Nicolás Buenaventura, un nómada cuentacuentos

Nicolás Buenaventura, un nómada cuentacuentos

Julio 25, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Isabel Peláez / Reportera de El País
Nicolás Buenaventura, un nómada cuentacuentos

Nicolás Buenaventura.

Hijo del maestro Enrique Buenaventura, invita a vivir los 60 años del TEC.

Cuando Nicolás Buenaventura habla, el público entra en una especie de hipnosis colectiva. En su maleta de nómada tiene cuentos  que atrapan, que embelesan, que encantan.  Por eso el hijo del maestro Enrique Buenaventura (fallecido) y de Jacqueline Vidal,   regresó a su casa, el Teatro Experimental de Cali, el  TEC.   

En enero pasado estuvo en Cali, luego de su gira en comunidades indígenas y afro del país. Y ahora regresa con ocasión de los 60 años del TEC, cuya programación que durará todo el año, incluyó esta semana sus  creaciones  Los Cuentos del Espíritu y Maestra Palabra y hoy, a las 7:30 p.m., será el turno para el estreno de La Guerra de los Cuervos y de los Búhos, un espectáculo que montó junto a León David Cobo en 1993 y que estrenan después de 20 años.

Nicolás anduvo de gira, gracias al programa Primera Infancia del Ministerio de Cultura, junto a Martha Gómez, presentando su montaje Dar a Luz, en comunidades indígenas y afrocolombianas. “Fue un encuentro con este país de otra manera. Lugares donde yo no había tenido la oportunidad de contar cuentos, como Andagoya, Mitú y Providencia”, cuenta.

¿Qué  inspira sus cuentos?

Los problemas, esa es mi inspiración fundamental.

¿Contar cuentos es una  forma de exorcizar sus problemas?

De exorcizarlos no, porque  en realidad uno es un instante en la vida de un problema. Uno piensa que uno resuelve los problemas, pero  los problemas  estaban antes y estarán después de uno. Uno simplemente busca las maneras de enfrentarlos,  de entenderlos de una manera distinta, de cambiarles un poquito la cara,  porque a veces asustan y hay que quitarles la cara de monstruos, otras veces hay que dejárselas, para que nos sigan asustando porque son  muy graves.

¿En qué país está su casa?

No, esta es una vida un poco de nómada. Un amigo que cuenta cuentos en Barcelona decía que a él le encantaba hacer esto,  pero lo de viajar no le  gustaba. Yo le decía, “pero es que la viajadera hace parte de la contadera.  El cuento  es eminentemente nómada”.

¿Y hasta dónde lo han llevado los cuentos? 

¡Uff! Hemos estado contando cuentos en Polonia, Croacia, Alemania, Francia, España, Portugal varias veces, y  en América desde Canadá hasta Argentina, salvo Bolivia, Venezuela, y las Guyanas, pero de resto hemos estado en África hemos estado en  Malí, Burkina Faso, Madagascar, Costa de Marfil, este año  estuvimos en Argelia, en Marruecos, en Túnez. El cuento viaja mucho.

¿Desde qué edad empezó a viajar?

Con el TEC empecé  a trabajar  y  a viajar desde muy temprano, me formé allí.  Antes de que yo supiera lo que era un escenario, ya me habían subido a uno. De bebé,  Jacqueline, mi madre, y por supuesto, en una obra de Enrique. Pero  ese primer encuentro, de manera consciente,  con ese lugar único en el que cabe el mundo, se dio por  Helios Fernández, hermano mío de vida, muy importante director de teatro de esta ciudad, de este país, actor maravilloso.

¿Cuándo empezó en serio en el cuento?

 En 1990, ya había  hecho un trabajo en el TEC, El Maravilloso Viaje de la Mentira y la Verdad,  una investigación sobre los cuentos. Pero profesionalmente inicié en Francia, en 1992, cuando gano el Premio de Cuenteros y  eso me permite ir a África, a la otra África, porque yo creo que África también queda en el Pacífico.  Mi relación con cuenteros empezó con cuenteros que llegaron a Cali de Buenaventura.

Los invitaba Enrique, venían con el grupo de Mercedes Montaño, en especial uno que tocaba la flauta y contaba historias, Fermín Ríos. Con ellos me inicio en los cuentos. Por eso   para mí era  importante ir al África, allá donde la gente es su palabra. De esos viajes  ,  llegó sobre todo la relación que establecen con su palabra, y en el Pacífico eso de tener palabra y de ser palabra  es muy importante. Ser cuentero es tener palabra.

¿Cómo es ahora su percepción del maestro Enrique Buenaventura?

Enrique sigue estando presente en mi vida de una manera muy fuerte. Su presencia me acompaña. Sueño muy a menudo con Enrique. Está presente en lo que hago, en la manera como enfrento cada espectáculo, cada trabajo, cada escritura, él está allí debajo de mi hombro mirando. Cuando murió yo sentí que su muerte era mi  única pertenencia.

¿Y Jacqueline qué significa en su vida?

Es la persona que me relacionó con el mundo de la literatura como algo vital, como un derecho y una necesidad. Ella, en lugar de compartir uno, dos, tres, libros, compartió esa necesidad de la literatura, esa pasión por esta.  Su entusiasmo  es algo muy fuerte,   ella tiene esa voluntad   de  mantener vivo el TEC con el grupo de actores y actrices que están hoy, contra todo. Yo sigo leyendo en los periódicos y en ensayos que el TEC desapareció en tal año. A pesar de esa difamación,  el TEC sigue vivo como siempre, sobreviviendo,  pero con una estabilidad que a muchos, si se asomaran y vieran, los asombraría.

¿Esa capacidad  de ella de mantener vivo el TEC no los hace pensar en usted acompañarla a liderar ese proyecto?

Primero, a mí los pantalones y los zapatos de Enrique me quedan grandes. Yo no quiero ocupar ese lugar, se lo dije a Enrique y  se lo dije a Jacqueline. Yo vengo trabajando hace cuatro años en una película y si algo aprendí tanto de Jacqueline como de Enrique  es que uno no debe renunciar a sus proyectos porque son los que lo mantienen a uno vivo.

Y segundo, no creo  que yo  sea la persona que deba ocupar ese lugar. Lo está ocupando muy bien Jacqueline y en el TEC hay otra gente que puede ocuparlo.

Y no creo que por ser el hijo de Enrique eso me dé el derecho o la capacidad. Si me he dedicado a los cuentos y a escribir cine y hacer películas es porque siento que me supera completamente el trabajo de mantener un equipo, un colectivo trabajando, actuando, eso es algo muy difícil, para lo que se necesitan  no sé cuántos hígados y cuántas cabezas. Lo vi en la vida misma de Enrique.

Jacqueline no tiene fines de semana ni vacaciones. Estar pendiente del grupo y del destino de un proyecto como el TEC es algo de lo que yo no sería capaz. 

El maestro Enrique siempre  saludaba con la frase “La vida es muy dura”, ¿él pensaba realmente eso?

Yo hice el documental sobre Enrique ‘La vida  es muy dura’ y él explicaba que  la gente decía muchas cosas al saludar y que él había optado por decir eso.

Pero no creo que él pensara que la vida es  dura, él sabía entregarse a ese verbo único que es vivir, enfrentándose a muchas circunstancias para lograr lo que había conseguido.  Su salud fue problemática, sufría, pero estableció una relación fuerte  con la vida  y con la muerte,   saber vivir es saber vivir con la muerte. Hasta el día de su muerte escribió un poema diario,  ¡Y vaya poemas!...

¿La  fama de Buenaventura era real?

Es una mentira que Enrique era gruñón, lo vi enojado en contadas ocasiones. La serenidad de ese hombre... sabía pelear  con argumentos, con inteligencia, nunca lo vi  regañar a un actor.

Era más bien inflexible contra toda forma de mediocridad,  no se la  toleraba a sí mismo. La suya no era una autoridad basada en los gritos y gruñidos, como sucede con otros directores de teatro que meten pánico. No aceptaba la complicidad, porque esta siempre tiene un delito detrás y conduce a la mediocridad.

Era intachable desde el punto de vista ético. Actuaba según su pensamiento. Eso da una imagen que mucha gente teme. Pero gruñón, no.

¿Qué nos puede contar sobre la película?

Se llama ‘Kairos, el momento oportuno’. Nos ha ido muy bien en Europa, en Francia, el guion ha ganado dos premios muy importantes, pero aún no nos alcanza para hacer el proyecto, necesitamos financiación. La historia ocurre en Cali,  es sobre un hombre frágil, que se enfrenta a esa máquina inflexible y poderosa que es un banco, lleva todas las de perder, pero al final gana.

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