¿Murió José Asunción Silva por culpa de la envidia?

Junio 01, 2014 - 12:00 a.m. Por:
Lucy Lorena Libreros | Periodista de GACETA
¿Murió José Asunción Silva por culpa de la envidia?

'El libro de la envidia' es la décima novela del escritor bogotano Ricardo Silva Romero.

Ni fue el poeta bobalicón y romántico que los profesores de literatura nos han hecho creer, ni tampoco se suicidó. Eso dice el escritor Ricardo Silva Romero en ‘El libro de la envidia’, en el que pone en su justo lugar la obra y la vida de José Asunción Silva, uno de los grandes poetas del país. ¿Sí fue asesinado por una conspiración como se dice en estas páginas?

El ‘Loco Cacanegra’ era un popular personaje que deambulaba por las calles de la Bogotá vanidosa y mezquina de la segunda mitad del Siglo XIX. Eso le explicaron al niño Ricardo Silva Romero cuando preguntó por una caricatura que ‘habitaba’ una pared del corredor de su casa paterna. La había dibujado en 1863 José María Espinosa, conocido pintor y cronista bogotano.La imagen nunca se le borró de la memoria. Y, muchísimos años más tarde, el niño que se convirtió en escritor la transformó en el personaje de una de sus novelas más ambiciosas, ‘El libro de la envidia’. En más de 500 páginas, ese ‘Loco’ se levanta con la consigna diaria de repetir una historia que nadie cree: que el poeta José Asunción Silva no se suicidó el 24 de mayo de 1896, sino que fue asesinado. Que esa es la purita verdad, sumercé.Pero costaba darle crédito. Total, tal como repiten aún hoy los profesores de literatura, el poeta tenía razones sobradas para hacerse dibujar un círculo en el corazón y acabar con su vida con un tiro certero: los negocios de la empresa R. Silva e Hijo, fundada por su padre, comenzaron a marchar mal desde la guerra civil de 1885; con la muerte del padre, todo se complicó más y José Asunción, con escasos 21 años, no logró detener la quiebra. Poco después falleció su hermana Elvira. Acosado por las deudas y con una sociedad bogotana dándole la espalda, el poeta decide entonces apretar el gatillo. El ‘Loco Cacanegra’ nunca creyó esa versión. Ricardo Silva Romero tampoco. De eso, pues, habla esta novela, que es sobre Silva, claro. Y también sobre sus versos. Y sobre la envidia, que fue lo que lo mató. De eso seguimos muriéndonos. Ese es el país que seguimos siendo todavía. Ricardo, ¿de dónde nace la sospecha —que este libro convierte en certeza— de que José Asunción Silva no se suicidó?Mi papá, Eduardo Silva Sánchez, me recomendó en 1999 la estupenda biografía de José Asunción Silva que escribió Enrique Santos Molano. La leí como si no tuviera mil páginas, sino cien. Y desde entonces me ha parecido indiscutible, porque Santos Molano lo documenta con sumo cuidado, que no se suicidó, sino que lo mataron, que su muerte fue una terrible conspiración. En ‘El libro de la envidia’ ese crimen es, en efecto, una certeza, porque en las novelas es más fácil conseguir testigos y encontrar pruebas; pero yo, tras investigar y revisar los hechos tantas veces, comparto la idea de que aquel suicidio fue puesto en escena. Con esta novela muere ese mito romántico que de que el poeta Silva se hizo dibujar un círculo en el punto exacto del corazón para suicidarse con un tiro certero...Que un hombre con los pies en la tierra pida a un médico que le dibuje la punta del corazón es, por decir lo menos, extraño. Quién, que tuviera sus deudas pagadas, planes futuros y una madre y una hermana pendientes, sería capaz de planear de esa manera tan fría su propia muerte. Silva, que tenía humor y tenía realismo, no. Silva siempre estaba haciendo investigaciones mientras hacía lo que tenía que hacer para ganarse la vida. Pero no suena lógico que necesitara que le dibujaran el corazón, ni suena verdadera la supuesta escena de su suicidio: suena falso eso de que dejó allí, antes de pegarse el tiro, el libro ‘El triunfo de la muerte’ abierto en la página precisa. Y se oye rarísima la posición del cuerpo, y no se siente posible eso de que tenía el revólver Smith and Wesson en la mano. El suicidio de Silva sólo es verosímil si uno no conoce a la persona.Precisamente en esta novela usted nos dibuja a otro Silva. Muy distinto al poeta bobalicón y endeudado que ‘conocimos’ en otros libros… ¿Cómo logra entregarnos a este Silva ‘renovado’?Leí todo lo que encontré sobre el personaje, todo. Y en sus cartas, y en sus poemas, y en la biografía completísima de Santos Molano, está más que claro que se trataba de un hombre común y corriente que sabía reírse de la miseria de la vida, y tenía el valor para encarar los reveses de fortuna. Tenía por delante muchas obras por escribir y muchas batallas políticas para dar. Sí era un poeta sensible, claro, sí era un bogotano que se pasaba las tardes en las salas de la élite, pero era un estupendo escritor de parodias, hombre de familia comprometido con su causa, pero la envidia lo pintaba como una caricatura pálida y romántica.Pero, si eso es así, ¿por qué la historia prefirió quedarse con la versión del suicidio? ¿Por qué, si fueron varios, nadie se ocupó de investigar quiénes lo asesinaron?Creo que se ha querido pensar en Silva como un poeta romántico que no soportó las pequeñas tragedias de todos los días: el suicidio vende a cualquier artista. Pero, sobre todo, creo que en ese entonces se pensó, equivocadamente, que eso lo borraría del mapa de Colombia (pues en ese entonces había ignominiosos cementerios para los suicidas, por ejemplo), y que en ese sentido se cometió un doble crimen: primero, el asesinato, y, segundo, la difamación. Si no fue investigado fue porque los investigadores participaron; si nadie se preocupó por hacerlo por su cuenta fue porque pronto quedó claro que era mejor no meterse en semejante problema. Y era muy fácil concluir el crimen: bastaba con preguntarse por qué nadie, ni los que dormían en el cuarto de al lado, había oído el disparo en los tiempos del silencio.Ricardo usted es bogotano, y en ‘El libro de la envidia’ nos entrega una Bogotá que se parece bastante a la imagen arquetípica que tenemos muchísima gente de provincia (título que justamente nos pusieron ustedes). Usted la define como una ciudad de envidiosos.Creo que la conozco bien. Y que cada vez la conozco mejor. Y que lo bueno de la Bogotá del Siglo XIX es que se ven con mayor claridad las desigualdades y los delirios que aún padecemos. Por supuesto, las desigualdades y las elites que estratifican, jerarquizan y deslegitiman a los pueblos a punta de apellidos y palabras rebuscadas, se encuentran por todo el país, pero en Bogotá se ve todo esto con gran claridad. Se da de manera evidente la envidia que es la consecuencia de que sólo unos pocos lo tengan todo. Yo, por supuesto, soy de acá, y es lo que soy y lo que tengo. Pero por eso mismo le debo esta crítica. Esa mirada implacable sobre la Bogotá de hace un siglo nos ayuda a entender el país conservador que seguimos siendo, donde nacen figuras medievales como el procurador Ordóñez y la senadora Cabal. ¿Qué tanto sigue pareciéndose esa Bogotá a la de hoy?Es muy parecida. Claro: Bogotá no creció, se desparramó y se volvió un monstruo que se lo traga todo, pero sigue siendo un sitio que no ha conseguido resolver sus inequidades y que no deja de dar personas brillantes y estudiadas que sin embargo no tienen la menor intención de contribuir a que el país funcione; y no tienen ni un solo minuto para intentar la autocrítica. Se ha vuelto, en lo político, mucho menos conservadora. El último alcalde conservador fue un tal Andrés Pastrana que fingió ser de otro partido. Pero claro: en Bogotá está Colombia, y en Colombia viven los inquisidores que mencionas y que llevan las antorchas de la tradición colombiana de meterle miedo a todo.Hablemos de un personaje magnífico de esta novela, el ‘Loco Cacanegra’, ¿cómo tropezó con él, de dónde lo tomó prestado?Estuvo siempre en el corredor del apartamento en donde viví con mis papás y mi hermano. Es una caricatura pintada por José María Espinosa y una reproducción muy buena estaba frente al baño. Siempre me fascinó: ha aparecido, si no estoy mal, en dos novelas que escribí antes. Y sólo hasta ahora, luego de imaginarlo muchos años y de pensarlo a partir de mis lecturas de la historia, consigo volverlo protagonista de una trama. Parte, pues, de aquel dibujo, pero es una invención basada en tantos personajes bogotanos de aquellas épocas que me siguen conmoviendo.Esta pregunta tiene que ver más con la construcción de la novela: ¿cómo logró una crónica de más de 500 páginas? Porque en ‘El libro de la envidia’ todo ocurre en el mismo día, el 31 de agosto de 1896...La verdad es que en un momento dado, cuando ya me quedó claro que iba contar la historia de un loco que cae en la misma ficción todos los días, concluí que lo más fácil era contar un solo día en el que se hablara de los otros. No sé si era lo más fácil, pero me pareció que sí en ese momento. Por lo que dices: porque entonces se trataba de hacer la crónica de un día, de reconstruir de la mañana a la noche lo que pasaba en la Bogotá de 1896.El padre del poeta es homónimo suyo… ¿Hay de pronto en estas páginas alguna ‘deuda de sangre’?En parte deuda de sangre, en parte deuda de nombre. Me ha parecido curioso, claro que sí, encontrarme con homónimos en la vida (de un Ricardo Silva Romero alias ‘la Bestia?, a Ricardo Silva el cantante de las canciones de los programas de dibujos animados). Y este es el homónimo que más me gusta: el papá de José Asunción Silva. Mi tío Guillermo, que murió el año pasado, tenía claro qué tan parientes éramos del poeta; era lejano en todo caso, por eso no fue la razón para escribir la novela.Este libro parece un tributo a la poesía. No solo por lo evidente, por José Asunción Silva, sino porque los personajes aluden a Candelario Obeso, a Julio Florez...Es, creería, exactamente eso: un tributo a la poesía. Que es el centro, la esencia de la literatura, pues las novelas, por ejemplo, son, a mi modo de ver, dramas que cuentan un mundo por medio de la poesía. Por otro lado, la poesía colombiana del siglo XIX es extraordinaria. Y no creo que deje de sorprendernos nunca que el lenguaje pueda usarse de semejante manera.Este libro, claro, habla de la envidia. Y de envidias está hecho el mundo de las letras y las artes al que usted pertenece. ¿Le ha tocado afrontarla?Claro que sí, pero no por ser yo, sino porque es la naturaleza de ese mundo. No porque sea yo envidiable, sino porque cualquiera es envidiable cuando hay tan poco para repartirse. Todos los gremios son mezquinos, pero los de la academia y la cultura son los peores pues no hay sumas de dinero para repartirse que alivien la mezquindad de los otros. No se puede decir “que me critiquen, que iré llorando camino al banco”. Pero, ¿por qué un libro sobre la envidia, sobre la mezquindad? Supongo que me impresiona mucho hasta dónde puede llegar una persona por la envidia, hasta dónde puede envenenarse a sí misma una persona. Sé que la envidia no es industria nacional, que se da, como ciertas plantas, en todos los climas. Pero sí que crece bien en el trópico. Se ve tanto y tan bien que hasta conmovedora resulta.¿Sí cree que Ricardo Silva, el escritor, corra con mejor suerte que el ‘Loco Cacanegra’ y le crean que Silva fue asesinado?No sé. Creo que en este punto la pregunta es qué tan creíble es la novela. Querría que sí: que van a creer todo lo que cuenta ‘El libro de la envidia’.

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