Recordando a Feliza Burtzyn, la mujer que transformó la chatarra en arte

Recordando a Feliza Burtzyn, la mujer que transformó la chatarra en arte

Agosto 01, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Aura Lucía Mera | Especial para GACETA
Recordando a Feliza Burtzyn, la mujer que transformó la chatarra en arte

Feliza nació en Bogotá el 8 de septiembre de 1933 y falleció a escasos 50 años, en París, enero de 1982.

Se trata de la escultora irreverente que con su obra ingeniosa y contundente fue capaz de revertir el orden de lo hasta entonces establecido.

Recordar a Feliza Burtzyn es permitir que el corazón vuelva a palpitar encabritado, lleno de su vértigo, de sus pasiones y sus carcajadas; de su irreverente manera de abrirse a la ternura y su peculiar filosofía sobre el amor y otros demonios.

Pero también de su visión única al plasmar el arte en esculturas que rompían con todo lo establecido y lanzaban un grito de independencia y de rebeldía. Es que Feliza sacralizó chatarras y las convirtió en poesía.

La recuerdo cuando llegó envuelta en plumas de avestruz rosadas al Alférez Real para la inauguración de un Festival de Arte. Zapatos de tacones inimaginables, collar de perlas de varias vueltas que le llegaba hasta la cintura: parecía una diosa. Entonces irrumpió como una aparición; como uno de los personajes del Gran Gatsby.

Feliza Bursztyn fue una mujer alucinante. Nacida en Bogotá, —de padre judío, rabino, filósofo y estudioso de La Tora— estudió arte en el Art Students League de Nueva York y en La Grand Chaumiere de París, dirigido por el famoso escultor Ossip Zadkine.

Vuelve a Bogotá para convertirse en la primera artista que transforma la chatarra en escultura. Rompe paradigmas. Abre las compuertas al pensamiento libre que se expresa con sus ‘Histéricas’.

Sus camas móviles, sus máquinas de escribir retorcidas que juegan a inventar palabras nuevas. Se une a los nadaístas, a los ‘happenings’. Es allí cuando su personalidad avasalladora llena de frescura el aire.

Y aunque fue considerada por muchos pacatos como ‘chatarrera’, supo decirles lo equivocados que estaban al ganarse el Premio del Salón Nacional de Artistas. Hoy sus obras se exhiben en muchísimos museos y es reconocida internacionalmente.

Recuerdo un viaje a Cartagena. Feliza iba con su marido, Pablo Leyva, a quien amó con pasión, sin importarle el repudio de su padre por haberse unido a un cristiano. Su refugio era una casita cerca a Crespo donde trabajaba mirando ese mar Caribe, siempre el mismo, siempre diferente.

Me senté a su lado y le conté que iba escapando a una pena de amor... Me acababa de enterar que mi pareja estaba ensartándome unos cuernos poderosos.

Abrazándome me dio el mejor de los consejos “Aura Lu, los hombres son como los collares de perlas: son para lucirlos, no para llorar por ellos”. Sobra decir que aterrizamos a las carcajadas, brindando con vodka y mandando los cuernos al aire marino del Corralito.

Pero el Estatuto de Seguridad del Gobierno Turbay Ayala, que veía un comunista en cada hombre o mujer adulto que leyera, que fuera bohemio o artista, acabó con su vida.

Fui testigo presencial del allanamiento a su casa-taller. Yo trabajaba con Yolanda Villabona, quien tenía un programa de televisión llamado ‘Todas en todo’. Mi segmento de pocos minutos era ‘Una mujer, una historia’. Muy temprano esa mañana fatídica me llamó Yolanda. “Acaban de allanar la casa de Feliza y el apartamento del poeta Luis Vidales”. Corrimos hasta su casa. Pablo, demudado, nos recibió. Su taller estaba revolcado de arriba abajo. A Feliza se la habían llevado a empujones a la Escuela de Caballería de Usaquén.

El pecado de Feliza fue haber recibido como regalo de su amigote, el arquitecto Chuli Martínez, una escopeta vieja y oxidada para convertirla en escultura por la Paz.

Después de una noche de interrogatorios y amenazas la soltaron. Feliza corrió a la Embajada de México a pedir protección y asilo y jamás retornó a Bogotá, su ciudad amada.

En México la acogieron amorosamente García Márquez, Álvaro Mutis y toda esa colonia extraordinaria de colombianos radicados en ese país que siempre le ha abierto los brazos a la intelectualidad que persiguen los tiranos.

García Márquez posteriormente le ayudó a instalarse en París, donde tendría su taller y podría seguir su trabajo de escultora y retomar una vida sin sobresaltos. Pero Feliza, la irreverente, la de carcajadas sonoras no pudo continuar. Su corazón vulnerable se llenó de nostalgia. El exilio fue un precio demasiado alto para su sensibilidad.

Un 31 de diciembre en París, estando en un restaurante con Gabriel García Márquez, Mercedes Barcha, Pablo y otros amigos, ese corazón dejó de latir. Feliza nos había dejado para siempre, víctima inocente del atroz atropello del Gobierno Turbay. Jamás se culpó a nadie. Todo quedó impune, como es tan corriente en este país.

Sus restos fueron traídos a Bogotá después de un penoso calvario. En una morgue anónima permaneció casi una semana, pues una famosa tormenta de nieve cerró los aeropuertos parisinos. Al fin el ataúd llegó al lugar donde quería estar.

No sé si sus cenizas lograron retornar al mar, pero sus obras están en colecciones particulares, en bancos, museos. Sus chatarras son inmortales como será inmortal su sonrisa, sus vestimentas de plumas, su pasión por la vida.

Recuerdo también que visitamos el apartamento del poeta Vidales. No puedo borrar la imagen que vi: un hombre agobiado de dolor, sin palabras ante semejante atropello. Se sentó en una viejo sillón mirando incrédulo todos sus poemas esparcidos en el suelo. Los cajones revolcados como los de un delincuente. Su pecado: la palabra escrita condensada en poemas que llevaban mensajes de libertad.

Hoy, cuando las obras de estos artistas se exponen en el Museo Rayo, quiero rendirles un homenaje. A Feliza, mujer luminosa, y a Luis Vidales, poeta íntegro. Dos artistas, dos víctimas. Colombia no los puede olvidar.

Gracias a Águeda Pizarro y al Museo Rayo se reunieron de nuevo el arte y la poesía. ¡Tenemos que recordar!

VER COMENTARIOS
CONTINÚA LEYENDO
Publicidad