Reviven los recuerdos del programa 'Rostros y rastros'

Noviembre 10, 2013 - 12:00 a.m. Por:
Lucy Lorena Libreros | Periodista de GACETA

‘Rostros y rastros’, que duró 12 años al aire, partió en dos la manera de contar historias en la pantalla chica. ¡Prohibido el zapping!

Y resultó que el ‘Loco’ Guerra se murió en pleno rodaje. En el segundo día de los cinco que el director Antonio Dorado y su equipo de producción había previsto para narrar en detalle la historia de “uno de los últimos mendigos célebres de la ciudad”, como él mismo lo describe. En realidad, a sus 75 años, ese loco había muerto ya varias veces. Quizás unas tres o cinco. Fue ese el número de ocasiones en las que Dorado vio la noticia triste plasmada en la prensa local. Había muerto el ‘Loco’ lamentaban todos enseguida, después de cada titular dibujado en letras de molde. Pero entonces el viejo de grandes sacos y condecoraciones ajenas volvía a merodear a su antojo por la Plaza de Cayzedo, un lugar que había convertido en su feudo a punta de recitar frases del absurdo, de repartir bendiciones por cada moneda que recibía o de regalar ‘madrazos’ ante la negativa de los transeúntes que en lugar de ira debajan tras de él una sonrisa pícara.Allá en la plaza, pues, se lo encontró Dorado. Por sus cuatro esquinas lo siguió y fue por más: lo acompañó hasta la Iglesia San Judas de la Avenida Sexta, que el viejo desdentado solía frecuentar, sin falta, para después salir cantando por las calles, bien afinado, las melodías religiosas que instantes antes había escuchado desde el púlpito. Dorado siguió su rastro demente también mientras fumaba marihuana a raudales con otros mendigos del centro. Mientras el viejo se perdía en sus ratos muertos porque no sabía qué hora vivía ni que día habitaba, “porque ese Guerra era un loco de verdad, un loco auténtico”. Cámara en mano, Antonio grabó al loco memorable mientras este le contaba a todo el que pasaba presuroso por su andén que su misión aquí, en la tierra, “era recoger dinero en el día porque cada noche, sin falta también, se iba a dormir a los cielos”.Dorado cuenta que lo filmó con ‘Cromakay’, ese efecto audiovisual que difumina el fondo real de quien está frente a la cámara. Y que grabó con paciencia sus ideas delirantes, su discurso sin sentido pero “extrañamente poderoso y bello”, solo para que al fin quedara memoria de ese personaje del Cali Viejo que parecía sacado de una prodigiosa imaginación y no de las avenidas de una gran ciudad. Lo filmó hasta que el ‘Loco’ se marchó, esta vez de verdad, del mundo de los vivos. Hasta que perdió la última de sus batallas. En la cama número 27 del Hospital de San Juan de Dios había muerto Eugenio Cosme Guerra, como a última hora dijo realmente llamarse el demente. Era el año 1991. Y lo que alcanzó a grabarse de sus últimas horas con vida fue lo que miles de vallecaucanos acabaron viendo, poco tiempo después, a través de un programa que tres días a la semana se tomaba las noches del recién creado Telepacífico, el tercer canal regional que nacía en el país. Los que hayan vivido en la Cali de finales de los 80 lo deben recordar con nitidez: el logo del novedoso programa se leía en grandes letras rojas, a dos líneas y en mayúscula, dispuestas sobre un espeso fondo negro: ‘Rostros y Rastros’. A ‘Toño’ Dorado la voz se le escucha nostálgica cuando lo evoca. Nacido en 1988 en las entrañas de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad del Valle, ‘Rostros y rastros’ no solo fue un espacio televisivo entregado sin remedio al género documental de autor, “sino una época dorada de nuestra televisión”, como lo recuerda ahora el célebre director de la película ‘El rey’.Quizá la idea de hacer un documental inspirado en la vida del ‘Loco’ Guerra nació —como casi todos los documentales que vieron la luz en este espacio televisivo— al calor de unos buenos tragos y de pura salsa de golpe en ‘Convergencias’, rincón creado por el coleccionista Rafael Quintero y que a finales de los 80 se alzaba en la Avenida 8 con 20. Hasta allá, recuerda ‘Toño’, llegaban directores de cine de fuste como Luis Ospina y Carlos Mayolo y una generación que también soñaba con hacer películas en grande, comandada por el realizador Óscar Campo, uno de los gestores de ‘Rostros y rastros’. “Nos sentábamos —recuerda Dorado— afuera de ‘Convergencias’ y nos dedicábamos por horas a hablar de cine, de planos, de personajes, de locaciones. Muchos de los documentales que luego se emitían por Telepacífico se soñaron primero allí”.****La idea, en todo caso, consistía en retratar a través de ese programa a la Cali de entonces. Si bien algunos capítulos se grabaron en municipios del norte del Valle, de Nariño y del Cauca, el gran acierto de este espacio creado hace 25 años y que permaneció 12 al aire, de manera ininterrumpida, fue “llevar a la pantalla los escenarios, las expresiones culturales, las tradiciones y personajes de una ciudad que hasta entonces, a pesar de que la caminábamos todos los días, parecía desconocida”, asegura Rodrigo Vidal, quien durante años fue maestro de la Universidad del Valle y hoy está al frente de la Cinemateca de la Universidad Autónoma. Campo recuerda hoy que a inicios de los 90 se dio una suerte de resistencia frente a la manera en que la televisión comercial que se hacía en la capital trataba el tema de la pobreza y su desconocimiento de las realidades regionales. Colombia solo era Bogotá. La tarea de los realizadores que pasaron por el programa (del que se grabaron cerca de 300 capítulos), consistió entonces en salir a la caza “de personajes sacados del submundo, seres que formaban parte de nuestra cultura, pero que no tenían cabida en la televisión, como medio masivo y ante todo comercial”. Buscando ir a contracorriente de esa televisión que solo mostraba una Colombia imaginada y narrada desde las calles y gentes de la capital del país, ‘Rostros y rastros’ construyó con terquedad una imagen para Cali de sí misma. Lo hizo para regalarnos la voz y los rostros de payasos, travestis, vendedores ambulantes, músicos, bailarines, serenateros, enfermeras, recicladores y saltinbamquis “y muchos otros personajes sobre los cuales los realizadores de televisión no pensaban o no creían importantes”, como sigue pensado aún Ramiro Arbeláez, también docente de la Universidad del Valle y otrora fundador del mítico Cine Club de la Cali setentera. ‘Rostros y rastros’ —agrega Ramírez— se ocupó también de dejar bien documentada la cultura caleña, “tanto la popular y masiva como la culta, y pasó su lente por expresiones religiosas y artísticas; de allí que hayamos visto desde perfiles de toreros, escritores, pintores, cuenteros y artesanos hasta documentales de eventos deportivos y festivales”. Por aquél entonces, finales de los años 80, no eran muchas las ofertas que existían en nuestra televisión en materia de documentales, “de ahí la receptividad que despertó este programa y el impacto que tuvo como formato en la historia de la televisión colombiana”, como reconoce Rodrigo Vidal. En Medellín —sostiene— Víctor Gaviria exploraba el género y desde Bogotá, por Señal Colombia, se emitía ‘Yuruparí’, serie que “nos mostró un país que nos costó reconocer porque el Estado y la escuela nos hacían creer que no existía: la Colombia de las culturas indígenas amazónicas, la Colombia negra del Chocó, la Colombia campesina de Boyacá y los santanderes”.Ese contexto, en el que el documental parecía casi un intruso en la escasa programación de la pantalla chica nacional, que Óscar Campo y otros maestros de la Univalle —que celebraban el reciente nacimiento de la programadora UvTv— comenzaron a acariciar la idea de un espacio en nuestra televisión regional dedicado al género documental.Lo que sucede —cree Antonio Dorado— “es que en ‘Rostros y rastros’ encontramos una oportunidad como realizadores después del cierre de Focine, que era la única opción que teníamos entonces para hacer cine en Colombia”.Por eso, a pesar de grabarse en formato 3/4 U-matic (para televisión), la narración y el tratamiento dejaron ver una visión de los documentalistas más cercana al lenguaje del cine.Así, lo que vieron los vallecaucanos en ‘Rostros y rastros’ fueron documentales sin narrador, sin voz en off o en on. Lo que importaba en realidad era la voz del personaje, era ver al personaje. “Se usaron formas de narrar propias de la ficción como la música para exaltar sentimientos de un personaje determinado, primeros planos en los que se notaba la expresividad, el aprovechamiento del sonido ambiente, los planos secuencia y el fundido a negro”, como lo recuerda Ramiro Arbeláez. Dorado, 25 años después, confiesa que todos trabajaban intuitivamente, “pese a que nos preocupábamos por la historia y la estética de cada documental. Uno de nuestros referentes fue el ‘Cinema verité’, como llamaron los franceses una forma de hacer cine de manera real. Eso nos lo trajo Luis Ospina”. **** Veinticinco años atrás, Diego Gómez era un joven estudiante de la Universidad del Valle que, como muchos otros de su generación, quiso hacer parte de esa gran escuela que fue ‘Rostros y rastros’. Hoy, al frente del Canal Universitario (que nació de la antigua programadora UvTv), habla con optimismo de revivir el programa que inaugurara un documental de 26 minutos, ‘Ojo y vista, peligra la vida del artista’, dirigido por Luis Ospina, el cual contaba la vida de un artista callejero que se ganaba aplausos comiendo vidrio. Diego ya está en conversaciones con Telepacífico. Y él tiene fe. Pero el reto parece tan alto como una montaña: revivir un espacio que, por su altísima calidad, mereció un centenar de premios dentro y fuera de Colombia. “Lo curioso es que mucho tiempo después hay muchos personajes y lugares de Cali que se niegan a ser contados desde los grandes medios. Así que de entrada sabemos que son muchas las historias que hay para contar al estilo ‘Rostros y rastros”, reflexiona el comunicador. Vaya tarea: en este programa se formaron dos generaciones de realizadores, productores y personal técnico que después llevarían su talento a los dos canales privados y al cine nacional, como Jorge Navas y Carlos Moreno.Antonio Dorado piensa también en esa fuerza callada que arrastraba cables y cargaba cámaras. En personajes como Diego Gil, Óscar Bernal, Carlos Duque y Diego Jiménez. Gracias a ello ‘Rostros y rastros’ fue también, y sobre todo, un espacio que capturó para siempre los personajes que han ayudado a construir nuestra caleñidad. Entre los capítulos más recordados de este mítico programa están ‘Historia de una canción’, dedicado a Amparo Arrebato, bailarina de la Vieja Guardia; ‘Buscando la melodía’, que retrata a los coleccionistas de salsa de la ciudad; ‘El último tramoyista’, dedicado a Mr Fly, un hombre sin el cual no es posible contar la historia del Teatro Municipal y ‘El color del sueño’, que nos muestra una Lucy Tejada aún vital frente al lienzo.Muchos otros no olvidan los programas dedicados a desentrañar las historias detrás del terremoto de Popayán; los documentales en los que Diana Serna nos presenta a un Álvaro Mutis vibrante y lúcido; el ‘retrato a mano alzada’ que Óscar Campo hiciera del artista plástico Óscar Muñoz, los rostros que Ramiro Arbeláez mostrara de Puerto Chontaduro, Antonio Dorado de nuestras plazas de mercado o Carlos Pontón de ‘Un charco no tan azul’. Todos, programas que convertían, como por arte de magia, a los barrios de Cali en inmensos sets de grabación con aparatosos trípodes y luces de mil voltios. Muchos de estos programas comenzaron a ser restaurados, hace varios años, por Camilo Aguilera Toro y Gerylee Polanco Uribe, comunicadores sociales de la Universidad del Valle.Al estar grabados en formato 3/4 U-matic, sistema de video que fue muy popular entre realizadores audiovisuales de todo el mundo por casi treinta años, muchas de las cintas se encontraban en peligro de deterioro. “Lo que hicimos fue preservar este material. Porque lo que quedó de ‘Rostros y rastros’ no es solo la historia de un programa de televisión regional. Es la historia misma de una región que logró identificarse a través de las historias que en él se contaron durante más de una década”, dice Gerylee Polanco, que también en coautoría con Camilo Aguilera escribió el libro ‘Rostros sin rastros, televisión memoria e identidad’. La intensión de revivir el programa nace, según Diego Gómez, de continuar con una escuela en la que se hacía televisión “con mucho esfuerzo, pocos recursos y mucha pasión. El programa llegó a su final en el año 2000 no porque se acabaran las ideas, sino porque el programa no se hizo autosostenible. Si se le invirtió durante tantos años, fue por el prestigio que consiguió al cómo vive una ciudad, pero de una manera profunda”.No se equivoca Diego Gómez al decir que aún hay mucha ciudad para contar y ser llevada a la pantalla. Pregúntenle al ‘Loco’ Guerra que desde los cielos, tal como aparece en la escena final del inolvidable documental de ‘Toño’ Dorado, aún sigue bendiciendo a esta Cali habitada por personajes cuya historia bien vale la pena ser contada.

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