Que las luciérnagas esperen

Noviembre 03, 2013 - 12:00 a.m. Por:
Claudia Rojas Arbeláez I Especial para GACETA
Que las luciérnagas esperen

Marlon Moreno protagoniza esta historia de un hombre solitario que, de repente, se encuentra con una niña.

Estreno. ‘Cazando luciérnagas’ es una película colombiana que llega a la cartelera con la expectativa de mostrarnos otro cine nacional. Ante una historia sencilla y universal, la producción da cuenta de la vida de su protagonista un hombre que vive aislado y al que la vida le cambia de un momento a otro.

En ‘Cazando Luciérnagas’ el tiempo transcurre sin prisa. Como la vida de Manrique, vigilante de una mina que vive a la orilla del mar, asilado por completo del mundo. En su soledad, su único contacto con el exterior lo establece a través de un radio teléfono que usa una vez al día para dar un parte de normalidad a un compañero pesado que siempre intenta hacerlo reír. El resto del tiempo lo pasa caminando de un lado al otro o mirando a través de unos binoculares sin reportar mayor novedad. Así pasa sus días, sus semanas y, así tal vez, ha pasado sus últimos años, viviendo una especie de destierro voluntario del que poco o nada conocemos. En realidad las preguntas resultan innecesarias en películas como esta que no pretenden dar respuestas sino abrirnos una ventana a la cotidianidad y la contemplación. Por eso las no prisas, por eso las secuencias largas, silentes y bajas. Algunas producciones con una mirada similar a esta ya nos han sido dadas en el cine nacional. Unas con mejores resultados que las otras. Recordemos ‘La Sirga’ (William Vega, 2012), rodada en la Laguna de la Cocha, que narra de manera extraordinaria y muy cinematográfica la historia de una chica desplazada que busca un nuevo mundo donde asentarse. ‘Cazando luciérnagas’, sin embargo, se centra en otras cosas. Incluso, no pretende darle a la historia de Manrique un aire de profundidad sino que se conforma más con exponer que con reflexionar. Por eso la importancia de mostrar, una y otra vez, las mismas cosas de manera distinta. El hombre solo frente al mar, el hombre solo en la fogata, el hombre solo en la hamaca… mucho silencio, mucha exposición. Pero poca, poquísima, introspección. Esta es, sin duda, la propuesta de un director que ha tenido un recorrido por el documental y la ficción de una forma más académica que de autor. Esta es una de las razones que nos permiten ubicar a ‘Cazando luciérnagas’ como una película cuidada, juiciosa y bien lograda, al menos desde su técnica. El esfuerzo de Flores Prieto es evidente: tanto su excesivo cuidado de la imagen, de los planos, como la economía de las situaciones. Sin embargo, le hubiera venido bien un poco de arrojo, un poco más de historia, un poco más de actores. Aquí es donde se hace necesario detenerse y reflexionar en aquello que pudo ser y no fue. Porque por alguna razón la película, que empieza siendo de una manera y que pareciera proyectarse de cierta forma, muta demasiado rápido a un área de confort peligrosa y poco sorpresiva. La aparición de una niña, que además llega hasta aquel recóndito lugar vestida de manera perfecta, sin una sola gota de sudor en su frente, con la gorrita impecable y el morral nuevo, no parece confrontar a este hombre. Porque a partir de este momento y tras una resistencia muy leve, Manrique termina por involucrar a aquella niña en su cotidianidad, con tal naturalidad que incluso parece olvidar que hasta hace muy poco no le gustaba hablar con nadie. El repentino cambio, que podríamos adjudicarle a aquello de la sangre, es por demás sorpresivo, pero no es el único que acontece. Y se convierte en el comienzo de una serie de situaciones orquestadas desde la escritura y que resultan bastante poco creíbles para quienes siguen la película. Como por ejemplo que a la niña le guste el béisbol y que cargue en su mochila nueva un álbum impecable, sin arruguitas ni ‘orejas de perro’. Después vendrán otras ‘casualidades’ y características impuestas a los personajes no desde la entraña de sus psicologías, sino desde la cabeza de quien lo concibió. Y por alguna extraña razón (¿será acaso de orden comercial?) la película empieza a parecerse mucho más a una comedia romántica (de amor paternal, por supuesto) y empieza a perder el tono pausado que en un comienzo nos propusieron. El juego de béisbol, el baile en la fogata y las escenas de la mesa pueden verse venir con facilidad y ahí pierden su magia. Además de su bello nombre, ‘Cazando luciérnagas’ intenta mostrarnos un lado bonito de la paternidad. Y la historia que al menos como anécdota nos suena hermosa, puede haber crecido con una escogencia más arriesgada de su casting. Un actor un poco mayor le hubiera venido un tanto mejor al personaje Manrique o tal vez uno menos expuesto que quien terminó interpretándolo: Marlon Moreno, a quien ya hemos visto actuando con el ceño fruncido en el papel de mafioso, teniente y vigilante. Algo similar podría aplicarse para el caso de la niña, interpretada por Valentina Abril, bastante mayor para verla actuar como una niña de menos años. Al final, esta conquista emprendida por una niña a quien se le dificulta un poco la actuación se hace más álgida ante la contención de los diálogos, elemento que sin duda es uno de los pilares de la película. Porque, tal como están, lucen poco orgánicos y no parecen provenir ni de un vigilante de mina, ni mucho menos de una niña que parece haber emprendido aquel viaje de buenas a primeras. La historia está basada en el cuento de uno de los escritores y guionistas más sonados en este país, Carlos Franco. De ahí que la adaptación también corra por su cuenta. El oficio prima en la escritura de un guión donde las entradas de los personajes son puntuales y la historia gira de la manera que se espera en el momento que debe hacerlo. A Franco se le nota el oficio, pero también la razón, la orquestación, la cautela y en historias como estas también es bueno, de vez cuando, dejar que el corazón se imponga.

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