María Dolores Grueso, la maestra ‘corrida’ del Cauca

Marzo 29, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Por Lucy Lorena Libreros l Periodista de GACETA
María Dolores Grueso, la maestra ‘corrida’ del Cauca

María Dolores, con su infaltable turbante de colores y esas pulseras de semillas de totumo que no se quita ni siquiera cuando lava la ropa en el río.

María Dolores Grueso es una maestra del Cauca creadora de un modelo educativo en el que la cultura afro está al servicio de la cotidianidad de sus estudiantes: la ‘Pedagogía de la corridez’, reconocida en los premios Mujer Cafam. Retrato de una poeta que improvisa versos para explicar la vida.

María Dolores Grueso es una maestra del Cauca creadora de un modelo educativo en el que la cultura afro está al servicio de la cotidianidad de sus estudiantes: la ‘Pedagogía de la corridez’, reconocida en los premios Mujer Cafam. Retrato de una poeta que improvisa versos para explicar la vida.

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En la Institución Educativa Dos Ríos, el colegio donde enseña María Dolores Grueso desde hace más de treinta años, aprenderse el Teorema de Pitágoras es tan valioso como saber que una rama de gualanday mejora la circulación o que una infusión de calambombo ayuda combatir el dengue.

Tan importante la buena ortografía como manejar la técnica con la que se fabrican las esteras, esas ‘sábanas’ gruesas hechas en hojas de palma, en las que siglos atrás dormían los ancestros africanos.

¿Quién dijo acaso —se pregunta esta maestra— que lo que uno debe aprender es solo lo que nos llega de otra parte? ¿Que la cultura es únicamente lo que proviene de la “refinada” Europa?

Ni más faltaba, contesta. Por eso en este colegio de piso de tierra y salones de paredes despintadas, ubicado en el corregimiento de Galíndez, en el Valle del Patía, sur del Cauca, la cultura afro está puesta siempre al servicio de todo eso que se aprende en los pupitres y se escribe sobre el tablero.

María Dolores, con su infaltable turbante de colores y esas pulseras de semillas de totumo que no se quita ni siquiera cuando lava la ropa en el río, intenta explicar cómo ocurre eso en una región en donde el sol castiga a diario con 40 grados a la sombra y donde sus alumnos son en su mayoría campesinos pobres, muchos de los cuales deben caminar jornadas de hasta dos horas para llegar a su salón de clase.

Ocurre —dirᗠporque a Lola, como la conocen desde que nació en el pueblo, un día le dio por inventarse la ‘Pedagogía de la corridez’, modelo educativo que le ha merecido el aplauso de maestros de las grandes ciudades y ser incluida en Colombia Aprende, portal del Ministerio de Educación en el que se leen consejos y ejemplos que les sirven a los docentes de todo el país para ser mejores en su oficio.

El origen de esa pedagogía suena tan sencillo como inspirador. Alguna vez, por allá en 1981, ante la falta de una banda musical que pudiera representar al colegio en una izada de bandera, a María Dolores se le ocurrió de pronto comenzar a sacar melodías conocidas con el acto elemental de golpear los pupitres con el lomo de los lapiceros y los marcadores.

Fue a partir de ahí, cuenta pertida, que comenzaron a llamarla la ‘maestra loca’; otros, la ‘maestra corrida’. Y eso, lejos de causarle enojo, le pareció el germen de lo que después acabó convertido en un modelo de enseñanza que el año pasado fue reconocido con el premio Cafam a la Mujer por el departamento del Cauca.

La noche en que recibió el galardón se presentó con frases rimadas ante un auditorio. Como si estuviera recitando un poema y no agradeciendo el reconocimiento. Es que Lola compone versos, y habla en versos, desde muy niña. A veces no encuentra otra manera de narrar la vida, de contar el mundo. “Lola me llaman por aquí / María Dolores por allá/ poetiza o bien maestra corrida/ mujer afro del Patía/ en cuya alma y ser la sencillez encuentra cabida”.

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Lola —que es la rectora de Dos Ríos— cuenta que cuando tuvo ese arrebato de convertir los pupitres en instrumentos de música, uno de los chicos le pidió que le enseñara a hacer lo mismo. “Y yo lo hice. Y después llegaron otros y otros más. Y cuando comenzaron a llamarme la maestra corrida, pensé ‘hasta chévere suena eso’. Lo vi como una descripción que me calzaba perfectamente, porque cuando uno se dedica a enseñar, pues se la pasa en un corre-corre todo el tiempo”.

Gracias a la ‘Pedagogía de la corridez’ ocurren cosas que difícilmente uno podría observar en cualquier otro colegio de Colombia: profesores, por ejemplo, que como ella caminan descalzos hasta la playa y recogen leña al hombro, para luego enseñarles a sus pupilos cómo ‘tejer’ con trozos gordos de madera balsas en las que después todos salen a recorrer las aguas del San Jorge y el Guachicono, los ríos alrededor de los cuales transcurre la vida en Galíndez y que por la misma razón le dieron nombre a su único colegio.

Otras veces, usted puede encontrarse a los muchachos, en esos mismos ríos, pero en plena clase de química. A eso, María Dolores lo bautizó ‘Bio-aulas’, que no son otra cosa que salones desprovistos de paredes en los que se aprende a través de las vivencias de los otros.

En esas clases los chicos pueden tropezar, digamos, con historias como la de una ‘mazamorrera’, como se les conoce en la región a quienes se dedican a la extracción manual del oro. La verán girar durante varios minutos su batea redonda, cargada inicialmente de piedras y de arena. Poco a poco, ayudada por el agua del río que va desechando con su propia corriente lo que a ella no le sirve, aparecerán ante los ojos de los estudiantes partículas diminutas del mineral que ella venderá por unos cuantos pesos.

La clase servirá para que todos aprendan por qué es tan dañina la minería ilegal. Eso de lo que tanto hablan en los noticieros. Qué pasaría si en lugar de una minera artesanal, el San Jorge y el Guachicono de repente se vieran ‘visitados’ por inmensas retroescavadoras que extraen oro, pero al costo de destruir todo el paisaje a su paso.

La cuestión, dice Lola, es que “los estudiantes no sientan que el profesor es el único que sabe, el que tiene la última palabra. Alguien como Susana enseña también. En la ‘Pedagogía de la corridez’ el aprendizaje es algo colectivo. Es un ‘todos ponen’. Y el reto de ese profesor es ‘cranear’ ideas corridas para lograrlo”.

Ideas como las ‘Bibliotecas vivas’. En el Instituto Dos Ríos les llaman así a esas clases en las que el tutor es un maestro sin más títulos que la experiencia de toda una vida dedicada al mismo oficio. Una de esas maestras ha sido Adoración Angulo, patiana septuagenaria que desde pequeña aprendió el arte de la confección de esteras. La abuela va amarrando con fuerza frente a los muchachos, una por una, las sogas de colores que sostienen las hojas de palma.

La artesana les explica que lo primero que hay que hacer es tomar una de las hojas, para luego enrollarla con esmero e irla introduciendo entre los resquicios de las sogas que están templadas de abajo hacia arriba sobre una longitud de un metro de alto. Varias alumnas la siguen después. “En una estera como esta yo dormía de niña”, les cuenta Adoración.

“Con las ‘Bibliotecas vivas’ —asegura María Dolores, orgullosa— lo que queremos es conectar el pasado con el presente y el futuro. Lograr que muchas tradiciones propias de nuestra cultura afrodescendiente no se pierdan entre las nuevas generaciones. Que a ellos les quede el mensaje de que es posible construir un país desde la persidad”.

Otras de esas ideas están conectadas con la realidad propia de muchachos que comienzan a explorar su cuerpo, a preguntarse por la sexualidad. Lola, pues, comenzó a notar que los ‘pelados’ conversaban sobre el tema en los recreos, en las esquinas y en sus largas caminatas a la casa, con expresiones soeces.

Entonces echó mano de nuevo de su pedagogía y tuvo la idea ‘corrida’ de crear con sus versos una canción que en poco tiempo sus estudiantes tararearon y en cuyas líneas hay dos verbos inventados por ella: ‘cosorriquiar’ y ‘maromiar’.

“Virgencita yo sí me voy a cuidar/ dejaré de ser promiscuo para tirar fidelidad/ el problema Virgencita es que a mí me gusta mucho/ mucho un ‘cosorriquiar’”, pregona uno de los jóvenes.

“Quién te oye dirá que es cierto/ cuando el peligro asoma/ hay mamacita, hay mi Dios, Virgencita decís vos/ porque a la hora de la maroma, no los recordás jamás”, responde la profe Lola.

Con varios de esos mismos muchachos es que María Dolores sigue dándole vida al proyecto más consentido de su ‘Pedagogía de la corridez’: una banda marcial que nació justo después de comenzar a golpear espontáneamente los pupitres de un salón con lapiceros y marcadores.

Ella misma quiso que se llamara la Banda de Tarros. Sucedió que un día, cansada de quejarse por la falta de dinero para conformar una agrupación de músicos como Dios manda, comenzó a buscar con qué fabricar instrumentos propios. Y descubrió que la punta de un azadón sonaba tan agudo como una campana; que el estribo de las sillas de montar a caballo eran lo más parecido que había visto a un triángulo musical; que las tapas de las ollas bien podían ser unos platillos; y que los cuernos del ganado muerto podían actuar como cornetas.

Por esa banda, que tiene varios videos colgados en YouTube, ha recibido correos de España, desde Austria, Francia y Holanda.

Y ella, claro, les responde a todos como mejor le sale, como sabe contar la vida, en verso: “En el año 81 empecé esa misión / por ese tiempo hice novedosa creación / La banda de tarros, oiga, causa expectación/ En uno despierta controversias, en otros opinión / Unos dicen que estoy loca / Otros que es una idea genial / Que estoy en la prehistoria, detrás de la modernidad / pero he aquí mi banda de tarros / con 33 años de edad / sonando fuerte, muy fuerte, en esta contemporaneidad”.

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