Palenque, el pueblo que le canta a la vida

Palenque, el pueblo que le canta a la vida

Febrero 20, 2014 - 12:00 a.m. Por:
Aura Lucía Mera y Beatriz López | Especial para GACETA
Palenque, el pueblo que le canta a la vida

Peluquerías como esta, la Neyork, pululan en San Basilio de Palenque. La tradición de los peinados en esas cabelleras afro es una tradición que viene de tiempos pasados.

A pesar de la extrema pobreza en la que viven, los habitantes de San Basilio de Palenque -más conocido como el primer pueblo libre de América- no se doblegan ante ella. Todo lo contrario, su fuerte arraigo cultural los hace aferrarse a la vida con pasión. Historia de Palenque 2015, un proyecto que le apuesta a su desarrollo.

Para llegar a San Basilio de Palenque, en el departamento de Bolívar, hay que pasar por el municipio de Mahates, en las estribaciones de los Montes de María. Luego de un viaje de una hora desde Cartagena, se llega a este corregimiento de calles polvorientas y casas pintadas de colores alegres, en cuyos patios los cerdos se pasean libremente “porque aquí todos somos libres”, dice alguien por ahí. Solo entonces recuerda uno que este fue el primer pueblo libre de América. Solo entonces recuerda uno que fue aquí, en Palenque, donde Benkos Biohó, ese descendiente de reyes de origen guineano, llegó a refugiarse de los españoles para evadir el yugo opresor y tirano de los “colorados”, como llamaban despectivamente a los blancos.Él, que pertenecía a una mítica tribu guerrera, mostró su coraje y dignidad en las galeras portuguesas cuando lo capturaron para ser esclavo en América. Desde su desembarco en el Caribe, Biohó y sus hermanos solo querían la libertad. A finales del siglo XVI logró por fin escapar con trece compañeros y refugiarse, primero en La Matuna, y después en San Basilio, protegidos por la ciénaga y las estribaciones de los Montes, construyendo su defensa con palenques: estacas de árboles unidas y amarradas entre sí, con terminaciones en punta como flechas que aún se ven en las casas de los palenqueros. Además se llevaron arco y flechas, robadas a los indios, y arcabuces españoles.Poco a poco, hombres, y algunas mujeres, se asentaron en su Palenque inexpugnable. Como sus primeros habitantes hablaban viarios dialectos, bajo las directrices de Biohó se fue creando un idioma propio. Se organizaron como comunidad independiente y juraron conservar por siempre sus costumbres, sus tradiciones, su música, su forma de cultivar la tierra, su comida y sus rituales, incontaminados de la raza blanca.La corona española tuvo que capitular y reconocerlos como pueblo libre. Benkos Biohó había triunfado y de guerrero rebelde pasó a ser gobernante y héroe, creando para la posteridad el “cimarronaje”. Los españoles, sin embargo, no cesaron de instigarlo, hasta que el 16 de marzo de 1630 lo capturaron y después de innumerables vejaciones y torturas, lo descuartizaron.PatrimonioEs justamente aquí, en este pueblo de libertad, declarado por la Unesco en 2005 Patrimonio Cultural e Inmaterial de la Humanidad, donde la gobernación de Bolívar y algunas entidades privadas adelantan un ambicioso proyecto de restauración social llamado Palenque 2015.Sin afectar la esencia de una región de gran contenido histórico, el gobernador de Bolívar, Juan Carlos Gossaín y las Fundaciones Semana, Carvajal y Saldarriaga Concha buscan cambios sociales, económicos y culturales en esta población con innumerables carencias de salubridad, educación, servicios públicos y empleo.Las cifras, a primera vista, parecen desalentadoras. Según Roberto Pizarro, presidente de la Fundación Carvajal, “el 75% de las 2.400 personas (665 hogares) que vive en Palenque está por debajo de la línea de pobreza: sus ingresos son inferiores a $200.000 al mes, y el 35% vive en condiciones de miseria. El 41% de los hogares tiene las necesidades básicas insatisfechas”.Sin embargo, basta recorrer unas cuantas cuadras de sus calles polvorientas, hablar con sus pobladores, ver sus atardeceres que estallan, rosados, en el horizonte, para entender que Palenque, ese primer pueblo libre de América, es además un pueblo mágico.Son las 4 de la tarde y caminamos por sus callecitas, invadidas de burros, su principal sistema de transporte. Hay una hilera de peluquerías en plena calle, una de ella, la ‘NeYor’, donde Nelson Cassiani, discapacitado físico de 34 años, motila más de 8 personas al día. Les hace cortes como el ‘kobi’, ‘el bajito’, ‘el parce’ y el más popular, ‘el degradé’. Más adelante, al final del pueblo, está el cementerio gris, iluminado por el sol del atardecer caribe, lleno de rosados y de fucsias.Tuvimos la oportunidad de asistir a un Concejo Comunitario, un ‘Ma-Kuagro’, donde cada miembro expresa sus inquietudes y se organizan los deberes y derechos en torno a la comunidad. También conocimos el Colectivo de Comunicaciones Kucha Suto, donde el director monitorea a un chico que ensaya un rap en lengua palenquera. Nos encontramos con la guardia cimarrona, que conserva un sistema de seguridad ancestral civil, conformada por voluntarios que protegen y preservan la tranquilidad de la población y que reemplaza la autoridad tradicional de la Policía.En la plaza saludamos a Rafael Cassiani, el músico más destacado del pueblo, integrante del Sexteto Tabalá, una de las expresiones musicales más representativas de las comunidades negras en Colombia, que interpretan desde los años 30 una mezcla de son cubano con ritmos autóctonos del Caribe, el baile cantao y los rituales fúnebres.Negros azulados, provenientes de Africa occidental. De origen Bantu, facciones finas, atléticos, altivos. Sus mujeres alegran con su caminar las playas de Cartagena, llevando trajes de colores y enormes platones llenos de frutas en sus cabezas. Mujeres únicas que ayudaron a la insurrección con su lenguaje escrito en la forma de trenzar el cabello, o en la manera de recogerse el faldón. Mujeres baluarte, conservadoras de las tradiciones, los ritos y las costumbres jerárquicas de la comunidad. Casi al final, degustamos las maravillosas “alegrías” de coco y “aní” y las cocadas de doña Ruperta, una mujer de figura altiva y turbante con reminiscencias africanas, que nos invitó a su casa, donde la magia está en el interior, en el patio de tierra, con el enorme árbol de mango que les da sombra a los cerditos, las gallinas, chivos y el burro. Es como viajar al pasado y comprobar que el tiempo se ha detenido. Sentir ese respeto que emanan las costumbres incontaminadas, donde los habitantes tienen derecho a la vida, a la tierra, a la cultura, a la libertad y a la paz.Y es que, a pesar de ser un pueblo pobre, y mucho, sus gentes llevan esa pobreza con dignidad. Y no dejan de sentir ni un segundo la alegría de sentirse vivos, libres.Quizás por eso es que la Gobernación de Bolívar y las tres fundaciones decidieron apostarle a incorporar cambios sociales, económicos y culturales en esta población. Hasta el momento se han invertido 14 mil millones en un sistema de acueducto, alcantarillado y planta de tratamiento de aguas residuales. También se han entregado 120 casas nuevas y 50 mejoramientos en baterías sanitarias y de cocina, para resolver el déficit de vivienda. También se restauró la plaza principal, Benkos Biohó, ícono de la cultura de Palenque.Todo esto, explica Pizarro, se ha logrado gracias a un proceso de cohesión comunitaria “que permite alcanzar el máximo potencial, a través de la participación activa en los proyectos de desarrollo comunitario de la comunidad y sus líderes”. Pambelé y LumbalúEl 28 de octubre de 1972, Antonio Cervantes, Kid Pambelé, nacido en San Basilio de Palenque, noqueó a Peppermint Frazer, campeón mundial de los Welter Junior, y obtuvo el título. El campeón le pidió al presidente Misael Pastrana que llevara la energía eléctrica a su pueblo. Y así fue. En 1974 llegó la luz a Palenque.El coliseo de boxeo de San Basilio fue bautizado en honor de Pambelé. Hoy se entrenan allí centenares de niños y jóvenes que quieren repetir la hazaña del Kid. Los errores cometidos por él, su adicción a las drogas, sus continuos tratamientos y recaídas, en nada ha disminuido la admiración de este pueblo por su ídolo.Según la revista ‘Nos vemos en Palenque’, editada por Fundación Semana “el boxeo está arraigado entre los palenqueros posiblemente por la tradición de peleas entre los kuagros. Cuando había diferencias, estos grupos solían retarse a puño limpio para dirimir sus conflictos, con la mediación siempre de un árbitro, y con un público que tomaba partido febrilmente por uno o por otro. Se combatía por el orgullo y la dignidad, tanto la personal como la del kuagro mismo”. Cae la tarde y seguimos recorriendo el pueblo, ahora acompañadas por Miguel Salgado, coordinador del plan de Etnodesarrollo, Palenque 2015, Eduin Valdés, etnoeducador y Kelly Olivera, comunicadora social. De repente, pasamos por una casa donde hay una gran afluencia de gente. “Es un lumbalú, un ritual de origen africano con el que se despide a los muertos”, explican.Cuentan en la revista ‘Nos vemos en Palenque’, que el último lumbalú fue el de la cantaora y tamborera Graciela Salgado, perteneciente a la dinastía Batata. “Mientras vecinos y amigos ayudaban a la familia a preparar la comida, los músicos interpretaban bullerengues, como el sentao y el chalupiao, y las mujeres bailaban y cantaban alrededor del ataúd. Los cantos del lumbalú, además de aliviar el dolor y la sensación de pérdida, sirven para que el difunto transite tranquilamente hacia la otra vida. Para ellos la vida no acaba, pues el alma y el espíritu palenquero van hacia el encuentro con sus ancestros, a continuar con los sueños y los ideales que en la tierra quedaron inconclusos”.Se acerca la noche. Esas horas en Palenque, caminando sus calles en tierra —las mismas que en invierno se convierten en lodazales—, admirando la estatua de Biohó que se eleva al cielo invencible y en medio de las obras que realiza un sector de la empresa privada, como un aporte a la responsabilidad social, nos recordaron a esos héroes que no han recibido el merecido reconocimiento y aquellos pueblos que como San Basilio enaltecen nuestra raíces africanas.

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