¿Por qué Águeda Pizarro no estuvo en el lecho de muerte del maestro Rayo?

Enero 31, 2016 - 12:00 a.m. Por:
Meryt montiel lugo | Editora equipo de domingo

En cinco años como directora del Museo Rayo, Águeda Pizarro ha logrado mantenerlo vigente y muy activo, así demuestra el amor que sintió por su marido, el fundador de este centro cultural, el fallecido maestro Omar Rayo.

"Cuando yo me muera el museo se acaba, se cierra”, solía decir el maestro Omar Rayo, preocupado por lo que le pudiera pasar,  tras su fallecimiento, a uno de sus hijos más preciados, ese centro de exposiciones que fundó,  hace 35 años en su tierra natal con el fin de mostrar dibujos y grabados latinoamericanos. Gracias a la fuerza y tenacidad de su viuda, la neoyorquina Águeda Pizarro, el Museo Rayo, en Roldanillo, sigue vigente y con una actividad mucho más intensa que cuando vivía el maestro. Así lo reconoce el hermano del pintor y escultor roldanillense, el maestro Vicente Rayo. “Omar organizaba sus exposiciones, encuentros de poetas y todo, pero se ha visto que el museo, después de su muerte, cambió ciento por cierto: el jardín, las exhibiciones, los contactos. Cambió de personalidad,  hay nuevas construcciones que se han dado durante la gestión de Águeda. Por eso la admiro, la respeto y me quito el sombrero”. Son muchos los roldanillenses  como Vicente Rayo y los artistas en general, que se quitan el sombrero por la labor que ha venido desempeñando la poeta desde hace cinco años y medio cuando asumió las riendas de este importante museo tras la muerte de su fundador. El  sábado 23 de enero la Ministra de Cultura presidió los  actos de celebración. ¿Qué más viene para festejar los 35 años del Museo?Hay un programa que desarrollamos con el  aval de la Ministra  y para el que nos ha dado cien millones de pesos.   Harán parte de este, un ciclo de conferencias de curadores de arte venidos de Medellín, Cali, Bogotá,  para hablar de lo que significa la curaduría. Y otras conferencias sobre críticos de arte para ver cómo está esta carrera.   El museo será un foco para  consideraciones como: qué va a pasar con los museos en el futuro, cómo se va a desarrollar la exposición de artistas, cómo ha cambiado la idea de lo que es un museo.   Pero la parte más importante del programa  es que vamos a llevar el Museo a los corregimientos y veredas del Municipio con talleres, exposiciones,  talleres de lectura de nuestra sala de lectura infantil,  uno de los grandes logros de los últimos cinco años. Hablemos de su relación con Rayo. ¿Qué le impactó cuando lo conoció? Era muy bello. Eso fue lo segundo. Pero lo primero  fueron sus obras. Yo vi los  ‘Intaglios eróticos’ y eso me fascinó. Eran intaglios que representaban unos cuerpos muy bellos. Después fui a una exposición de sus pinturas que eran ya abstractas y lo conocí, me lo presentó una amiga mía de la escuela secundaria con quien él andaba en esos momentos. Él tenía 13 años más que yo. A usted le parecía algo misterioso...  Sí, él era así, hipnótico. Además, hablaba muy poco inglés,  se quedaba callado, se sentaba en las fiestas a mirar y miraba con esos enormes ojos – esa era la facción más atractiva en su rostro y sus labios gruesos-   y las mujeres iban como mariposas a la llama, entonces decía alguna cosa, y ¡oh! Su aspecto era exótico, era muy colombiano, pero parecía también de la India o de Pakistán.   ¿Cómo la conquistó? Él tuvo muchos amores, le gustaban las mujeres inteligentes, como  Ela, una bioquímica, no sé  si se casaron o no, porque ya estaban separados cuando lo conocí, una mujer maravillosa. Y mi amiga también era inteligente, un poco rebelde. Le gustaban las mujeres que tenían algo en la cabeza. Y él tenía suficiente belleza, impactaba y no tenía problemas con conseguir admiradoras.   Se amaron mucho a pesar del difícil carácter del maestro. ¿Cómo hacía para sobrellevarlo? Hum, a veces no podía, pero tengo un espíritu conciliador, por ejemplo, defendí mucho a los que trabajaban en el Museo cuando él se enojaba con ellos. Pero a veces no, me salía de quicio yo también y peleábamos (risas).  Cuando usted llega por primera vez a Colombia. ¿Sí le cayó bien a la suegra? Creo que no (risas).  Pues vio a una larguirucha, blanca, para ella yo tenía ínfulas de no sé qué.  Pero todo fue un proceso de adaptación para llegar a este momento en el que prefiero estar aquí. Vivían entre Nueva York y Roldanillo. ¿Él nunca le exigió quedarse  en Colombia? No. Yo decidí eso y la verdad es que nuestra relación en ese momento mejoró porque  en Nueva York tenía mi espacio, mi carrera, pude ser profesora, mientras que cuando estaba aquí estaba completamente, no diré subordinada, pero sí sumida a su gran personalidad, a sus proyectos. ¿Cómo fueron esos últimos años al lado del maestro? Difíciles. Tuvo tres infartos, el primero en el 98, luego  tuvo otro  muy grave y hubo que someterlo diez meses a diálisis. Y  salía de esos percances, se reponía, pero  al final le  humillaba que perdiera un poco la vista, que tuviera que esforzarse más, y como muchos ancianos se sintió solo y acorralado y empezó a tener un poco de precaución. ¿Por qué usted no estuvo en su lecho de muerte? Yo había acabado de llegar de Nueva York, estábamos distanciados, él se quería separar. Yo llegué al apartamento de nuestra hija Sara, en Cali, lo llamé y le dije: ‘¿Quieres que vaya hoy?’. Me dijo no, espera hasta el fin de semana, espera el lunes. Y me quedé. Después me llaman para decirme que había tenido un infarto, que lo llevaban para Cali. Entonces fui con Sara, ella vivía en el Sur.   Luego, llamaron para decirme que lo dejaron en Palmira, que había reincidido, nos fuimos corriendo y ya había muerto. Mi libro ‘Euridiciente’ habla de lo que sentí, de no haber podido hablar con él y reconciliarnos. De esa palabra no dicha, nunca sabré lo que hubiera dicho él. Y luego entro en la idea de resucitarlo, de alguna manera, de recordarlo. ¿Hubo resentimiento de su parte? Debió ser duro no haber estado con él  porque él le pidió quedarse en Cali… Es más bien como un guayabo de no haber yo tomado la iniciativa para la reconciliación; guayabo como de no haber dicho, no haber hecho, no haberme acercado para hablar con él. A él no le tengo rencor. La manera de expresar el amor que no expresé, que no pude expresar es esto (el Museo) y  estoy pasando una de las mejores épocas de mi vida como directora del Museo Rayo que es una manera de reconocer todo lo que fue él y de continuar con una labor que tiene todos los méritos y de aportar mi punto de vista. Estoy contenta con lo que estoy y estamos haciendo, cómo se está percibiendo el Museo, cómo se está recordando a Omar Rayo que no puedo decir que estoy  triste. Pero sí, la elaboración del duelo fue difícil. En mi libro se ven todas las etapas. La idea es renacer. Él mismo está renaciendo en su museo y yo,  por supuesto. El maestro sufría de depresión, se encerraba, era explosivo. ¿Cómo sorteaba esos momentos? No sé si bien o mal. Hubo un momento después del segundo infarto, cuando estaba en diálisis, que estuvimos muy cercanos. Yo esperaba que cualquier momento de mala salud que tuviera  fuera igual. Pero en los últimos dos años se retiró un poco de sus amigos,  pero nunca dejó de pintar. Entonces yo hacía lo que creía que tenía que hacer  y me arrepiento de no haber encontrado la manera de acercarme más. *** Lo mejor que pudo pasar después de la muerte del maestro Omar Rayo, destaca la pintora brasilera María Thereza Negreiros,  es que Águeda Pizarro quedara como directora del Museo. Reune todas las cualidades humanas e intelectuales para serlo: es culta, educada, ha viajado mucho, conoce de arte, historia, poesía, sabe mandar, es amable, es una mujer excepcional.   Por cualidades como esta no solo ocupa el cargo que hoy tiene, sino que  flechó al maestro Rayo desde  ese día de 1964 cuando se la presentaron en una de sus exposiciones en Nueva York.  Tal como lo asegura su amiga, la galerista  Fabiola González Ángel, el maestro  Rayo  se enloqueció de su belleza, de su intelectualidad, de su procedencia, de su educación, la amaba mucho, a pesar de ser un hombre de temperamento  difícil. Fue él quien  la convenció de ser poeta. La motivó a convertir las cartas que ella le enviaba, en poemas. Y en 1968 la trajo por primera vez a Colombia para que presentara su primer libro en el Centro Colombo Americano de Bogotá. A esa chica de padre español y mamá rumana, migrantes establecidos en el condado de Brooklyn; la que residía en un “pequeño apartamento de enorme biblioteca”, no se le hizo  entonces difícil relacionarse con los intelectuales y artistas colombianos e internacionales de esa época, como León de Greiff, Maruja Vieira,    Raquel Jodorowski y todo el combo de  nadaístas que la invitaban a sus recitales. En 1976 se casan y años más tarde esta mujer, que cuando tenía 8 abriles su mamá le leyó El Quijote de la Mancha y hoy es capaz de leerse de 200 a 300 libros al año, secundó a su marido en el  loco sueño de construir un museo en un pueblo del Valle: Roldanillo. Como buena poeta  le ayudaba al maestro a plasmar las ideas que concebía; dictaban conferencias en Nueva York acerca del museo, mostrando fotos de su construcción; escribía los textos de los catálogos de los artistas o los escribían juntos... Trabajaba hombro a hombro, eso sí, ella “no figuraba en la nómina” del Museo, recuerda  entre sonrisas, sentada en una de las oficinas del centro cultural.  Hoy, a los 74 años, esta delgada y elegante mujer, se siente con energía aún para seguir trabajando por el  Museo Rayo  al que le ha impreso su “sello de mujer”. Al explicar ese sello femenino como directora aclara que, como mujer, establece redes  buscando sabidurías en otras partes; es descentralizada, por eso formó un “fabuloso” equipo de trabajo. “Rayo era muy estilo de héroe, él solo todo y lo hacía muy bien, y era un guerrero, un héroe a la antigua. Omar Rayo es un mito, yo no. Yo soy una mujer que ha formado un equipo fantástico en donde todos somos importantes”. Es ese equipo el que le ha permitido continuar con exposiciones de gran envergardura como las que exhibe actualmente en el Museo: la de  Doris Salcedo,  Elías Heim, Sara Rayo. Que más de 50.000 niños hayan pasado por la Sala de Lectura Infantil  en dos años y que continúe con reconocidos eventos como el Encuentro de Mujeres Poetas.  En esta cita  le ha dado cabida incluso a una mujer que no sabe leer ni escribir (Encarnación García), pero cuyos versos “son absolutamente auténticos... la esencia de la poesía popular”. Por esa decisión, esta profesional graduada en literatura francesa y con un doctorado en francés y filología románica, fue muy criticada.  Pero eso no le importa, pues como dice su amiga Fabiola  González Ángel, es un ser sencillo que no le gustan las diferencias de clases, que no discrimina, que adora a los afro, a los indígenas, su cultura; que es amiga del jardinero, del portero, de la que cocina, de la que hace el aseo.   “Es un ser humano extraordinaio, que no habla mal de nadie, que a todo el mundo justifica. Ella disculpa a la gente por las cosas más brutales. Ella todo lo pasa, todo lo perdona, es tan buena que a veces la gente abusa”. De ahí que en contadas ocasiones  se le vea de mal genio, gritando. “Si al maestro lo sacaba de quicio la estupidez, a mí no, trato de entender a la gente”, cuenta riendo. Lo que sí le molesta es la deslealtad para la cual “el ‘ninguneo’ es la solución. En vez de enfrentarme y gritar digo no más”. *** Águeda Pizarro vivió más de 40 años junto al maestro Omar Rayo, pero nunca de manera estable en Roldanillo. Solo ha sentido que ha estado permanentemente en este municipio hace cinco años y medio cuando murió el maestro y asumió la dirección del museo.    En 1981, una vez inaugurado el Museo, decidió quedarse en Nueva York en su trabajo como docente de español en el Barnard College. “Yo creía que eso era mejor, ahora no estoy segura. Él iba a Nueva York unos meses y veníamos juntos cuando yo estaba en vacaciones. Vivía dos vidas y pude estar mucho con él, pero no tanto como hubiera podido estar decidiendo quedarme con él y vivir aquí y viajar con él”, reflexiona hoy, saboreando, midiendo cada una de sus palabras. Fue por eso que por largas temporadas le tocó asumir el papel de  papá y mamá con su única hija, Sara, como esta  lo reconoce.  “Mi papá viajaba mucho, así que a ella le tocaba hacer el rol de papá y mamá cuando él no estaba: tomar decisiones, dar los permisos y esas cosas”, relata la    también artista, madre de dos niños.  La docente de diseño gráfico describe a su mamá como “una madre no muy estricta, pero tampoco alcahueta”, que junto a su padre la crió para que fuera una mujer autosuficiente, independiente: a que hiciera la cama; que si iba a salir planchara mi vestido, ya  que en Nueva York  no teníamos empleada para que lo hiciera. Le inculcó, además, comenta Sara, que estudiara lo que realmente la hiciera feliz, no cursar una carrera simplemente pensando en la plata que le iba a dejar; a darle importancia a la espiritualidad; a entender las religiones porque en Nueva York tenían amigos hindúes, judíos, católicos. “Ella es muy abierta, espiritual, uno tiene que ser así, sensible, para ser poeta”. Esa sensibilidad de su madre es, como dice Sara, algo positivo y negativo a la vez, porque al sentir demasiado, en ocasiones se ofende y se entristece; pero también se llena de alegría por todo lo que logran su hija, sus nietos o alguien cercano. Y así como es de sensible es vanidosa, no en su ser interior, sino al lucir físicamente. Ella y sus amigos así la reconocen.  “Me gusta emperifollarme, mirarme mucho al espejo. Soy vanidosa físicamente, de mi aspecto, porque  en el fondo estoy consciente de que no soy perfecta, de que he envejecido. No me gustan las cirugías plásticas, entonces tengo que tomar mucho tiempo para arreglarme”, comenta mientras deja escapar la carcajada. Esta mujer de 1,79 m de estatura y cabello negro azabache, a la que le gustan los collares y aretes grandes; que prefiere los diseños de Zara por contemporáneos y no tan costosos, se declara “mala, terrible”, como ama de casa. En Nueva York “me tocó serlo porque allá la ayuda es demasiado costosa. Ahora estoy en la gloria porque tengo gente que me ayuda y no hago nada”. Políglota, elevada, despistada, romántica, de memoria extraordinaria, manisuelta, como la describe su amiga Fabiola González Ángel, también es  “perezosa”. Así se reconoce la artista. “No soy de acción continua, como Juan José Madrid (señala al secretario general del Museo) que nunca deja de trabajar . A veces me gusta acostarme y leer una novela detectivesca”. Sus decisiones son firmes y las hace cumplir a cabalidad; es respetable en todos los ámbitos a los que llega, revela Fabiola. Eso sí, en el camino va dejando todo olvidado. “Si se monta en un bus o en un carro deja la cartera, el celular, el computador, las gafas, cualquier cosa pierde. ¡Me va a matar por contarle eso, pero yo soy igual!”, manifiesta con gracia la galerista.   Es una lectora omnívora; coleccionista de piedras, no preciosas, sino de ríos, antiguas, huecas, a las que ve como esculturas; colecciona también imágenes de vírgenes y grabados de la cultura japonesa, pasión que heredó de su padre, un  diplomático, docente y poeta. Hoy “las tragas” de su vida son sus nietos, los hijos de Sara: Mateo de 9 años y Nicolás, de 3 meses y medio. Mateo ya ha sido motivo de inspiración  para algunas de sus poesías. “Le encanta tenerlos en su casa, en el museo. Estar con sus nietos la pone feliz”, concluye su hija Sara.

 

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