Los ‘diablitos’, el carnaval que bajó de la ladera de Siloé

Los ‘diablitos’, el carnaval que bajó de la ladera de Siloé

Diciembre 14, 2014 - 12:00 a.m. Por:
Lucy Lorena Libreros | Periodista de GACETA
Los ‘diablitos’, el carnaval que bajó de la ladera de Siloé

Cada 30 de octubre se realiza en Siloé el Festival de Diablitos y Chirimías como una manera de honrar esta tradición.

Por las laderas de Cali, a la altura de lo que hoy llamamos Siloé, viene bajando desde hace un siglo una tradición de máscaras, redoblantes y algarabía sin la cual no es posible entender un diciembre en esta ciudad. Viaje a la tierra de los diablitos carnavalescos.

Doña Miriam le extiende al muchacho el disfraz de La Culona. Es, dice, el más exigente de los trajes que ella confecciona desde hace 23 años: una máscara en la que se adivina una mujer de labios colorados que aprieta un cigarrillo, un vestido color beige, ceñido y coqueto, y un par de pelotas de icopor que bajo el vestido están obligadas a dibujar unas caderas imposibles. La idea es que el chico lo luzca y baile. Que mueva el cuerpo sin tregua mientras uno de sus compañeros de comparsa hace sonar el redoblante en alguna calle de Cali. El muchacho responde con un no enfático, pero ella lo reta: “No se olvide, mijo, que La Culona es a la que más le dan plata”. La escena ocurre en el segundo piso de una casa del barrio Lleras de la Comuna 20. Uno de los puntos más empinados de esa ladera con casitas apeñuscadas que llamamos simplemente Siloé. Muy cerca de aquí —surruran algunos vecinos— están ‘demarcadas’ varias de esas fronteras invisibles que con tantos titulares han fatigado las secciones de orden público de noticieros y periódicos. Pero esa es otra historia. La que se está escribiendo ahora mismo aquí, en estas vías empinadas, se viste de colores y no suena a balas sino a tambores y redoblantes. Son las 9 de la mañana de un viernes decembrino y, desde hace un par de horas, por la vivienda de Miriam han pasado tres grupos de chicos con igual propósito: alistar la comparsa con la que recorrerán media ciudad.Jeison, el muchacho que se negó a lucir el disfraz de una dama improvisada, prefiere enfundarse en un enterizo negro, de huesos pintados a mano con témpera blanca que simulan un esqueleto. Es un disfraz al que le llaman La Muerte. A su lado, Camilo se viste de un diablo con capa larga y máscara de facciones tenebrosas y cachos afilados. Otro chico interpretará a un viejito que, pese a sus años, dará siempre la impresión de andar con el manual de la juventud debajo del brazo. Carlos se decidió por La Culona, mientras Jefferson y Felipe, líderes del grupo, golpearán sin cesar los redoblantes a los que se les ha acondicionado una campana para que su sonido sea más espeso.La comparsa, pues, está lista para partir. A los cinco muchachos, cuenta Miriam, volverá a vérseles por el barrio solo después de las 7 de la noche. Si el día es benévolo, regresarán con más de $120 mil en los bolsillos; entonces pagarán los $14.000 que ella les cobra por el alquiler de disfraces e instrumentos y el resto será para ellos y sus familias. Para completar el valor de los zapatos que anhela Jeison. Para mandar, por fin, a arreglar la lavadora que tanta falta le hace a la mamá de Carlos.Lo que sigue a continuación es una postal que se repite por aquí desde hace poco más de un siglo: niños y jóvenes, dichosos, descendiendo por toda la ladera hasta alcanzar la Avenida Circunvalar. Se cree que solo en este sector existen unas 25 comparsas. Algunas se enfilarán hacia el norte, hacia barrios como La Flora, donde ya es probada la generosidad de sus moradores; otros buscarán el centro, por esta época atestado de compradores, y varios más tomarán rumbo al sur, a barrios “de ricos” como El Ingenio y El Caney. La gente que los vea pasar gritará “¡Allí van los diablitos!”. Y será entonces cuando Cali, como si tuviera un pacto silencioso firmado hace mucho tiempo, entenderá que no existe una señal más inequívoca de que a sus calles ha llegado diciembre. David Gómez, líder cultural, ve pasar a todos esos chicos desde las puertas de una casa que es visitada por vecinos y turistas. La bautizó Museo Popular de Siloé y entre sus paredes hay pistas de cómo se fundó y fue creciendo de manera incontenible esta falda de la montaña. David improvisa un tono de historiador para contar que los yanaconas llegaron por acá en 1706; que la zona se fue haciendo atractiva para gentes del suroccidente del país por las minas de carbón que comenzaron a explotarse a inicios del Siglo XX. Que en ese museo duerme el primer radio que vieron en Siloé y la consola que hizo posible el milagro de que sonara La Estrella Estéreo, primera emisora comunitaria. También el primer teléfono. Una sala completa está dedicada a la tradición de las comparsas. Con sus máscaras, sus tambores y los zapatos desgastados que decenas y decenas de muchachos han dejado allí como testimonio de una ciudad conquistada al ritmo de un redoblante. Porque en este lugar funciona, bajo el liderazgo de David, la Escuela de Diablitos Nueva Luz, donde los muchachos aprenden a tocar el redoblante y a bailar con mejor gracia. Es que David mismo un día fue uno de ellos. De pequeño aprendió a tocar el tambor y a bailar. Porque para ser un niño feliz en un barrio popular como este, cuenta él, “solo hay dos opciones, ser arriero de caballos para transportar materiales de construcción... o ser un diablito”.En sus tiempos, tal como hoy, se encendía el entusiasmo por hacer parte de una comparsa desde los 6 o 7 años. La mayoría no contaba con el visto bueno de sus padres, y entonces tocaba arreglárselas “para ser feliz” al escondido. Así, hasta que los papás se cansaban de tanta reprimenda y acababan por entender, derrotados, que lo único que hacían chicos como David era perpetuar una tradición que les pertenecía. David conoce bien los orígenes. Y los recita con precisión: un grupo de negros de Marmato, pueblo de Caldas, quizás los primeros colonizadores de la loma, decidieron entrar en rebeldía y hacer sonar sus tambores por toda la ladera hasta llegar con su estropicio a la Hacienda Cañaveralejo, que ocupaba el terreno donde hoy se levanta la Plaza de Toros de la ciudad.Se dice que iban borrachos, pero que su alegría resultó tan contagiosa que, sin que lo pidieran, los pobladores comenzaron a lanzarles monedas a su paso. David precisa la fecha en la que aparentemente ocurrió todo: diciembre de 1912.La fiesta, desde entonces, se hizo obligación. Aquello de convertirse en diablito pasó de generación en generación. Por eso cuando uno conversa con los vecinos, te responden que en cada familia hay un abuelo, un tío, un primo que se ha vestido de comparsa. Te lo dicen en La Sirena, en Lleras, en La Playa, en Belén, en Tierra Blanca, en Pueblo Joven. En cualquiera de los ocho barrios y tres urbanizaciones que conforman la extensa Comuna 20.De esta soberbia tradición ha sido testigo el profesor Héctor Tascón, músico de la Universidad del Valle que trabaja desde hace cinco años en proyectos sociales como Tambores de Siloé, grupo musical apoyado por la Fundación Sidoc, cuya particularidad consiste en hacer música a través de instrumentos fabricados con elementos reciclados. Cuando a sus oídos llegó la propuesta de conformar una banda, no dudó en que esta debía ser de percusión. Era la manera más extendida, estaba seguro, que tenían los habitantes de esta zona de Cali de entender la música. El profe Héctor conocía bien que gran parte de los habitantes de la Comuna son producto de la fuerte migración que se presentó, luego de los Juegos Panamericanos del 71, desde Nariño y el norte del Cauca. “Y con ellos llegaron tradiciones como la chirimía, pero no la que solemos conocer del Chocó. La chirimía caucana está dominada por instrumentos como bombos, redoblantes y flautas. Agrupaciones que en esos territoriossalían a tocar por los pueblos disfrazados. Cuando llegaron a Siloé trajeron consigo toda la fuerza de esa tradición”. No era, sin embargo, una expresión reservada para varones. La dulce Miriam cuenta que de niña ella se escapaba de la escuela donde estudiaba para meterse en las comparsas de su barrio vestida siempre de vampiro y golpeando con baquetas improvisadas los tarros de galletas que en su casa compraban para Navidad.Todavía hoy —en parte gracias a una disciplina que ella ha sabido imponer entre los muchachos, pese a sus 1.50 metros de estatura y su voz leve— está claro que un ‘diablito’ de verdad, uno que ame su oficio, no puede meterse en líos, debe respetar a los papás, no portar armas y menos consumir drogas. “Y ellos saben que si me fallan en alguna de esas cosas no les alquilo ni una máscara”.Quizá sea por eso que a doña Amparo, dueña de una rapitienda, no le moleste el bullicio que los pelados van dejando a su paso cuando descienden de la ladera y el día apenas clarea. Que don Mario les tome fotos y las enseñe a los turistas. O que don Luis, un veterano zapatero, les remiende con gusto a algunos de los ‘diablitos’ los zapatos que la dureza de la calle siempre pone a prueba.En la Comuna 20 —es fácil comprobarlo— sus gentes viven orgullosas de esta tradición. Tanto, que hace cinco años nació, por el mes de octubre, el Festival de Diablitos y Chirimías de Siloé. La cita es cada 30 de octubre. La cosa arranca en La Estrella, el punto más encumbrado de la Comuna, y finaliza en el Parque de la Horqueta.Usted va ese día y entonces se sorprende de ver diablitos de todos los colores, niños que apenas si pueden caminar, pero que sostienen sin tambalear los redoblantes. Máscaras elaboradas con esmero en papel maché durante meses. “Ese día es que comienzan realmente los ‘diablitos’ a tomarse la ciudad. Pero el sueño es que un día podamos reunir a unos 10 mil y hacer un carnaval como el de Río de Janeiro”, cuenta David.Este año, claro, se cumplió una nueva edición del carnaval. Pero las lluvias de estos últimos meses les han impedido a las comparsas moverse con tranquilidad. Hacer lo de siempre. No han sido tiempos buenos. Tampoco lo es esta tarde de viernes. ‘Carebarbie’, que salió de su casa en Pueblo Nuevo a las 7:30 a.m., repasa una y otra vez las monedas que su comparsa de cinco amigos ha logrado reunir. No suman ni $30 mil. Está parado frente a una panadería de la 16 con 87, en El Ingenio. Y llueve. Llueve mucho. Su disfraz de La Muerte luce empapado y en su mirada se intuye la certeza de que este no será un día para recordar. “Y eso que dizque ya iba a empezar la temporada de sol”, se lamenta el chico de 14 años. Ha sido así desde octubre. La esperanza de todos es que las cuentas mejoren el Día de las Velitas, en la Noche de Navidad y en la de Año Nuevo. Su comparsa, como todas las demás, dejará de sonar el 6 de enero.Solo entonces se guardarán las máscaras y los disfraces. Y los tambores, obligados, harán silencio. Doña Miriam volverá a vivir de asear casas ajenas y David se dedicará a seguir siendo el guía del museo que en Cali menos se parece a un museo. El Diablo se irá a dormir hasta que alguien lo despierte para que salga de nuevo con su fiesta a desfilar por la ladera. A cumplir con el pacto gozón que ya tiene con Cali.

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