Nadín Ospina: confesiones de un artista pop

Noviembre 17, 2013 - 12:00 a.m. Por:
Redacción de GACETA

Más de 30 años de vida en las artes plásticas de Nadín Ospina se reviven en una exposición retrospectiva en la galería El Museo, de Bogotá. El artista habló sobre su propuesta, más allá del cliché de sus esculturas precolombinas inspiradas en personajes de la cultura popular.

En los círculos artísticos e intelectuales de la Colombia de los años 80 la propuesta cayó como un baldado de agua fría: esculturas claramente alegóricas de figuras sagradas de las culturas precolombinas mezcladas con personajes de la cultura popular como Bart Simpson o Mickey Mouse.Sonaba a herejía. Nadín Ospina lo supo. Y lo enfrentó. Total, su trabajo, irónico, agudo, mordaz, solo pretendía mostrarnos lo que ya de sobra sabíamos: que el arte de nuestros indígenas, eso sobre lo que aparentemente está construida nuestra identidad como latinoamericanos, estaba --está-- manoseado por un feroz capitalismo que lo redujo a fetiche.El crítico de arte Miguel González también se acuerda de esos años. Nadín, explica, se plegó a una tendencia que tomaba fuerza en el arte de ese entonces, la ‘apropiación’, de una “manera efectiva: creando un conflicto entre eso que aparentemente resulta tan sagrado como el arte prehispánico y símbolos del entretenimiento salidos del mundo de Disney. Posiblemente no se entendió como lo que realmente era: una exploración hacia nuevos lenguajes del arte que permitan una reflexión social, cultural y hasta política”.Desde entonces no han dejado de llegar noticias sobre la obra de Nadín Ospina. Obra que actualmente, a través de una exposición retrospectiva, es posible apreciar en la galería El Museo de Bogotá: ‘La suerte del color’.De esa exposición y de la mirada un tanto reducida que se tiene de su propuesta artística conversó Ospina con GACETA. Nadín, con más de 30 años de carrera artística, pareciera que la imagen que la gran mayoría conserva de su nombre es la de personajes de la cultura pop ironizadas en esculturas precolombinas...Es que la mayoría de los artistas estamos enmarcados en un cliché corroborado por galeristas, críticos de arte, medios de comunicación y por el sistema de mercadeo de las galerías de arte. Y cuando en algún momento el artista logra conectar una idea que trasciende se tiende a detener al artista en ese punto para tener una referencia facilista de interpretar su obra. Así que por más que un artista lleve trabajando 20 años cosas distintas, siempre se vuelve a la misma idea sobre su obra y se crea la falsa idea de que no ha evolucionado.¿De dónde nace el interés por esculcar las culturas precolombinas?Siempre he sentido admiración por esas culturas. Ha habido de mi parte una tristeza y una preocupación por la languidez de las culturas indígenas contemporáneas frente a todos los procesos de la modernidad y este capitalismo salvaje. Siento una dicotomía muy fuerte entre admiración y angustia por la desaparición de ese arte y sus imágenes. Es que pareciera que el arte indígena hubiera corrido la misma suerte: seguimos asociándolo con unas piezas y expresiones que datan ya de centenares de años...Es verdad. Y es algo triste. Es el resultado de una suerte de sentido patriotero que pretende convocar esos símbolos del pasado precolombino solo para representar la institucionalidad de un país a través de monedas y billetes o para que los gobernantes de turno se tomen la foto con el hombre del tocado de plumas. Y, mientras eso pasa, las comunidades indígenas viven en precarias condiciones, con necesidades básicas insatisfechas.Entiendo que cuando aparece esta propuesta suya de poner a conversar desde el arte dos mundos tan antagónicos muchos no lo tomaron en serio...La obra fue recibida de forma más fácil en sectores populares, ayudado por la difusión que se hizo en medios de comunicación. La gente entendió bien de qué se trataba todo, el mensaje que quería mostrar. Donde hubo resistencia fue en los círculos intelectuales porque pensaban que era una desacralización del pasado precolombino; desde ámbitos como la arqueología y la antropología hubo un franco rechazo. Y hasta que no pasaron ciertas cosas fuera del país como las bienales internacionales, no se entendió que lo mío era una obra de arte valedera.¿Cómo se dio ese acercamiento artístico con el arte indígena?He viajado por lugares arqueológicos del mundo entero buscando el arte precolombino que tanto me maravilla y me he acercado a comunidades indígenas que mantienen viva la tradición de piezas precolombinas y prehispánicas en diversas técnicas como la cerámica y el trabajo en piedra, que lamentablemente han caído en manos de falsificadores y traficantes de arte. He estado especialmente en San Agustín, en la región de Ismos, con talladores de piedra y en Nariño con artistas expertos en el manejo de la cerámica. Quizá no se entendió que lo que había detrás de esta propuesta suya, como lo ha sido en toda su obra, era una ironía...Es que desde los comienzos de mi obra la ironía, la crítica y el humor han hecho parte de ella. Ha sido un esfuerzo consciente como artista. Y eso implica un riesgo porque es trabajar con símbolos muy complejos y sagrados sobre los cuales ya se han construido unos significados muy fuertes. Pero mi manera de entender el mundo es desde la ironía. No conozco otra manera.Algunos creen que los artistas no están llamados a cambiar el mundo, pero qué siente que logró al proponer esa reflexión sobre la manera en que la modernidad ha transgredido nuestras culturas ancestrales...Yo no comparto la idea de que el arte no puede cambiar el mundo. Justamente soy artista porque creo que el arte tiene una responsabilidad y una capacidad de generar cambios en la mente de los otros, así esos cambios sean muy sutiles. Yo me pregunto, ¿existe una identidad latinoamericana? Nuestra identidad es una colcha de retazos construida con trozos del pasado, con imágenes del presente que nos llegan a través de los medios y el deseo mismo del latinoamericano de encontrarse a sí mismo, muchas veces en lugares equívocos como la pantalla del televisor o el computador que muestran imágenes foráneas. Eso es dramático.Nadín buena parte de estas visiones es lo que se puede ver en la exposición retrospectiva ‘La suerte del color’ que se exhibe actualmente en Bogotá... Curiosamente lo que menos hay en la exposición son estos trabajos hechos a partir de figuras precolombinas. Hay muchas obras de los años 80 que varias generaciones no conocen y nuevas obras de dos trabajos recientes, ‘Onírida’ y ‘Resplandor’. Quise sacar obras de mi colección personal y mostrarlas juntas por primera vez para que dialogaran a partir de un tema que me interesa mucho: el color. Por eso el nombre de esta exposición.Hay una obra suya, que estuvo expuesta con mucho éxito en Londres, que se llama ‘Colombia Land’, en la que vemos a un Nadín Ospina muy preocupado por la violencia y el flagelo del secuestro...Puede creerse que fue un cambio en los temas que abarco como artista. Pero ahora justamente con esta exposición retrospectiva y con un libro que recopila más de 30 años de mi trabajo, advertí que realmente hay tres etapas de mi obra que abarcan esa misma preocupación por la violencia en Colombia. En ‘Colombia Land’ exploré la imagen que tienen los medios de comunicación sobre América Latina y personajes del conflicto como los guerrilleros, que llegan a volverse un cliché. En una de mis obras recientes, ‘Resplandor’, también me ocupo de explorar eso porque hablo de la violencia que se generó en el periodo de la conquista, todas las atrocidades de los europeos en nuestro territorio con prácticas tan aberrantes como matar a nuestros indígenas con ayuda de perros salvajes. Nadín, ¿le molesta que lo llamen un artista pop?Se me ha llamado de muchas formas. Artista pop o artista conceptual o popular. Sí he hecho evidentemente apuestas que tienen que ver con lo popular, pero tengo muchos otros intereses. Pero nunca, por ejemplo, se hace referencia a mi como colorista. Y el asunto del color es el que unifica todas mis etapas como artista. Siempre he partido del cromatismo para generar trabajos que algunas veces son pinturas y otras son objetos tridimensionales. Yo no me considero un pintor, un escultor, un grabadista o un escultor de piedra. Yo ante todo y sobre todo soy un artista. Algunos me definen como un artista multimedial, pero yo prefiero pensar que soy solo un artista. Con 30 años de carrera a cuestas, ¿cómo ve el arte que se hace hoy?Siento que hay mucha basura. Propuestas de mucho facilismo bajo la idea de que todo vale en el arte. Cualquiera hace un reguero de basura en una esquina y a eso le llama arte político. Pero el arte necesita de una reflexión mayor, de un valor estético que siento que se ha perdido. Eso es lamentable.

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