Los vientos de paz que silencian la guerra en el Cauca

Julio 23, 2012 - 12:00 a.m. Por:
Elpais.com.co | Gaceta - Lucy Lorena Libreros

En las montañas del Cauca, cientos de niños y jóvenes de municipios como Toribío, Silvia y Caloto, buscan una salida al conflicto armado sin más armas que clarinetes, flautas y trompetas. Notas de paz en tiempos de balas.

Es una confesión trémula que, seamos honestos, fácilmente sería digna de lástima: el profe Edinson López, esforzándose por mantener a raya las lágrimas, recuerda a su alumno Cristian Darío Julicué, un clarinetista de amor sanguíneo por la música. Ese alumno suyo caminaba, cada semana, cuarenta y cinco minutos desde la vereda Pueblo Viejo hasta la Escuela de Música de la Casa de la Cultura de Toribío. Ese alumno suyo era un muchacho aplicado, de esos que izan bandera cada tanto y llegan a casa orgullosos con la medalla del primer puesto pendiendo de la solapa del uniforme. Todas las tardes ensayaba. Ese clarinete era el único juguete posible. El televisor que nunca hubo en casa. El videojuego que no estaba al alcance de una mamá cabeza de hogar. El paseo al centro comercial en el que otros chicos de su edad, en las grandes ciudades, se refugian los fines de semana para desahogar los bolsillos. Si a Cristian no lo veían por ahí, pateando balones y rompiendo vidrios en el vecindario, era porque estaba solo en función de su instrumento. El chico, por eso, aprendió a interpretar el clarinete con más terquedad que sabiduría.Lo aprendió en medio de las balas de fusil que suelen caer como látigo desde las montañas de Toribío, un pueblo del norte del Cauca que ya hizo de las explosiones y el fuego cruzado una suerte de siniestra banda sonora. Un municipio que siempre aparece crucificado en la sección de orden público de noticieros y periódicos. ‘Toribala’, como jocosamente lo llaman habitantes que han aprendido a burlarse de su propia tragedia. Allá, en esa vereda de Pueblo Viejo de donde partía Cristian, la guerrilla encontró desde hace años un punto perfecto para camuflarse y dispararles a los policías cuesta abajo. Lo hacen con descaro: en las cuentas de Ezequiel Vitonás, el alcalde de la población, durante los últimos diez años Toribío ha soportado 486 ataques de la guerrilla y ha tenido que enterrar más de 300 de sus hijos. Cristian Darío lo sabía, pero terminó, como casi todos los habitantes de la vereda, por acostumbrarse a esas jornadas borrascosas de disparos y de sangre. A que, camino a su escuela, cargando el estuche de su instrumento al hombro, de repente una tarde se viera sorprendido por la luz roja de un láser merodeando cerca a su corazón, señal inequívoca de un fusil apuntando en la distancia. Lo que seguía a continuación, claro, era un retén. Y luego el muchacho explicando, con palabras nerviosas, que no, que en esa maleta alargada y sospechosa no portaba un arma. Esa vez le creyeron. Estuvo cerca.Doña Rosario, la mamá de Cristian, una enfermera del Hospital de Toribío que ha comprobado de cerca la intransigencia de la muerte, no se resignó a esperar a que otro día de menos suerte a su hijo no le dieran, como aquella vez, oportunidad de demostrar que es solo un muchacho que sueña convertirse en músico. Después del pasado 9 de julio de 2011, cuando una chiva bomba dejada por las Farc, en pleno parque central, explotó contra la Estación de Policía, y acabó con la vida de cuatro personas, dejó centenares más heridas y 80 casas, entre ellas aquella donde funcionaba la Escuela de Música dirigida por el profe López, a la buena de Dios, esta madre soltera se rindió a la desesperación.Buscó al profe y le propinó una noticia que a él, aún hoy, un año después, flagela su alma de maestro: Cristian Darío, ese chico que bajo su guía había aprendido a interpretar el clarinete con más terquedad que sabiduría, se marchaba para siempre a Pasto escapando del conflicto. “Profe, no aguanto más”, se quejó doña Rosario. La paz de su familia y de su pueblo se le escapaba sin remedio. Al profe Edinson le había tomado más de un lustro convencer al joven de 16 años de que los sonidos del clarinete podían ser más fuertes que el eco seco de las balas. Cristian tenía 10 cuando tocó a las puertas de su escuela. El profe, como lo ha hecho con los estudiantes de tres generaciones que han pasado por ese lugar, trató de ponerlo a salvo de la guerra y endulzar su cotidianidad de miedo y zozobra frente a la certeza de un nuevo hostigamiento de la guerrilla con música. Solo con música. “Cuando eres profesor y uno de tus alumnos deserta de la música por culpa del conflicto, cuenta el docente, un trompetista de 37 años graduado de la Universidad del Cauca, sientes profunda frustración e impotencia. Sientes que a lo mejor no hiciste lo suficiente para asegurarte de que talentos como ese, que crecen silvestres en las montañas, sigan su camino artístico sin tropiezos. Te preguntas si vale la pena resistir y seguir siendo terco en la creencia de que el Cauca solo alcanzará la paz a través del arte”. Por eso ahora, intentando beber una taza de café, el hombre no puede contener el llanto. Piensa en el alumno que ya no está, a quien ya no podrá seguir formando, y es como si acabara por romperse el dique de su pecho. Uno lo entiende: el profe Edinson López apostó con la guerra y perdió.La Casa Museo Tomás Cipriano de Mosquera, en pleno centro histórico de Popayán, es una construcción colonial con tres siglos a cuestas. Tiene un gran patio coronado con una fuente de agua y caminitos empedrados. Esta tarde sábado lluvioso no es difícil advertir que allí, en uno de sus pasillos, un pequeño con partituras en el regazo intenta llevar con las manos ‘La sotareña’, la canción, un bambuco, que a esta hora ensayan sus compañeros como parte de la preparación del Gran Concierto Nacional que ofrecieron el pasado 20 de julio.Todos hacen parte de la Orquesta Caucana de Vientos —integrada por 62 chicos de todos los rincones del Departamento. De Toribió, de Tacueyó, de Bolívar y del Patía. De Puerto Tejada, Piendamó, Paéz y Cajibío. Un proyecto arropado por el Plan Nacional de Música para la Convivencia, liderado por el Ministerio de Cultura. Jean Carlos Ipia, el pequeño con partituras en el regazo, tiene 13 años. Ama la música, pero hoy no tiene instrumento. Lo suyo es la tuba, una pariente lejana de la trompeta; el mayor de los instrumentos de viento, cuyo sonido se produce gracias a la vibración de los labios del intérprete sobre una boquilla que desemboca en una inmensa columna de aire. Su escuela en Cajibío, ‘Cajita de viento’, solo cuenta con un instrumento de este tipo. Es el que justo ahora está en manos de Andrés Majín, su compañero. A Jean Carlos, entonces, no le queda más que esperar a que llegue su turno para ensayar. Ya le confirmaron que la escuela de música de un municipio vecino hará el préstamo de la tuba que hace falta, pero eso solo ocurrirá en un par de días. Mientras tanto, aguarda sentado. A veces cierra los ojos. Y su cuerpo se coloca en posición, tocando con sus manitas una tuba imaginaria. Es que para muchas de las 40 Escuelas de Música con que cuenta el Cauca, hacer arte es un acto de fe. Lo reconoce Claudia Cruz, gestora cultural, música y creadora en 2005 de la Fundación Polifonía, que trabaja en la formación musical de centenares de jóvenes y niños del Cauca que es Pacífico, del Cauca enclavado en el Macizo Colombiano, del Cauca del Patía, del Cauca de los resguardos guambías y paeces. Muchas culturas, una sola música verdadera.Un acto de fe, agrega Claudia a continuación, que hace parte de ese espíritu de resistencia social que suele hacerse más espeso en el aire caucano después de días azarosos de combates y enfrentamientos con la guerrilla de las Farc. Sucede justo hoy, sábado 14 de julio. Hace solo cuatro días la guerrilla acosó las calles de Toribío y sobre el resguardo de Jambaló cayó un avión de combate de la Fuerza Aérea. Todos creen, así el Gobierno insista en otra cosa, que los señores del fusil fueron los responsables de que la aeronave se precipitara a la montaña.En Cauca reina la tensión. La violencia volvió a ser tema en los parques, en las iglesias y en las fincas. Se ven más soldados que de costumbre en la Vía Panamericana. Y, de repente, hasta ese viento frío y milenario que desciende de la Cordillera a rasguñar las ventanas de las casas pasa a convertirse en presagio de que las cosas seguirán andando mal. Es lo que cree Lupita, una vendedora de chance: “ese frío que se siente hoy es el frío de la muerte”. Claudia Cruz prefiere no pesar en eso. Solo habla de resistencia. “Resistimos, le escucho decir, porque quizá no terminamos por acostumbramos a que nuestro destino es la guerra. Una guerra que además no es nuestra. Eso lo hemos aprendido de nuestros indígenas. Y los músicos, en especial, resistimos porque a pesar de la crudeza y violencia de los ataques seguimos creyendo que el Cauca no necesita más fusiles sino más instrumentos musicales. Las únicas armas que necesita el Cauca son saxofones, clarinetes, flautas, oboes, trompetas”...Que lo diga el profesor Leonardo Correa, de la Escuela de Música de Formación Guambía, ubicada en el municipio de Silvia. Un maestro de escasos 25 años que ha visto crecer milagros al interior de las paredes de esa institución. Ahí está Kelly Johanna Morales, por ejemplo, una de sus alumnas más brillantes. Una indígena guambiana, hija de padres agricultores, que a sus 15 años interpreta el clarinete con un virtuosismo providencial. Con su historia aferrada a la música todos han ganado: su comunidad indígena de doce mil caucanos que está aprendiendo de otros sonidos distintos a sus ritmos tradicionales; su familia, que ve en la joven a toda una promesa de la música. Y gana también la propia Kelly Johanna, obvio, que, sin abandonar sus costumbres y la cosmovisión de su etnia, hoy está segura de que su futuro puede estar en un conservatorio, más allá de la cocina y el azadón. Más allá de las lomas de Silvia.Claudia, pendiente del ensayo de esta tarde en la casa museo, dice que así como a sus oídos llegan historias tristes como las de Cristian Darío y el profe Edinson, otras veces esos maestros han conseguido también ganarle a la guerra con corcheas y fugas. Lo que pasa es que no es fácil. En una zona donde niños y jóvenes no tienen mucho por hacer al salir de sus escuelas y colegios, “quedan vulnerables a las tentaciones de la guerrilla. Esta gente sabe identificar a los pelados que no están haciendo otras actividades y les llegan con un discurso de dinero fácil”, se lamenta Claudia. Les prometen el celular y el computador de moda que los otros chicos tienen. Les prometen cien mil pesos al mes, toda una fortuna en esas montañas donde tener un radio es un lujo de pocos. Eso sucede de ese lado, mientras de este profesores soñadores como Claudia, Edinson y Leonardo se dedican a apagar con su música los incendios alevosos que el conflicto armado deja a su paso por el Cauca. Hacen lo que pueden: no disfrazan la realidad con falsas lisonjas. En vez de eso, les enseñan a sus alumnos que hay un camino de paz y esperanza aguardando por ellos. Basta solo, repiten en sus clases, empuñar un instrumento.El profe Edinson López sigue sentado con su taza de café humeante sobre la mesa. Su rostro es serio, pero no débil. Ya cesó el llanto.Ahora me habla de Neider, un pequeño de 11 años que toca guitarra en su escuela de música. Fue el instrumento que tuvo más a la mano, era de su papá. Lleva apenas un año, pero está cultivando un talento que da miedo. Y a veces sorprende al docente con canciones sacadas a oído limpio. Canciones campesinas, en su mayoría.Quizá con Neider, intuyo que pueda diluirse la nostalgia por la ausencia de Cristian Darío, el joven clarinetista. Quizá. Es que los muchachos aprendices se van, sí, pero la guerra sigue viva. El profe cuenta que más de una vez le ha tocado interrumpir los ensayos por cuenta de los hostigamientos. Sus clases no han podido tener la continuidad y ritmo que desearía. Hace un par de años, incluso, sus alumnos vieron morir frente a sus ojos a un policía, por un disparo a quemarropa, en la entrada en la Escuela de Música.Con un sentido dramático de su deber, profesores como Edinson López (actualmente, 34 maestros lideran las escuelas de música del Cauca) han hecho de su oficio, una forma de rebeldía. Resisten. Profesores como él se esfuerzan por encontrar la risa en esos pueblos caucanos donde solo quedan casquillos de balas después de días enteros de enfrentamientos. Que uno de sus alumnos haya tenido que irse por cuenta de la guerra y que otros deban apurarse a prestar servicio militar para no ser reclutados por la guerrilla solo le enseña a Edinson que debe seguir.La música, ese bendito poder de la música, está seguro, es capaz de doblegar el corazón más alevoso, el espíritu más bragado. Por eso, a la escuela del profe Edinson siguen llegando chicos como Cristian después de 45 minutos de caminata y de retar a la muerte con un clarinete dentro de una maleta.

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