‘Retratos de familia’, la película que enamoró a Cannes

Julio 10, 2014 - 12:00 a.m. Por:
Claudia Rojas Arbeláez | Especial para GACETA

Esta película ofrece una mirada íntima a la vida cotidiana de una familia asiática que decide contratar una nana. Sin mayores dramatismos ni conflictos extraordinarios que van más allá de la realidad, la ópera prima de Anthony Chen conquistó los festivales de cine más importantes, entre ellos Cannes.

Corren los años 90 cuando Teresa llega a trabajar a un hogar conformado por papá, mamá y un insoportable niño de 8 años. Son días difíciles no solo para el país que vive una prolongada crisis financiera, sino para esta pequeña sociedad en la que el padre no consigue un trabajo estable y la madre pasa horas en una oficina lidiando con su embarazo y escribiendo cartas de despido para sus compañeros. Para el chico las cosas tampoco son fáciles, con su particular forma de hacer las cosas, se mete en problemas con facilidad, recibiendo fuertes castigos en el colegio y en su casa. Es entonces cuando Teresa llega a la vida de esta familia, con el propósito claro de ayudarle a la madre a sobrellevar las obligaciones de la casa y lidiar con su hijo. Su imposición, por supuesto, es resentida por el niño, quien se empeña en hacerle la vida imposible desde el primer día. Con el paso de los días y las rutinas cotidianas, la relación entre estos dos se torna de tensa a cómplice y la amistad adquiere un tono entrañable, ante los ojos de una madre celosa que se siente desplazada. La mujer de la provincia, aquella empleada callada, que es marginada en un comienzo, transforma los hábitos de quienes viven en aquella casa, demostrando que nada es lo que parece y que los lazos van más allá de la sangre. La rutinas, las horas compartidas, los baños y las charlas terminan por consolidar su historia con aquel niño, para después mostrarnos su fidelidad y amor. Esta podría ser un poco la historia de la niñez de su director Anthony Chen, un poco la nuestra, un poco la que todavía ocurre en los hogares que tenemos alrededor. Este es el verdadero valor de ‘Retratos de familia’, la película que en el pasado festival de cine de Cannes se llevó el premio ‘Cámara de oro’ que se otorga a la mejor ópera prima. Su director, un chico de Singapur que apenas llega a los treinta años y demuestra una vez más que para contar buenas historias, basta con observar la realidad. Y así lo demuestra al llevarnos de la mano e integrarnos a la dinámica particular de esta familia de clase media que mantiene una relación tensa y contenida. Las cenas familiares, el interior de las habitaciones, la cocina y el baño son espacios que cobran papel protagónico en una película que no tiene grandes ambiciones cinematográficas como sí dramáticas. Para esto no se necesitan personajes extraordinarios ni con grandes misiones. En realidad, en la sencillez puede estar lo extraordinario y cuando nos encontramos historias tan entrañables como esta, sentimos un verdadero deleite y comprobamos que el cine se compone ante todo de eso: personajes entrañables que te seguirán acompañando incluso mucho después de haberse encendido la luz de la sala. Por eso no es de extrañarse que ‘Retratos de familia’ se haya alzado con la máxima distinción en Cannes, un festival que en los últimos años ha mostrado una tendencia marcada hacia las historias más intimas, de personajes casi anónimos que afrontan conflictos naturales y del común. Sobre todo cuando de premiar a jóvenes directores se trata, los jurados de este festival suelen tener mayor predilección por aquellos que son menos pretenciosos, más recursivos, más cineastas. Tal como ocurrió hace un par de años, con la película mexicana ‘Año bisiesto’, que transcurría toda en una sola locación y que se sostenía solo con dos protagonistas. Y aunque aquella y la que hoy nos convoca no se parecen mucho, sí tienen puntos en común relacionados más con la destreza visual que con otra cosa. Apostar por las historias sencillas y concentrarse en sus personajes puede ser, a fin de cuentas, lo mejor que pueden hacer aquellos que prefieren conquistar con la sensibilidad que con la taquilla. Y bien podría ser el caso de Chen, un apasionado por los lugares comunes, no desde la obviedad dramática, sino en la identificación que todos podemos encontrar con su película. Desde la misma escogencia de su anécdota todos podríamos encontrar puntos en común con nuestra vida.Pero sería injusto exaltar esta producción solo por su hermosa simpleza. Aquí hay mucho más, un retrato real de la Singapur de los noventa, sumergida en sus crisis económica, social y hasta religiosa. Casi sin proponérselo, Chen nos deja ver entrelíneas una sociedad que se deshace ante los intentos desesperados de muchos que solo quieren cerrar la ventana y fingir que nada pasa. Los suicidios, las separaciones familiares y la supervivencia a toda costa cruzan por la pantalla como el telón de fondo de una historia en la que no escatima sumergirse en sus personajes hasta llegar al fondo. ‘Retratos de familia’ dura un poco más de hora y media y en ella encontrará una historia que le hablará de amor, fidelidad y realidad. Una película de encuentros y despedidas. Una historia sobre la aventura de crecer. * Docente Universidad Autónoma de Occidente / @kayarojas

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