Pedro Alcántara: medio siglo de arte, sangre y política

Octubre 10, 2013 - 12:00 a.m. Por:
Lucy Lorena Libreros / Periodista de GACETA
Pedro Alcántara: medio siglo de arte, sangre y política

Retrato hecho por su esposa, Mónica Herrán.

El maestro caleño celebra este año medio siglo de carrera artística con un libro de gran formato, cuyas páginas repasan “sin remordimientos” las luces y sombras de su vida y obra en el dibujo y el grabado.

No recordaba ese dibujo: un bodegón elemental, pintado al carboncillo, en el que se adivinan las formas de una botella, la calavera de un toro y otros objetos dispuestos sobre una mesa. Es una reproducción arrancada de tajo de un viejo catálogo, cuyo reverso portaba algunas pistas providenciales: una nota de caligrafía preciosa de un anónimo profesor de arte que sugiere, seguramente a un colega suyo, poner atención especial al autor de aquellos trazos bien logrados. Al final, junto a las líneas de advertencia, justamente un nombre: “Pedro Alcántara Herrán. 6 años”.Eso, lo del dibujo, ocurrió en 1948. El maestro hace cuentas mientras bebe a sorbos cortos un ‘tinta china’, como llama su esposa Mónica, con gracia, ese café cargado que prepara él mismo en su apartamento del centro de Cali y que endulza con estevia líquida.No recordaba ese dibujo —insiste— y cuenta que tropezó con aquella reproducción al esculcar una caja abarrotada de documentos viejos que le dejó su madre, poco antes de fallecer, hace año y medio. Es que el maestro Alcántara completa ya cinco años entregado sin remedio a la tarea de recordar. Un día de 2009, dice, lo sorprendió la nostalgia sumando en la cabeza años de otros tiempos. Estando en esas, cayó en la cuenta de que este 2013 cumplía medio siglo plasmando dibujos y grabados, desde que en 1963 descendiera del barco que lo trajo a Buenaventura, de regreso de Roma, donde estudió en la Academia Nacional de Artes Plásticas.Surgió entonces la idea de editar un libro. Un libro de gran formato. “Pero no para que acabara decorando la mesa de la sala; me propuse sacar adelante un libro en el que hablo de forma honesta y sin arrepentimientos sobre mi vida; un libro sobre mi obra y lo que pasaba en Colombia y el mundo mientras la iba desarrollando, un libro que sirva de consulta para estudiantes de arte, esos muchachos que quieren convertirse en artistas de espaldas al pasado, a la historia”.Del libro falta poco. Se llama ‘Alcántara’, a secas. 420 páginas. 7 capítulos. Decenas de noches de poco sueño, la esperanza de imprimir 2 mil ejemplares y demasiadas facturas por pagar para que el libro viera la luz al final de la máquina de imprenta. El maestro habla de ese libro, bebe más café y, sin querer, va remontando el río de sus días hasta llegar al niñito ese, al artista precoz que tomaba clases con Hernando Tejada en una vieja casona caleña que ya no existe y que se alzaba sobre la Carrera 6.Criado por su abuela y su madre, Ángela Martínez Hormaza, una mujer que hablaba varios idiomas y cultivó un amor sanguíneo por las artes, el pequeño Pedro creció al arrullo de tertulias sobre literatura, música y pintura que se tomaban a cada rato el solar de aquella casa.Pronto, Tejada se llevó al chico a su taller y lo matriculó en clases de pintura en Bellas Artes, tras intuir lo que el tiempo convertiría en certeza: la familia Alcántara, dominada por una pesada tradición de generales y obispos, había parido a un artista.La infancia del niñito, pues, se repartía feliz entre las lecciones de Tejadita, las clases de francés que tomaba en las tardes y la primaria que cursaba, junto a su hermana, en el recién creado Colegio Bolívar, de cuyo grupo de fundadoras hizo parte doña Ángela. “Mi madre fue una mujer adelantada a su tiempo que, contra la tradición de una ciudad pacata como Cali, impuso la idea de un colegio bilingüe que nos mostrara a sus alumnos que el mundo era mucho más grande que este pedacito de tierra en el que vivíamos”. El cisma llegó luego. El niño Pedro ya estaba listo para el bachillerato, pero al Bolívar no le habían aprobado la posibilidad de impartir clases de educación secundaria y en los demás colegios de la ciudad se negaron a recibir a un par de estudiantes educados con tanto atrevimiento. “Mi mamá tuvo que marcharse de Cali, llevándonos consigo a Estados Unidos, donde por fin me gradué. Cuando me fui de Colombia no tenía más de 9 años y no volvería sino hasta mucho después”.****Mónica Herrán, la esposa amorosa del maestro, fotógrafa de oficio, le pregunta por una imagen. Habla de una foto de una obra que estará incluida en el libro. Ha de ser, seguro, una de esas alegorías a la figura humana en descomposición que han marcado al Alcántara artista; una figura construida bajo esa anatomía visceral, desollada, de músculos e intestinos a la intemperie fundada por él. El maestro deja caer una respuesta rápida y tras ella reaparecen los recuerdos. Quien pasa ahora frente a ellos es un muchacho de ojos y cabello negrísimos que no abandonó su vocación artística ni siquiera en los años en que pasó por una escuela militar de Estados Unidos. Alcántara se obligaba a dibujar todos los días mientras buscaba saldar la deuda familiar de quien se sabe tataranieto de Pedro Alcántara Herrán —el general más joven del ejército libertario de Bolívar y a la postre presidente de la República— y descendiente del férreo militar, también presidente, Tomás Cipriano de Mosquera.Durante dos años, este caleño sintió como deber seguir aquella tradición. Pero entonces surgió la Guerra de Vietnam y la noticia triste para muchos compañeros de clase que debieron partir a empuñar el fusil sin saber si conseguirían el tiquete de regreso.De esos años, el maestro Pedro conserva aún —y lo sabe bien su esposa Mónica— una insobornable disciplina de milicia. Y fue esa virtud la primera que empacó cuando viajó a Roma, persiguiendo la fascinación que cultivó a hurtadillas, en medio de sus entrenamientos militares, por “el Renacimiento italiano y los museos”. Estaba decido: quería ser artista, y se aferró a esa verdad como un marinero a su brújula. “Lo hizo, a finales de los 50, en una época en la que todos los artistas miraban solo a Francia”. Lo cuenta la historiadora de arte y socióloga Ruth Acuña Prieto. Sería allá, al tropezar “con el informalismo europeo, donde convertiría el dibujo no en una parte del proceso artístico, sino en el eje mismo de su trabajo. En su sello, hasta convertirse, incluso, en un precursor del dibujo en el arte nacional”.Alcántara vino a ser, pues, uno de los pocos latinoamericanos que se veía caminar por el Coliseo Romano y el Panteón. “Había viajado con el doble propósito de estudiar ciencia política y artes plásticas. En la mañana cursaba lo primero, vestido como tocaba, de traje oscuro y corbata. Pero en las tardes me cambiaba de ropa para sobrevivir como alumno de la escuela de artes donde, claro, no había formalidades. Era una dicotomía total”.Alcántara mismo reconoce que se dio de bruces con la realidad de esa vida de estudiante a doble jornada. “Fue imposible, demandante. Así que me metí de lleno a mi carrera artística. Y fue curioso, porque estando allá vine a sentirme latinoamericano. Fue allá donde conocí el trabajo de lo que llamaba ‘gente como yo’: Enrique Grau, Lucy Tejada, Édgar Negret, Ramírez Villamizar”.Su lugar en el mundo acababa de transformarse sin remedio. Y recibiría algo que nunca cortejó: la conciencia de pertenecer a un país. “Hasta entonces, yo me sentía de ninguna parte”.Es que Alcántara llevaba más de diez años sin vivir en su tierra, alejado de sus problemas sociales, hablando otro idioma. En Europa vio cómo Picasso ponía sus ojos en África y también leyó a Sartre y una serie de artículos, a la postre convertidos en libro, ‘Huracán sobre el azúcar’, en los que el escritor francés les hablaba a los jóvenes de una isla del Caribe capaz de derrocar un gobierno manejado a su antojo por Estados Unidos. ****Y entonces el rock. Rolling Stones y Jimmy Hendrix. Y entonces la píldora y mujeres en faldas breves reclamando voz y voto. Chicos consumiendo LSD y proclamando el amor en los parques. Emancipación. Libertad.En ese desorden andaba el mundo, cuando Alcántara inició su parábola del retorno. Lo recibió una Colombia sumida en una violencia que en algún lugar del tiempo aguardó por este país agazapada en la historia. Los muertos brotaban en campos y ciudades como una barbarie sin talanquera y el maestro supo de la muerte y su insoportable olor a miedo. Ruth Acuña, la historiadora, sabe que en esos años, como muchos otros colombianos, Alcántara se asomó a las páginas tremendas de ‘La violencia en Colombia’, texto cardinal en el que Orlando Fals Borda, Eduardo Umaña Luna y Germán Guzmán Campos desnudaban el horror de la violencia partidista.“Eso, unido a lo que había conocido en Europa sobre el marxismo-leninismo —asegura Ruth— fue creándole una conciencia política y social que no demoró en trasladar a su arte. Y cuando el artista se politiza su mundo se hace más complejo. En su caso, se hizo miembro del Partido Comunista al llegar a Colombia. Pero el gran acierto del maestro fue que no cayó en la retórica ni en el panfleto. Al hacer arte no se separó de sus ideas, pero sí del mundo institucional de un partido político”.Reflejo de esos años son sus series de dibujo ‘¿De estas benditas cenizas, no nacerán violetas?’, ‘La familia casta o la casta general’, ‘Los testimonios’ y ‘Que muerte duermes, ¡levántate!’. Y en ellas una anatomía cruda “que golpea fuertemente al espectador, muy cargada de subjetividad y simbolismo. Se sentía no solo en el dibujo, también en la gráfica, que vivía un despertar en los 60 en América Latina, técnica de la que Alcántara ha sido un exponente maravilloso”.Cali no fue ajena a su extraordinario talento y fue la culpable de integrarlo a una “generación brillante, que se movió en lo figurativo, de la que también hicieron parte Góngora, Caballero y Rendón”, dice Miguel González, crítico de arte. “Alcántara —recuerda Miguel con nitidez— se sumó a ese movimiento de rebeldía, anticlerical y antimilitarista, influenciado por Malcom X, Camilo Torres y el Che Guevara. Y lo logró a través del dibujo,que en esos años se consideraba un arte menor. Pero él se impuso y se quedó cinco veces con el Premio Nacional de Dibujo”. La Cali de esos tiempos despertaba tímidamente de su letargo. Comenzó a hablar de festivales culturales, de un museo que acabaría siendo La Tertulia. Del inolvidable Grupo Taller, comandado por los hermanos Tejada, María Thereza Negreiros y Jan Bartelsman. El poeta Jotamario Arbélaez recuerda que “Alcántara metió su hombro al carro del Nadaísmo, por allá en el 63, cuando nos cayó a Cali proveniente de los vecindarios del Vaticano. Inmediatamente vimos en él al ‘Pedro’ que necesitaba nuestra capilla para ascender a catedral y, antes de que el gallo lo pensara tres veces, lo incorporamos al apostolado de la negación”.Alcántara, dice el poeta, “incorporó al movimiento la dinámica de su trabajo demoledor y guerrero y los nadaístas nos vimos obligados a despertar de nuestra sacrosanta pereza. Saltábamos con el sol de nuestras hamacas y ya estaba Pedro dibujando sus obsesiones, revelando sus pesadillas. Entonces entintamos nuestros poemas despojados voluntariamente de la carne de la vida, de la sangre de la protesta contra la guerra. Nos pusimos la piyama del combatiente”.En compañía de los locos nadaístas, promovería el Festival de Vanguardia, una apuesta por hacer arte a contrapelo mientras los artistas formales aplaudían los festivales de Fanny Mickey.Jotamario recuerda que “simultáneamente con espectáculos estelares del ‘festival oficial’ programamos la exposición conjunta de Alcántara y Norman Mejía, quienes pintaron un cuadro ante el público, horrorizado por la temática monstruosa e indigerible de este par de condenados irreverentes; organizamos conferencias apoteósicas y recitales delirantes de Marta Traba, Gonzalo Arango, Elmo Valencia, Eduardo Escobar y yo; y el estreno de ‘El cuento del zoológico’ y ‘Acto de Becket’, obras de Santiago García”. El nirvana del festival terminó con apenas tres versiones. Y Alcántara siguió su carrera hasta que, a nombre de la Unión Patriótica, presentó su nombre al Senado en 1985. “Ya para entonces el nombre de Pedro se asociaba al de un gestor cultural y artista de gran peso en el Valle”, asegura Julián Malatesta, hoy director de la Escuela de Estudios Literarios de la Universidad del Valle, y en ese entonces compañero en esa aventura política. El artista consigue una curul, pero entonces comenzó el exterminio de los integrantes de ese partido. “ Y la respuesta de Pedro ante la barbarie fue ‘Colombia vive’, un evento en que el invitó a artistas e intelectuales a conversar y reflexionar sobre la paz”, cuenta Malatesta.Nunca dejó de pintar. La dureza de este capítulo de su vida puede expiarse en sus series ‘Mitos y leyendas’, ‘Retratos de familia’, ‘Los homenajes’ y ‘Los ancestros’, “dominadas por figuras que sangran, brazos retorcidos, cuerpos mutilados y una interpretación muy personal del rico mestizaje de América Latina”. Pero la violencia contra la UP se recrudeció y el maestro Alcántara se vio obligado a salir del país, primero a Alemania y luego a Portugal. Hoy, a sus 71 años, desencantado de la izquierda, se incomoda ante la pregunta de si se siente un sobreviviente de la Unión Patriótica. “Yo prefiero, más bien, mirarme como un hombre que un día tuvo que volver a su propia tierra como extranjero, como diría Borges. Un hombre que luchó por este país con la misma pasión con la que lo hicieron mis ancestros generales. El verdadero Pedro Alcántara es el artista, no el político”.

VER COMENTARIOS
CONTINÚA LEYENDO
Publicidad