Plegaria por Marilyn Monroe, 50 años después de su muerte

Agosto 05, 2012 - 12:00 a.m. Por:
Lucy Lorena Libreros | Gaceta

En el aniversario número 50 de la muerte de la modelo, actriz y cantante estadounidense Marilyn Monroe, Gaceta rinde homenaje a su memoria, a través de esta plegaria.

¿Acaso a quién llamábas, Marilyn? Cuando Eunice Murray, tu ama de llaves, entró a la habitación de tu casa en Brentwood, California, en la madrugada de ese 5 de agosto de 1962, encontró tu cuerpo desnudo extendido sobre una cama de sábanas sedosas sosteniendo el teléfono entre las manos. ¿Con quién querías hablar? ¿Con alguien poderoso que te librara de la muerte que otro, u otros, deseaban para vos? ¿Era acaso la llamada del último adiós? Es que no dejaste pistas, mujer, ni una sola: nadie encontró en esa habitación una nota de despedida. Solo varios frascos vacíos de medicamentos al lado tuyo. Nembutal se leía en ellos. Barbitúricos, confirmaría el forense. Una dosis letal en todo caso: el suficiente para enviar al sueño eterno a unas 15 personas. Esa madrugada, la Policía de Los Ángeles despertó con la llamada angustiosa del doctor Hyman Engelberg. Lo que dijo, desde ese mismo auricular por el que intentaste hablar apenas horas antes, pronto se hizo titular de prensa en todo el mundo: “Marilyn Monroe está muerta”. Y que Marilyn Monroe estuviera muerta merecía más despligue que la noticia de la Guerra de los Misiles que Estados Unidos iniciaba con Cuba, que inició ese mismo día. A partir de ese momento se dijo de todo, se escribió de más. Esa muerte tuya fue pan del cielo para los periodistas y biógrafos que saltaron hasta debajo de las piedras. Unos y otros encontraban muchas dudas y pocas respuestas. Que aquel era el final de una actriz incomprendida a la que simplemente no le sirvieron los millones que les pagaba a sus psiquiatras y sucumbió a las incidias de la soledad. Que los hermanos Kennedy —John y Bobby— conspiraron para que no vivieras y así evitarse el escándalo de que le contaras al mundo tus secretos de alcoba. Lo único cierto de todo aquello que tanto se dijo y se escribió era que si Marilyn Monroe estaba muerta nada volvería a ser igual.Porque la muerte, Marilyn, era algo que no te estaba permitido . No tenías derecho a eso. ¿No lo sabías? ¿No te lo advirtieron Arthur Miller o Billy Wilder? Estabas obligada a seguir siendo esa mujer que para dormir solo se ponía “Chanel No. 5”, como vos misma confesaste, para delirio de los hombres y envidia de las amas de casa que soltaron los sartenes y corrieron a comprar la fragancia para, con ese mismo olor, esperar a sus maridos a su regreso de la guerra.Tenías que seguir siendo la chica de cabello marrón que se volvió para siempre una rubia platinada de labios rojo furioso. La que se lavaba el rostro 15 veces al día por temor a las manchas de sol. La que bebía champaña Dom Pérignon en las fiestas de Beverly Hills. La diva que se dio el lujo de estipular en sus contratos que no podía trabajar mientras tuviera su periodo mestrual. La de aquella carátula memorable de Playboy de 1953, en la que el peligro de tu desnudez y tus medidas 94-58-92 fueron la mejor Navidad para los feligreses de esa iglesia del deseo que fundaste. Es que 36 años, Marilyn, no es precisamente una edad para morir. Aunque algunas mujeres como Florence Thomas, la feminista, crean que de alguna forma aquello no sea tan malo. Partir de este mundo a esa edad, dice ella, es darse el lujo, es tener la suerte —extraña, eso sí— “de morir bella”. Absolutamente bella como lo fuiste —y lo seguís siendo— vos. Bella sin artificios de tocador. Sin Revertrex, sin Bótox. Moriste joven y terminaste de endulzar así, con una cucharadita adicional de tragedia, esa vida de mujer desvalida que, sin querer, construiste para tus compañeros de set y la prensa rosa. Esa vida de novela negra que inmortalizó el poeta guatemalteco Ernesto Cardenal en esos versos demoledores a los que llamó ‘Oración por Marilyn Monroe’. Genial el tipo, vas a ver: “Señor: recibe a esta muchacha conocida en toda la tierra como Marilyn Monroe, aunque este no era su verdadero nombre. Tú lo conoces bien: el de la huerfanita que fue violada a los 9 años y la empleadita de tienda que a los 16 se había querido matar, y que ahora se presenta ante tí sin ningún maquillaje, sin su agente de prensa, sin fotógrafos y sin firmar autógrafos, sola como un astronauta frente a la noche espacial”. En alguna parte debía estar escrito que tu paso por la tierra debía ser así: poco de rosas y mucho de espinas. No habría tenido mucha gracia que hubieras nacido en un hogar perfecto junto a papá y mamá. Educada en un colegio de monjas y graduada con honores en Boston.Nada de eso. Tu madre, Gladys Pearl Baker, siempre enferma y atribulada, no fue precisamente el ángel tutelar de tu infancia. Varias veces lloraste al recordar que esa fue la razón por la que los primeros años de tu vida los pasaste de orfanato en orfanato. Solo te pusiste a salvo de la tiranía de las casas de adopción con un matrimonio sin amor. Y tu padre... ¿vale acaso la pena hablar de un tipo que nunca conociste?Bueno, todo eso sucedió cuando te llamabas Norma Jean Mortensen. Una diva —lo entendiste precozmente— no podía llamarse así. Y con ayuda de Ben Lyon, un cazatalentos, buscaste un nombre que estuviera más acorde con esa dignidad. Por eso, cuando reservaste el cielo para brillar vos sola, hiciste que la gente te llamara Marilyn Monroe. Era más que un capricho: Marilyn, por Marilyn Miller, una actriz a la que mucho admiraste; y Monroe, por el apellido de soltera de tu madre. No se te hizo fácil acostumbrarte. Cuenta la historia que la primera vez que, bajo ese nombre sin estrenar, te abordaron a la caza de un autógrafo no sabías exactamente cómo firmar esa nueva tu. Ocurrió en 1946. Hasta la justicia quiso poner palos en la rueda en el ejercicio de esa nueva identidad: fue solo hasta febrero de 1956 cuando la Corte del Estado de Nueva York te dio permiso de cambiar legalmente tu nombre.Quizás sea todo eso lo que lleve a la propia Florence Thomas a estar segura de que vos, más que cualquier otra diva de los dorados años 50 —más que la propia Brigitte Bardot que ella creció viendo en su Francia natal—, encarnás esa suerte de drama personal que cala ondamente en el alma de un país: de alguna manera, piensa Thomas, tu vida era la demostración de que “los ricos también lloran”, de que saberte deseada por esa sociedad patriarcal que es Occidente no te dejó a los pies de la felicidad que siempre buscaste. Tampoco tres matrimonios, 29 películas y una estrella dorada en una calle de Hollywood. Ni siquiera, asegura Florence, saberte la mujer de un escritor y dramaturgo de la estatura intelectual de Arthur Miller. Bajo esa relación fuiste la encarnación de esas dualidades difíciles de comprender que son razón-emoción. Hombre maduro inteligente Vs. niña necesitada de un padre. Belleza perfecta, vida sufrida, la imposibilidad de ser mamá por cuenta de una endometriosis, fama y muerte prematura envuelta en la sospecha del complot de un expresidente y un fiscal en apuros. Marylin, vos los sabés: habías nacido el 1 de junio de 1926 para ser un ícono. Una leyenda eterna.Jorge Alí Triana, el director de cine colombiano que ha visto, una y otra vez con devoción varias de tus películas, cree que más que una actriz, fuiste un personaje. Eras diva en la gran pantalla y detrás de ella. Una mujer que interpretaba con éxito a la típica rubia tonta en el set y a la desvalida rubia californiana en la vida real. Seamos claros: rubia, sí. Tonta no. Juan Carlos Romero, director del programa de cine y comunicación digital de la Universidad Autónoma, es de los que cree, como que dos y dos son cuatro, que lejos estabas de ser la bruta que muchos imaginaron. El hombre suelta un apunte que suele compartir con sus alumnos en clase: Marlon Brando, el actor del clásico cine estadounidense que hiciera medir científicamente su coeficiente intelectual, le contó al mundo alguna vez que vos, Marilyn, eras “deslumbrantemente inteligente”, que conversar con vos era “más que fascinante”. Él, Marlon Brando, vio eso que a otros les costó trabajo asimilar, incluso al propio Miller que no pudo tolerar que no fueras aceptada en su círculo intelectual. Brando vio que Marilyn Monroe no era la mujer materialista que cantó ‘Diamonds are a girl’s best fried’.Él, como pocos, comprendió que eras más que un cuerpo del deseo y un rostro esculpido con trazos perfectos. Vos tomaste clases de literatura en la Universidad de California, pero eso no valió. Te casaste con un escritor atildado, de izquierda además, pero tampoco funcionó. Escribiste poemas que solo se editaron y leyeron después de tu muerte. Tenías en tu biblioteca personal más de 400 libros que bien podían tratar sobre historia del arte, filosofía, poesía o psicología, pero los periodistas insistían en preguntarte qué te hacía más feliz en la cama. Incluso después de esa madrugada fatal del 5 de agosto de 1962, el mundo ha seguido encasillándote en ese rótulo de 'femme fatale' y 'pin ups'. Tu nombre aparece en toda clase de rankings frívolos: en 1995 fuiste votada por los lectores de la revista Empire como la actriz cinematográfica más sexy de todos los tiempos; la misma revista, en 1997, te ubicó como la octava estrella más grande de toda la historia del cine; y en 1999, People Magazine te coronó como la mujer más sexy del Siglo XX. Tus propias colegas se encargaban de esparcir como peste la mala fama: Shelley Winters, a finales de los años 40, compartió habitación contigo mientras grababan una película. Juntas habían decidido preparar la cena y a tu cargo estaba la ensalada. La única recomendación que te hizo era que lavaras la lechuga antes de llevarla al plato. Pero cuál no sería su sorpresa —contaba— al verte supuestamente remojando esa lechuga, hoja por hoja, en una tina con jabón. Tenías razón, Marilyn: nadie te confundió nunca con una mujer inteligente. Esa decepción profesional no solo la pusiste en manos de tus psiquiatras, sino en las de Ben Hecht, a quien llamaron el ‘Shakespeare de Hollywood’. A él le encargaste la escritura de ‘My story’, tu autobiografía. Ese libro fue una suerte de confesión a cielo abierto: “Hollywood —le contaste al tipo— es un lugar donde te pagan mil dólares por un beso y cincuenta centavos por tu alma. Lo sé porque rechacé la primera oferta bastante a menudo y cobré siempre los 50 centavos”. Por suerte hay quienes te defienden. El crítico de cine Ricardo Silva Romero, por ejemplo. Reconoce que te enfrentaste a un género que no es fácil: la comedia. Lo hiciste y brillaste. Ahí quedaron para la posteridad piezas de antología como ‘Con faldas y a lo loco’, ‘La tentación vive arriba’ y un clásico de clásicos, ‘Los caballeros las prefieren rubias’. Además, tuviste un maestro de oro, el director Billy Wilder, nada menos que el Rey Midas de la comedia en Hollywood en los años 50 y 60. Lo que pasa es que vos deseabas papeles de mujer de carácter. La menos cómica de tus películas fue ‘Niágara’, un drama romántico de 1953, pero sentías que ya estaba bueno de eso. ¿Acaso no habías estudiado en el Actors Studio al igual que James Dean, Marlon Brando y Paul Newman?Pero la industria y la 20th Century tenían otros planes: querían que continuaras siendo la rubia dorada que se hizo célebre con esa escena de ‘La comezón del séptimo año’, en la que tu vestido blanco vuela al estar parada sobre una rendija del metro subterráneo de la Avenida Lexington de Manhattan. Es imposible pensar en vos sin que a la mente llegue esa escena. El desahogo para tamaña incomprensión venía envasada en frascos pequeños de ilusión, que solías cargar en tus carteras como moneda suelta. Los barbitúricos, esos escapistas fantásticos de la realidad, te proporcionaban la tranquilidad que no encontrabas en los sets de grabación, en los brazos de tus maridos ni en el diván del doctor Ralph Greeson, el último de tus psiquiatras. El poeta Cardenal lo dijo mejor: “Ella tenía hambre de amor y le ofrecimos traquilizantes”.Y con esas pastillas, la impuntualidad: dormías más de la cuenta. Con ellas las escenas que debían grabarse hasta una veintena de veces: olvidabas tus líneas. Y con ello, claro, la rabia de directores, productores y compañeros de plató que no soportaban tanta indisciplina. Cuentan que Clark Gable, por ejemplo, coprotagonista en uno de tus filmes, acostumbrado a llegar puntual y con los diálogos aprendidos, se exasperaba. ¿Qué le pasa a Marylin?Pasa que aún, 50 años después de tu muerte, el mundo te sigue recordando. Sucedió en Cannes, en junio pasado, donde el mundo del celuloide se rindió emocionado ante tus comedias y tu rubio platinado. Y acá, en esta Colombia que nunca conociste, me lo recuerda Jota Mario Arbeláez, un poeta nadaísta, que al evocar ese agosto trágico trae el presente unos versos que, como Ernesto Cardenal, escribió pensando en el peligro de tu desnudez: “En este pequeño país latinoamericano que se llama Colombia, vivimos varios poetas inadaptados que no queremos olvidarte (tú, Marilyn, fuiste más importante para nosotros que la doctrina Monroe); y es entonces cuando queremos acostarnos bocabajo en el cementerio de Westwood”.Ah, el cementerio, lo olvidaba. Tus restos descansan en el Westwod Memorial Park de Los Ángeles. Mala suerte la de Jota Mario. Se le adelantó Hugh Hefner, que compró el lote contiguo a tu tumba. Ese hombre que nunca te conoció en persona, pero te convirtió en mito sexual gracias a aquella portada de Playboy de 1953 creyó justo disfrutar del supremo misterio al lado de la mujer más sexy del planeta. No lo culpes, Marilyn. Intuyo que él, al igual que millones de hombres, hubieran deseado estar al otro lado del teléfono esa madrugada fatal para acudir en tu auxilio.

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