Los titiriteros: esos adultos que juegan en serio

Abril 19, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Lucy Lorena Libreros l Periodista de GACETA
Los titiriteros: esos adultos que juegan en serio

Del 24 de abril al 3 de mayo, Cali sube el telón para el XIV Festival Internacional de Títeres. Detrás de este encuentro está Gerardo Potes, un veterano actor caleño, creador del Pequeño Teatro de Muñecos, que se considera a sí mismo un adulto que, como todo buen titiritero, nunca dejó escapar al niño que lleva en el corazón.

Del 24 de abril al 3 de mayo, Cali sube el telón para el XIV Festival Internacional de Títeres. Detrás de este encuentro está Gerardo Potes, un veterano actor caleño, creador del Pequeño Teatro de Muñecos, que se considera a sí mismo un adulto que, como todo buen titiritero, nunca dejó escapar al niño que lleva en el corazón.

La señora se llamaba Emma. Era grande, gorda y de voz recia. En su casa del barrio 20 de Julio tenía una habitación repleta de historietas. Kalimán, Supermán, El Llanero Solitario, Tintín. La mujer le decía revistería, pero los niños que solían alquilar los ejemplares por unas cuantas monedas de centavo se habían acostumbrado a decirle de otro modo: ‘La cuentería’. 

Había que ver las largas filas que se hacían para ingresar ahí. Chicos que llegaban del Santa Mónica Popular, del Barberena, del Recuerdo. También, claro, del 20 de Julio. Esas primeras fronteras que comenzó a trazar el oriente caleño hace más de medio siglo. 

Gerardo Potes se ve de nuevo a sí mismo aguardando con ansiedad su turno para entrar. Por entonces no tendría más de 7 años y su infancia parecía estar siempre al servicio del asombro: un día veía pasar los toros que escapaban del Matadero Municipal y correteaban a la gente por las calles de tierra.

Otro día flameaban delante suyo las llamas caóticas que la Fuerza Aérea lanzaba desde sus aviones para despejar a los vecinos que intentaban colonizar a la brava territorios baldíos que ellos creían sin dueño. Al siguiente se espantaba  al escuchar lo que los mayores contaban sobre el Monstruo de los Mangones, un hombre de identidad desconocida que robaba niños.

Algunas tardes, se sentaba con ansiedad a esperar las voces que narraban ‘La ley y el hampa’ y otras radionovelas. Otros días más, simplemente él distraía las horas muertas  jugando a la rayuela, al trompo, al yoyo, al quemado y a las cometas. Siendo feliz.

Hoy, próximo a alcanzar los 60 años, admite que solo un par de cosas no han cambiado desde entonces: su espíritu de niño y el amor reverencial por la palabra que le dejaron esas primeras lecturas. 

El tiempo vuelve al pasado mientras Gerardo eleva por los aires una tortuga gris de cuello larguísimo, ojos saltones y bigotes de Dalí. Sus manos, grandes y de uñas pulidas, la están reparando. Es uno de los personajes de ‘Las peripecias de Sapiolo y su abuelo el sapo’, que narra la llegada a la gran ciudad de un abuelo y su nieto, al que sus padres han abandonado. Ambos debieron renunciar a su vieja casa en Villa Esperanza para enfrentarse a la hostil Villa Fortuna.

Es una obra escrita por él, por allá en el 97, cuando Cali recibía con resignación una oleada tremenda de migrantes del campo que buscaban con desespero tiempos más gratos en esta ciudad.

La mayoría de las narraciones de Gerardo están construidas con ese pálpito inicial: un momento de la realidad que lo atribula, una noticia incómoda que lee en la página de algún periódico y que él se siente obligado a convertir en historias interpretadas por sus muñecos. 

Es que Gerardo Potes es titiritero. Cultiva un arte que tiene orígenes milenarios, fundado por juglares y  trashumantes asiáticos y europeos que viajaban para contar historias en las plazas de los pueblos a través de muñecos lenguaraces y burlones que narraban a su manera la realidad.      

Su oficio, dice, consiste entonces en reemplazar sobre el escenario a seres humanos por seres inanimados y sorprender a los demás con eso. Hacerles creer que no son muñecos sino que tienen vida propia.

“Soy un animador de objetos, un actor, un dramaturgo y también un artista plástico. Pero sobre todo un tipo que se gana la vida haciendo lo mismo que cuando estaba pequeño.  Para que me entienda: un adulto que juega, pero en serio”.  

Gerardo está sentado en un cuarto amplio e iluminado de una antigua casona de San Antonio. Un lugar atestado de tornillos, espumas, varillas, palos de madera, pedazos de cartón y de icopor, retales de triplex y retazos de tela.

Porque ser titiritero es también asumir que la basura no es basura. Y que en eso que otros tiran con desdén  habita quizás el punto de partida de una nueva marioneta o el detalle que necesita una escenografía.

Es en este lugar donde funciona su taller. Es aquí donde cobra vida la compañía que fundó hace ya 32 años, La Casa de los Títeres. Aquí es donde a diario vuelve a ser el niñito al que doña Emma le alquilaba aquellas historietas de aliento policial con superhéroes de tierras desconocidas que buscaban desesperadamente hacer justicia.   

En eso se la ha pasado en las  últimas tres décadas. Egresado con honores de la escuela de teatro del Instituto Popular de Cultura, este caleño trabajó primero como actor durante seis años en la compañía El Globo. Con esta participó de varias giras. Una de ellas tuvo como destino Costa Rica y luego Panamá. 

 Para entonces, él mismo veía los títeres como un arte menor. Asunto de poca monta. Un momento que hoy evoca con nitidez Leonor Amelia Pérez, su mujer, también actriz, también titiritera, cómplice de la creación de La  Casa de los Títeres, que en esta mañana de recuerdos pule y resana otros muñecos junto a Gerardo. 

Es ella quien cuenta que aquel viaje sucedió en el año 82.  Juntos asistieron a un festival de teatro  en Costa Rica donde tropezaron con una agrupación artística, liderada por “actores ya mayores y de barbas largas que habían adecuado una casa muy bella para la fabricación de sus títeres. Cerca de allí tenían una carpa en la que hacían presentaciones para las familias los fines de semana. Daba gusto ver cómo se tomaban su oficio tan en serio. Ese ejemplo de entrega fue para nosotros definitivo”, dice Leonor.

Mucho tiempo después descubrieron que aquella era la sede de una de las compañías de títeres más tradicionales del continente. La creó el argentino Juan Enrique Acuña, poeta y antropólogo que documentó largamente el arte de los títeres.

 De regreso a Colombia, la pareja dijo adiós a El Globo y con los $30 mil pesos que Gerardo tenía ahorrados montaron El Pequeño Teatro de Muñecos, su propia compañía escénica. Cali tenía para esa época un tímido movimiento de títeres que empujaban grupos como La Tarumba, Titiricanto y Trotasueños. 

Pero era mucho lo que faltaba por hacer. Leonor ríe con ganas hoy al recordar cómo era ganarse la vida siendo un titiritero en ese entonces. Regando volantes por toda la ciudad y repartiendo boletas casi puerta a puerta para lograr que la gente conociera un arte que erróneamente se creía exclusivo para niños. “Nos movíamos sobre todo en las fiestas infantiles o con empresas que organizaban presentaciones para los hijos de sus empleados un fin de año. Pero no había mucho público y notábamos que varias de las obras eran ‘ñoñerías’ que subestimaban a los niños, que los creían unos tontos”, cuenta la actriz.  

También fue en el 82 cuando montaron la primera y, aún hoy, más emblemática de sus obras: ‘Las orejas del pícaro tío conejo’. Se trata de una historia que Gerardo Potes rescató de la tradición oral del Pacífico y que 30 años más tarde ha sido aplaudida ya por dos generaciones de caleños y recorrido, literalmente de sus manos, países como España, Argentina, Venezuela y Turquía. 

Sin importar cuál sea su público o qué idioma hable, el reto de un titiritero es siempre el mismo: que los espectadores crean que en realidad lo que ven sobre el escenario no son unos muñecos rústicos,   que adquieren movimiento a través de cuerdas y de palos, sino seres con una personalidad propia, si se quiere, con alma. “Es algo surreal porque pasa a veces que los propios muñecos te sorprenden con sus movimientos.  Un titiritero, en el fondo, no sabe quién anima a quién. Pero cuando el público lo cree, reflexiona Leonor, nosotros estamos salvados”. Es entonces cuando un titiritero se siente justificado.   

Parece una lucha desigual frente a esas persiones de la infancia impuestas ferozmente por los publicistas de estos tiempos. Carros artificiosos que se convierten en robots, muñecas capaces de botar gotas de agua que simulan lágrimas, tabletas electrónicas que inventan guerras o partidos de fútbol inverosímiles. 

 Cuando Gerardo Potes piensa en eso es cuando se refugia en su infancia. En el recuerdo de las historietas de la señora Emma, en esa niñez donde el juego, la lúdica, era el camino más expedito hacia la felicidad. “Lo que pasa es que en la actualidad los papás creen que lo importante es el juguete, no  el juego. Pero cuando uno ve a los adultos sentados en alguna de nuestras funciones, uno siente que involuntariamente están sacando de nuevo a ese niño que siempre se lleva en el corazón. Al que uno nunca debería dejar morir”.    

 Es fácil advertirlo cuando se asiste al Festival Internacional de Títeres, encuentro creado por la Casa de los Títeres y que este año, desde el 24 de abril, llega a su versión número 14. Cada vez que el festival levanta el telón, la ciudad parece convertirse en un inmenso escenario que todos disfrutan. La abuela con el nieto. El papá con la mamá. La muchacha bonita y su novio. No todas las obras que se exhiben durante las casi dos semanas que suele durar el certamen están pensadas para niños, pero al final de cada obra, cuenta Gerardo, todos se ríen como niños o lloran como niños.

Ha pasado con ‘Pepe Zarigüella’, con ‘El Muchas Patas’, ‘Malevo’, ‘Historias de amor’, ‘Tarionna’, ‘La parejita chancho vuelve al campo’ o cualquiera de las historias que han nacido de la imaginación desbordada que camina en la Casa de los Títeres desde hace más de 30 años. Seres pequeños en escenarios pequeños haciendo cosas pequeñas que, sin embargo, parecen ser capaces de cambiar el mundo.

 

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