Reescribir la historia, la apuesta de Pablo García Dussán en 'Los heraldos del Libertador'

Agosto 14, 2016 - 12:00 a.m. Por:
Gerardo Quintero Tello / Jefe de Cierre de El País

Resulta curioso que un escritor joven le apueste a la novela histórica. Pero eso fue lo que hizo Pablo García Dussán en ‘Los heraldos del Libertador’; escarbar en la historia para encontrar respuestas a lo que nos sucede hoy.

Pablo García Dussán hace parte de la nueva sangre de la literatura colombiana. Este bogotano nacido en 1974, profesional y magister en Literatura, también ha ejercido como periodista cultural. Ganador del Premio Nacional de Ensayo Literario, Ciudad de Bogotá, en el 2006, García Dussán ahora se estrena con ‘Los heraldos del Libertador’.

En ella García Dussán se introduce en las oscuridades de un tema que muchos historiadores consideran tabú, los hijos de Simón Bolívar, al tiempo que conecta esta historia con la persecución de un periodista peruano en tiempos de Fujimori, que termina asilado en la Colombia de los años noventa.

Este catedrático e investigador en humanidades y ciencias de la comunicación, contó con el acompañamiento del escritor colombiano Tomás González, quien afirma que “un hábil trenzado literario de la época de la independencia con la de finales del siglo pasado y comienzos de este, sirve a Pablo García para narrar una misma y única tragedia histórica”.

En diálogo con GACETA, García Dussán repasa su obra y habla de la importancia de que los escritores tengan la posibilidad de mirar hacia atrás, redescubrir el pasado y atreverse a relatar una nueva historia, sin el férreo control academicista.

¿Cómo nace este proceso de creación de ‘Los heraldos del Libertador’? Porque entiendo que hay toda una historia anterior a la publicación del libro...

Durante la celebración del Bicentenario de la Independencia, es decir, hace seis años, hubo un redescubrimiento de la figura de los próceres, más exactamente de la de Bolívar. Hubo muchas manifestaciones repentinas de afecto, algo que me llama mucho la atención porque así como hay gente a favor también hay detractores. Están los santanderistas, muy del lado de las políticas que impuso Santander, y por otro lado los bolivaristas. Me llamó la atención el hecho de que  todavía se mantienen esa especie de rencillas, entonces pensé que era el momento perfecto para pronunciarse y ver si así se limaban asperezas. La novela es un poco una búsqueda por los comienzos de esa confrontación entre bolivaristas y santanderistas.

Adentrándonos en su libro, es posible apreciar  que hay dos historias narradas.  ¿Por qué decidió asumir ese riesgo literario con dos narraciones paralelas que en un principio no parecen tener ningún hilo que las una?

Yo necesitaba que el pasado se conectara con el presente, por lo menos el presente más inmediato, que para el caso de la novela son los años 90. ¿Por qué razón? Mi interés, cuando escribí la novela, era ver qué han hecho los hijos naturales de Bolívar y qué hemos hecho nosotros los hijos simbólicos como sociedades, como países libertados y fundados por el Libertador. 

 La estructura tenía que salirse de los parámetros acostumbrados de la novela histórica porque si yo hubiera recurrido a esa forma narrativa me hubiera quedado solo en el pasado. Es así como necesariamente tenía que haber dos historias y cuando me puse a investigar y encontré una fórmula narrativa que es muy usual en Mario Vargas Llosa dije: esta es la propuesta con la cual yo quiero trabajar. Además cumple con el requisito que yo quería:  enfrentar ese pasado con el presente para que saliera a flote qué es lo que hemos hecho después del esfuerzo de estos fundadores de la patria.

No es muy usual que escritores jóvenes decidan  meterse en temas históricos y en debates tan complejos como la supuesta paternidad de Bolívar. Se evidencia en su novela un trabajo de investigación para demostrar la existencia de esos dos hijos de Bolívar…

A mí me interesa mucho el pasado desde que era estudiante de literatura, porque precisamente estudiando me di cuenta de que los síntomas de los problemas y conflictos sociales actuales tienen raíces en el pasado. Y claro que sí hubo una investigación;  abordar el tema de los hijos de Bolívar no es algo muy frecuente que se encuentre ni en los textos de corte académico ni en las novelas. De hecho, las novelas más famosas, incluida ‘El general en su laberinto’, pasa muy por encima de la descendencia de Bolívar. Siempre lo han considerado como un tema no solo sin valor sino que aparte de todo es tabú, sobre todo por parte de los historiadores colombianos e hispanoamericanos.

Pero mi idea no era novelar al  hijo o a  los hijos de Bolívar, de hecho eso lo hizo en su momento Vargas Llosa, con ‘El paraíso en la otra esquina’, con Flora Tristán, que es la primera hija de Bolívar, y él también se salta ese vínculo, entonces yo me pregunté por qué desconocerlos. Me interesa mostrarlos porque es el pretexto, en la medida que todos somos hijos simbólicos del Libertador, ellos simplemente serían como la punta de lanza, literariamente hablando, para poder ver qué hicieron y a su vez qué hemos hecho nosotros. 

A parte de eso, a raíz de la investigación que hice de José Antonio Costas, el menor de los hijos de Bolívar, me llamó poderosamente la atención que él habiendo nacido en una cuna noble, así no hubiese tenido el apellido pero sí el reconocimiento, se hubiera dedicado a labrar la tierra, a ser un campesino, cuando tuvo todas las posibilidades, por parte de la familia de su mamá, que pertenecía a la aristocracia boliviana. Cuando me di cuenta de ese grado de humildad, pensé que allí había terreno para explorar desde la literatura, desde la novela.

 

[[nid:566041;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/270x/2016/08/p4gacetaagost14-16n1photo03.jpg;left;{El ganador del Premio Nacional de Ensayo Literario, Ciudad de Bogotá, en el 2006, García Dussán ahora se estrena con ‘Los heraldos del Libertador’. Especial para GACETA}]]

Uno podría pensar que a raíz de todo lo que le tocó padecer a José Antonio Costas, bautizado como ‘El hijo de la libertad’, de alguna manera él también representa la tragedia latinoamericana de la exclusión, la marginalización y el señalamiento clasista de la sociedad...

Es que hay que recordar que una de las razones fundamentales por las que se enfrentaron los conservadores y los liberales durante la Guerra de los Mil Días fue precisamente el no reconocimiento de los hijos bastardos por parte de los conservadores, eso tenía implicaciones judiciales, económicas y sobre todo religiosas.

Los liberales en esa época abogaban por el hecho de que fueran reconocidos los hijos que en esa época se llamaban bastardos y que estuvieran sujetos a una legislación que les reconociera algo económicamente hablando. Hoy en día no reconocer a un hijo y dejarlo a la deriva es un delito, pero tuvo que demorarse el país 180 años para convertirse en promotor de los derechos civiles y humanos, que fue lo que finalmente nos dio la libertad.

 Entonces me llamó mucho la atención esa doble moral con la que nace el país, porque hay que recordar que fue la traducción de los Derechos Humanos del francés al español, por parte de Antonio Nariño, la que abrió la posibilidad de la independencia, una independencia sesgada por parte de ese concordato con el que nació precisamente la patria, esa inclinación hacia lo religioso, dogmático, que solo se cayó prácticamente con la Constitución de 1991. En últimas, la novela está muy pegada a los hechos reales, profundiza en cuáles fueron las razones para que José Antonio se hubiera autoexcluido, aparte de las discriminaciones que sufrió.

 “Novelas de corte histórico vamos a tener siempre porque hasta el momento es una de las posibilidades  que se tiene desde el arte para acercarse a las razones por las cuales sucede lo que sucede en la actualidad”.

Se evidencia también una dura crítica  a las alianzas del periodismo con el poder y cómo muchas veces terminan rendidos y utilizados por el mejor postor...

Desde la historia más reciente ese enlace ya está hecho, lo que le ha sucedido desafortunadamente a muchos periodistas en Colombia. El asesinato de Jaime Garzón, el asesinato de muchos profesores universitarios frente a sus estudiantes, la persecución a periodistas, la falsa incriminación, eso ya se había vivido en Latinoamérica y más exactamente en el Perú, unos años antes. Entonces yo dije esto parece una epidemia, que pareciera que viniera a Colombia desde allá. 

Usted  advierte que esto es como la paradoja de un pasado que se repite en tiempos recientes, pero con otros actores, y que se pone de manifiesto al entrecruzar estas historias de vida. ¿Esto es lo que en últimas intenta demostrar?

Eso es finalmente lo que quedó demostrado cuando investigué y escribí la novela;  descubrí que la persecución a determinadas personas partió precisamente de los medios masivos de comunicación. Antes de que existiera país, nación, Colombia, Perú o Bolivia, ya existían pequeñas gacetas, medios de comunicación, y nacieron antes de la independencia de estos países con una voracidad y filiaciones finas y bastante arbitrarias, entonces qué se podía esperar para sus oponentes o para quienes no estaban afiliados a esas gacetas o publicaciones. Yo fui el primer sorprendido cuando descubrí que Mariano Azuero tuvo un diario en el que hizo un concurso para buscar el mejor apodo para Manuelita Sáenz y otro para Bolívar, eso que está en la novela no me lo inventé yo, eso lo hallé en la investigación que hice. 

Desde el comienzo de la nación se da uno cuenta del poder que ha tenido la prensa, bien llamada cuarto poder, no solamente en la actualidad o en años más recientes; las repúblicas nacieron con esa piedra en el zapato, porque en últimas son instancias que promueven la violencia simbólica y real.

Dice el escritor Tomás González que su novela es fuerte, vital, durísima y al abordarla uno queda con la sensación de que 200 años después no es que se haya aprendido mucho y la misma tragedia se repite con diferentes actores

Para mí es muy halagador que un escritor de la talla de Tomás González se haya sentido  conmocionado con la obra. En las reuniones que tuvimos, Tomás me lo manifestó, incluso también le dijo al editor general de Planeta que es una obra que agarra al lector, que lo sorprende y que termina dejando un frío en el vientre, eso aparte de ser muy halagador es, como él mismo afirma, gracias a que el autor se metió  profundamente en la psiquis del personaje. No es para menos, Luis Obregoso está basado en hechos reales de un periodista colombiano y hay muchos espejos mediáticos en los cuales uno puede ver reflejado el tipo de tragedia que han vivido estas personas, dedicadas de corazón a informar, pero que han tenido que padecer conflictos de terrorismo y persecución.

Pareciera haber una tendencia hacia la novela histórica...

El trasfondo histórico de las novelas más recientes obedece a buscar en la literatura la raíz de los conflictos que estamos viviendo en la actualidad. En esa medida siempre vamos a tener novelas de trasfondo histórico. Basta mirar la última novela de Vargas Llosa, que también tiene toques históricos porque se desarrolla en la época de Fujimori, que también toca temas sensibles como la parcialidad de la prensa amarillista que compró el gobierno de Fujimori. Novelas de corte histórico vamos a tener siempre porque hasta el momento es una de las posibilidades que se tiene desde el arte para acercarse a las razones por las cuales sucede lo que sucede en la actualidad.

Hay muchos críticos que sostienen que con este tipo de novelas los autores reescriben la historia sin mucho fundamento...

Yo creo que están errados, porque precisamente una de las motivaciones principales de la literatura es reescribir lo que otros han escrito desde  instancias hegemónicas, incluso historia que se ha escrito de manera imparcial, pero que necesariamente tiene que ser reescrita y esa es la labor de la literatura, entre otras muchas, volver a ver con otros ojos la realidad nuestra y en dónde exactamente se perdió o cómo mal nació. Reescribir la historia es más que necesario.

VER COMENTARIOS
CONTINÚA LEYENDO
Publicidad