Páginas de sueños posibles: cuando los libros te enseñan a ver

Páginas de sueños posibles: cuando los libros te enseñan a ver

Marzo 05, 2013 - 12:00 a.m. Por:
Por: Lucy Lorena Libreros ? Periodista Gaceta

No se extrañe si Lucero Márquez, una mexicana que viaja por el mundo dando charlas motivacionales, le dice que ella es una chica ciega que puede ver. La culpable de eso es Menena Cottin, una escritora que, sin proponérselo, ha convertido sus libros en páginas de sueños posibles.

Menena le enseñó a Lucero que el color amarillo sabe a mostaza y es suave como las plumas de los pollitos. Que el verde sabe a helado de limón y huele a césped recién cortado; que el café cruje bajo sus pies cuando las hojas están secas y que también otras veces puede oler a chocolate. Una lección más: que el rojo es dulce como la sandía, pero duele cuando se asoma por el raspón de su rodilla.No se extrañe, pues, si la mexicana Lucero Márquez le dice que ella es una chica ciega que puede ver. Porque esa —ver de otra manera— es la lección más poderosa en esta historia: en ese mundo de oscuridad absoluta que Lucero habita a diario, la luz se las ingenia para filtrar sus rayos a través de los sentidos. En ese mundo —mejor que verse— los colores pueden saborearse, olerse, cogerse.Las dos se conocieron en México, en 2006. No hacía mucho, Menena Cottin, diseñadora gráfica y escritora venezolana, había publicado un libro que nunca quiso ser libro. El asunto ocurrió así: acostumbrada durante años a entender la vida a través de imágenes, la también ilustradora se preguntó cómo un invidente imaginaba los colores. Qué pasaba acaso por su mente cuando le hablaban de cosas que para la inmensa mayoría suenan a lugar común: el azul de cielo, el verde de las montañas, el blanco de la nieve. “Para mí un mundo sin visión es inimaginable”, pensó. Pensó y escribió. Y lo que escribió fue tan potente que la editora que se cruzó en el camino de esta historia no dudó en que esas palabras merecían conocerse. Y ahí está ‘El libro negro de los colores’. Negro todo él, claro. Su pasta dura, sus hojas sedosas, sus dibujos en relieve. Todo, salvo las frases cortas en letras blancas en las que se leen lo del amarillo que sabe a mostaza. Lo del verde que tiene el sabor de un helado de limón. Un libro que enseña a verLa historia de ese libro la va narrando Tomás, un niño ciego imaginado por Menena. Es un nene que les cuenta a sus amigos que el azul es el color del cielo cuando el sol calienta su cabeza. Y que en cambio el cielo se vuelve blanco si las nubes deciden taparlo y la lluvia se desata. Terminan las páginas de ‘El libro de los colores’ y uno entiende que Tomás es un súper héroe. En ninguna línea te advierten que sus ojos no pueden ver, pero uno imagina que para los otros niños Tomás tiene poderes especiales: mientras ellos solo pueden ver los colores, él puede olerlos, saborearlos y tocarlos. Llegas a la página final y no acabas pensando “¡Ay, qué lastima, el niño no ve!”. La sensación final es que la mayoría de seres humanos somos muy miopes: nos pasamos la vida creyendo que solo se puede ver con los ojos. Su autora prefiere describirlo como “un libro que somete al lector, que lo cuestiona sobre la indiferencia, sobre el juicio ligero que puede hacerse sobre un discapacitado”. Lucero, en 2006, pudo conocer el relato de Tomás porque ese libro negro está también escrito en braile. Ese es su mayor encanto. Entonces, sobre las frases en color blanco de sus hojas negras, aparecen dibujadas figuras hechas de punticos delicados y diminutos; ese lenguaje maravilloso e intrincado que les permite a los ciegos ver con sus manos.Cuando Lucero, de 32 años, técnica en administración de empresas, supo que la autora de ‘El libro negro de los colores’ estaría en México, llegó con su madre hasta el auditorio donde sería presentado ese libro que hasta ahora ha sido traducido a 14 idiomas, entre ellos coreano, chino, francés, ingles y polaco, y del que ya se han publicado 17 ediciones. Menena recuerda esa tarde surreal: un auditorio oscurecido, atestado en su mayoría de gente con ojos apagados. La única luz que permanecía encendía caía directamente sobre ella para que pudiera leer su libro. El ejercicio era simple, pero poderoso: los asistentes videntes debían sentir por pocos minutos la cotidianidad de un ciego: pasarse la vida entera condenado a una falsa noche.Al término de esa presentación conmovedora, alguien susurró al oído de Menena que en ese auditorio una joven estaba deseosa de conocerla. Era Lucero. Y Lucero esa vez soltó una frase que hoy, siete años más tarde, aún hace humedecer los ojos pequeños de Menena: “El Libro de los Colores me cambió la vida; gracias a él aprendí a ver”.Una amistad a prueba del tiempoSiete años después, Menena y Lucero evocaron el episodio durante una visita a Cartagena. Las dos fueron las grandes protagonistas de Hay Festivalito —evento que corre paralelo al Hay Festival y sus grandes divos literarios— que persigue llevarles a los niños más pobres de La Heroica la magia de los libros. Este año, ambas se dieron cita en San Basilio de Palenque.La historia de esa maravillosa amistad, que nació aquella tarde en tinieblas, la han contado por el mundo desde entonces. Porque desde entonces, también, a pesar de que viven tan lejos la una de la otra, la escritora y la chica mexicana jamás han dejado de estar en contacto. El día que se conocieron terminó con un intercambio de correos electrónicos. Poco tiempo después, Lucero tomó la iniciativa y le escribió a Menena invitándola a que siguiera contándole cómo era ese mundo que existía allá afuera, más allá del que le permitían disfrutar sus ojos de aceituna. La escritora cumplió. Un día, mientras se encontraba practicando junto a su esposo ‘tracking’ en Butar, un pequeño país escoltado por el Hinmalaya, entre India y China, inventó un cuento para Lucero. En esas líneas le narraba cómo eran las montañas y ese paisaje descomunal que tenía ante sí. Ese primer ejercicio terminó es un largo cruce de cartas que podían llegar desde cualquier esquina del planeta a la que aterrizara la viajera Menena. Lucero, en su casa del D.F., encendía el programa que tiene especialmente adaptado a su computadora “que me va leyendo los e-mails que recibo. Fue fascinante escuchar lo que Menena me iba contando de sus viajes. Ella veía por mí. Si yo le preguntaba cómo eran los árboles de pino que veía en Suiza, ella se subía a lo más alto de una montaña y me decía que, desde allá, los pinos son como las cerdas de un cepillo de dientes”.Esos años epistolares acabaron convertidos en otra publicación hermosísima, que vio la luz el año pasado: ‘Cierra los ojos que vamos a ver’. Es un libro que nació del deseo de Lucero Márquez por conocer un mundo que le fue negado desde niña y de la terquedad de una mujer que se esforzó para traducir en imágenes todo cuanto veía en sus mágicos viajes.En Cartagena, sentada junto a Ava —la perra labrador, color dorada que le sirve de lazarrillo— Lucero reconoce que ese cruce de correos con la autora venezolana le ayudó a entender que su limitación visual, lejos de ser una tragedia, era “un milagro maravilloso. A pesar de mi discapacidad, todo lo hago sola, no dependo de nadie. No necesito ver para tomar una decisión”. En México, Lucero vive con su perra en el quinto piso de un edificio que no tiene ascensor. Es locutora profesional, estudió doblaje, actuación y locución. Pero la mayor parte de sus días se la pasa viajando para dictar charlas motivacionales. De todo eso vive. La chica se las ha ingeniado para que la vida le duela menos. Para esquivar las ‘piedras’ con las que la sociedad parece obligarla a tropezar: calles, buses, centros comerciales, colegios que no están hechos para invidentes... “Por eso es que los libros de Menena Cottin —insiste Lucero— me cambiaron la vida. Me enseñaron a ver y a entender que las limitaciones existen solo en la mente. Antes de leerla, no se me hubiera ocurrido que podría participar en ‘Más allá de lo imposible’, una expedición de dos semanas en la que tuve que recorrer 200 kilómetros, a campo traviesa, en el estado de Puebla”.Es que esa es la otra lección poderosa de esta historia: hay que ser muy miope para no entender que los libros también enseñan a ver.

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