Rosmilda Quiñones, la matrona que preserva en Buenaventura el arte de la partería

Diciembre 06, 2013 - 12:00 a.m. Por:
Lucy Lorena Libreros I Periodista de GACETA
Rosmilda Quiñones, la matrona que preserva en Buenaventura el arte de la partería

Rosmilda fue reconocida por el Ministerio de Cultura por la dedicación al enriquecimiento de la cultura ancestral de la comunidades negras, raizales, palenqueras y afrocolombianas.

Mientras la violencia y la muerte parecen ensañarse con Buenaventura, las manos de esta negraza de risa encendida preservan uno de los artes más ancestrales y bellos de nuestra Costa Pacífica: la partería.

Fue solo en ese momento que Rosmilda Quiñones debió bajar la mirada y dejar de sonreír. Segundos antes, en el segundo piso de su casa del barrio La Independencia de Buenaventura, había escuchado una pregunta triste: ¿acaso cuántos de esos chiquillos, cientos, que ella ha ayudado a llegar al mundo en más de tres décadas han caído asesinados ya, cuántos de todos ellos no hallaron la manera de escapar a la intransigencia de esa muerte bárbara que se ha ensañado con El Puerto en estos últimos años? ¿Esa muerte que solo en 2103 se ha llevado a 144 personas? ¿Cuantos, Rosmilda, cuántos? Ella prefiere no saber: “ni pregunto, ni me cuentan”, dice, aún con la mirada hundida en el suelo, como si aquello de negarse a escuchar los rumores de esa violencia que le respira tan de cerca hubiera sido una promesa pactada en secreto con las mujeres que ha ayudado a parir. “Y es mejor así”, está segura. “A esta edad mía, después de ver nacer a tantas y tantas criaturas, de ser feliz con eso y hacer felices a otros, yo prefiero seguir creyendo más en el poder de la vida que en el dolor de la muerte”. El lugar donde lo cuenta Rosmilda es justamente un espacio amplio y luminoso hasta donde, desde hace 25 años, decenas de mujeres de toda la costa pacífica colombiana llegan para aprender sobre el arte ancestral de enseñar a nacer: la partería. Ese lugar se llama la Asociación de Parteras Unidas del Pacífico, pero ‘Minda’, como llaman todos a esta negraza de risa encendida y manos grandes y pulidas, se refiere a ella con un nombre igual de sonoro y gozón a un currulao: Asoparupa. Ella misma la fundó y hoy agrupa, según sus cálculos, a unas 180 mujeres de todas las edades que, empujadas por la tradición de la orisha Yemayá, la deidad femenina por excelencia, “la reina de los mares que nació con la luna” —como lo han creído durante miles de años sus ancestros africanos— ejercen la partería como un oficio tan sabio como la mismísima ciencia. A nadie en Buenaventura le extrañó, pues, que a mamá ‘Minda’ la hubiesen premiado por eso. Que haya tenido que viajar hasta Bogotá, hace pocos días, para recibir aplausos de todo un auditorio: el Ministerio de Cultura, enhorabuena, decidió exaltar su dedicación en aras de preservar con terquedad y dulzura una práctica ancestral, hasta hace muy poco incomprendida y mirada con desconfianza.“Es que a nosotras, las parteras, nos consideraban unas brujas y no mujeres que simplemente, desde niñas, aprendemos a creer en la medicina tradicional y en las plantas que nos da la naturaleza para curar todos los males. Esta es la hora en la que incluso a la gran mayoría de parteras no se les paga un solo peso por su labor”, se queja Rosmilda.Cansada de la discordia, esta matrona reunió entonces 25 años atrás a un grupo de parteras tan entregadas como ella, y las organizó. Las censó, las carnetizó. Incluso creó una tabla de tarifas para que lograran dignificar su oficio. Les asignó tareas. Y barrios. Entonces usted llega a Asoparupa y tropieza con varias carteleras de colores en las paredes, en las que las parteras van consignando con esmero el estado de cada una de las mujeres embarazadas que tienen a su cargo, que a veces pueden sumar hasta ocho. Casi todas, tristemente, menores de edad, niñitas de 13 y 14 años o menos, muchas de las cuáles no tienen seguridad sobre quién es el padre del hijo que esperan, empujadas de repente a esa gigante tarea de trasnochos, teteros y pañales. Tan organizada es la cosa aquí que eso de prepararse para ser partera lleva su buen tiempo. Las más ancianas aprendieron a “partiar” desde pequeñas en los patios de sus casas, con los consejos y los ejemplos de sus madres, de sus tías, de sus abuelas, que se fueron convirtiendo con los años en las matronas de sus comunidades. Pero a quienes se asoman por interés y no por tradición a la partería les puede tomar hasta dos años, como mínimo, quedar listas para sentar a una embarazada enfrente. Lo sabe Martha Carvajal, una negra bella de 25 años que completa apenas el primero de su formación. Lo sabe María Cerbeliona, de 83 años, que aprendió de su abuelo sobre destrancadera, varejón, anamú, altamisa y otras hierbas milagrosas para ayudar en la dieta de las parturientas. Y también la ‘comadrona vieja’, como llaman a María Irene Aramburo, una de las parteras más veteranas de Asoparupa, que nació al pie de un río, en su natal Yurumanguí, después de que su madre tuviera que soltar de urgencia el guasá con el que celebraba las fiestas del 24 de diciembre porque los dolores de parto la sorprendieron sola y lejos de un hospital. Hoy ya tiene 84 años distribuidos en una figura menuda. Es dueña de una memoria lúcida y sin fisuras y energías de sobra, según dice, para seguir dándoles la bienvenida a muchos más muchachos, a “muchos otros renacientes”.Es ella quien advierte que el único requisito para que una mujer pueda estar sentada en este lugar, con deseos de aprender a dar vida, es —obvio— haber parido ya, preferiblemente de forma natural. Aquí, en Asoparupa, el onceavo mandamiento suena simple y poderoso: “una partera no cree mucho en una vida que nace después de una cesárea señalada con marcador en un calendario, un niño debe nacer el día que le toca; no el día que le impongan”.****Ahora mismo, mamá ‘Minda’ sostiene entre las manos una placenta fabricada con retazos de tela. La usa para las clases que imparte, sin falta, todos los sábados en la sede de su fundación a las futuras parteras. Ese órgano, les dice, es la génesis de todo: es allí donde vive el niño durante sus 9 meses de gestación y lo que debe sustraérsele a la mamá una vez haya parido. “Aquí, en la asociación, les explico cómo deben retirarla, cómo lograr que la mamá la expulse completa, porque si llega a quedar algún residuo en el cuerpo, por más pequeñito que sea, puede causar una infección. Por eso es que ser partera no es asunto fácil”. Junto a la placenta de mentiras, hay una campana de pinard, un objeto en forma de cilindro que les sirve a las parteras para sentir los latidos del corazón del bebé en la barriga de su mamá; un tensiómetro y un dopler fetal. Ningún detalle de esa preparación ha sido dejado al azar. Irene, la ‘comadrona vieja’, suelta una risita tímida mientras escucha hablar a mamá ‘Minda’. Dice sin remilgos que ya perdió la cuenta de cuántos niños ha recibido con sus manos sabias de partera. Pero acaso quizás eso sea lo de menos. Lo que importa en realidad es lo que logran manos como las suyas y las de Rosmilda Quiñones: prodigar masajes generosos con las yemas de sus pulgares en la cintura de la madre para que ella pueda sobrellevar la dureza de las contracciones; hacen lo propio en vientres embarazados para que el bebé tome la postura ideal cuando se acerca el momento de nacer; acarician como se debe para que no aparezcan las temidas estrías, preparan el primer baño del bebé con agua y tres hojitas de ají para protegerlo del mal de ojo. Son esas mismas manos las que preparan además la tomaseca, una de las bebidas más conocidas de nuestro Pacífico, “elaborada con viche y 25 plantas aromáticas, curativas y alimenticias”, como explica ‘Minda’.Porque mientras una mamá que da a luz a su hijo en un hospital debe aguardar por horas para recibir bocado, las parteras creen que, a cambio de eso, la nueva mamá debe regalarse un traguito caliente de tomaseca “para que se relaje y se desconecte de todo y pueda dormir, descansar y prepararse para lactar”, agrega Rosmilda. Esa es la razón por la que parteras como ellas defienden los nacimientos en casa, en los que participan desde el padre de la criatura hasta la suegra de la futura mamá. “A mí no me gusta —conversa Irene— llevar a las muchachas a parir al hospital porque las tiran en una cama solitas. Los médicos y enfermeras no saben nada de lo que les está pasando, no les tienen paciencia. Las parteras, en cambio, les hacemos sobos, les damos bebidas con hierba de la virgen y destrancadera para que el niño salga rapidito. Por eso la mujer no sufre tanto ni el niño tampoco y ella va a recordar con cariño haberse convertido en madre”. ‘Minda’ le da la razón y piensa en su propia experiencia. Madre de tres hijos, hoy de 33, 32 y 25 años, Rosmilda recuerda con especial amargura el nacimiento de Ronald, el mayor. Durante todo un día con sus horas completas, la obligaron a sentir los dolores del parto en una camilla. Y en vista de que Rosmilda no dilataba lo suficiente, le aplicaron Pitocín, medicamento que acelera las contracciones y, por supuesto, incrementa el dolor. Tantas horas después el dolor se hizo tan agudo, tan insoportable, tan indecible, “que sentí deseos de arrojarme por una ventana, de saltar al vacío. Y la única respuesta que obtuve fue un regaño tremendo del médico que me hizo sentir tan mal que uno llega incluso a pensar que no va a servir para ser madre”.La escena está lejos de parecerse al parto asistido por una matrona del Pacífico: cuando la hora de nacimiento del bebé es inminente, la futura mamá invita a su casa a su gente cercana: su esposo para que corte el cordón umbilical, su madre para que le susurre palabras cálidas al oído, su suegra para sentirse confiada. Suenan el cununo y la marimba de algún vecino alegre. Y entonces el parto se convierte en fiesta. Dar a la luz no es una tarea, es una celebración. Rosmilda lo explica de manera sencilla y bella: “cuando usted va a recibir una visita que viene de lejos y que ha esperado por largo tiempo, pone bonita la casa y música y prepara su mejor receta. Nosotras, las parteras, creemos que ese nuevo ser que está por llegar, que ha sido esperado también por tanto tiempo, merece esa misma bienvenida”. ‘Minda’ vino a comprenderlo cuando ya había parido a sus tres hijos y aceptó por fin la invitación de Flor María Gamboa, una conocida matrona del Puerto, que veía en ella “todas las cualidades para ser buena partera. Pero yo no estaba convencida del todo, me parecía una responsabilidad muy grande... ¿Partera yo?”.Flor María insistió y un buen día, a propósito, dejó sola a su pupila en la habitación de una mujer que pronto daría a luz en su casa. Rosmilda, sabiéndose sola, se vio forzada a poner en práctica todo lo aprendido: relajó a la parturienta, le dio masajes en la espalda, la hizo pujar y con el bebé aún atado al cordón, lo dejó en el regazo de la mamá “para que sintiera su calor y el latir de su corazón”.Por esa época tenía poco más de 30 años, y desde entonces Rosmilda Quiñones Fajardo no ha parado de traer vida en una población azotada con furia por bandas criminales como La Empresa y Los Urabeños, por la guerrilla y los paramilitares. Ella lo sabe y por eso mismo es que deja de lado, por un momento, la sonrisa con la que ha venido contando su historia y hunde sus ojos grises en el vacío. Es como si Rosmilda prefiriera ignorar que allá, en Buenaventura, como lo creen todos, varios de esos muchachos que sus manos sabias ayudaron a nacer han terminado en las ‘casas de pique’, como bautizaron esos escenarios del terror donde este año diez personas han sido desmembradas y luego arrojadas a las aguas de ese mar plomizo que baña al Puerto. La mamá ‘Minda’ no habla de miedo. Del miedo que sí sienten otras parteras, que bajan el volumen de sus voces para contar que muchas veces se ven obligadas a asistir partos de última hora, especialmente en la Comuna 12, la más violenta de todas, “porque el papá del niño que está por nacer es un muchacho que anda en malos pasos y ‘el favor’ lo piden con un arma de por medio”.Otras más deben solicitar permiso para lograr moverse entre los barrios más acosados por las balas y así poder seguir de cerca los embarazos que se sienten obligadas a cuidar. Y eso no es fácil: este 2013, por cuenta de amenazas y acosos de esos grupos violentos, unos 4 mil porteños han tenido que salir huyendo de sus barrios hacia otros en donde la intimidación aún no haya llegado. Mamá ‘Minda’, sin embargo, sigue pensando, a sus 68 años, que es mejor no preguntar. Que es mejor no saber. Que mientras las crisis humanitaria sigue arrojando cifras tristes, ella seguirá, mejor, creyendo más en el poder de la vida que en el dolor de la muerte.

CONTINÚA LEYENDO
Publicidad
VER COMENTARIOS
Publicidad