Leonardo Padura, el beisbolista cubano que se hizo escritor

Junio 19, 2016 - 12:00 a.m. Por:
Catalina Villa | Editora de GACETA
Leonardo Padura, el beisbolista cubano que se hizo escritor

Leonardo Padura, escritor cubano.

A sus 60 años, es el escritor cubano contemporáneo más leído en el mundo. Y es que a este maestro de la novela negra, muchos le celebran el que haya narrado aquella Cuba que poco se conoce desde afuera.

Tras 45 largos minutos de marcar el teléfono sin éxito porque la llamada no entra o entra y se corta o simplemente no hay un tono que dé señales de vida al otro lado de la línea, es decir en Cuba, Leonardo Padura contesta con ese pegajoso acento cubano que hace caso omiso de las eses.

Son las 5 de la tarde en la isla y seguro una brisa se cuela por el patio de su casa en Mantilla, desde donde contesta. Es la misma en la que vivieron sus abuelos y luego sus padres, la misma en la que él creció y la misma sobre la cual, recién casado con Lucía, hace 26 años, construyó la suya. Queda en el segundo piso.

Desde allí, Padura le ha dado vida a una obra que hoy ya suma siete novelas, decenas de cuentos y muchos más ensayos y crónicas periodísticas, además de un personaje, Mario Conde, un detective descreído y melancólico que ha sido –es- testigo de la realidad más descarnada de Cuba.

Todo eso lo ha convertido en el escritor cubano contemporáneo más leído en el mundo en los últimos años. Y le valió el premio Princesa de Asturias que ganó el año pasado y que recibió con una pelota de béisbol en la mano. Buena parte de ese reconocimiento hay que dárselo a aquella novela en la que se atrevió a reconstruir la vida del revolucionario ruso León Trotski y su asesinato en México, en una Cuba en la que su figura no solo fue prohibida por el régimen sino que simplemente no existió, porque fue borrada de la historia. Padura entonces lo redescubrió para los cubanos —y para el resto de los lectores— en ‘El hombre que amaba a los perros’.

Aún tiene marcada en su memoria aquella mañana de octubre de 1989 en la que, acompañado de un amigo mexicano, llegó a hasta Coyoacán para conocer aquella casa en la que Trotski se había encerrado,  intuyendo ya el desenlace fatal que el implacable Stalin le tenía reservado. “Fue una experiencia realmente conmovedora. Ver aquel lugar donde Trotski prácticamente se auto encarceló… Y saber que hasta allá llegó la mano asesina de Stalin a través de Ramón Mercader… Nunca olvidaré la sensación que tuve en ese lugar”, dice desde la distancia. Desde ese momento todo estuvo claro: tendría que escribir la verdadera historia de Trotski.

Luego de cinco años de investigación y escritura, la novela  fue publicada en España en 2009. Hoy ya supera las seis ediciones y las traducciones a más de cinco idiomas. Por ella recibió los premios Roger Caillois 2011 y la Orden de las Artes y las Letras de Francia en 2013. 

En Cuba, a pesar de la crítica que en ella le hace al régimen de Castro, recibió el Premio Nacional de Literatura en 2012. Este libro ha sido lo más parecido al jonrón de su carrera literaria. 

Leonardo, ¿cómo recuerda su infancia? ¿Cómo fue crecer en La Habana?

Yo nací en 1955 en el mismo barrio y en la misma casa donde estoy viviendo ahora.  Se llama Mantilla, el barrio. En este barrio había nacido mi padre, había nacido mi abuelo y casi seguramente mi bisabuelo. Lo que significa que tenemos una larga relación de pertenencia con este lugar que es un poco el Macondo de la familia Padura. 

Tuve una infancia que se puede considerar absolutamente normal y feliz. Porque era una época en la que los muchachos nos pasábamos el día en la calle con un pantalón largo y sin camisa, jugando béisbol. Teníamos una libertad casi total.

¿Soñaba de niño convertirse en escritor?

Nunca. Toda mi niñez, adolescencia y primera juventud la dediqué a jugar béisbol, a estar con lo amigos. Yo leía muy poco. Alguna novela de Salgari, alguna de Julio Verne. No me imaginaba ni remotamente que haría algo que tuviera que ver con escribir. 

¿Cómo empezó entonces su pasión por las letras?

En el preuniversitario había profundizado en algunas obras de las que apenas leíamos el resumen y yo quise leerlas completas:  ‘La Iliada' y ‘La Odisea’, ‘La celestina’ y ‘El infierno’. Eso fue importante porque fue mi encuentro con la literatura ya de una manera consciente. Después, cuando ingresé a la universidad en el año 75, era la época en que todo el mundo leía a los autores del boom latinoamericano y cuando fui descubriendo autores como García Márquez, Carpentier, Vargas Llosa, Rulfo, Onetti y toda esa enorme cantidad de autores que estaban en el candelero. Eran los que había que leer porque si no como que no podías participar en las conversaciones. Esos autores me revelaron un mundo literario que era muy atractivo. Sin embargo, empecé a descubrir también a otros autores que luego se convertirían en una gran influencia: los de la novela norteamericana del Siglo XX. Hemingway, Dos Pasos, Carson McCullers, Faulkner, Scott Fitzgerald, Chandler… Ellos fueron los que definitivamente me acercaron a la literatura. 

¿Se conseguían fácil  los libros en Cuba?

Sí,  de hecho se publicaban muchos libros en Cuba en esa época. Todas las semanas cuando salíamos de la universidad pasábamos un día por la librería y comprábamos siempre dos o tres libros y nos robábamos uno más debajo de la camisa. Bueno, es que de la universidad recibíamos un estipendio de 30 pesos, pero te podrás imaginar que comprábamos, además de los libros,  también algunas cervezas. 

Pero había autores que no se publicaban, que no se podían leer…

Había y todavía hay autores que no se publican, porque en Cuba no se importan libros. Recién ahora creo que ha habido un acuerdo con la división mexicana del grupo Planeta para traer y vender en Cuba algunos saldos que tienen en México, pero no ha sido la práctica. 

Sobre los libros que no se podían leer recuerdo ‘1984’; lo leímos de manera furtiva. Y ahora se acaba de publicar aquí en Cuba y fue una sorpresa muy grande. Pero autores tan importantes para mi generación como Guillermo Cabrera Infante, por ejemplo, los leímos como pudimos. Uno trataba de no mostrar la portada del libro, pero tampoco era que se estuviera cometiendo un delito. Pero hoy todavía no se ha publicado a Cabrera Infante en Cuba, en parte porque él  y sus herederos decidieron que sus libros no se publicaran en Cuba. 

Antes de dedicarse a la literatura, usted militó en el periodismo. ¿Cómo sucedió?

Yo terminé mi carrera en  1980 y tuve la suerte tremenda de poder empezar a trabajar en un mensuario cultural que se llama -porque existe todavía- El Caimán Barbudo. Allí trabajé 3 años como redactor hasta que en el 83 me trasladaron obligatoriamente a un periódico vespertino que se llama Juventud Rebelde y allí trabajé 6 años haciendo fundamentalmente un periodismo de investigación del que todavía hoy se publican ediciones.  

¿Ese cambio obligatorio tuvo una razón en particular?

Decían que yo tenía problemas ideológicos, lo cual era absolutamente cierto. No me imagino un escritor que no tenga problemas ideológicos. Me mandaron al periódico como un castigo pero realmente terminó siendo un premio para mi, porque aprendí a ser periodista en esos años. Me convertí en uno de los periodistas más leídos y más famosos de Cuba con los largos reportajes que publicaba en los dominicales del periódico. 

Ese cambio obligatorio de trabajo es lo  que le sucede a Iván, en el ‘El hombre que amaba a los perros’. ¿Era un práctica común?

Más o menos igual, aunque no tan drástico. Y sí, era algo que te podía pasar en esa época con mucha facilidad. Era un momento en el que dependías de un trabajo oficial, porque no existía el trabajo privado en Cuba. Tenías que trabajar para el Estado obligatoriamente y si el Estado te quitaba un puesto de trabajo tenías que ir al otro puesto que te diera ese mismo Estado. Eso significaba algo muy serio en aquella época en que me ocurrió a mí. 

Imagínate que el día que me sacan de la revista, yo pasé por la casa de mi novia, que es mi esposa actual, Lucía, y cuando le dije lo que le estaba pasando empezó a llorar. Era como que se acababa el mundo que te sacaran del trabajo y te pusieran en una lista negra. Pero, como te digo, encontré en el periódico un espacio muy propicio, y pude desarrollarme como periodista. 

¿Qué tipo de historias escribía?

La historia del barrio chino de la Habana, la historia de la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba, la historia del ron Bacardí, de cómo los franco-haitianos introdujeron el café en Cuba… Eran temas de los cuales la gente sabía algo pero no lo sabía todo, y que podían ser muy interesantes para los lectores. Yo hacía una investigación, lo más profunda que podía, y después lo escribía de una forma muy literaria. Ese tipo de textos, que eran muy amables, me permitían poner un elemento de fabulación dentro del periodismo sin traicionar los datos históricos y me permitían además una escritura muy libre. 

Hasta que se lanza a la literatura…

En 1995, después de 5 años de trabajar como jefe de redacción de la Gaceta de Cuba, decido dejar ese trabajo oficial. Resulta que para entonces, gracias a los cambios originados por la tremenda crisis económica que se vivió en Cuba a partir de los años 90, ya  era permitido ser un escritor profesional. 

Así que me lanzo a eso sin tener dinero, ni editorial, pero con la necesidad espiritual y profesional  de hacerlo, el 1 de enero de 1996. Trece días después me llaman de España que he ganado el premio Gijón de Novela, con ‘Máscaras’. El premio significaba 2 millones de pesetas, unos 16 mil dólares aproximadamente. Y dos meses después me llama la directora de la editorial Tusquets a decirme que estaban interesados en publicar mi novela y comenzar una relación de trabajo conmigo. 

Allí no tuve duda de que la apuestaque hice con los ojos cerrados a todo o nada tuvo una solución muy rápida y que para mí ha sido muy feliz porque me ha permitido vivir de mi trabajo como escritor. 

Sí. Yo ahí traté de escribir una novela que fuera policíaca, muy cubana, pero que no se pareciera a las novelas policíacas cubanas. Y los componentes que yo tenía para lograr eso era que tuviera un marcado  carácter social, y que tuviera un personaje polémico, problemático y contradictorio en el centro de la trama. De esa manera fue que cree a mi personaje  Mario Conde. 

[[nid:547599;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/270x/2016/06/p8gacetajun19-16n1photo01.jpg;left;{“Yo no tenia idea de la dimensión que alcanzaría Mario Conde ni la importancia que tendría para mi trabajo. Y bueno, finalmente se convirtió en el testigo crítico, melancólico, adolorido y...}]]No tenía idea de lo que estaba haciendo. Sabía que estaba haciendo algo distinto, y cuando pude traer de México algunos libros y se los di a unos amigos para que lo leyeran supe que había creado un personaje que podía establecer una relación de empatía con los lectores a pesar de su oficio de ser policía.

Lo de la serie de televisión sobre Mario Conde ¿en qué etapa va? ¿Ya se grabaron los capítulos? 

La serie Conde producida por Tornsasol Films de España ya está terminada y debe empezar comercialmente después del Festival de Cine de San Sebastían, en el próximo septiembre. También en ese mes se estrena la versión para cine de uno de los capítulos, la que está inspirada en la novela ‘Vientos de cuaresma’. La serie se llama ‘Las cuatro estaciones de La Habana’ y toman como punto de partida las primeras cuatro novelas, las que integran la tetralogía. Son capítulos de 90 minutos que pueden verse también en el forma de 2 de 45. La dirección es de Félix Viscarret (español), los guiones míos y de mi esposa, Lucía Lopez Coll y el papel protagónico lo desarrolla Jorge Perugorría, que está espléndido en su interpretación de ‘El Conde’.

Quienes lo conocen saben de su gusto por la salsa, dicen que es un experto en el tema. ¿Cuáles son sus cinco imprescindibles de la salsa?

Soy un amante de la salsa cómo música y como fenómeno cultural caribeño que fue. Mi afición por ella está relacionada con lo que significaron como revolucionadores del gusto musical y lírico los grandes nombres de la salsa, desde la década de 1960, hasta los años 1990, cuando comienza a diluirse el movimiento. Por eso, si tuviera que escoger cinco grandes momentos de la salsa te diría, así sin pensarlo, el recital del Cheetah, creo que en 1971, y el del Yankee Staduim, poco despúes. Te mencionaría un disco excepcional, ‘Siembre’, de Rubén Blades y Willie Colón, y uno que me encanta, ‘Solo ellos pudieron hacerlo’, de Willie Colón con Celia Cruz. Eso sin olvidar los dos discos magistrales del Grupo Folkorico Nuevayorkino, que son dos verdaderos documentos del sentido y el espíritu de la salsa.

Finalmente, Leonardo, en qué ha quedado su amor por el béisbol…

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[[nid:547589;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/270x/2016/06/p8gacetajun19-16n1photo10.jpg;left;{}]]'Paisaje de otoño': la saga de Mario Conde.

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