“Mi patria son los libros”: Lé Clézio

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GACETA conversó en Cartagena con el autor francés Jean-Marie Gustave Le Clézio, premio Nobel de Literatura en el año 2008. ¿Cómo su vida de viajero le ha servido para edificar su obra literaria? ¿Cómo nació acaso su pasión por las culturas prehispánicas? ¿Por qué dice sentirse latinoamericano? Diálogo.

“Mi patria son los libros”: Lé Clézio

Febrero 08, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Por Lucy Lorena Libreros l Periodista de GACETA

GACETA conversó en Cartagena con el autor francés Jean-Marie Gustave Le Clézio, premio Nobel de Literatura en el año 2008. ¿Cómo su vida de viajero le ha servido para edificar su obra literaria? ¿Cómo nació acaso su pasión por las culturas prehispánicas? ¿Por qué dice sentirse latinoamericano? Diálogo.

En octubre de 2008, cuando el mundo se enteró de que tenía un nuevo Nobel de Literatura —el francés Jean-Marie Gustave Le Clézio— un crítico del Wall Street Journal, Richard B. Woodward, cuestionó el fallo de la Academia Sueca y definió al autor “más como un filósofo que un creador de personajes complejos y de tramas”. El señor Le Clézio, agregaba líneas abajo el autor en aquélla nota destemplada, “es como un Rousseau post-Darwin, dedicado más a la denuncia de la destrucción de las culturas indígenas, con frecuencia a través de la mirada de un niño”.En la vieja Estocolmo, claro, habían advertido varios méritos. Si Le Clézio se quedaba con el Nobel ese año era porque se trataba de un “escritor de la ruptura, de la aventura poética y la sensualidad extasiada; investigador de una humanidad fuera y debajo de la civilización reinante”. Por algo, desde hacía muchos años, lo llamaban el más grande escritor vivo de la lengua francesa.Ese Le Clézio —tan célebre, tan atildado— no se parece mucho al tipo que está sentado ahora, una mañana de sábado, en un corredor del Hotel Santa Clara de Cartagena, vestido discretamente de gorra deportiva y camisa negra. Pidiendo excusas por su “castellano atropellado” y comentando el dolor de su rodilla izquierda, lastimada tras una caída en su casa de Francia. Algo de esa sencillez debe tener su origen en su espíritu de viajero insobornable. Esa manía —casi de antropólogo— de aterrizar en un lugar y no marcharse hasta conocer lo suficiente sobre su cultura. Hasta no tener atiborrada su maleta de la curiosidad.El Nobel que no parece un Nobel, y que esta noche —según su agenda— estará sentado a placer en una elegante cena en casa del industrial Carlos Ardila Lülle, dice disfrutar más de la compañía de los indígenas Wounaan, de sus amigos de Jalisco o de un escritor africano, espartano como él, como Wole Soyinka.Otro asunto, claro, es su altivez verbal. Una obra sólida, con más 50 libros, entre poesía, novelas, cuentos y ensayo. El primero se asomó a las librerías en 1963. Y ‘El atestado’ fue tan contundente que se ganó el Premio Renaudot. Le Clézio hallaba así su lugar en el mundo y comenzaba a cargar la pesada responsabilidad de ser eso que los críticos llaman una joven promesa.Por ese entonces, se creía que la literatura debía caminar hacia la ‘novela total’, pero él —como bien anotó el autor mexicano Juan Villoro— rompió el canon y llegó con otros méritos. No buscaba personajes o historias memorables. Lo suyo era más “el fluir de la conciencia, la reflexión, señores críticos, la reflexión”, dice Villoro.Llegaría después ‘El diluvio’. En esas páginas su personaje, Francois Besson, alterna su tránsito por una ciudad a punto de conocer el final de los tiempos con los recuerdos ajenos de una amiga, Mathilde Passeron, que decidió acabar con su vida. Tomó luego por los caminos del cuento, algunos de ciencia ficción. En 1973 publicó ‘Gigantes’ y tiempo más tarde ‘Desierto’, con la que obtuvo el Premio Paul-Morand en su primera edición, en 1980. No todos, dice ahora, supieron entender esa búsqueda. No todos, como aquél crítico del Wall Street Journal. Él prefiere pensar que, a la larga, los escritores se pasan la vida “escribiendo siempre más o menos el mismo libro; cada uno, hecho de nuestro esfuerzo para inventar la propia persona. Es un trabajo manual: agarrar cosas y hacer algo con ellas. Transformar las memorias, los pedazos, los ruidos, los sentimientos y sensaciones, y con esa ‘sopa esencial’ narrar historias”. ¿A qué sabe, pues, la obra de este francés? Sabe a lo femenino, a lo africano y a nuestra América conquistada. A la memoria también. Y a recuerdos, a veces propios, casi siempre prestados. Así se lo contó a GACETA en este diálogo. Usted tiene una experiencia estrechamente ligada a Colombia, que conoció 50 años atrás cuando visitó el Tapón del Darién. ¿Cómo la recuerda hoy?Sí, yo era muy joven en ese entonces y nunca volví a tener noticias de mis amigos de allá. Tuve que marcharme luego de contraer una malaria cerebral que me impidió seguir en la zona de los embera. Siempre creí que, si regresaba, me atacaría de nuevo la enfermedad. Había llegado por casualidad. En ese tiempo me encontraba prestando servicio militar en Ciudad de México y un amigo me habló de un lugar interesante en América Central, que era Panamá.¿Y cómo acaba finalmente en Colombia? Yo iba realmente para Perú, pero camino a Perú paré en Panamá. Paseando en las calles de la capital, en un barrio llamado El Marañón, cerca al puerto, “un lugar malo”, según decían, encontré a un grupo de jóvenes que venían de la selva. Andaban con los rostros pintados de azul y de negro y disfrazados con vestimentas rotas, porque ellos vivían desnudos en la selva y cuando iban a las ciudades no podían andar de esa manera. Lo tenían prohibido. Me aproximé, uno de ellos hablaba español y me invitó a la región donde vivían. Eso implicó tomar un barco que nos llevaba hasta un punto después de dos días y de ahí seguir en piragua. Allí me quedé dos años. En ese lapso acompañé a uno de ellos a Medellín a comprar plantas y otras cosas para sus rituales espirituales. Él era un curandero y vi cómo la gente se le acercaba para pedirle toda clase de ayudas. Eso me permitió entender mucho la visión y el pensamiento de las culturas indígenas americanas.En su discurso del premio Nobel, en 2008, usted evocó a Elvira, una contadora de historias embera. Y en su literatura las mujeres tienen ese rol, el de la tradición oral...Es que la historia de mi vida está marcada por mi abuela, que era otra gran contadora de historias y dueña de una biblioteca que se convirtió en mi niñez en la única ventana que encontré para conocer el mundo porque mi infancia coincidió con la Segunda Guerra Mundial y, por obvias razones, no se nos permitía salir. Entonces ella tuvo ese papel de la creación, de esos primeros mundos que llegaron a mi cabeza. Por eso estoy convencido de que la palabra que se oye, la forma de la literatura, tiene un origen femenino, y está asociada a esa inmensa capacidad que tienen las mujeres de superar la vida cotidiana. Así como lo hizo mi abuela: inventó un mundo para sus nietos, así el de afuera se estuviera cayendo a pedazos. ¿El mundo, entonces, estaría mejor si estuviera en manos de las mujeres?Yo pensaría, mejor, en un equilibrio. Lo que pasa es que vivimos en un mundo que no favorece a las mujeres. El mundo contemporáneo ha fallado en eso. Bueno y en otras cosas. No soy el típico francés que vive orgulloso de la ocupación militar de Francia en África y de que con armas se combate el Islam. En el mundo hispánico vemos que el equilibrio entre hombres y mujeres es mucho más sólido. Por eso, intento que en mis libros ese equilibrio aparezca, así parezca utópico. Ahora que habla de culturas prehispánicas, me gustaría que retomara un punto de su charla con Juan Villoro en Hay Festival. Cuando hablaba de ese desconocimiento que en Europa existe sobre el valor de nuestras culturas...Mientras estudiaba en Francia siendo joven, pregunté por qué no nos enseñaban sobre la filosofía de la América Hispánica. Y me respondieron que acá no había filosofía, sino una mezcla de supersticiones y mitos. Mis hijas se criaron en Estados Unidos, pero una de ellas regresó a Francia a los 14 años. Pasó por el Liceo Francés y encontró la misma respuesta. Hoy se les sigue enseñando a los jóvenes europeos sobre filosofía latinogriega, alemana y francesa. Hasta la hindú y la china, pero no la prehispánica. Europa sigue de espaldas a esa riqueza.Y usted, que vivió en México más de veinte años y ha tenido experiencias como las del Darién, ¿cómo describiría esa filosofía?En un libro que se llama ‘El sueño mexicano’ plasmo la idea de que es una filosofía que fue interrumpida, que no se desarrolló completamente por el choque de la Conquista, que fue tan bárbara y lo arrasó todo. De no haber sido por eso, se hubiera desarrollado algo comparable al budismo o la filosofía de la India. Porque los indígenas tenían su propia visión sobre la moral, sobre la naturaleza, sobre el hombre. También había otras cosas, claro, los aztecas eran crueles, sangrientos y el tratamiento de las mujeres no era bueno; igual pasaba con los incas en Perú y los indígenas de América Central. Eran sociedades imperfectas, sí, pero con valores muy desarrollados en términos modernos, porque trataban con sumo respeto la naturaleza. Lo que encontraron los españoles y no vieron por torpeza fue esa riqueza y lo complejo de ese pensamiento. Maestro, hay un elemento muy presente en su literatura, además de lo femenino, y es la fascinación por la naturaleza, casi cierto compromiso con la ecología. ¿Viene quizá de sus orígenes africanos, de sus años de infancia en Nigeria?Creo, más bien, que tiene que ver con lo que aprendí con los embera y luego en México cuando estudié a los mayas y aztecas. Sé, por ejemplo, que la comunidad Wounaan, de Chocó, tiene un ritual que consiste en labrar una piragua de madera de bálsamo y a comienzos del año hacen un baile alrededor de ella. Hombres y mujeres vestidos de blanco (que es color de la divinidad, de su Wandama) bailan pidiendo que su dios no acabe con el mundo. Porque piensan, como otras culturas, que un día el mundo se acabará con un diluvio. Yo les pregunté si lo hacían porque vivían en una región en la que llueve todo el tiempo. Pero me dieron una respuesta que me dio confianza en el hombre: no lo hacen para ellos, lo hacen para el resto de la humanidad. Esa gente, que vive reducida a la pobreza, con tantas carencias, hace un rito pensando en el bienestar de todos nosotros. Es algo poético.Le pregunto ahora por ese papel de viajero, ese rol casi tan importante como el del escritor. Ha vivido en México, en Tailandia, en Corea del Sur, en África, en Europa. Usted dice que su pasaporte es francés, pero que en realidad no se considera de ningún país...Soy francés, sí, pero no me siento de ninguna parte, mi patria son los libros. En realidad no me considero un viajero. Lo que procuro es quedarme en un país por un largo periodo, conocerlo. En México, por ejemplo, viví en el D.F. cuando prestaba servicio militar. Pero luego viví en Yucatán y como quince años en Michoacán. Me dedico a conocer a la gente, a entender sus problemas. Hoy parece que viajar ha adquirido otro sentido: ya no es una aventura sino un asunto de tener recursos y un tiquete de avión. ¿Qué tanto se ha nutrido su literatura de esa vida errante?No tanto como se cree. A mí con la literatura me pasa que me ayuda a sentirme de muchas partes. Si leo un libro que me habla sobre China comienzo a sentirme chino. Si leo uno sobre la cultura africana comienzo a sentirme africano. La literatura como pasaporte...Exacto. Yo tengo dos pasaportes, el francés y el mauritano, porque mis padres son de Isla Mauricio, una pequeña isla del tamaño de Bonaire que está cerca de África del Sur. Pero el único que uso es el francés porque siendo mauriciano no puedo entrar a muchos lugares ni cruzar muchas fronteras. Los libros, en cambio, no te piden visas. Siendo un escritor que ha viajado tanto, debe tener también unos referentes muy universales...En mi vida hubo dos personas mayores que me marcaron profundamente. Una es mi tía Alicia, era de Isla Mauricio y vivió soltera. Era muy cristiana, devota y generosa, pero con un espíritu amargo y muy cáustico. Antes de morir me mandó por correo todos los cuentos que había escrito. Eran bonitos, muy costumbristas. El otro es el historiador Luis González, de México, que consagró su vida a documentar la historia del pueblo donde nació, San José de Gracia, en Jalisco. Un pueblo de 6 mil personas, ubicado en una serranía. Lea un libro hermoso que se llama ‘Pueblo en vilo’ para que entienda de qué le hablo. Es un pueblo que geográficamente da la sensación de estar suspendido en el aire, pero González con su escritura se encargó de convertirlo en un sitio extraordinario. ¿Ha leído algo sobre literatura colombiana?No conocí a Gabriel García Márquez, pero no creo que deba detenerme mucho para explicar que es un autor inmenso. Me gustó la obra de Álvaro Mutis y ese personaje barroco de Maqroll. En otra respuesta usted decía que la literatura le ayuda a sentirse de muchos lugares. ¿Alguna vez se ha sentido latinoamericano?En el 68, cuando viví en México, los estudiantes se levantaron en contra de Gustavo Díaz Ordaz. Y salieron a marchar. En silencio, sin hablar, solo marchando juntos. Fue una marcha que convocó a un millón de mexicanos al Paseo de la Reforma. Yo marché junto a ellos y eso al final acabó con la tiranía de Díaz Ordaz. Ese día me sentí absolutamente latinoamericano.

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