Recordando a dos escritores muertos: Andrés Caicedo y Nicolás Suescún

Mayo 14, 2017 - 09:12 a.m. Por:
Por Rosario Caicedo / Especial para Gaceta
Much

Muerte en la habitación de Edvard Munch, 1895.

Cortesía


Hace unos días, gracias a la extraordinaria obsesión de Luis Ospina por guardar lo que se debe guardar -que en muchas ocasiones es lo que mucha gente decide botar- me encontré con la foto de un periódico de hace 40 años.

En ella, en el recorte, el gran poeta Nicolás Suescún, escribe elogiosamente sobre la novela ‘¡Que viva la música!’ al mes y medio del suicidio de su autor, el 24 de abril de 1977. El título del artículo no puede ser más elocuente: “Andrés Caicedo, el caso más impresionante de precocidad literaria”. Profético nuestro poeta. Como son y han sido y serán los buenos poetas. Ah, lo que puede hacer una foto mostrando un texto amarillento. El diluvio de recuerdos uno tras empezó a inundar este cuarto donde escribo. El cuarto lleno de libros traídos de tantos sitios. Mis libros de poemas, mis fotos, mis altares.

Las obras de los muertos. Nicolás Suescún, muerto. Su hermoso nombre me trae a la mente el día que Andrés Caicedo entró a mi apartamento de Houston, Texas, con una maleta cargada de libros y de sueños delirantes… Mayo, 1973. Y lo primero que me da de regalo es un libro, ‘El retorno a casa’ de un escritor desconocido para mí.

“Es un libro de cuentos, Rosarito. Alguien me lo regaló por chiste: un retorno a casa para alguien que se va de casa. Es muy bueno. Vas a ver”. Y yo lo leí y me gustó y debido a aquel regalo del hermano viajero que regresó derrotado a su punto de partida, yo tuve el honor de conocer a Nicolás Suescún. Para siempre conmigo. Grata y triste compañía. Sus poemas iluminando caminos oscuros. Siempre.

El autor del libro publicado en 1971 es en 1977, el escritor de la positiva reseña sobre ‘¡Que viva la música!’, el libro escrito por un joven que ya no existe. Y he aquí mi otro recuerdo: 24 de abril de 1977.

La casa de mis padres. Un patio lleno de árboles y en medio de ellos una piscinita plástica donde una bebé -mi hija- grita contenta: “¡Sol!” “¡Agua!” Mi madre, perdida en su dolor, no se esfuerza en pretender que la oye o que la está viendo siquiera.

“Sentada para siempre en su tristeza”, escribiré esa noche en mi diario. Una casa siempre triste que ahora está más triste que nunca. Casa tocada de nuevo por muertes tempranas. Paredes blancas semejando la oscuridad de una tumba. Calor tropical de mediodía, de antes del almuerzo. El olor a tajadas fritas baja hasta donde mi madre y yo estamos sentadas. La rutina de la vida en medio de la tragedia.
“¿Te acuerdas cómo adoraba las tajadas?”, dice ella, sin esperar una respuesta. Yo asiento en respetuoso silencio y la veo cubrirse la cara con sus manos. Mi padre llega en ese preciso momento con un periódico y se lo trata de mostrar. “Mijita, mira lo que dicen de Andrés”, y empieza a leer con su voz ronca. Ella, al oír las palabras del título, “Andrés Caicedo”, seguido por “el caso más impresionante de precocidad literaria”, se levanta de súbito y tapándose los oídos corre hacia las escaleras, diciendo: “¡No quiero palabras!”.

Mi padre también corre hacia ella dejando el periódico en el suelo. Yo lo recojo y leo el artículo cuidadosamente: el dibujo que ilustra el texto me sobrecoge. Es una copia de un cuadro llamado, de acuerdo con el periódico, ‘El cuarto de la muerte’ de un pintor identificado como Eduard Munchi.

Yo observo a la gente vestida de negro, a la muerte rondando. Me tomaría décadas darme cuenta que el Eduard Munchi de ‘El cuarto de la muerte’ era Edvard Munch, el famoso pintor noruego quien le obsequió a la humanidad entera el famoso ‘Grito’. Y la burda pero sobrecogedora copia del cuadro que yo sostuve en mis manos cuando leí el artículo era otra de sus famosas pinturas: ‘Muerte en el cuarto del enfermo’.
“La muerte es tan clara como un vaso de agua pura, tú la reconocerás tan pronto llegue,” le oí decir una vez a mi abuela. Sus palabras resonaron como campanas ese día de abril de 1977 en una casa blanca forrada de negro en la que yo sostenía las palabras del poeta Suescún:

“A Andrés Caicedo lo conocí en Bogotá en medio de una calle. No lo conocía, pero adiviné, algo me lo indicó —tal vez el hecho de que estuviera atravesado en la calle— que ese joven alto, desgarbado, de gafas, era Caicedo”. Y Suescún continúa su bella prosa narrando lo inevitable: “Luego, hace unos viernes, un amigo llegó con la noticia de que Andrés se había suicidado. En el periódico del día siguiente una corta noticia, en una página interior, registraba el absurdo escuetamente, sin foto ni nada.

Y los periódicos de Cali decían simplemente que había muerto por respeto a su familia. Comparto este respeto, pero no quiero y no creo que Andrés hubiera querido que se diluya el sentido de un acto consciente y largamente meditado”.

Aquí, recuerdo, me detuve y le agradecí al poeta su respeto por el muerto y por la verdad de su vida. Suescún prosigue, diciendo sobre ‘¡Que viva la música’!: “Porque esta es una novela de verdad. Un libro en el que bulle la vida escrito en el idioma fenomenalmente recursivo y gracioso que hablan los jóvenes, y casi se podría decir, cantada”.

Y Para terminar, da su juicio: “La integración de las letras de las canciones en la narración, solo la pudo hacer el artista maduro que era Andrés, el caso más impresionante de precocidad literaria que ha dado el país”.

Leí las últimas palabras recordando a ese escritor obsesionado por escribir que era Andrés, “hasta que ya no pueda más. Hasta que ya no pueda mover mis manos.” Traté de acordarme de una de sus muchas cartas —allí sentada en la casa triste— antes de su muerte. Eran cartas describiendo sucesos escabrosos: angustias, intentos de suicidio, deseo de huir.

Palabras que de tanto leerlas me las memoricé, porque qué puede uno hacer ante mensajes como este: “Piensa mucho en mí, Rosarito, en tu hermano que te adora y que está sufriendo mucho. He pensado que ya no me queda sitio en el mundo pero aún no termino de ajustar cuentas del último número de ‘Ojo al Cine’ y ya la gente pide otro. Así que me tengo que aliviar, me tengo que aliviar. Ay si tú estuvieras aquí todo sería tan distinto”. (Carta del 10 de mayo de 1976. Escrita en Cali).

Esa carta, la que tengo aquí mientras escribo y recuerdo a dos escritores muertos. 24 de abril de 1977. Yo sola en ese porche mientras oía las voces angustiadas de mis padres. El mensaje claro de la voz femenina: “Ante esto no hay consuelo”. Una, dos, tres veces oigo esas palabras. Nadie se acordó del almuerzo.

Recuerdo caminar lentamente con el periódico y colocarlo sobre la cama del cuarto del muerto. Lo hice con reverencia, con respeto, mirando alrededor sus libros, los afiches de cine, los discos, hasta que la voz de la bebé llamando al sol me sacó de mi mundo de recuerdos y de cartas memorizadas en oscuridades invernales. Las pequeñas manos moviendo el agua.

El comienzo de una vida pidiendo mi presencia. Por estos recuerdos, encontrados en un rincón de mi mente, le doy las gracias a Nicolás Suescún, Carlos Alberto Caicedo, Nellie Estela de Caicedo y Andrés Caicedo. Cuatro muertos que amaron las palabras. Y al director de cine Luis Ospina, más vivo que nunca; siempre mirando, filmando y guardando. Para los muertos, y para los vivos que seguiremos leyendo lo que ellos escribieron.

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