Retrato de Tito Cortés, un ciclón que no se apaga

Retrato de Tito Cortés, un ciclón que no se apaga

Febrero 19, 2013 - 12:00 a.m. Por:
Por: Gerardo Quintero Tello I Jefe de Cierre de El País
Retrato de Tito Cortés, un ciclón que no se apaga

Durante 46 años de carrera musical Tito Cortés grabó 3 mil canciones.

De Tito Cortés se han dicho muchas cosas: que era el gran émulo de Daniel Santos en Cali y que su himno musical se llama Alma Tumaqueña. Uno de sus seguidores retrata en estas páginas al ‘bacán’ de barrio que durante medio siglo les cantó a las mujeres, al diablo y al desamor.

Por una extraña circunstancia, la vida y las canciones de Tito Cortés me han perseguido siempre. A pesar de que el llamado Ciclón Colombiano pertenecía a una época distinta a la de mi genética musical —más cercana a la salsa— sus interpretaciones fueron circulando en mi torrente rítmico. Fue en la escuela Manuela Beltrán, del barrio Santander, a los 8 años, cuando escuché por primera vez que el mundo se podía derrumbar y el cielo con la tierra juntarse si la mujer amada se iba del lado de uno. Elmer Cortés, el travieso ‘care malo’, uno de los hijos de Tito, entonaba la canción con voz de niño, pero con el alma que su padre le ponía a sus canciones. En cada presentación en la escuela, Elmer opacaba sin remedio mi lastimera voz, que intentaba sin éxito ponerse a tono con Vicente Fernández y su ‘Ley del monte’. Nada qué hacer: mientras Elmer era ídolo, el ‘charro’ Quintero daba grima al intentar subir su voz para lograr un falsete.Corrían los años 70. Tito Cortes estaba en la cúspide de la música popular de Colombia. ‘Derrumbes’ y ‘Si te vas’ llenaban con sus letras ‘corta venas’ las cantinas de los barrios Obrero, San Nicolás, Calima, Porvenir y Santander.Yo, desde el andén de mi casa —con mis ojos clavados en el pequeño bar ‘La Marlen’ de la Carrera Primera con 32— no entendía porqué mis tíos y sus amigos cantaban al unísono lo que para mí no era más que un trabalenguas: “Oye, no te digo que te vayas, si te vas porque tu quieres, eres libre de pensarlo, tienes toda libertad; mira, no te digo que te quedes, nunca digo a las mujeres que me quieran que se queden, yo no me gusta rogar, piensa y decide lo que quieras, si te vas o si te quedas, harás lo que te convenga, eso ya tu lo sabrás, si te vas…”.Tito, el 'bacán' del barrioEra el Tito que les cantaba a las penas del alma. El que hoy, 15 años de su muerte, sigue alumbrando las noches de quienes desean reconciliarse y volver a empezar, los que descubren su alma tumaqueña o quieren regalarles clavelitos blancos a sus mamás. Desde el barrio El Lido —donde tiene su ‘fuerte apache’ musical— Óscar Jaime Cardozo, director de Planeta Salsa, describe a Tito como el alma de un pueblo. “A pesar de que muchos lo consideran solo un imitador de Daniel Santos, Tito creó un estilo”.Ahora que escribo rebobino esas palabras y pienso que fueron esos dos aspectos —la similitud vocal con el Inquieto Anacobero y esa esencia popular que nunca perdió— lo que convirtió a Tito en un verdadero ícono de la música popular de los caleños.Y eso que nació en Tumaco, en 1929. Pero aquello fue mera anécdota: como pocos, Tito representó al caleño de barrio. Usted me entiende: ‘bacaniado’, simpático, buena gente, amigo de la rumba, enamoradizo, ‘charlón’. A Cali llegó en los albores de los 50. Eso recuerdan Julio y Jardani, dos de sus hijos, que heredaron la vena musical de su padre cantor. Ahora mismo, mientras conversamos, se preparan para viajar a los carnavales de Tumaco. Me reciben en su casa en Vipasa, al norte de Cali. Hablan mientras los carcome la intriga de cómo los recibirá el pueblo que vio nacer a su padre. Julio, otrora pianista del Grupo Niche, hace una pausa y me dice que hace más de 20 años llegaron a un toque en ese pueblo de Nariño con él y que de pronto supo que alternaría rumba con su mentor. “Fue una noche apoteósica, mi papá sacó toda su alma tumaqueña”.Es el himno que identifica a Tito —y perdonen que lo llame así, a secas—. Por supuesto que usted la ha escuchado: “Al calor de tus dulces palabras persuasivas se encienden tus pupilas con luces de esperanza. Tu esbelto cuerpo tiembla como flor sensitiva y en tu rostro apacible una lágrima avanza…”. Cuando el Ciclón del Pacífico —apelativo que le puso un locutor ya fallecido— llegó a Cali, ese disco tronaba ya en las emisoras y desde allí se deslizaba en lupanares y cantinas de la Carrera 10, entre Calles 16 y 21, en los bares de la Octava y la Quince, donde ya reinaba un gigante del bolero: El Jefe, el inolvidable Daniel Santos. Su compadre Daniel SantosSantos y Cortés se encontraron en la Cali de los 50. Me lo contó el propio Tito, a quien en agosto de 1997 —un año antes de morir— entrevisté en su casa del barrio Andrés Sanín. Una coincidencia dulce: el chico que solía escuchar sus canciones desde un andén del Santander se sentó frente al Ciclón años después. Ese chico se había hecho periodista. Y Tito, para entonces, se esforzaba por no pasar al olvido. Su relato se vio interrumpido varias veces por una tos necia, producto de una enfermedad pulmonar de la que murió en 1998. Tito me contó su encuentro con Santos, a la postre su compadre de juergas. “Cuando vino Daniel, en 1958, me llevaron hasta el hotel donde se hospedaba y me lo presentaron. Cuando escuchó un disco mío, me dijo: oye chico, tienes buena voz, acompáñame esta noche”.El resto fue una historia que se escribió durante muchas otras noches de concierto. Tito y Daniel compartieron rumba, música, el metal de sus voces y un gusto interminable por las mujeres. Fíjese usted: mientras El Anacobero tuvo 12 hijos, Tito engendró más de 19. El Jefe fue padrino de dos de ellos, Jardini y Margie.A ella la conocí siendo yo un adolescente que llegó hasta Croydon para ganarse unos pesos. Me llamaba poderosamente la atención su nombre, pues justamente así se titula una canción de Santos. Pronto comprendí que era otra de esas coincidencias dulces de la vida: Margie era hija de Tito. Y Daniel, nada menos que su padrino. Ya ven porqué no miento cuando les digo que su vida y sus canciones me han perseguido siempre.No fue difícil, con ese antecedente, entender las razones de esa entrañable amistad que los unió a los dos. La primera vez que los ‘jefes’ cantaron juntos fue en el grill Morrocó, en los altos del Teatro San Nicolás. Hicieron lo propio en Bogotá y también en Estados Unidos, Venezuela y Ecuador. Juntos improvisaron ‘Si te vas’, ‘Derrumbes’, ‘San se acabó’, ‘Borracho no vale’ y ‘El cinco y seis’, esta última una composición de Tito que hizo famosa el gran Daniel. Jardani aún recuerda al Inquieto Anacobero, a Celia y Leo Marini modulando acordes en su casa del Andrés Sanín. Allí se reunían a ensayar mientras el barrio se paralizaba. Se materializaba así, tímidamente, el sueño de Tito de cantar con la Sonora Matancera. Nunca grabó con ella, pero la acompañó varias veces en tarima.De esto da cuenta Fernando López, hombre de la ‘vieja guardia’ rumbera, que vivió en el Obrero y recuerda los comienzos de Tito. “Era un cantante humilde; al principio lo conocían como el mejor imitador de Daniel Santos, pero se fue ganando su espacio y creó su propio estilo. Recuerdo haberlo visto en la Terraza del Teatro Belalcázar y en un sitio frente al Teatro Cervantes, en plena Carrera 4 entre calles 13 y 14”. Rememorando al Ciclón Es que para hablar de Tito hay que recorrer la calle. Precisamente fue en el corazón de Cali donde se produjo un nuevo encuentro con el Ciclón. En plena turbulencia juvenil y escoltado por amigos mayores, comencé a recorrer aquellos famosos lupanares de los años 80 donde alguna vez Tito llevó su voz. En Picapiedra, en Marrullas, en Las Tortugas, en Condorito y en La Barra Ejecutiva las noches se iban deshaciendo mientras el vinilo dejaba escuchar ‘Vereda tropical’, ‘Amor prohibido’ y ‘Mañana vas a llorar’. Allí estuve yo: bebiendo los últimos sorbos de un trago barato mientras jurábamos con Alfonso, Odimar y Harold regresar por ese amor comprado en un burdel.Otros caleños conservan recuerdos menos nostálgicos. Para ellos Tito era ‘El camaján’ de Cali. Así lo evoca el poeta nadaísta Jotamario Arbeláez: “Se trataba de un bailarín arrebatado de música mexicana y caribeña de los años 50”. Y dice más. Habla de esa forma tan particular de vestir: “Su atuendo consistía de pantalones de bota angostísima con doblés estilo tarro y chaqueta de paño a cuadros con solapas anchas —como ancha era la pretina del pantalón por encima de la correa bien angosta— cuyos bordes daban hasta cuatro dedos abajo del largo de la mano. Usaba zapatos combinados y con puntera punteada, más una extra de suela en los tacones por aquello de la estatura”.Es que Tito, vos lo sabés, tenías una gran voz, pero no eras el más guapo. Nadie te confundió nunca con un galán. Y por eso es que el poeta Jotamario habla del esfuerzo que ponías en tu cabello, “que formaba una bomba sobre la frente llamada ‘mota’, que se apretaba con gomina en los parietales y se entrecruzaba en la perpendicular del occipital”. También en tu ‘tumbao’: “Al caminar, oscilaba sus brazos por detrás del cuerpo y las puntas de los zapatos apuntaban hacia los lados”. Y luego está eso de lo que pocos, quieren hablar ahora, 15 años después de tu partida: “Daniel Santos tuvo en Cali un sosías, el cantante Tito Cortés, introductor de la yerba en el tablado de los artistas del ritmo”.Es una leyenda de humo que tus hijos creen que tejiste solo para ganar espacio musical en la ciudad. Jardani, Julio y Margie no guardan un solo recuerdo de un Tito Cortés embriagado o ‘trabado’. “A mi papá le gustó el trago, pero no tanto como dicen. Fumó mucho, cuatro paquetes de cigarillos al día. Fue eso lo que lo llevó a la tumba. Pero siempre nos decía que tuviéramos cuidado con los vicios”, recuerda Julio.Yo prefiero evocar, más bien, tu voz impecable, que azotó bares y cantinas y arreció con fuerza en las mujeres que amó y en los émulos que hoy siguen perpetuando tu historia. Vaya paradoja, señor lector: a quien algunos consideraron un simple imitador de Daniel Santos le surgieron decenas de copias.Uno de ellos es Édgar Báez. Le gusta que lo llamen el Ciclón del Valle. Desde 1965, cuando se compró el primer ‘long play’ de Tito, comenzó su ‘idilio’ con el artista. Ganó en dos oportunidades el concurso el Cantante de los Cien Barrios Caleños del Radiocentro Todelar, interpretando dos clásicos de Tito: ‘Alma tumaqueña’ y ‘Diablo’. “Tito se quedó en el alma de los caleños porque fue una persona muy dada al pueblo. Lo podía uno ver en cualquier bar, en una galería, jugando fútbol en Loncha (cancha del Cali del ayer) o parqués en su barrio”.Es que Tito, ni siquiera en los días de fama y conciertos, quiso irse de las calles del Andrés Sanín, ese barrio del nororiente caleño. Su aspiración fue ser nada más que un vendaval musical. Y lo consiguió: más de 110 LP, 2 mil sencillos y cerca de 3 mil canciones le dejaron una carrera de 46 años.No dejó género sin interpretar: por su voz pasaron boleros, pasillos, guarachas, rancheras, valses, afros, sones, currulaos, cumbias, corridos y abozaos. Fue ídolo en México, Costa Rica, Ecuador, Venezuela, El Salvador y Colombia. El escritor porteño Medardo Arias dice que si tuviéramos que reconstruir la geneología de los ritmos del Pacífico sería justo empezar con Petronio Álvarez, seguir con ‘El Cuco’ y ‘Caballito’ Garcés y continuar con Tito Cortés y Peregoyo y su combo Vacaná.Vuelvo al día de esa última entrevista que dio Tito para la prensa aquel agosto de 1997. Y en sus palabras finales antes de que nos despidiéramos en su casa: “Nunca imaginé la fama que iba a tener. No conseguí plata porque no fui apegado a ella. Como mi compadre Daniel, eramos muy amplios y preferíamos un amigo a un peso”.Sí, Tito. Seguro que por eso te queremos y te recordamos tanto. Tu alma tumaqueña seguirá a salvo mientras haya corazones rotos que cicatrizar. Sigue en el cielo, de vacilón con tu compadre Daniel y, si estás en otro sitio, no te olvides de cantar “diablo, que tú me quieres matar, diablo, que tú no puedes conmigo, diablo, ahora reza mi oración”. Hazlo tú. Ya sabes: lo del Charro Quintero no es cantar.

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