Memorias: el día que Colombia vibró cuando Gabo recibió el Nobel de Literatura

Marzo 06, 2013 - 12:00 a.m. Por:
Aura Lucía Mera, especial para GACETA

Que un colombiano fuera el ganador del Premio Nobel de Literatura es, sin duda, la noticia más importante que en materia cultural ha tenido el país en su historia. Este miércoles, cuando cumple un año más de vida Elpais.com.co le rinde homenaje a Gabo.

Cuando el Jumbo de Avianca aterrizó en Estocolmo, a veintidós grados bajo cero en esa noche de diciembre, los amigos de Gabo y los grupos folclóricos que representaban nuestra geografía —envueltos en ruanas blancas y con una mariposa amarilla pegada al pecho, acompañados de los cuadros de Obregón, Botero, Grau, y piezas únicas del museo del Oro y ediciones de ‘Cien años de soledad’ traducidas a todos los idiomas— salimos de inmigración para ser recibidos con aplausos, flores y pancartas. Justo en ese momento nos dimos cuenta de que estábamos cumpliendo un sueño: acompañar a Gabriel García Márquez a recibir el Premio Nobel de Literatura.El sueño, valga decirlo, se empezó a gestar desde el día mismo en que Colombia supo que Gabo era el Nobel. José Vicente Kataraín, una locomotora de ideas, me llamó a Cali y me dijo que como Directora de Colcultura tenía que “armar la gorda” en Estocolmo. Viajé a Bogota y, reunidos con Gloria Triana, Carlos Ordóñez y Juan Vitta, empezamos a botar corriente.Lo primero era conseguir el Jumbo. Kataraín y yo pedimos cita con Álvaro Cala, entonces presidente de Avianca. Llegamos. El salón de juntas con sus vicepresidentes sentados para escucharnos. Simplemente les dijimos que necesitábamos un avión para que nos llevara a Estocolmo y nos recogiera de regreso para así acompañar a Gabo en la entrega del Nobel.Bastaron unas miradas entre ellos para que Álvaro Cala y sus vicepresidentes comprendieran que era una ocasión única para que Colombia se luciera. Que no habría más oportunidades de esta magnitud. Y aceptaron la propuesta.Eufóricos, los organizadores encargamos a Gloria Triana para que recorriera el país y escogiera los grupos folclóricos más puros y autóctonos. Lo hizo a la perfección. La costa Caribe y la Pacífica; el vallenato, la música andina y la llanera. No pasó mucho tiempo antes de que la Federación de Cafeteros, en cabeza de Pedro Felipe Valencia, nos diera el dinero para sufragar los gastos. Eduardo Zuleta Holguín, director del Instituto de Seguros Sociales, nos prestó un médico; Artesanías de Colombia regaló ruanas, guantes y pasamontañas. El Museo Nacional nos prestó los cuadros de nuestros grandes; el Museo del Oro, las piezas precolombinas. Todo se fue dando sin lagarterías ni prebendas. Colombia se unía a la celebración.El paso siguiente fue lograr que en el banquete real, ofrecido en un palacio gigantesco, se rompiera por primera vez en la historia del Nobel el rígido protocolo sueco y nos autorizaran a presentar los bailes, los ritmos, las canciones. Nos dieron el visto bueno. Lo que vino después fue sacar visas, pasaportes, dar clases de ‘avión’, de ‘invierno helado’... Es que la mayoría de los integrantes de nuestro variado folclor jamás había volado. Les explicamos que no había necesidad de llevar comida, ni estufitas eléctricas. También que el sitio al que íbamos permanecía de noche la mayor parte del día...El Presidente Belisario Betancur autorizó la aventura. Días antes del viaje al país de Olafo, le hicimos una presentación exacta en el Teatro Colón de lo que se haría en Estocolmo. Aplaudió emocionado. Ese Quijote de la cultura apoyaba entusiasmado esta aventura quijotesca.Recuerdo como si fuera hoy cuando, en el banquete de más de mil invitados, todos vestidos de gala y con un Chamberlain por persona detrás de cada asiento, se inició el desfile encabezado por la bandera colombiana y la bandera sueca, atravesando ese inmenso balcón del segundo piso del Palacio, con todos los grupos folclóricos detrás. Al paso de cada grupo, que por turnos bajaba esas majestuosas escaleras, la emoción de los asistentes fue estallando en aplausos calurosos. Hasta que aparecieron el mapalé y los acordeones vallenatos y las voces de Totó y La Negra Grande... La reina sueca empezó a seguir con las palmas los acordes y los mil asistentes se olvidaron de la etiqueta y el protocolo para también acompañar nuestros sones. El remate: una ovación de pie. Habíamos cumplido: el principal periódico de Estocolmo, al día siguiente, tituló su primera página ‘Colombia nos ha enseñado cómo se recibe un Nobel’.Recuerdo también nuestra mesa: la mesa de los colombianos en el banquete. Álvaro Mutis, Álvaro y Gloria Castaño, Yiyo García Márquez, Tita Cepeda, Alfonso Fuenmayor, el maestro Zuleta, la Cacica Araújo, Nereo López, Gonzalo Mallarino, Plinio Mendoza, José Vicente Kataraín, Carmen Ballcels, la Tacha, la compañera de Gabo cuando escribió ‘El Coronel’ en París, el Ministro de Educación, Jaime Arias Ramírez. Los recuerdo a todos con lágrimas en los ojos, aplaudiendo y mirándonos unos a otros, emocionados e incrédulos de ese triunfo. El triunfo de Gabriel García Márquez. El triunfo de sus palabras, de sus mariposas amarillas. Han pasado treinta años. No ha pasado un día. Colombia entera sigue vibrando como vibró el día en que recibió la noticia de que Gabo había ganado el Nobel. Sus brazos levantados cuando recibió en su liquilique blanco el premio de las manos del Rey. Su sonrisa tímida pero pletórica de alegría seguirá estando presente eternamente en cada uno de los colombianos.

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