Óscar Niemeyer, el arquitecto que le puso curvas al concreto

Diciembre 17, 2012 - 12:00 a.m. Por:
Benjamín Barney Especial para GACETA

Edificios con efectos voluptuosos a escala heróica y magníficas construcciones que hacían parecer plástico el concreto son apenas una muestra del inmenso legado que el arquitecto brasileño, Óscar Niemeyer deja tras su muerte, a los 104 años de edad.

Niemeyer, de origen alemán, muy brasileramente se llamaba Oscar Ribeiro de Almeida Niemeyer Soares Filho. Nació en Río de Janeiro donde murió faltando nueve días para cumplir los 105 años. Para él la arquitectura era “una cuestión de sueños y fantasías, de curvas generosas y de espacios amplios y abiertos”, y su preocupación fue siempre “hacer una cosa diferente que provoque sorpresa”. Como dice Armando Buchard, profesor de la Universidad de San Buenaventura de Cali, Niemeyer “supo ver que la técnica no es cuestión sólo de soporte y de un saber hacer, sino producción creativa, poiesis. Nos mostró la esencia plástica del concreto como nadie”.Poesía posible gracias al ingeniero y poeta Joaquim Cardozo, como lo son las muy femeninas columnas modernas del Palácio da Alvorada en Brasilia que, como bailarinas clásicas, llegan ‘en puntas’ al suelo, como si no lo tocaran, o el recorrido centrípeto por la osada rampa del Museu de Arte Contemporânea de Niterói, que pone el bello paisaje de la Bahía de Guanabara a los pies del que la recorre haciéndole olvidar su imagen de platillo volador que tontamente publican las revistas.En Río, como anota el arquitecto panameño Ariel Espino en ‘La modernidad ante el trópico’, de 1995, los cubos blancos de la arquitectura moderna fueron pronto rodeados de quiebrasoles, inventados por Le Corbusier para el Ministerio de Educación y Salud junto con Lúcio Costa, quien introdujo la arquitectura moderna en Brasil; Alfonso Reidy y el arquitecto paisajista Roberto Burle Marx. Edificio paradigmático al que Niemeyer, bajo la supervisión de Costa, le hizo cambios significativos, y con su propia visión, dijo Nicolai Ouroussoff en The New York Times, dobló la altura de las columnas libres del piso bajo, dándole al edificio un perfil mas esbelto.Así mismo, puso el auditorio, que Le Corbusier había propuesto como un bloque separado, debajo del bloque de oficinas, creando una composición urbana mas compacta. Con esta icónica obra, Brasil emerge como un vibrante centro de experimentación en arquitectura. Tanto, recuerda Ouroussoff, que la más importante revista de la época, L'Architecture d'Aujourd'hui, se encargó de llevarla a todas partes.Ya en Brasilia, Niemeyer extendió las cubiertas planas mas allá de las fachadas, solución adoptada en Cali a mediados del siglo XX, pese a sus recurrentes goteras, y pertinente para nuestro clima y paisaje, que lamentablemente han olvidados los que siguen y premian las penúltimas modas del mundo.Aquí, como en Panamá, Cartagena, Barranquilla, Caracas, Guayaquil o Manaos, y muchas otras ciudades nuestras, sí que es cierto eso de que la arquitectura es el juego sabio, correcto y magnífico de los volúmenes, pero no bajo la luz, como lo dijo Le Corbusier, si no bajo la sombra, como propone acertadamente Espino.Además, ni siquiera la Plaza de los tres poderes de Brasilia, por ser diseñada por Niemeyer, deja de ser una plaza americana. Brasilia, como antes Ajetatón, hoy Tell el-Amarna, la ciudad a la que Akenatón trasladó la capital de Egipto en el siglo XIV a.C.; o Machu Picchu, construida a mediados del Siglo XV para la residencia de descanso de Pachacútec, primer emperador inca; o la San Petersburgo de Pedro el Grande, y la Washington que acordaron Thomas Jefferson, James Madison y Alexander Hamilton, ambas del siglo XVIII, es una ciudad planificada. Como lo fueron las cerca de trecientas ciudades que los españoles fundaron a inicios del siglo XVI en el Nuevo Mundo. A lo largo de su Eje Monumental están los muy conocidos edificios de Niemeyer como el Teatro Nacional, la Catedral Metropolitana Nossa Senhora Aparecida, los dieciséis edificios para los Ministerios, algunos ampliados por él posteriormente; el Congreso Nacional, el Palácio do Planalto y el Supremo Tribunal Federal, que constituyen la Plaza de los tres poderes, y cerca el Palácio Itamaraty, donde funciona el Ministerio de Relaciones Exteriores; y, más alejado, el Hotel Brasilia Palace, y en toda la punta de la península que se adentra en el lago, el Palácio da Alvorada, vivienda de los presidentes.Además de estos edificios iniciales, hoy están en la Explanada de los Ministerios la Biblioteca Nacional y el Museo Nacional, también de su autoría. Al otro extremo está el Palácio do Buruti, donde funciona hoy el Gobierno del Distrito Federal, del arquitecto Mauro Esteves, y el Tribunal de Contas, del arquitecto Cesar Barney. También están las primeras supercuadras de Niemeyer y su equipo de colaboradores, en el que trabajaban los dos arquitectos mencionados. Todos son logrados ejemplos de esa arquitectura producto de la adaptación en Brasil de la arquitectura de Le Corbusier, y que llevó a que Brasília fuera declarada por la UNESCO en 1987 Patrimonio Cultural de la Humanidad, siendo la única ciudad del siglo XX que ha recibido este honor.Pero Niemayer aclaraba que no quería cambiar la arquitectura: ”lo que quiero cambiar es esa sociedad de mierda”, dijo en una entrevista reciente, y a la pregunta de que qué pensaba de la vida, respondió: “Una mujer a tu lado y que Dios haga lo suyo”, y , de hecho, se volvió a casar hace cinco años. Por eso no es casualidad que Brasilia, levantada a partir de 1957, de Lucio Costa (la ciudad) y de Niemeyer y su equipo (sus principales edificios), esté en el Tercer Mundo junto con la mayoría de las ciudades modernas, como Chandigarh, en 1950, de Le Corbusier; Islamabad, en 1965, de Louis Khan; Abuja en Nigeria, y Dodoma en Tanzania, ambas de 1975, junto con Putrajaya, capital administrativa de Malasia, y Naypyidaw, la nueva capital de Birmania, hoy Myanmar, mas recientes. Ciudades en donde se pusieron en práctica masivamente el urbanismo y la arquitectura modernas como un atajo hacia la modernización de un país.Iniciativas 'faraónicas' de importantes gobernantes, como Juscelino Kubitschek, que no solamente fue el gestor de Brasilia sino también de la modernización de Belo Horizonte, que pretendieron ciudades sin problemas asentadas en inmensas zonas verdes, propósitos que fueron arrollados cuando tuvieron éxito. Cuando no, como Camberra, capital de Australia, pese al bello y acertado plano de Walter Burleigh Griffin, colaborador de Wright, de 1913, no han pasado de ser curiosidades. De izquierda durante casi toda su vida, Niemeyer abandonó Brasil durante las dictaduras militares de los años 1960 y 70, y se le impidió trabajar en Estados Unidos durante buena parte de la guerra fría.Es el último en morir de los arquitectos que sonríen; antes murieron Sir Geoffrey Bawa, en Sry Lanka, y Fernando Távora, en Portugal, y mucho antes José Antonio Coderch, quién nos advirtió que “no son genios lo que necesitamos ahora”, dejándonos un bello legado de ética y estética. Los deberíamos estudiar en lugar de engolosinarnos con la arquitectura dibujada de Zaha Hadid, pues con la escasísima construida de ella no queda más que preguntarse para qué sirven los premios Prizker como el que le dieron, político y oportunista, a diferencia de los anteriores a Glen Murcutt, Jorn Utzon, Alvaro Siza Viera y Niemeyer, uno de los primeros premiados con el que se considera el Nobel de la arquitectura (1988), y a quien le dieron muchos premios más y es reconocido internacionalmente por haber hecho la primera arquitectura moderna con rasgos nacionales como lo advirtió Spiro Kostof. Sus curvas líricas y hedonistas, dice Ouroussoff, en el artículo mencionado, ayudaron a darle una forma distinta a una arquitectura nacional y una identidad moderna al Brasil, que rompen con su pasado colonial y barroco, y cuya influencia se extendió mas allá del país. Hasta Cali, por ejemplo, en donde por esa época se construyó la mejor arquitectura doméstica de Colombia, al tiempo que, debido a problemas en la Universidad del Valle, recuerda Jaime Aparicio, nuestro galardonado arquitecto y atleta, llevaron a que muchos arquitectos caleños terminaran o estudiaran en el exterior, como él mismo en Estados Unidos, y la mayoría en Brasil, como Carlos Silva, Tulio Isaza Borrero, Eduardo Umaña, Édgar Poso y los hermanos Ernesto y Roberto Patiño Barney. Y la Embajada de Colombia en Brasilia, la única del país diseñada a propósito, inaugurada en 1981, y que hoy se destaca en el sector de las embajadas de la ciudad, fue diseñada por el arquitecto caleño Cesar Barney Caldas, quien trabajó con Burle Marx, después de graduarse en Río, diseñando jardines, antes de formar parte del equipo de Niemeyer responsable de los edificios públicos de la nueva capital, en donde aún sigue trabajando. Muchos “regionalistas” iberoamericanos consideraron la arquitectura vernácula de sus lugares de trabajo, y concretamente su relación con sus características geográficas e históricas, y las incorporaron de diferentes maneras a su propia interpretación de lo moderno, alcanzando una auténtica posmodernidad. Es el caso de Carlos Raúl Villanueva, Jesús Tenreiro o Gorka Dorronsoro en Venezuela, Álvaro Malo o Luis y Diego Oleas en Ecuador, Ricardo Porro en Cuba, Luis Barragán, Carlos Mijares y Francisco Serrano en México, Bruno Stagno en Costa Rica, Juvenal Baracco en Perú, Gustavo Medeiros en Bolivia, Severiano Porto o Luiz Paulo Conde en Brasil, y otros en Panamá, y el Caribe, y demás países Iberoamericanos a los que se a dedicado Ramón Gutiérrez (Arquitectura y urbanismo en Iberoamérica, 1992) en este lado del ancho océano y José Ramón Moreno en el otro con su mirada atenta a la arquitectura latinoamericana. Desde luego que fueron antecedidos por Alvar Aalto quien influyó directamente a algunos de ellos como Fernando Martínez en Bogotá o Eladio Muñoz en Cali. Y por supuesto a Rogelio Salmona quien recién regresado al país, después de trabajar casi 10 años con Le Corbusier, escribió un muy mencionado artículo sobre un proyecto de concurso de Martínez, que fue toda una declaración de principios que guiarían su acertada obra posterior.Niemeyer, cuyo padre poseía un negocio de artes gráficas, y que estudió en la Escuela Nacional de Bellas Artes de Río, en donde llamó la atención de su Decano, Lúcio Costa, está en la larga lista de los arquitectos que creyeron verdaderamente en el modernismo. De Le Corbusier y Mies van der Rohe a los que definieron la arquitectura de la post guerra a finales de 1940 y hasta entrado 1960, cuando Robert Venturi dejó en claro el fracaso de su vulgarización. Para muchos, como el arquitecto Willy Drews, dos veces decano de Arquitectura de la Universidad de los Andes de Bogotá, con la muerte Niemeyer estamos enterrando el Movimiento Moderno en Arquitectura, y, como dice él, los arquitectos de su generación, y la siguiente, y aún mas jóvenes, como Sabina Cárdenas, Directora del Programa de Arquitectura de la Javeriana de Cali, nos sentimos huérfanos, pues su sensualidad capturó la imaginación de generaciones de arquitectos alrededor del mundo, dice Nicolai Ouroussoff. La arquitecta Silvana Codina recuerda que Niemeyer -con quien compartió sueños para la ciudad de Rosario- repetía que "la vida es más importante que la arquitectura", y, haciendo honor a esa frase, le dijo en su última reunión: “saben que estuve internado en terapia intensiva muchos días y él (señalando a un muchacho) era mi enfermero y músico, entonces compusimos una canción, una canción que quería compartirles hoy, por eso lo invité, para que se las cante. La letra es mía”. La canción hablaba de un joven carioca que bajaba del morro a la playa, feliz y simple, con una remera a rayas..., terminada la canción, hablaron de arquitectura, en la que trabajó hasta el final con el convencimiento de que la forma no sigue la función, como estableció Louis Sullivan, sino a la belleza. Y el hecho, dice Ouroussoff, es que una joven generación mira de nuevo su trabajo intrigada por la consistencia de su visión y su habilidad para lograr efectos voluptuosos a escala heroica, como se puede apreciar en sus últimos edificios en Brasilia. Pero otros no ya tan jóvenes, apreciamos sobre todo su independencia… para ser consistente con un clima, un paisaje y unas tradiciones, pues la arquitectura si que es importante para la vida, como lo demuestra Paul Godberger. Niemeyer, al parecer, últimamente decía que "tener más de 100 años es una mierda", y sin duda tenía aún mucho que hacer.

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