Recordando al prolífico artista Lorenzo Jaramillo, a veinte años de su muerte

Octubre 24, 2012 - 12:00 a.m. Por:
Catalina Villa | Editora de GACETA

El 10 de noviembre se inaugura en el Museo Rayo de Roldanillo una exposición del artista fallecido Lorenzo Jaramillo. Grabrados, pinturas y dibujos hacen parte de la muestra. Una excusa para recordar a ese artista extraordinario que, en tan solo 36 años, logró dejar una obra prolífica, dramática, erótica e intensa.

El niño tiene cinco años. Se llama Lorenzo y le gusta pintar. Dibuja rayas y círculos y formas que parecen cuerpos. Dibuja cuerpos con caras. Dibuja caras solas. Lorenzo está en kínder. Y en kínder se hacen concursos. Entonces Lorenzo participa y se gana el concurso al mejor dibujo hecho con los ojos cerrados. Este niño sabe pintar, intuye su madre. Y a las madres, sabemos, no les va equivocarse.Lo que sigue es lo que supimos después: que a ese niño le restaban 31 años de vida. Él no lo sabía, claro, ¡cómo saberlo! Lorenzo, sin embargo, vivió sus horas como si de algún modo hubiese presentido que alguien, en algún lugar, había dado inicio a su cuenta regresiva. A los 13 años ya era alumno de Antonio Roda. A los 15 pintaba desnudos con un modelo en frente. A los 18 la facultad de artes de la Universidad Nacional le parecía un juego de niños. A los 19, directo al Royal Academy of Arts de Londres. Inmersión en el dibujo. A los 22, beca en el Byam Shaw School of Arts. Luego exposición colectiva, luego individual. Luego venta de cuadros. Luego París. ¡Ah, París! Ópera. Proust. Godard. Pont des Arts. Un entrecôte. Vino. Sexo. Amigos. Fiestas gay. Mujeres danzantes. Hombres yacentes. Caras que hablan. Cuerpos con alas. El riesgo. Un martini. Otro. Más cine. Más riesgo. Más sexo. Más. Lorenzo, lo saben sus amigos, disfrutó de todos los placeres al extremo. De los espirituales, de los intelectuales y de los carnales. Todos. Quizás por eso su vida parecía una carrera contra sí mismo. Una carrera contra el tiempo. O contra la muerte. Contra todos a la vez. A pesar de ese asomo de melancolía, o acaso por él, Lorenzo era feliz.Hasta que un día cualquiera, al regreso de un viaje a la India, Lorenzo no se sintió bien. ¿Qué diablos es lo que tengo? Entonces supimos la historia del fin. Que tenía Sida. Que había que regresar a Colombia. Que la luz se le fue apagando. Que ya no se trataba de pintar con esfuerzo sino de no poder pintar. Que tenía 36 años. Que se llamaba Lorenzo. Que era un gran pintor. Que fue. *** Metida en su cuerpo menudo que tantas veces hemos visto en teatro y en televisión, Rosario Jaramillo suelta sus frases como ráfagas. Las palabras se le atropellan, sin respiro, unas con otras.Quizás sea porque habla de su hermano, ese niño que le llevaba casi cuatro años y que en la infancia hacía las veces de director mientras ella fungía como actriz en esas fábulas irrepetibles de la niñez. Hay recuerdos de Lorenzo. Las invitaciones a su cuarto para que oyera música clásica mientras lo veía pintar. Las idas en bus por la carrera décima en Bogotá al cine club de Hernando Salcedo “para que aprenda lo que es el buen cine, Rosario”. Los cuadros que le regaló y que aún gritan desde las paredes de su casa, como ‘Talking heads’. Las discusiones sobre Lady Macbeth. Que es sensual, decía ella. Que es un macho, decía él. Puntos suspensivos. Pausa. Primer respiro. “Mis padres fueron unos intelectuales. Les fascinaba el arte. Mi mamá era antropóloga, (Yolanda Mora de Jaramillo). Mi padre historiador (nada menos que Jaime Jaramillo Uribe, padre de la historia moderna en Colombia). Eran personas muy cultas. Tenían amigos pintores como Antonio Roda que era muy cercano. Cuando estaba esperando a Lorenzo, por ejemplo, mi mamá pintaba. De ella también heredó el gusto por el cine. Juntos hacían collages recortando y pegando las estrellas de cine”. Era cuestión de tiempo que ese talento empezara a brillar. Y brilló. Brilla aún. “Lorenzo Jaramillo es uno de los artistas más sobresalientes de su generación”, dice Miguel González, quien hace las veces de curador de la exposición que a partir del 10 de noviembre llegará al Museo Rayo de Roldanillo. “Él, como los de su tiempo, estaba destinado a reanimar la figuración expresionista y la abstracción reflexiva”, escribe en el catálogo. “Ser políglota, amante de las artes escénicas, incondicional de la literatura y apasionado conocedor de la producción cinematográfica lo convirtió en un multifacético creador en muchos campos que abarcaron escenografía y vestuario, el diseño y la ilustración, aparte de su producción en pintura, dibujo y obra gráfica”.No todos comprendieron eso. O no lo compartieron. Luis Caballero, uno de los grandes artistas colombianos, que moriría, también, años después, lo dijo en ese maravilloso documental de Luis Ospina sobre Jaramillo, ‘Nuestra película’. “Si hubiera sido solo el pintor, pienso yo que tal vez hubiera sido mejor pintor. Pero como nadie sabe cuando se va a morir, nadie puede decidir eso ni escogerlo”. Pero es que el mundo de Lorenzo era, sobre todo, la ficción. No importaba en que formato llegara envuelta. Ese era su alimento. Era su forma de explorar el mundo. Su forma de probar. “El espectáculo constituía la parte central de sus gustos”, explica el crítico González. “Quizás la pintura fuera una prolongación de ese multicolor lugar de reflectores y realidades dramatizadas. Su dedicación a la escenografía en los últimos años ilustra su entusiasmo real por incorporarse al teatro. Así voy a recordarlo, hablando de las puestas en escena, de coreografías, colores, contrastes y el despliegue ocurrente de cada proyecto”.Desde su muerte, excepto unas dos o tres exposiciones que se realizaron en el Museo de Arte Moderno de Bogotá, en la Casa de la Moneda del Banco de la República, en alguna galería, la obra de Lorenzo no se ha visto mucho más. Por eso el hecho de que sus grabados y sus pinturas al óleo y sus ángeles y sus dibujos lleguen a Roldanillo es una buena noticia. Entre las series más recordadas de Lorenzo Jaramillo, de las que algunas piezas se podrán ver, quedan, para las futuras generaciones, ‘Suite de las muchachas extravagantes’ o ‘Girl crazy overture’, ‘Piezas en forma de pera’, ‘Talking heads’ y ‘Hombres yacentes’, que cierra su ciclo de producción en París y que resume, de alguna forma, esa pasión por el cuerpo, por el erotismo. Obras cuya vigencia sorprende. Arte joven, parece. Novedad. El crítico Germán Rubiano escribió sobre Lorenzo que “se retaba a sí mismo para crear siempre un nuevo personaje. A la larga en sus rostros no se ven propiamente ojos, narices y bocas y en sus cuerpos no se observan con fidelidad torsos, piernas, brazos y sexos. Sin embargo, sus figuras están henchidas de humanismo. Son seres inventados que recuerdan a los hombres. Muchas veces, seres monstruosos y dolientes”. *** Sino trágico. Destino. Premonición. Desenfreno. Las palabras se atropellan de nuevo en boca de Rosario Jaramillo. Fue triste y dolorosa su muerte. Pero queda su obra. Y ella piensa que queda un consuelo: que Lorenzo vivió días espléndidos. Que disfrutó su talento. Que supo lo que era el éxito. Que a pesar de ese asomo de melancolía, o acaso por él, fue feliz. Que vivió, en fin, como si hubiese presentido que alguien, en algún lugar, había dado inicio a su cuenta regresiva.

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