Recordando a Tomás Eloy Martínez, el maestro de la ficción verdadera

Agosto 17, 2014 - 12:00 a.m. Por:
Lucy Lorena Libreros | Periodista de GACETA
Recordando a Tomás Eloy Martínez, el maestro de la ficción verdadera

Tomás Eloy fue de los primeros en leer la versión entregada por Gabo a editorial Sudamericana de 'Cien años de soledad'. A la postre, fue uno de los maestros de la Fnpi creada por García Márquez.

Al conmemorarse 80 años del natalicio del escritor Tomás Eloy Martínez, el periodismo y la literatura de Hispanoamérica celebran el enorme legado del padre de ‘Santa Evita’, la novela que nos enseñó cuan delgada puede ser la línea entre ficción y realidad.

Qué habría pensado acaso Tomás Eloy Martínez, allá en su casa de Nueva Jersey, al enterarse de esa estruendosa noticia que demostró que sí es cierto aquello de que la realidad escribe mejor que cualquier premio Nobel: Estela de Carlotto —la eterna líder de las Abuelas de la Plaza de Mayo de Buenos Aires— encontraba por fin, tras 37 años de búsqueda solitaria, a su nieto.Guido. Así dijo ella todos estos años que se llamaba el bebé que le robaron a su hija Laura Estela, secuestrada junto a su compañero sentimental a los 23 años, en noviembre de 1977. Estaba embarazada de dos meses y medio. Se sabe que dio a luz mientras la mantuvieron esposada y que la infamia de la dictadura solo le permitió cinco horas de compañía con su recién nacido. Solo eso. Dos meses más tarde, Laura sería asesinada en la ruta del Gran Buenos Aires. El cuerpo le fue entregado a su madre, pero la historia no acabó ahí. Apenas comenzó. Lo que siguió después fue que Estela Carlotto se hizo abuela persiguiendo a un nieto ausente... Lo buscó, lo llamó a gritos por todas partes, le escribió: “Naciste un 26 de junio de 1978. Hace 37 años. Sé que te llamás Guido; sé eso y también que yo te extraño”.Qué habría pensado, pues, Tomás Eloy. ¿No fue acaso una vida similar la que él mismo narró en ‘Purgatorio’, esa última novela que publicó justo un año antes del 31 de enero de 2010, ese día en que el cáncer le dejó pocas incertidumbres sobre la llegada de la muerte? En esas páginas, el autor nos deja en el invierno de 1976 y de frente a Simón Cardoso, quien es detenido por los militares que impusieron una dictadura sangrienta en Argentina para nunca más aparecer. O al menos es lo que consigue hacernos creer su autor. Treinta años más tarde su mujer, Emilia Dupuy, se paraliza al oír su voz, nítida, en la fonda de un suburbio en Nueva Jersey. Pasaba entonces que el mundo, que se había desmoronado años atrás con la tragedia, —ese mismo mundo que caminó Estela tantas décadas a tientas— recobraba de pronto su luz.La primera historia le pertenece a la realidad. La segunda es propiedad de la ficción y Tomás Eloy Martínez la dejó en manos de la literatura mientras vivió en el exilio, desde 1975, luego de ser amenazado por la organización de ultraderecha conocida como la Triple A, liderada por el político, ministro y policía argentino José López Rega. El asunto aquí es que el escritor transitó largamente ambos caminos y conoció bien que ficción y realidad se buscan permanentemente, se desean. Lo entendió, pero no nunca se extravió.Entre ficción y no ficción.Que ficción y realidad se buscan se lo dejó claro a Juan Cruz, periodista, escritor y actual director adjunto de El País de España. Fue durante una larga entrevista en Madrid, poco antes de que Martínez fuera galardonado con el premio de periodismo Ortega y Gasset, uno de los más importantes en lengua castellana. “El lector —recuerda Juan Cruz— no se debe sentir confundido: la ficción es ficción y el periodismo es periodismo, porque corres el riesgo de pervertir ambos géneros”. Y le dijo más: “Con el periodismo tú le sirves a un lector; le presentas una realidad con la mayor honestidad posible, con los mejores recursos narrativos y verbales de que dispones. Pero en todo momento tienes que dejar bien claro que esa es la realidad que tú has visto, en cuya veracidad confías. En la ficción, en cambio, tienes que dejar en evidencia que esos datos que das no son confiables”.Uno lee ‘Santa Evita’ —su novela cardinal, llevada a más de 30 idiomas, la más traducida en las letras argentinas— y enseguida lo entiende. En clave de ficción, pero fiel a una rigurosa investigación periodística, este libro, que vio la luz en 1997, no solo nos enseña cómo un cuerpo sin vida como el de Evita Perón puede adquirir valor simbólico y convertirse en el emblema de un país dividido, sino que es el mejor ejemplo de cómo la literatura también abreva del periodismo la manera en que las historias pueden ser contadas.Años atrás, en 1985, Martínez había hecho un ejercicio similar con ‘La novela de Perón’. Desde entonces, a nadie le quedaron dudas de que hablar de Tomás Eloy era hablar del maestro de la ‘ficción verdadera’, del hombre que estaba seguro —como que dos y dos son cuatro— que un lector se identifica más con lo que se narra si esto le parece verdadero, si el universo que pinta un escritor para él es lo suficientemente verosímil. Ezequiel Martínez era un joven estudiante de periodismo cuando su padre sorprendió a todos con ‘La novela de Perón’. Hacía poco, Tomás Eloy había regresado a la Argentina. Y ese retorno muchos lo entendieron como un triunfo más de la democracia naciente a la que los argentinos intentaban acostumbrarse de nuevo. Total, siendo jefe de redacción de La Nación, el periodista y escritor nacido en Tucumán en 1934 se vio obligado a huir, al filo de una madrugada, rumbo a Venezuela, temiendo represalias de la dictadura que le había dado, de forma temeraria, apenas 24 horas para abandonar su país. Meses atrás, esa dictadura había reducido a cenizas miles de ejemplares de su novela ‘La pasión según Trelew’, en la que cuenta cómo 16 guerrilleros detenidos en la base aeronaval Almirante Zar, de Trelew, fueron fusilados por sus carceleros, acusados de un intento de fuga."Mientras se dio ese regreso”, recuerda Ezequiel, “cada año él inventaba la manera de que sus seis hijos (de tres matrimonios) lo visitáramos durante las vacaciones. Porque siempre vivió atormentado con el hecho de vivir lejos de sus hijos, de no poder vernos crecer. Eso lo supimos muchos años después porque, mientras vivió fuera de Argentina, se la pasó escribiéndonos largas y hermosas cartas en las que nos contaba qué hacía. A cada una le añadía un largo cuestionario en el que nos preguntaba por nuestras vidas. Esas cartas llegaban siempre abiertas, pero a pesar de esos abusos del poder militar y de que incluso nuestros teléfonos estaban intervenidos por aquellos años, nada impidió que su presencia a la distancia fuera constante”. El poeta colombiano Alberto Aguirre lo dijo mejor: a veces el exilio del corazón es más fuerte que el exilio de las fronteras. Aquellas visitas familiares se dieron primero en Caracas y después en Estados Unidos, donde Tomás Eloy trabajó como profesor en la Universidad de Maryland y colaboró en diversos medios de comunicación, entre ellos The New York Times donde publicó sus columnas semanas antes de morir.Pero, sin importar en dónde lo sorprendiera la soledad del destierro, Juan Cruz advierte en el padre de ‘Santa Evita’ a un hombre que nunca dejó de leer en la distancia lo que sucedía en su país. El horror. La barbarie. También la esperanza.Así, recuerda el periodista español, lo plasmó en varias páginas de su libro ‘Réquiem por un país perdido’: “¿Qué pudo pasarle a un país que en 1928 era la sexta potencia económica del mundo? (...) ¿Quién en la Argentina no se ha sentido expulsado alguna vez: por la soledad, por la miseria, por las amenazas de muerte, por la perturbación de despertar cada mañana en el confín del mundo? Mucha de la felicidad argentina nace de una lección que la realidad siempre contradice: se nos enseña que somos grandes y a cada rato tropezamos con la pequeñez”. En medio de ese dolor de país, el escritor siguió practicando el buen periodismo que aprendió a hacer desde sus días de reportero feliz en La Gaceta de su natal Tucumán. “Siempre fue aleccionador verlo trabajar. Verlo cómo se pasaba horas enteras frente a la máquina de escribir hasta dar con la palabra que se ajustaba a lo que él quería decir exactamente. Es que no era solo riguroso en lo periodístico, sino también en el uso del lenguaje, porque, como bien decía, estaba en contra de ese periodismo chato, marcado por el lenguaje de boletín de prensa. Por eso mismo también creía en el poder del periodismo narrativo, en que a la prensa diaria le faltaban buenas historias”, asegura su hijo.Juan Cruz dice que varias veces le escuchó quejarse de la manera temeraria en que la tecnología irrumpía en las salas de redacción. “De Internet le apasionaba la rapidez, pero le inquietaba cómo esa misma velocidad podía dispersar información y rumores que nadie contrastaba”. Lo temía, y aún pasa. Cruz destaca también cómo Tomás Eloy fue “un narrador oral insuperable. Acaso escribió sus libros tan solo para no olvidar las extraordinarias historias que contaba como si dentro de él funcionara un motorcito que las calentaba para convertirlas en fábulas con las que cubrió de gloria los periódicos, las novelas y los oídos perplejos de sus alumnos, de sus amigos y de sus lectores. Hasta el último instante, cuando ya no pudo más a su lado el ordenador, para escribir, para estar al tanto”.Pero siempre eso que escribió acabó convertido en libro. Lo descubrió su hijo Ezequiel, quien este año, con motivo de la conmemoración de los 80 años del natalicio de su padre, editó con Alfaguara el libro ‘Tinieblas para mirar’, una antología de cuentos inéditos. “Lo que hice fue reunir todos los cuentos dispersos que había de él por todas partes. Algunos de ellos son inéditos y estaban escritos a máquina con correcciones a mano hechas por él mismo. Porque en la corrección era un hombre muy riguroso. Él nunca había publicado un libro de cuentos. Se nota que en algún momento los revisaba, volvía a ellos, pero nunca se animó a publicarlos y los dejó olvidados en algunas carpetas”. ‘Tinieblas para mirar’, el cuento que le da nombre al libro, fue el primer texto de ficción que Tomás Eloy escribió sobre el cadáver de Evita Perón, mucho antes de que apareciera ‘Santa Evita’, su novela más celebrada. La primera pista clara de que el autor tucumano no era capaz de entender la historia de la Argentina, sin entender la historia misma del Peronismo y la honda huella que dejó en la historia reciente de su país. Le pregunto al cronista argentino Martín Caparrós, acaso uno de los más cercanos ‘herederos’ literarios de Tomás Eloy Martínez, por sus recuerdos del autor. Y él regresa a un texto que escribió cinco años atrás, horas después de que el cáncer acabara con Tomás, un 31 de enero de 2010.Tomás Eloy, se lee en esas líneas, fue “uno de esos raros grandes conversadores que no se olvidan de hacer preguntas y escuchar respuestas. Tenía un arte del relato oral que envidiaría cualquier tía solterona, y le gustaba tanto charlar de libros como de chismes, de política y películas como de bueyes muy perdidos; contaba chistes malos”.Ezequiel sabe que es cierto. “Tú veías a mi papá charlar con el mismo interés con un premio Nobel que con un estudiante de literatura. El viejo era así”...Así, como dice Caparrós. “A un autor como Tomás Eloy por sobre todo le interesaban con pasión los hombres y mujeres, las historias. Ahora, y él no lo buscó, finalmente se ha vuelto una”.

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