siempre me había cuestionado por los ámbitos en los que me había movido hasta ese momento. Y sí, me dio a entender que Colombia es un cruce de caminos brutal y despiadado, donde a pesar de que todos quieren sacar algo del otro, también existen momentos de solidaridad que nos redimen. 

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