Mafalda, la niña de la eterna juventud

Mafalda, la niña de la eterna juventud

Febrero 09, 2014 - 12:00 a.m. Por:
Lucy Lorena Libreros | Reportera de El País
Mafalda, la niña de la eterna juventud

Joaquín Salvador Lavado, más conocido como 'Quino', es el creador de Mafalda.

A punto de cumplir 50 años, un ‘mafaldólogo’, el hombre que la trajo a Colombia y su editor de hace 50 años, evocan a la niña más latinoamericana de todas.

Que odia la sopa, que no tiene apellido, que tiene 6 años, que ama a los Beatles, que detesta la televisión, que tiene una tortuga a la que bautizó ‘Burocracia’, que odia la guerra lo mismo que a James Bond. Que nació en el barrio San Telmo, la zona más antigua de Buenos Aires... Digamos que es argentina, lo mismo que latinoamericana. Y reconozcamos, con justa razón, que es profundamente porteña, pero que sin embargo, durante los últimos 50 años, se las ha ingeniado para caminar impávida por el planeta. Se llama Mafalda y la mejor descripción que alguien hiciera de ella se le ocurrió el escritor italiano Umberto Eco: “Es una niña iracunda que no está de acuerdo con el mundo”. Joaquín Salvador Lavado, su creador, ese al que todos llamamos Quino, la presentó el 29 de septiembre de 1964 en la revista Primera Plana. Pero solo la dibujó hasta 1973 “cuando sintió”, según cuenta su editor en Argentina Daniel Divinsky, “que Mafalda ya no tenía nada más para decir”. Fueron diez años; bueno, casi. Apenas 1.928 apariciones. Las suficientes, cree el periodista Daniel Samper Pizano —devoto seguidor del personaje y vecino de Quino en Madrid—, para que “Mafalda lograra hacernos reflexionar sobre la democracia, la sobrepoblación, la Guerra Fría, la economía, los derechos de los niños, la igualdad, el racismo y los políticos para siempre. Incluso, hacernos hablar de seres de los que no deberíamos acordarnos, como Lyndon Johnson”. Y a eso no termina por acostumbrarse el propio Quino. “A veces me sorprende cómo algunas de esas tiras dibujadas hace más de cuarenta años todavía pueden aplicarse a cuestiones de hoy”, le dijo hace poco a la Agencia Efe. Pero las cifras se defienden solas: el primer tiraje de Mafalda, ya en libro, con Ediciones de La Flor, fue de apenas 2.000 ejemplares en los años 60. Hoy, medio siglo más tarde, se venden más de dos millones de ejemplares en los cinco continentes, traducidos a una treintena de idiomas, entre ellos el mandarín.La hazaña no fue fácil. La pequeña que descubrió la fórmula de la eterna juventud tardó en llegar a las librerías de Estados Unidos. Cuenta Daniel Divinsky que, en los años 70, Quino varias veces intentó ‘seducir’ a editores norteamericanos con la esperanza de que la niña de San Telmo aprendiera a hablar inglés. Un día, cansado de la espera, “recibió a vuelta de correo la nota de uno de los editores, en la que le explicaban que era mejor no publicar a Mafalda pues resultaba demasiado sofisticada para los niños de ese país”.De la dictadura del general Franco, en España, también le quedaron recuerdos. Davinsky recuerda que, si bien pudieron venderla, el gobierno colocó sobre todas las portadas de los libros de Mafalda un aviso que decía: solo para adultos. En Colombia, el asunto fue más divertido. El caleño Felipe Ossa, quien trabajó en la Librería Nacional durante 50 años y fue su gerente hasta el año pasado, recuerda que Mafalda “tuvo que entrar de contrabando a nuestro país”. Sucedía que, hasta hace apenas un año, en Colombia existía una ley según la cual el cómic no se consideraba cultura. Y eso, en términos prácticos, quería decir que las publicaciones de este género eran gravadas con un impuesto altísimo. “Enterados de la situación y de la imposibilidad de hacerla llegar en avión a Bogotá, no me quedó más opción que irme hasta Barranquilla a sobornar a los de la aduana para que me dejaran entrar los libros a menor costo”.Y Mafalda, tan correcta e idealista ella, ¿qué opinaría? Felipe Ossa prefiere no pensar en eso. Daniel Samper, después de tantos cambios que ha sufrido el mundo, dice que solo se animaría a hacerle una pregunta: ¿Qué piensa Mafalda de que el actual Papa sea argentino? “Estoy seguro que ella me diría: La puchaaaaa”. El genio del humor Alguna vez, caminando por el barrio de Madrid donde ambos viven actualmente, Daniel Samper Pizano comprobó que el genio creador de Mafalda, es el tipo “más desprendido de este mundo”. En su recorrido pasaron por una pequeña tienda. Mafalda, se llamaba. Y en ella vendían ‘souvenirs’ de la chiquilla de San Telmo. “¿Y estos te pagan algo?”, preguntó el periodista colombiano. “Nada”, respondió Quino, “pero yo vivo agradecidísssssimo con ellos”. Ese gesto no le extraña a Daniel Divinsky, cuya editorial ha difundido desde 1970 la historieta de Quino. “Él tiene gran respeto por sus lectores. Una vez, en la Feria del Libro de La Paz, muchísimas personas hicieron fila para que les autografiara libros. Al final terminaron siendo tantos, que no alcanzó a firmarles a todos. Con algo de vergüenza, se paró en un balcón y prometió regresar al año siguiente. Y sí, un año después estábamos nuevamente allá, en La Paz, para que Quino continuara la tarea que había dejado empezada”. Hoy, con 81 años a cuestas, el padre de Madalfa “se dedica —según cuenta Divisnky— a ver cine y a preocuparse por el mundo, como siempre. Y ya no asiste, por su edad y su delicada salud, a ninguno de los eventos a los que lo invitan. Ni siquiera los que se están realizando ahora, en varios países, con motivo de los 50 años de creación de su personaje”. Volcado al dibujo por pura timidez, Joaquín Salvador Lavado Tejón fue llamado Quino desde niño en su familia, en Mendoza —ciudad donde nació— para distinguirlo de su tío Joaquín Tejón, pintor y diseñador gráfico, que resultaría determinante en la vocación del apocado sobrino. A los 13 años se matriculó en la Escuela de Bellas Artes, pero en 1949 se convenció de que para su vida solo había una profesión posible: dibujante de historieta y humor.Su primer dibujo aparecería en 1954, en el semanario ‘Esto Es’, editado en Buenos Aires, a donde Joaquín se había mudado en busca de suerte. Desde entonces, y aún a su edad, no ha parado un solo día de dibujar. Una década más tarde de su debut aparecería el personaje que le daría fama internacional: la niñita porteña de cabello negrísimo y cachetes regordetes que vive inconforme con el mundo, que odia la sopa, pero que cree ingenuamente que las futuras generaciones se encargarán de cambiar ese mundo al que llama “desastroso”. Y con ella, Quino dio vida a ese universo de profundas reflexiones que ocurren dentro de un aula de clases, en la casa de la pequeña o en el almacén del bruto Manolito, uno de los inseparables compadres de Mafalda, junto a Felipe, Susanita, Miguelito, Libertad y Guille. Medio siglo más tarde, su creador aún no pone a sus seguidores de acuerdo sobre el origen del nombre de esa niña que nunca pasó de los 6 años. “Alguna vez dijo que lo sacó de una novela del escritor David Viñas, que le encantaba, y otra vez dijo que lo vio escrito en una embarcación que ondeaba en el puerto de Buenos Aires”, asegura Divinsky. ¿Importa eso acaso? Quino cree que no. Según su editor, le mortifica más que publiquen sus libros sin autorización. Que los pirateen. “Eso en realidad lo enfada enormemente”, sostiene su amigo. Daniel Samper cree en cambio que hay algo más fuerte que debe seguirlo atormentando, por tratarse de un apasionado del idioma, y que ya no puede cambiar: los únicos dos errores de ortografía que aparecieron en diez años de historieta: “un echar con h y un exige con j”.

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