Luisé cumplió 90 años: trazos de un romance con la caricatura en El País

Luisé cumplió 90 años: trazos de un romance con la caricatura en El País

Marzo 25, 2018 - 08:30 a.m. Por:
Isabel Peláez R. / Reportera de El País
Luisé

Luisé, caricaturista de El País.

Archivo de El País

Luisé cumplió el sábado 90 años, “soy el niño entre mis amigos”, proclama. Y su lucidez y su habilidad para plasmar con su diestra cualquier acontecimiento local y nacional en una caricatura están intactas. De lunes a viernes acude, juiciosamente, al diario El País, en el barrio San Nicolás, de Cali. Se transporta en bus, desde Palmira, donde reside en el barrio Santa Clara, cerca al centro.

Nunca quiso manejar carro, y aunque hizo el curso le tiene terror a conducir, prefiere caminar lo más que puede. Las caminatas, la picada de frutas, el tinto y los cuidados de Rita Cardona, lo han mantenido vital durante 58 años de matrimonio. Todas las tardes se va caminando del periódico hasta la Plaza de Cayzedo y llega con la mente fresca para plasmar con su 2HB Mirado su punzante humor político.

“Me gustan los Mirados, el 2 es más suave, me basta cualquier lápiz, con tal de que no esté tan pulido, sino gastadito en la punta, porque muy finito me quita la ligereza”.

De pronto, su mano diestra se apura en el papel a dibujar un recuerdo: “Una vez un vecino le puso la queja a mi papá de que yo me estaba burlando de él, simplemente lo dibujé como era, con su sombrerito gracioso y la espalda sudorosa. Antes hacerle una caricatura a una persona era una ofensa. Mi papá me dio mi castigo para que respetara a la gente, pero en el colegio di tanta lora que no fue difícil para mis padres concluir que su hijo se iba a especializar en burlarse de la gente. Pero yo tiro dardos, mi intención no es ofender”, cuenta el mayor de 15 hermanos, 10 mujeres y 5 varones (viven 2 hombres y 10 mujeres).

Su amor por la pintura lo llevó a estudiar en Bellas Artes, donde “los profesores eran muy estrictos, estudiar allí me orientó mucho, fui corrigiendo lo que no sabía”, dice Luisé, que susurra, como si fuera a revelar una travesura: “Me tocaron las modelos desnudas” y remata con su pícaro “¡Ayayay!”, expresión que acompaña agitando sus manos, que se trasladan al papel para explicarme cosas que prefiere decir con su 2HB.

Cuenta que hace “muuucho” tiempo estudió en el colegio de los Hermanos Maristas, en Palmira, y asegura que era “bruto”. “Me iba bien en geografía, la gramática me gustaba mucho, pero con aritmética me daba contra el mundo”, y suelta una perla: “Me calificaban cero en dibujo, porque yo fregaba mucho al profesor y en los exámenes él me rajaba. Luego, en las observaciones del boletín de notas el maestro escribía: “Excelente dibujante y caricaturista”.

Luis Eduardo López comenzó a enviar sus caricaturas, esporádicamente, a la antigua sede de El País en 1956, en la Carrera 5 con Calle 11, anteriormente llegaban era las de los caricaturistas de Bogotá. Al diario entró fijo en 1967. También conocían su trazo en El Tiempo y en El Siglo. Se le atribuye la caída y el ascenso de alcaldes y gobernadores vallecaucanos, también afilaba su lápiz cuando de presidentes como Laureano Gómez, Mariano Ospina Pérez y Gustavo Rojas Pinilla se trataba.

Frisco González, el popular ‘Pacho Gato’, del periódico El Gato, bautizó a Luis Eduardo con el seudónimo de ‘Rigot’, dada la agudeza para analizar la gestión de la clase dirigente. Alguna vez Álvaro Lloreda, director de El País, convocó a un concurso de caricaturistas al que acudieron cuatro dibujantes y ganó Luisé por su habilidad para retratar.

Ni la disciplina del Ejército le borró las ganas de hacer humor político. Cuando estaba de soldado, en 1955, en la Tercera Brigada, preguntaron por los reclutas dibujantes, había tres y fueron eliminándolos hasta que quedó López, quien salió de las filas a dibujante en el batallón. Le pagaban por dibujar mapas de las áreas de operación del Ejército y de las armas que este compraba.

“Una vez hice a un ministro de gobierno, Hernando Navia Barón, chupándole bota a Rojas Pinilla (Luisé saca la lengua y hace que bebe de un pitillo imaginario) y se me armó un problema  el macho. El comandante preguntó: ‘¿Quién hizo esa vaina? De frente le dije: ‘La hice yo’ y él bravo. ‘Entonces, qué hago, Comandante? ¿Me voy? Y me dice, ‘No, quedate, pero no molestés al gobierno, ¿no ves que estamos dentro?’. Y me dijo ‘retírese, López’. Y me retiré, pero del Ejército el Comandante me dio una carta de recomendación en la que se leía: ‘Excelente caricaturista y dibujante’. Con eso chicaneaba. Me dio alas”, relata.

Cuenta que en su época en el cuartel era amigo de la cantante Helenita Vargas, íntima de la hija de Rojas Pinilla, “de Coca Colo me iba a bailar aguae’lulo con ella y otras muchachas. Y ella me decía: Qué hubo negro. Fue buena amiga, novia de un compañero del Ejército”.

Luisé trabajó por un tiempo en el Ferrocarril, donde hizo labores varias. Pero lo suyo era el dibujo. Primero hacía las caricaturas gratis para los diarios, después firmó un contrato y cada mes le pagaban $20. Viajaba con frecuencia a Bogotá, a El Tiempo; “el tiquete en Avianca valía $30. Varias veces fui a trabajar allá, pero me devolvía, porque no me gusta el frío y estaba enamorado, por lo que no veía la hora de volver”.

Eso sí, a sus novias no les hacía gracia que las dibujara. “Las viejas se me enojaban, decían que yo era muy morboso. Y yo ‘pero, cómo vas a pretender que te pinte con una falda larga y una blusa con botones hasta la nuca. A mí me gusta es que se vean las enaguitas y el mote, pero a ellas no les gustaba. ‘Mi amor, usted qué va a saber más de arte que yo’, les decía y las dejaba con un guayabo del grande”. Tampoco las damas del poder se salvaron de sus puyas en carboncillo, “Las criticaba mucho y un día el doctor Lloreda, director de El País, me dijo: ‘Ellas me pidieron que no las molestara tanto”.

Luisé

Luis Eduardo le llaman sus hermanos; tío Luis, sus sobrinos; Luisé, sus compañeros. Que nadie le diga ‘Lucho’, detesta los sobrenombres y que lo caricaturicen.

Archivo de El País

El propio director de El País en ese entonces, Rodrigo Lloreda, fue víctima de Luisé cuando lo dibujó en una caricatura que mostraba el paso de los sacerdotes de la Iglesia Católica a la anglicana, porque aunque el autor juró que no fue a propósito, dos curas tenían las mismas caras de Lloreda y del entonces editor de Opinión, Gerardo Bedoya.

Su jefe actual, Luis Guillermo Restrepo, asegura que nadie se salva del lápiz de Luisé: “Él se escabulle en cualquier rincón a observar sin ser visto y, en menos de dos minutos, ya ha dibujado a un periodista, aunque después lo niegue a muerte”.

Luisé no conoció a nadie de su familia que tuviera su mismo don. Sus hermanos trabajan en otros oficios, como la ingeniería. Hace poco vino a conocerlo Federico, un sobrino que vive en Toronto y tiene una gran habilidad para dibujar. “Es muy bueno, muy rápido”.

Una vez Luis, al ganar un premio, fue invitado a Estados Unidos, a sustentarlo en un teatro descrito por él como “una sede de las Naciones Unidas. Había invitados de toda América Latina, ganamos dos brasileros, un venezolano, un mexicano, un argentino y yo, frente a nosotros estaban todos los directores de diarios con audífonos. Había traductores de francés, inglés y español. Me preguntaron si sabía inglés y dije: ‘Ni español casi’”.

“Yo me considero tímido, muy penoso, y ahí estábamos todos frente a nuestros tableros, con los papeles en blanco, delante de todo el mundo. Nunca había estado en esas vainas, estaba muy asustado. El director de El Tiempo me pasó un whiskycito, para que templara los nervios, y me dijo: ‘Contesta despacio y en español’ y el de El Mercurio me consolaba: “No te asustés, negro”.

Pero con dos tragos más, me olvidé de la gente, y dibujé con ambas manos. Todos estaban aterrados, hasta yo, que ya estaba calibrado. “En mis comienzos me gustaba tomarme mi traguito de aguardiente pa’ matar los nervios, creo que eso es lo que me hace falta ahora para despejarme”, bromea. “Después me dijeron en Bogotá que repitiera lo de dibujar con ambas manos y no pude”.

La noche del premio sus amigos lo llevaron a unos edificios en Chicago, de puro cristal, “llenos de conejitas Playboy. Uno sale de allá como el gato Garfield, con ojeras. Yo nunca había visto una mujer así de chiquita, a escala, tan bonita”.

Pero se negó a gastarse parte de su premio de US$2000 comprando amor. Tampoco quiso quedarse en Estados Unidos, pese a que le ofrecieron trabajar en el Miami Herald y en el Chicago Tribune. “Cuando a uno el gringo le dice ‘quédese’ es que le irá bien. Me decían que a los seis meses mandaban por mi familia. Y no quise”.

Se quedó en Colombia dando lidia con su lápiz. Una vez, el expresidente Lleras dijo que los políticos viejos eran como los muebles viejos, que había que llevarlos al cuarto de San Alejo y Luisé dibujó una silla dañada con telarañas y con la cara del exmandatario junto al comentario: ‘La ley entra por casa’. “Él rajando de los viejos, siendo que él también era viejo”. Y se le enojó. Otra vez lo dibujé bien bajito, como era, pero quedó más alto un colaborador del gobierno liberal. Hernando Santos me llamó a mi casa a las 6:30 a.m., a decirme que había un reclamo el macho desde Palacio. Pensé que era por política, pero lo que alegaba el presidente era que él era más alto que el doctor Espinoza, otro enano igual a él. El problema son los egos. Este Lleras era muy repelente, era más simpático Lleras Camargo, a quien una vez dibujé montando en una bicicleta antigua, en la que quedaba muy chiquito, y me dijo: ‘Haceme más grande en la bicicleta y me llevo la caricatura para enmarcarla, la hice y se la llevó”.

Para nutrir su creatividad Luisé madruga. A las 5:00 a.m. ya está despierto. “A medida que uno envejece, le va cambiando el horario”.
“Mi papá tiene el complejo de Peter Pan, no acepta la vejez, ni la enfermedad, come pollo, verduras, alimentos orgánicos”, dice Eleonora, su hija menor. Luisé tiene tres hijos, Liliana, la mayor, que tiene dos hijos, un odontólogo y un abogado; Raúl que tiene dos hijastros y Eleonora, que no tiene hijos. “Él ha sido un papá estricto, nunca repite las cosas y se derrite por sus nietos”.

“Mi papá era amigo de los hermanos de mi mamá y al año de conocerse, se casaron. Le admiro la rectitud y la honestidad. Él ve dinero en el piso y no lo recoge”, dice Eleonora.

Lee prensa, escucha radio y ve noticieros en TV. Tiene una excelente memoria. Le encanta la historia, en especial sobre la Segunda Guerra Mundial. No le falta el tinto. Hace 20 años toma pastas para la presión. Manzanas, peras y mandarinas son el comienzo de un desayuno provechoso. “Siempre he sido flaco. Mafalda odia las sopas, a mí me gustan”.

Luisé tuvo un Volkswagen y le decía a su hermano que lo llevara al batallón Codazzi, hasta que le llegó la hora de aprender a conducir. “En Bogotá di una vuelta en el carro, pero al ver un bus que venía con esas llantotas, me dio terror”. Compró un Renault 4, pero prefirió ser pasajero.

Eso sí, nadie le gana caminando. En un reciente viaje a México se subió las pirámides “en dos tiros” y una nieta se quedó aterrada de su estado físico. Desprendido de lo material, dice que es feliz. Ama las películas de ficción, los boleros, la salsa, el ballet y hasta bailó tango.

“¿Cómo celebraré mi cumpleaños? Haciendo de cuenta que no tengo este mundo de años. En mi familia se han muerto de 80, 87 y de más 90 años. Uno de mis amigos cumplió 90 el 14 de enero, y el otro hace poco, el niño soy yo. La familia está harta conmigo y en El País deben estar que me sacan, pero si ponen una escoba con sal para que me vaya, se derrite. Despechos tuve de joven, ahora no me deprimo. A la muerte me le hago el pendejo. No soy ni el primero ni el único que se va a morir”.

Luisé

Luisé rechazó trabajos en diarios en EE. UU. para continuar viviendo en Cali y trabajando para El País.

Archivo de El País

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