Los hermanos Otero, orfebres del azúcar para las macetas en Cali

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Los hermanos Otero preservan desde hace más de 60 años la tradición de las macetas de alfeñiques que sus padres artesanos extendieron desde el barrio San Antonio a toda la ciudad.

Los hermanos Otero, orfebres del azúcar para las macetas en Cali

Junio 29, 2014 - 12:00 a.m. Por:
Lucy Lorena Libreros | Periodista de GACETA
Los hermanos Otero, orfebres del azúcar para las macetas en Cali

Celmira Otero lleva 60 años en la tradición de fabricar macetas.

Los hermanos Otero preservan desde hace más de 60 años la tradición de las macetas de alfeñiques que sus padres artesanos extendieron desde el barrio San Antonio a toda la ciudad.

Ya le había pasado. La última vez fue haciendo un trámite de banco. Alguien quiso tomarle una huella dactilar, una sola, pero fue imposible. Diez dedos inútiles. Le preguntaron entonces si acaso trabajaba con cemento. Y ella rió con ganas. Mariela Otero se lleva los dedos finos y angulosos bien cerquita de los ojos, como para ella misma corroborar, de nuevo, lo que a otros les cuesta creer: que el azúcar, tan dispuesto siempre a dulcificarlo todo, en su caso ha sido un verdugo silencioso. “El azúcar es como una lima”. De eso está segura.Esos dedos sin huellas moldean ahora mismo, en una casa vieja del barrio San Antonio, figuras de no más de dos centímetros, elaboradas con una masa gelatinosa y blanca como nácar. Una masa que hace solo un par de horas fueron el agua y azúcar que Jairo, uno de sus hermanos, llevó al fogón. Tres tazones de azúcar, dos de agua. La receta es simple. La mezcla hierve a fuego alegre en una olla esmaltada por cuarenta minutos y ‘avisa’ que ya está lista cuando comienza a dibujar burbujas grandes en la superficie.Otra voz dentro de la casa explicará lo que sigue a continuación: ‘tomar el punto de moldeo’ con una cuchara de palo; es decir, comprobar si la mezcla está lista. Es algo decisivo: si se baja del fogón antes de tiempo se corre el riesgo de que quede blandita y que las figuras se deshagan al menor contacto o en los calores severos de una ciudad que a veces castiga hasta con 32 grados centígrados. Pero nadie aquí quiere que eso ocurra. Lo explica el propio Jairo, un hombre de baja estatura, poco más de 50 años y manos grandes de uñas pulidas. Lo hace frente a una plancha mediana en la que la mezcla, una suerte de caramelo transparente, ha sido vertida para retirarle el calor a punta de dosis generosas de agua fría que se agitan bajo esa lámina de hierro. El asunto puede tomar de 20 minutos a media hora.Y esto también tiene su ciencia: “Hay que esperar a que termine de enfriarse bien”, va contando Jairo. “Y solo después de eso es que puede ser batida para que vaya tomando el color blanco característico de los alfeñiques, que son los dulcecitos enrollados en los palos. Porque la maceta tradicional lleva dulces blancos, a nosotros no nos gusta trabajar con colorantes como muchos hacen ahora”. La batida de la masa ocurrirá dentro de poco. El encargado es Jairo también. Y una vez está fría tiene un aspecto completamente cristalino. El hombre la ‘amarra’ a un palo del patio para comenzar a estirarla una y otra vez hasta hacerla consistente y sobretodo blanca, blanquísima. Solo entonces la parte en varios trozos de igual tamaño que irá entregando a cada uno de sus familiares para que comiencen la elaboración de las figuras que pueden ser desde sonrientes muñecas hasta pájaros y payasos.Terminarán, pues, en los dedos de Mariela y en las manos limpias y bien secas —nada de cremas o perfumes— de los que aquí se dedican a fabricar los alfeñiques que deberán estar listos para hoy, domingo 29 de junio, cuando se celebra el día de San Pedro y San Pablo, el Día de los Ahijados. Entre ellos está la pequeña Laura Isabella, de 13 años. Es la nieta de Mariela y la esperanza de todos. Porque de eso se trata esta historia: los Otero, durante toda una tarde, contarán cómo han logrado mantener viva la tradición de las macetas, ese dulce regalo que los caleños han recibido por generaciones en esta misma fecha. Ha sido así desde hace más de un siglo. Así se lo enseñaron a la modista caleña Sixta Tulia de Otero en esta misma casa. Quien lo dice es María Eugenia. Bajita, piel blanca, voz de mando. Habla mientras sus hermanos no paran de moldear figuritas con avidez. La señora Sixta, madre de los Otero, le aprendió la técnica a Hernando Mejía, un cuñado de su esposo, José María Otero. Porque en otros tiempos eran los señores los que portaban la tradición. Los dos habían conformado un hogar numeroso, de once hijos. Pero las cuentas de don José María se quedaban siempre cortas para tanta gente. Sixta entonces entendió a tiempo que esas manos suyas, curtidas durante años en el oficio de moldear telas tras una máquina de coser, podrían resultar útiles para transformar esa mezcla antiquísima de azúcar con agua.Los recuerdos de los hermanos Otero viajan hasta los años 50 y 60 del siglo pasado, cuando todos ellos fueron niños. Pero las macetas ya existían desde mucho antes. Desde que doña Sixta era una niña también, desde que doña Sixta no había nacido.El desaparecido historiador Carlos Calero Mercado solía contar que los orígenes de esta tradición estaban anclados a una leyenda que nació a finales del Siglo XIX. La de la negra Dorotea Sánchez, que tenía dos hijos gemelos, Pedro y Pablo. Los tres vivían en San Antonio y cada vez que se acercaba la fecha del cumpleaños de sus niños, la mujer se veía en apuros para conseguirles un regalo. Lo único que abundaba en su casa era el azúcar. Hizo carrera entonces la historia de que los santos que llevaban el nombre de sus chicos se aparecieron un día a las puertas de Dorotea y le hicieron el milagro: le enseñaron a convertir ese azúcar en los benditos alfeñiques que ella primorosamente, desde entonces, comenzó a decorar con papelitos de colores, ya no solo para sus hijos sino para todos los muchachitos que vivían cerca.Para otros el nacimiento de esta tradición es apenas la consecuencia obvia de siglos enteros dedicados al cultivo de la caña, que llegó a Cali en 1541, de la mano de su fundador Sebastián de Belalcázar. Primero migró al vecino municipio de Yumbo y a la hacienda Cañasgordas, en la vía a Jamundí, tal como señala el etnobotánico Víctor Manuel Patiño, pionero de la historia científica en Colombia. Pero después se esparció por la margen izquierda del río Cauca, por Palmira, El Cerrito, Pradera y Florida. Y con ello, los usos que aprendieron a encontrar las negras que trabajaban en las cocinas de las grandes haciendas. Jorge Isaacs lo relató en las páginas de su novela ‘María’, en las que la negra Salomé le coqueteaba al joven Efraín, a quien le hacía disfrutar la fiesta de sus dulces de guayabas y de moras rociados con almíbar.Entonces no fue difícil que a alguien aquí, en esta tierra, se le ocurriera eso de moldear dulcecitos. Y menos que sucediera en San Antonio, una loma colonizada por artesanos, relojeros, zapateros y joyeros. Hombres que durante décadas han creído más en el poder de las manos que en la eficiencia de las máquinas. Celmira Otero solo sabe que la tradición es antiquisíma. Que ella misma completa casi 60 años en esa tarea. La aprendió, como sus otros hermanos, mientras se iba haciendo grande en esta casona y doña Sixta la sentaba en el solar para explicarle con paciencia cómo fabricar los dulces que ella luego vendía por $30 pesos, eso sí después de las “11 de la mañana, cuando terminara la misa”.Años donde la vida se resolvía de manera sencilla: donde los niños como Celmira hacían amigos jugando canicas o con el ‘correr la maceta’, como se la llamaba al juego hermoso de intentar quedarse con uno de los alfeñiques del vecino mientras este corría cuesta abajo por las calles jorobadas del barrio.Años donde se comulgaba en la iglesia de Santa Rosa, en pleno centro, donde los carros (a los que todos llamaban berlinas) eran tan escasos que la gente se asomaba a los balcones por la genuina curiosidad de verlos pasar. Donde la llegada de un electrodoméstico era noticia. Porque así como al coronel Aureliano Buendía su padre lo llevó un día a conocer el hielo, Celmira conserva en su memoria sin fisuras el recuerdo de ese día en que sus padres también la llevaron a conocer la primera nevera que llegó a Cali. Así estaba el mundo cuando su madre, en sus inicios como orfebre del dulce, fabricaba los alfeñiques con pan de azúcar, un derivado de la caña que con el pasar de los años se fue haciendo demasiado duro para moldear. Así lo hacían también las otras tres familias que vivían de las macetas. Fue entonces cuando apareció la fórmula de ese almíbar azucarado con que se siguen fabricando las macetas hasta hoy.Las de aquella época eran de gran tamaño, podían alcanzar hasta 1,80 metros de alto, como las más de 70 que dice haber elaborado Mariela cuando el alcalde de turno inauguró el Parque de la Caña. Hoy, dice Celmira, la más grande no pasa de los 60 centímetros.Esa es la medida de los palos de maguey, una madera noble que pareciera de icopor, sobre la que se insertan sin dificultad los alfeñiques una vez están armados y decorados. Son palos que Absalón Muñoz, un nariñense que vive en Cali desde hace más de 40 años, recoge en las entrañas de los Farallones. Son palos, dice, que se cortan ‘jechos’ —entre verdes y maduros—, y que se pelan a punta de machete porque su cáscara es dura. Después de eso, pulidos y delicados, es que terminan en casa de los Otero. Celmira toma uno entre las manos y enseña cómo se arma una de las 10 o 12 macetas que ella y sus hermanos dejan listas en un día. Sobre un palo de maguey limpio, va colocando uno a uno los alfeñiques blancos coronados con un pequeño ramillete de papelitos de colores; la piña (la figura más elaborada de todas), siempre arriba. Y que no falten, señores, el ringlete hecho en cartulina de colores y las banderas de Cali y de Colombia, por así les enseñó Mamá Sixta Tulia. Una vez la maceta está lista, se envuelve en una bolsa transparente, para protegerla de polvo.Es una escena que se ha repetido en los últimos dos meses. “Nosotros arrancamos desde el lunes siguiente al Día de la Madre a fabricar las macetas que venderemos para la celebración del Día de los Ahijados. En todo este tiempo hemos utilizado unos cuatro bultos de azúcar; antes hacíamos más, pero es que ya es mucha la gente que se dedica a este negocio”.Debe ser porque desde hace un lustro, gracias a la Cámara de Comercio, en Cali trabaja una red de 200 artesanos del azúcar, conformada en un 98% por mujeres madres cabeza de familia, de estratos 2 y 3. Muchas de ellas viven en barrios cercanos a San Antonio, como El Peñón y San Cayetano, y otras más en el oriente de la ciudad y terminaron involucradas en esta tradición a través de talleres de capacitación que busca enseñarles un oficio que les asegure un ingreso permanente para sus familias.Lo sabe Celmira, que en julio de 2011 viajó hasta Washington con su receta ancestral de las macetas, invitada al Smithsonian Folklife Festival, que ese año estuvo dedicado a mostrar la riqueza cultural de nuestro país.Lo conoce Jairo, que observa cómo sus hermanas decoran con esmero sus alfeñiques y figuras con las cintas de colores que la tía Ruka, una vecina, les ayuda a crear desde enero y con las gomas, chicles y chocolates que tienen esparcidos sobre la mesa del comedor de la casa. Y lo sabe Mariela, que sigue moldeando esas figuras diminutas que le enseñó a hacer hace tanto tiempo su padre José María, “el inventor de las macetas miniatura”. Entonces vuelve a mostrar sus dedos, erosionados por el roce de tantos años con el azúcar. Esos dedos que no le permiten dejar sus huellas en un banco, pero sí en la memoria de toda una ciudad.

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