¿Qué pasará con la memoria caleña si se vende el edificio del Centro Cultural?

¿Qué pasará con la memoria caleña si se vende el edificio del Centro Cultural?

Junio 26, 2012 - 12:00 a.m. Por:
Elpais.com.co | Gaceta
¿Qué pasará con la memoria caleña si se vende el edificio del Centro Cultural?

No se sabe que pasará con el archivo histórico de Cali, que atesora cinco millones de documentos sobre la vida de la ciudad, desde 1563, en el Centro Cultural.

Luego de conocerse la propuesta de la venta del edificio del Centro Cultural, muchos se preguntan cuál será la suerte del Archivo Histórico de Cali, que atesora cinco millones de documentos sobre la vida de la ciudad, desde 1563.

Cinco millones de documentos guardan, en su silencio de papel, la historia de esta ciudad. En ellos palpita, labrados con tinta de próceres, escribanos y notarios, el primer retrato a mano alzada de la Cali que sucumbió a la fundación de don Sebastián de Belalcázar, en el Siglo XVI. La Cali de la Colonia con sus negros esclavos, sus mulatas y sus amos. La Cali altanera que un día no quiso que la llamaran más un pueblo grande, que se hizo adulta y se vistió de ciudad, y la Cali que comenzó a crecer desbordada, con hijos prestados de todos los rincones del país, a los ojos de sus gobernantes y líderes cívicos. Esa Cali preservada del polvo dañino de los siglos habita en dos salas espaciosas, de 158 metros cuadrados de extensión. Dos salas dominadas por el silencio y la meticulosidad con la que están preservados y archivados esos cinco millones de folios. En cajas especiales de cartón, protegidos de ácaros, polvo y hongos. Cajas y papeles que solo son posibles manipular con guantes de látex y tapabocas porque quienes conocen su valor saben que una gota de sudor o de saliva puede ser tan dañino como un incendio. Esas dos salas dominan una parte del Centro Cultural de la ciudad, una imponente construcción de ladrillo a la vista y arquitectura moderna que se alza en la Carrera Quinta con Calle Sexta y que el arquitecto Rogelio Salmona le regaló en 1990. Esas dos salas conforman el Archivo Histórico de Cali, que habita allí desde el año 2000 porque antes, en no muy buenas condiciones de conservación, vivió a merced de la agresión de la humedad y las altas temperaturas el edificio Moncaleano, en los sótanos del CAM (donde se perdieron centenares de archivos por culpa de inundaciones) y después en el Edificio Otero en la Plaza de Cayzedo.Fundado en junio de 1958, este lugar nació de la necesidad de crear un Archivo Histórico para la ciudad, que le permitiera clasificar técnicamente los documentos anteriores al año 1900 y asegurar así su perdurabilidad, conservación difusión y microfilmación. Esa labor la iniciaron por ese entonces los archivistas Tomás Martínez Perea y Hernán Escobar Escobar.Es un guardián de la memoria del que muchos se preguntan su suerte ahora que se escucha con fuerza la propuesta de vender justamente el edificio del Centro Cultural, aduciendo una crisis económica en el Municipio. ¿Sabrán de verdad los caleños que las pistas para comprender de dónde vienen y de qué están hechos reposan en ese lugar? El historiador y antropólogo Germán Patiño se hace esa misma pregunta desde que se enteró de la noticia a comienzos de este mes. Después de tantos años dedicados a la academia y a esculcar con fervor el pasado de la capital del Valle, él sabe bien que se trata de uno de los archivos históricos mejor estructurados y conservados del país, con un material que ha sido preservado con calidad bajo los lineamientos del Archivo General de la Nación. Lo sabe también Gonzalo González, historiador de la Universidad del Valle, quien fuera coordinador del lugar una década atrás. Este archivo, dice con orgullo, es considerado “uno de los más completos de Latinoamérica”, toda vez que en Cali, durante su historia, ha habido una “minuciosa custodia de documentos oficiales y privados. Cali ha sido lugar de paso, unión entre Quito y la Nueva Granada, estación hacia Cartagena, y eso hizo que aquí fueran guardados miles de documentos que, por fortuna, muchas manos se encargaron de proteger de la agresión de los años y del uso”.El documento más antiguo data de 1563; desde entonces, todos los tesoros documentales que han terminado en los anaqueles del Archivo Histórico inicialmente fueron clasificados en los fondos notarial, judicial, escribanos, cabildo, alcaldía y republicano. Para González, el archivo posee verdaderas joyas de la corona como el acta de fundación de Cali y el acta de las llamadas Ciudades Confederadas, ese grupo de siete poblaciones, entre ellas Cartago, Cali y Buga, que se unieron para luchar contra la tiranía del gobierno que se ejercía desde Popayán, poco antes de la Independencia.El de Cali es de los pocos archivos históricos que cuentan con documentos del Siglo XVI. Eso lo explica Carlos Mario Recio, su actual coordinador, un joven historiador que ha visto cómo grandes colegas suyos como Germán Colmenares, J. León Helguera, Joseph F. Tower, Jacques Aprile Gniset, David L. Chandler, Jorge Orlando Melo, Renán Silva, Francisco Zuluaga, Jorge Salcedo y Margarita Garrido solo han podido encontrar en este recinto de la memoria caleña datos precisos y documentos que durante largo tiempo persiguieron en bibliotecas y otros archivos de este tipo. “Resulta difícil determinar cuáles son los documentos más importantes con los que cuenta el Archivo. Eso dependerá del interés de la consulta a realizar. Durante muchos años he visto gente salir de aquí buscando pistas sobre temas que pueden resultar intrascendentes, pero que terminan en hallazgos históricos de un valor incalculable”, reflexiona Carlos Mario.El historiador habla, por ejemplo, del Fondo Concejo, ese que constituye la memoria de la ciudad al poseer, custodiar y preservar los documentos que hacen referencia a los orígenes y desarrollo del Cabildo, organismo que en los tiempos de la Colonia ejercía las funciones de lo que hoy es el Concejo (sus integrantes, para que nos entendamos, eran la voz oficial del Rey) y que determinaba el comportamiento y las acciones públicas. “A muchos les sorprenderá que allí reposen, por ejemplo, directrices sobre cómo castigar a los niños en el colegio, sobre el uso del cepo y las técnicas de encierro para que aprendieran la lección”, apunta Recio. El Archivo Histórico preserva también la documentación producida entre 1563 y 1964 y en parte de sus anaqueles reposan los Libros Capitulares, con actas del Cabildo, acuerdos, cédulas reales, autos de buen gobierno y asuntos tan cotidianos para la época como la venta de esclavos.Así mismo, se encuentran documentos del Concejo de 1830 a 1964 como actas, acuerdos Municipales, La Gaceta Municipal y el archivo del Concejo. Otro tesoro es el Fondo Notarial. En esta sección duermen, a la espera de ser consultados, los documentos de las primeras notarías caleñas, los tomos de los escribanos (esos amos de la palabra escrita que era lujo de unos pocos ciudadanos de la alta sociedad), documentos de la Notaría Primera entre los años de 1618 y 1968; y de la Notaría Segunda de Cali. entre 1716 y 1964.El Fondo Judicial, a su vez, cuenta con un inventario físico que reseña 2.352 documentos y un catálogo que resume alrededor de 400 expedientes judiciales que datan desde 1608 hasta 1899. Parecen meras cifras, sí. Pero en este fondo está la memoria de los crímenes que estremecieron a la ciudad en varias épocas y que nos permitirían entender ese temperamento violento e intolerante de miles de caleños que fatigan hoy las páginas judiciales de nuestros periódicos locales.No ha resultado fácil, en todo caso, que toda esta información haya sobrevivido al paso demoledor del tiempo.“La mayoría de estos documentos, por lo menos los más antiguos, deben permanecer guardados en cajas especiales, libres de oxidación. Es curioso: los papeles más antiguos son los que más se conservan debido a la pureza de las fibras con que eran fabricados. Los de hoy, a pesar de la tecnología, son más vulnerables al tiempo porque en su fabricación se usan muchos químicos. Hay documentos que se reciben con muy alto grado de descomposición (especialmente del siglo XVII), pero los procesos de intervención que se les hacen son mínimos para conservar, en lo más posible, su originalidad”, explica Carlos Mario Recio.Es una tarea en la que no es posible bajar la guardia: esos 5 millones de folios, de no conservarse bajo esas condiciones, sucumbirían a la agresión de un bicho llamado ‘gusanito de plata’, que se come el papel viejo. “Por eso, lo que hacemos es preservarlos con paños especiales libres de oxidación”, explica el historiador. Se llamó María Gertudris Villa. Sintiendo ya muy cerca la muerte, dictó su testamento a un escribano en 1837. En esas páginas escritas a mano habla de las deudas que no alcanzó a cancelar en vida, de su deseo de que su alma termine en brazos de la Santísima Trinidad y de que la paila de cobre que por tanto tiempo hirvió a fuego alegre en la cocina de su casa terminara en manos del único hijo que tuvo. Les pide a sus deudos que vendan la vaca parida, la potranca y unos aretes de oro que están en el cofre del cuarto principal para que puedan cubrir los gastos de su enfermedad y de su entierro. Ese era su patrimonio. Eso y la fe de que Dios recibiría de brazos abiertos su cuerpo enfermo allá, en el cielo. La vida cotidiana era de una simpleza incomprensible dos siglos atrás. La riqueza no reposaba en las cuentas bancarias sino en el patio de la casa. La muerte había preguntado por Don Agustino Orejuela tres años antes que María Gertrudis. Y él, fiel a la costumbre de la época, también dejó por escrito el destino de sus posesiones cuando su cuerpo ya no fuera de este mundo. Destinó un dinero para el Colegio Santa Librada, en el que había trabajado por tantos años, estipuló cuánta “platica” debía gastarse en las misas que, estaba seguro, lo salvarían del Purgatorio así como las instrucciones precisas para que Juana, su bella esclava, quedara en posesión de Francisco, el mayor de sus hijos. Estos relatos no sorprenden ya a Rodrigo Mejía, experto en conservación curativa y preventiva de documentos, que conoce gran parte de la información que reposa en el Archivo Histórico de Cali. Pocos envidiarían estar en los zapatos de este historiador. Lo que se lee en esos documentos no es tan fácil como parece. Son hojas y hojas de una caligrafía abigarrada y preciosista que solo es posible ‘traducir’ si se sabe de paliografía, ese extraño arte de leer escritos antiguos. Gracias a ese arte y a quienes lo aprendieron es que hoy la historia nos cuenta por ejemplo cómo, desde 1808, mientras el país se acostumbraba a la sombra del yugo español, en Cali ya se hablaba de Independencia a través de personajes como Ignacio de Herrera y Vergara, que escribía sendos artículos sobre la invasión de Napoleón a España.Esa misma historia nos cuenta que en la Cali de hace un siglo ocurrían cosas tan curiosas como heredarse calzoncillos entre abuelos, padres e hijos, pues no eran prendas de fabricación masiva, las telas para su confección eran escasas y se consideraban un bien tan apetecido como tener un ternero de buenas carnes.En la Cali de hace 200 años los esclavos les mandaban a escribir cartas de súplica a sus amos creyendo justa su libertad. A veces también eran los amos quienes alzaban su pluma para conceder ese beneficio por una cuestión de afectos. Otras veces se tejían episodios menos gratos, como los que vivían cientos de negros de pecho nevado, ya viejos, que imploraban ante el Cabildo la libertad de vientres para sus hijos y nietos. Son relatos vivos de la Cali del Siglo XVIII, muchísimo antes de que se aboliera en Colombia la esclavitud.También se leen historias de género. Las de las mujeres de la Colonia que elevaban ante los escribanos sus quejas por las infidelidades de sus maridos con las esclavas y las vecinas. Nunca la justicia estaba de su lado. Era la subordinación total. Daba igual denunciar que callar. La sociedad estaba hecha al servicio y las necesidades de los hombres.Es, pues, la memoria de más cuatro siglos de vida de una ciudad lo que permanece preservado en el Archivo Histórico de Cali. Es la historia verdadera, no la que recitan de memoria los maestros en la escuela. “Por eso es que conviene preguntarse si vale en realidad la pena poner en riesgo este lugar, que es de todos los caleños, solo por salir de un apuro económico vendiendo un edificio”, reflexiona Carlos Mario Recio, el joven historiador, el albacea de esos cinco millones de documentos que guardan, en su silencio de papel, los milagros, errores y aciertos de esta ciudad atravesada por un río.

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