Los 33, una película que deja mucho que desear

Septiembre 06, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Claudia Rojas Arbeláez | Especial para GACETA.

‘Los 33’ está basada en la historia de los mineros chilenos que en el 2010 se convirtieron en el centro de atención del mundo al ser rescatados vivos, tras permanecer dos meses atrapados como consecuencia de un derrumbe. Sus actores, un grupo de nacionalidades y acentos, hacen uso de un inglés innecesario y reforzado que solo obedece a los intereses comerciales de sus productores.

Ir al cine a ver películas basadas en hechos reales, no parece ser muy atractivo. Si ya conocemos el argumento, los puntos de giro y no habrá muchas sorpresas… ¿Por qué resultaría interesante ir a ver una película de estas? La respuesta podría estar en el cómo más que en el qué.

‘Los 33’ es una producción chileno-estadounidense y se convierte en la primera película extranjera que rueda una parte en territorio colombiano, resultando así beneficiaria de la Ley de Cine del 2012 que ofrece a los inversionistas extranjeros la devolución de un alto porcentaje de su inversión. En el caso de ‘Los 33’ la empresa colombiana Dynamo producciones fue su aliado estratégico de producción y un par de actores colombianos, Gustavo Angarita y Juan Pablo Raba, fueron parte del elenco entre los que estaban Antonio Banderas, Juliette Binoche y Rodrigo Santoro.

La película que fue rodada entre el desierto de Atacama y las minas de sal de Nemocón y Zipaquira, está dirigida por la mexicana Patricia Riggen, quien ha estado a cargo de algunas películas de mediano presupuesto y sin mayor trascendencia. Así pues, este podría resultar ser su proyecto más importante, no tanto por lo exigente de su propuesta sino por los actores que tenía a cargo. Mal que bien el señor Banderas y la señorita Binoche tienen en su oficio algunas películas, premios y la experiencia de haber estado bajo la batuta de reconocidos directores. Esto podría convertirse en uno de los atractivos de esta historia de argumento reconocido y poca o ninguna sorpresa.

Entonces cuando uno se topa con una película que tiene por argumento una noticia que tuvo semejante cubrimiento noticioso, bien valdría la pena preguntarse ¿Qué podría mostrarme de novedoso esta versión a lo que vi mientras ocurrían los hechos?

La pregunta podría arrojarnos en la forzosa bifurcación que existe entre la ficción y lo referencial, que nos plantean dos maneras diferentes de abordar la misma realidad. Y aunque existen puentes comunicantes entre los dos, no es fácil escapar a las comparaciones cuando se trata de hacer películas que esgriman en sus primeras secuencias el acostumbrado letrero de “Basado en hechos reales”.

No es este el escenario propicio, lejos estoy de semejante pretensión, para pensarse siquiera, cuál es el mejor género para contar las historias. Primero porque no existe uno más mejor que otro, aunque me confieso una enamorada de la ficción (¡al punto de ser toda una reina del melodrama!), sé que hay grandes temas e historias que solo gracias al documental han llegado hasta nosotros, convirtiéndose en únicas y grandiosas.

Cierto es que cada género tiene sus propias dinámicas seductoras para mantener atentos a sus espectadores. A saber, mientras el documental lo hace de la manera más objetiva posible, basándose en el registro y la observación, a través de entrevistas e imágenes reales, la ficción aborda las situaciones desde la subjetividad de quien las narra primero desde la palabra y después desde la imagen.

Pero películas como ‘Los 33’ tienen en el origen de su argumento, una de las mayores fuerza de atracción que se puede ejercer sobre los espectadores hambrientos de detalles, unas veces morbosos, otras sentimentales, pero siempre ansiosos de conmoverse con aquel detrás de cámaras que no nos mostró el noticiero.

Así las cosas, la película dirigida por Riggen no pretende ser nada más que eso: La crónica de supervivencia de los 33 mineros que quedaron sepultados durante 69 días en la mina de San José, bajo el desierto de Atacama en Chile. Ni más ni menos.

Aquí lo que importa en realidad es… En este punto me resulta necesario dejar la frase a la mitad, hacer un pausa y pensar en lo que de verdad importa, en ese motivo que nos hace permanecer sentados en la sala, mirando una película que desde su comienzo tiene dictaminado el final. Una película carente de ese suspense que siempre buscamos los escritores y que se convierte en nuestra mejor arma para mantener atentos a quien nos mira.

Sin embargo, aquí no hay tal, es decir, si ya sabemos el final, entonces ¿Qué podría preocuparnos? ¿Qué alguno se muera? ¿Qué se coman al boliviano? Imposible… ‘Estamos bien en el refugio los 33’, ¿Quién puede olvidarse de aquella famosa frase? 33 quedaron, 33 salieron. Matemática simple.

Sin embargo la película justifica su tensión en las historias personales bastante superficiales de un grupo de mineros, cuatro o cinco en total, y de sus familias afuera de la mina. Pero el drama aquí expuesto que, por supuesto apuntala sus puntos dramáticos con certeza (no se sorprenda si se descubre a usted mismo emocionado cuando los descubren vivos) pero no le hace justicia al hecho noticioso. No solo no se aventura en explorar con profundidad los intereses políticos y económicos que se movieron alrededor del asunto, tampoco explora en la tragedia familiar de aquellos que lucharon para conseguir su propósito de hacer visibles su problema y mucho menos ahonda en los detalles escabrosos del verdadero drama que seguro se gestó bajo aquellos setecientos metros.

Entonces si usted es de los que va por conocer la verdadera historia de los mineros, podría salir decepcionado y hasta con ganas de ir a buscar un buen documental que le haga justicia al hecho. Lo mejor que podría encontrar en esta película es la ultima secuencia, cuando observamos a los verdaderos 33 gordos, sonrientes y abrazados en un atardecer sobre el pacífico. El resto se queda en la superficie. / @kayarojas Docente Universidad Autónoma de Occidente

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