María Thereza Negreiros, la retratista del Amazonas

Agosto 16, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Catalina Villa| Editora de GACETA
María Thereza Negreiros, la retratista del Amazonas

Sylvia Patiño, sobrina del esposo de la artista, Ernesto Patiño Barney ( ya fallecido) fue la editora del libro. Ambas lo concibieron hace casi una década.

Con la publicación del libro que rinde homenaje a la vida y obra de María Thereza Negreiros, Cali salda una cuenta que tenía pendiente con una de sus artistas más representativas.

Escoltada por dos helechos amazónicos inmensos que cuelgan del techo de su balcón hasta rozar el piso, María Thereza Negreiros intenta recordar ese episodio remoto de su infancia, el primero del que tiene memoria. Entonces ve a una niña de tres años, rebelde y caprichosa, que acaba de perder a su madre, y que encuentra en la selva, en el río, el sosiego y la alegría que el destino amenazaba con robarle a destiempo.

“Yo tuve una infancia feliz”, dice entonces, sin dejar rastros de duda. “Feliz, pero distinta”.

Hija de un latifundista cuya familia había emigrado de Portugal al nordeste brasilero, primero, y luego al interior del Amazonas escapando de una sequía, María Thereza fue la cuarta de cinco hermanas, todas mujeres, en una época en la que en el campo, o mejor, en la selva, se necesitaban hombres.

Vivían en la Hacienda Obidos, a orillas del río Apoquitaua, muy cerca de una pequeña ciudad llamada Maués. Fue allí donde transcurrió su infancia, rodeada de venados, de tigres y de otros niños: los indígenas cabocos. Fue allí también, en esa selva, donde empezó a pintar. Porque cuando no estaba jugando a la cocina con las ollitas de barro que hacían las mamás indígenas para sus niñas o con los muñecos de madera que hacían los hijos de los trabajadores de la hacienda, ella agarraba papeles y dibujaba con lápices, o con colores si los había, o con pinturas si las encontraba. “Fue como una obsesión eso de pintar; una cosa que tuve siempre”, recuerda.

La obsesión continuó en Manaos, a donde viajó con tan solo 9 años para seguir la primaria y el bachillerato, pues en Maués la escuela --que en realidad era una maestra-- quedaba en la casa de cada familia y solo se enseñaba hasta tercero de bachillerato. María Thereza aún conserva el primer cuadro que dibujó recién llegada al Colegio Santa Dorotea: es una escena bucólica copiada de un cuadro inglés en el que dos perros de caza persiguen a su presa. La imagen, técnicamente, es impecable. Y así lo advirtieron sus maestras, en especial la hermana Araujo, una monja que había estudiado en París, con muy buenas nociones de arte, y que desde entonces se propuso estimular el talento de esa niña prodigiosa de ojos negros y sonrisa encendida.

Todos esos recuerdos --y los que les siguieron a una prolífica carrera que comenzó en la Escuela de Bellas Artes de Río de Janeiro y hoy ya completa 60 años-- están plasmados en el libro ‘María Thereza Negreiros, vida y obra’, que será presentado en Cali el próximo 22 de agosto. “Una deuda que Cali tenía con esta artista, porque si hacía falta un libro en el mundo del arte era el de María Thereza”, dice la fotógrafa Sylvia Patiño, quien editó la publicación, y quien, además, es sobrina de la artista y admiradora de su obra desde que era una niña.

Ambas venían soñando con este libro desde hace años; casi una década. Pero solo hasta ahora se dieron las cosas. “Quizás fue mejor así, porque los libros tienen una génesis especial y necesitan un tiempo para madurarse”, opina Patiño.

Este libro, además, tiene una particularidad. No empieza con el pasado, como suele suceder con obras de este tipo, sino con el presente. Y hay una razón que lo justifica. María Thereza lleva 40 años trabajando en la serie Amazónica, lo que la ubica en el pasado pero también en el presente. Y es que, como ella misma lo ha dicho tantas veces, ella creía conocer el Amazonas, pero solo cuando regresó, obligada por circunstancias de la vida, entendió que este era un desafío, incluso a la resistencia física. Era allí donde estaba su verdadera identidad.

Maestra María Thereza, tras haber realizado este ejercicio restrospectivo, de mirar para atrás y recorrer en la memoria su obra y su vida, hay un episodio que no deja de sorprender: las críticas que recibió cuando empezó en 1979 su serie Amazónica y que, con el paso de los años, terminó siendo quizá la más significativa de su carrera...

Ese fue el quiebre más significativo en mi obra, porque viví la experiencia más aterradora de mi vida. Yo había empezado mi carrera después de llegar a Cali en 1954 y lo hice pintando al óleo hasta principios de los años 60. A esa época pertenecen series como ‘Magia en la montaña’, ‘Alas de mariposas’, ‘Génesis’ y algunos ‘Girasoles’ --digo algunos porque estos han sido transversales en mi obra, aún hoy los sigo pintando--. Pero después quise experimentar con otras técnicas y formatos aunque ya desde mis inicios estaba inscrita en el arte abstracto.

Así que después de la serie de Ángeles’ que eran como una figuración fragmentada, paso a explorar nuevos materiales, y del óleo paso a los vinilos, y exploro en fibra de vidrio, hasta llegar a la fotografía, que fue el caso de ‘Metro cúbico para un hombre’ y toda la serie de ‘Ojos’.

Pero sucede que en 1974 mi padre se enferma y tengo que regresar a Brasil a ayudar a velar por nuestros intereses, y vivo allí el terror absoluto. Eso hizo que todo lo que yo creía sobre el arte y la función del artista se derrumbara. Y cuando regresé a Colombia, cinco años después, encontré que lo único que podía hacer era pintar el Amazonas, regresar a la pintura, al óleo, a los materiales que había dejado años atrás.

Muchos lo interpretaron como un retroceso pues yo venía de estar en la vanguardia. Muchos dijeron: María Thereza se enloqueció, otra vez paisajes. Por fortuna no dependía de la venta de mis cuadros. Tuve a mi esposo que me apoyó siempre. Y creo que al final el tiempo me dio la razón.

Usted ha contado varias veces esa estancia en Brasil, ese desencantamiento, esa tragedia. ¿Qué fue lo más doloroso de ese episodio oscuro en su vida?

Mi padre solo tuvo hijas mujeres. Y cuando envejeció y cayó enfermo, muchos de los trabajadores, seguidores de una izquierda mal interpretada, quisieron apoderarse de las tierras. Y estando yo en Maués con una hermana, ellos prendieron fuego, intentando asustarnos para hacernos huir y desistir de las tierras.

Tengo intacto el recuerdo de una noche que, estando con mi hermana, oímos un grito “¡Fogo!”. Salimos y encontramos un incendio en una pradera llena de ganado. Los animales estaban enloquecidos corriendo de un lado a otro, y nosotras transportando a los animales para salvar los que pudiéramos. Estaba tan caliente el suelo que los tenis que llevaba puestos quedaron retorcidos. Fue una noche de espanto. Luego vinieron la rabia, la impotencia, el desencanto.

Porque lo más doloroso fue descubrir que quienes organizaron todo eran trabajadores a quienes mi papá había ayudado siempre, a quienes consideraba cercanos.

También se desencantó con la Iglesia. Usted, que había sido educada bajo los cánones católicos...

Todo eso se me derrumbó. Llegué incluso a enfrentar un cura que nadie en el pueblo quería porque instaba a otros a robar madera para su acerrío. Yo lo enfrenté, y casi nos vamos de trompadas. Entonces me amenazó con el infierno. Y yo le dije, “Padre, no sea bobo que yo no creo en el infierno. Y si me voy para allá, al primero que voy a encontrar es a usted”.

Regresa a Cali en el año 79. ¿Cómo es ese nuevo comienzo?

Es un comienzo duro. Y se lo debo en parte a mi representante de entonces, Adalbert Meindl, quien ante mi desencanto mi instó a pintar el Amazonas. Me encerré durante un año en mi estudio escuchando la música de Villa-Lobos y su ‘Sinfonía de la Selva’. Allí nadie podía entrar, solo mi esposo. Al cabo de un año, un día llegó Hernando Tejada a mi casa y le dije “Tejita, ven que te voy a mostrar mi mundo”, y le mostré lo que había hecho. Se quedó muy impresionado.

Ahora que menciona a Hernando Tejada, él fue una figura fundamental en su vida...

No solo fue uno de mis grandes amigos, sino el primero. Cuando llegué a Cali proveniente de Río, mi esposo Ernesto Patiño Barney tenía una preocupación tremenda de que yo me sintiera sola. Así que me habló de un amigo suyo, artista, con quien había estudiado en el San Luis. Y resultó ser Tejadita. Era a mediados de los años 50, cuando él estaba pintando los murales del Ferrocarril. Muy pronto armamos el Grupo Taller junto a su hermana Lucy Tejada, a Jan Bartlesman y Tiberio Vanegas que vino de Bogotá.

De esa época tengo unos dibujos que hacía cuando salíamos al río a ver las lavanderas. Nos íbamos la tarde entera. Sin duda ese río me hizo enamorar de esta ciudad. Yo, que sabía de ríos, no entendía como era posible que este río atravesara la ciudad. Esos dibujos también están en el libro.

¿Qué tan duro fue para usted llegar a una ciudad tan pequeña como era Cali en el 54, proveniente de Río, que ya para entonces era una gran ciudad reconocida internacionalmente?

¡Qué choque tan terrible! Yo venía de vivir en Copacabana, y ni siquiera sabía dónde quedaba Cali. En esa época uno llegaba a una parte que se llamaba Cali Puerto, que era una ramada gigante y me dije: “Jesús, a dónde estoy llegando”. Pero uno enamorado, que rayos, así sea al infierno que lo lleven allá se va.

Por eso nunca me arrepentí. Mi esposo fue un gran compañero. Y tuve la suerte de llegar a una familia de una mentalidad abierta y liberal, muy intelectual.

Luego Cali vivió una especie de época dorada en el arte, los festivales que ya son leyenda...

A partir de los años 60 esta pequeña ciudad quiso tener cultura y la tuvo, porque había un afán por aprender. Con nuestros grupo de artistas hicimos la primera galería de la ciudad. Pintamos las paredes, hicimos las instalaciones de luces, todo. Cuando Fanny Mickey fundó el primer Festival de Arte en Cali, en el 61, se hizo en nuestra galería porque no había más. Allí gané el primer premio de pintura del Festival en el que uno de los jurados fue Alejandro Obregón.

De los premios y reconocimientos que ha recibido a lo largo de su carrera, ¿cuál le da más satisfacción?

El segundo lugar que obtuve en una Bienal en Cali con la obra ‘De hombre y de hierro’ que hoy pertenece al Museo La Tertulia. El primer puesto se lo llevó el artista Soto de Venezuela, pero era tan importante la gente que estaba compitiendo, que fue un honor para mí estar ahí. Me estaba calibrando.

No todos los artistas se pueden dar el lujo de haber sido elogiados por la crítica de arte Marta Traba. Ella calificó su obra de inquietante, destacó su interés por investigar, por indagar, su afán por “avanzar, husmear, descubrir”... ¿Qué significó eso para usted?

Fue importante. Era la época en que a Cali venían todos los artistas. Obregón, Grau, Roda, Ramirez Villamizar. Cali era el epicentro de la cultura en Colombia.

Marta y yo siempre fuimos amigas. Pero ella cogía al artista como jabón. Y yo quería hacer mi proceso. Así que un día le dije: “Martica, yo te quiero muchísimo, pero déjame cometer errores, si no cometo errores no voy a acertar nunca”. Ella se me quedó mirando y me dijo, “Increíble María Thereza, que una joven artista tenga el coraje de decirme eso”. Fuimos amigas hasta su muerte.

¿Qué piensa a sus 85 años, y 60 de vida artística a cuestas, del arte que se hace hoy?

Creo que el mundo mudó en todos los aspectos. Las personas mudaron, los artistas piensan distinto. La época nuestra fue de un romanticismo que ya pasó. Y hoy los artistas se comportan de acuerdo al tiempo que les ha tocado. Como lo hice yo. Pero no conozco bien el arte que se hace hoy, y prefiero no hablar de lo que no conozco.

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