Luis Miguel Rivas: el escritor de lo cotidiano

Luis Miguel Rivas: el escritor de lo cotidiano

Abril 19, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Catalina Villa l Editora de GACETA
Luis Miguel Rivas: el escritor de lo cotidiano

¿Quién es este escritor capaz de disertar con tanta gracia sobre un buñuelo, sobre una carta de amor, sobre un calcetín que perdió su par? Mírelo bien. O mejor, léalo. Se llama Luis Miguel Rivas, es paisa renegado, y uno de esos secretos guardados de la literatura que bien vale la pena descubrir.

¿Quién es este escritor capaz de disertar con tanta gracia sobre un buñuelo, sobre una carta de amor, sobre un calcetín que perdió su par? Mírelo bien. O mejor, léalo. Se llama Luis Miguel Rivas, es paisa renegado, y uno de esos secretos guardados de la literatura que bien vale la pena descubrir.

No tendría más de 6 años cuando en la guardería se le ocurrió tomar un pedazo de papel y un lápiz y escribir los  nombres de las niñas más lindas de su clase, las que más le gustaban. Ya no sabe qué pasó con la lista ni quiénes eran las niñas ni por qué le gustaban. Solo recuerda  eso, que lo escribió, a una edad en la que los niños no escriben sino que dibujan o se lo cuentan a su mamá.

Hoy, con 45 años, tres libros publicados y una novela en camino, el paisa Luis Miguel Rivas cree que ese sencillo acto de escribir no fue otra cosa que reafirmar lo que se es. Y él, por si las dudas,   es escritor. 

Es cierto que tuvo que pasar muchos años haciendo audiovisuales o redactando textos como  comunicador organizacional. Pero fue en aquellos días, ahogado entre   esloganes y  misiones institucionales, en los que tuvo la posibilidad de robarle tiempo al trabajo para escribir algún ensayo sobre los amigos o una disertación sobre la media que pierde a su par, como una divertida analogía de esa ‘extraña’ costumbre que tenemos los seres humanos de andar por ahí, caminando por la vida,  de a dos.

Fue así hasta que entendió que si se pasaba  toda la vida ganándose la vida nunca le iba a quedar tiempo para lo que  realmente le da sentido, sí,  a la vida. Entonces se dedicó a escribir. Y nada más.

Su talento, valga decirlo, ya lo habían descubierto otros. En 2011 estuvo dentro de los invitados a la Feria del Libro de Guadalajara, en México, como uno de los 25 secretos mejor guardados de la literatura latinoamericana.  

Desde entonces Luis Miguel ha publicado tres libros de relatos cortos, dos de ellos  por  el Fondo Editorial de la Universidad Eafit, y uno, que será presentado este fin de semana en la Feria del Libro de Bogotá, por Seix Barral en su Biblioteca Breve. 

Se trata de ‘¿Nos vamos a ir como estamos pasando de bueno’?, otra recopilación de relatos cortos que hablan con humor y lucidez de la vida cotidiana, como aquel de un subalterno que le escribe cartas de amor al novio de su jefa; o cuentos casi inverosímiles, como la de aquella pareja de enamorados que  literalmente de derrite del calor bajo el sol supremo.

Luis Miguel Rivas nació en el norte del Valle del Cauca en 1969, pero a  su municipio natal solo lo une un parecido, dice, “soy  largo y feo como Cartago”. 

Su vida, es decir su infancia y su adolescencia, transcurrieron en Medellín, en una barrio de clase media baja de Envigado, cobijado por ese prototipo de paisa ‘echao pa’ delante’ que todo lo puede. Pero  nada más alejado de ese protipo que el propio Luis Miguel Rivas. “Crecí en esa cultura que  está fundada en un modelo único de cómo se debe ser. Solo hay un tipo de hombre, que es berraco, que consigue plata, que tiene camisa de cuadros metida por el pantalón y la correa bien apretada. Tiene hasta una tipología física y unos valores; y quien no es eso, parece que no pudiera ser persona”.

Luis Miguel no era eso. Y sintió que no era persona. Así que encontró en la escritura una forma distinta de poder ser. “Yo crecí en contextos muy adversos, aunque ni siquiera me diera cuenta. Por eso me gusta mucho la frase de Estanislao Zuleta que dice que solo escribe el que no está inscrito. Siento que a mí me pasó eso. Escribir era una  manera de afirmar el estar en este mundo. Aunque, claro, eso no es que uno lo racionalice sino que es una salida natural”. 

En la cultura paisa hay una escala de valores muy cifrada en el poder físico y en el poder material. Y tiene sentido pues se trata de una cultura que espiritualmente se creó modificando y rompiendo lo material, es decir, rompiendo montañas. Así que es una cosa medio ancestral. Pero quien no cumpla con eso pareciera que no es. Y no solo les pasa a los hombres. Hay también una sola forma de ser mujer que es tener el pelo liso, las tetas de tal manera, las nalgas de otra. Lo  he visto con las amigas, que se sufre si no se responde a ese estándar, no se es persona. 

Yo por naturaleza no soy así. Y sufrí un poco por no responder a ese estándar. Y si estás metido en ese cuento y no respondés a esas características, vos te borrás como persona. Entonces lo que te da la literatura y el arte en general es que te permite ampliar el espíritu y te da otras miradas. Y te das cuenta que hay muchas maneras de ser ser humano. Creo que a eso va un poco mi crítica y mi posición ante esa cultura.

Pero no puedo negar que la cultura paisa tiene  cosas muy tremendas y muy buenas. Como esa idea de la pujanza, esa fuerza que sí existe en el paisa y que  es la que  me ha servido  justamente a mí para hacer la crítica que hago. 

Mis historias tienen mucho de biográfico, pero  en realidad los personajes no son uno. Este último libro, ‘¿Nos vamos a ir como estamos pasando de bueno?’, primero fue un proyecto que se llamaba ‘Alcohol’.  Eran cuentos donde estaba muy presente el alcohol, no como protagonista sino como contexto, teniendo en cuenta que  la cultura paisa es una cultura muy alcohólica. También que yo  he tenido mi asunto.

Pero digamos que era más porque el hecho de  tener un vicio, una compulsión, te sirve para salir de ese estandar prefabricado. 

Así que mis relatos son como  un  homenaje a esa gran cantidad de paisas que no son el típico paisa de los que está hecho en realidad esa cultura y es el que no siempre gana y sobre el que está fundado el triunfo de los pocos que ganan. Y eso termina siendo un arquetipo universal.  

Sí tengo una cosa con lo cotidiano. Desde Luis Tejada, por ejemplo, que cuando lo leí fue un deslumbramiento en cierta época de la vida.  Descubrir que sobre una corbata se puede hacer toda una disertación porque al final estás hablando es de la vida. También me pasó con Daniel Samper Pizano y con Cortázar y con varios cronistas. Eso que leés y decís,  marica, ¿esto se puede hacer? 

También pasa que yo soy de estrato popular,  en una sociedad toda chicanera donde en Envigado todo el mundo se creía rico. Entonces realmente lo importante, lo único que tenía era mi sensibilidad y lo que me pasaba a diario. ¿Y de qué escribís vos? Uno siente un poco de cosas que, por ser una persona, ya son universales. Y las sentís en referencia a lo que tenés al lado que es coger el bus. De eso hablo yo, de mi contexto, de las cosas que siento y que sé que son más universales que yo.  

Ayer estábamos hablando con un amigo humorista, y recordábamos una frase que no se de quién es y que dice que un humorista es un niño que va por un callejón oscuro y empieza a silbar.

Un poco al humor se llega a través del miedo, del dolor o de la melancolía y  la insatisfacción. Es una manera a través de la cuál se llega inconscientemente. No es algo que se pueda decidir. 

Pero también tiene que ver con la personalidad de los personajes. Es un tipo de personaje que, por su contexto social,  no puede enfrentar eso que lo avasalla de frente. Entonces el  humor es una manera oblicua de enfrentar esos poderes.

El humor tiene esa otra cosa, y es que el poder frente al humor no puede sino responder a un chiste con otro chiste. Porque si te enojás, das la razón. Es un mecanismo certero, fuerte y  verdadero. Porque está hecho de lucidez.  Todo esto son cosas que uno piensa después;  no es algo programado al momento de escribir. 

Llevo cinco años aquí,  tranquilo, tengo un hijo, y eso  te ubica en un lugar. Buenos Aires es una ciudad que me deja hacer. No te mima, porque es grande y dura, pero te deja hacer. Distinto a como cuando fui a Bogotá que me sentí oprimido y atacado. Y en Medellín igual. Aunque en realidad no son las ciudades sino lo que se detona en uno estando en esos lugares. 

Sí. Es  una mamadera de gallo con lo que se ha llamado la sicaresca paisa. Es sobre un sicario pichurrio, que en realidad es un vago que se hace pasar por  sicario para ganarse unos pesos y se monta en la película. Con eso  trato de ridiculizar el poder la de la violencia que se ha  visto desde tantos frentes, pero faltaba este, y seguro, faltarán más.

 

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