Las razones para no perderse el Festival de Música Andina 'Mono Nuñez'

Mayo 29, 2016 - 12:00 a.m. Por:
Julián Salcedo | Especial para GACETA

Hoy, cuando se celebra la final, Julián Salcedo, un aficionado de marras le cuenta qué es lo que se vive en esta jornada musical que empieza con música a las 10 de la mañana y, fácilmente, puede terminar a las 7 de la mañana del día siguiente.

Si usted, amigo lector, es de los que ama la música colombiana y no va al Festival Mono Nuñez, no está en nada; se está perdiendo la posibilidad de comprobar porqué Ginebra es considerado el Templo Mayor de la música andina colombiana.

Se lo digo yo, un apasionado por la música andina, que desde 1975 acudo sin falta (salvo los dos años que viví en el exterior) a la cita con el ‘Mono’. Porque quienes allá llegamos cada año, en el primer puente de junio tenemos nada menos que un banquete musical extraordinario.

¿O cómo más podría llamarse el tener al frente suyo a 14 concursantes vocales y 14 instrumentales, provenientes de todos los rincones de el país que, después de un exigentísimo proceso de selección, compiten durante las 3 noches eliminatorias del concurso para ser nominados e ir a la Gran Final del domingo? Ese día -es decir hoy- se escogen los premios a Mejor Solista Vocal, Mejor Dueto Vocal, Mejor Trío o Grupo Vocal, Mejor Solista Instrumental, Mejor Dúo o Trío Instrumental, Mejor Grupo Instrumental y, entre ellos, el  Gran Premio Mono Núñez Vocal  y el Instrumental, máximos galardones del Concurso.

Y digo banquete musical porque muchos de los artistas que han pasado por Ginebra son hoy figuras internacionales de mucho prestigio como  María Isabel Saavedra -  más conocida como Saavedra-; El trío Nueva Gente -considerado por muchos como el mejor de Colombia-; Delcy Janeth Estrada y Mauricio Ortiz, representativas figuras de la ópera de Colombia; el Trío Seresta, nominado a los Grammy Latinos; y, cómo no, Marta Gómez, caleñenísima, ganadora del Grammy Latino. 

Es cierto, me dirá usted, que la música andina colombiana es una música que invita a la paz y al amor en cualquier lugar del mundo. En eso estamos de acuerdo. No importa el escenario donde se presenta -llámese Ginebra, Santa Fe de Antioquia, Aguadas, Sevilla, Armenia o Pereira- ella estimula la convivencia y la  pasión por Colombia con mensajes  como  ‘Colombia en paz’, ‘Hay que sacar el diablo’, ‘Soy colombiano y  ‘Volvé maestro’. Pero, --y no es porque sea del Valle-- la música andina aquí, en Ginebra, suena mejor, suena gloriosa. No en vano en 2003 el Festival Mono Nuñez fue declarado Patrimonio Cultural de la Nación. 

Quizá eso se deba al aura de don Benigno Núñez Moya que aún cobija este concurso. Un señor músico, compositor e intérprete de la bandola, oriundo de Ginebra, y símbolo de la música y la bohemia centrovallecaucana de los años 40, 50 y 60, quien con el paso del tiempo se convirtió en una leyenda nacional.

Y si a eso, estimado lector, le sumamos los remates de este concurso ginebrino, estoy seguro que usted nunca más se lo querrá perder. Desde sus inicios, por allá en 1974, una noche en el ‘Mono’ termina fácilmente entre las 7 y las 10 de la mañana.  Y es que si bien el Festival empezaba muy a las 8 de la noche en punto, los concursos se alargaban hasta las 2 y 3 de la mañana. Y esa era la hora en que empezaban los deliciosos remates. 

Concursantes, artistas invitados y público, ya entrados en etílicos gastos, se iban a la finca de alguna familia ginebrina o a alguna casa de la ciudad. Eran famosos  los remates de La Brisa, Santa Bárbara y Santa Lucía donde el Mono Núñez, aún con el gozo intacto, revivía la deliciosa época bohemia de su ya lejana juventud.

Quien, gustoso de la música, no se iba a dormir a pesar del sueño, tenía garantizada la presencia de grandes y consagradas figuras de la música colombiana como José A. Morales, Alvaro Dalmar, Diego Estrada y el Trío Morales Pino, Los Hermanos Martínez, Jaime Llano González, Silva y Villalba, Víctor Hugo Ayala, Ruth Marulanda, el Trío Calima, Arnulfo Briceño, y los noveles Eduardo Rizo, Julián Peña y Papeto Cucalón, Lucho y Nilhem, Héctor Ochoa, Gustavo Adolfo Renjifo y los hermanos Beatriz, Eugenio y el irremplazable Gerardo Arellano, entre muchos otros.

Gerardo era, además, el presentador oficial del concurso. Con su impresionante carisma nos enseñó, con solo subir su mano derecha para pedir silencio, que había que callar para dar paso a la escucha respetuosa del artista. Sobrada razón tiene el salsero más importante de Europa, nuestro compatriota Yuri Buenaventura, cuando descrestado en Ginebra me decía: “Yo estoy acostumbrado a cantar salsa ante el absoluto silencio de un público que tiene fama de culto, como es el público europeo; pero más culto es el público del Mono Núñez que hace ese impresionante silencio con tragos en la cabeza. Eso sí es cultura”.

Posteriormente, fue la Delegación de la Regional del Quindío la que impuso el remate en las sedes de las delegaciones. Se volvió famosísimo su remate. Y, en ese afán de no perdernos de nada, había que ir a todas partes; y empezamos todos a hacer rondas por Santa Bárbara, Santa Lucía, otras fincas o casas...y al Quindío.

Hoy los remates se realizan en varias fincas y casas de la ciudad. Los artistas, deseosos de mostrar su arte a un público conocedor y exigente como el del Mono Nuñez, van de remate en remate haciendo 3 o 4 interpretaciones y recibiendo el cariño que ese público, emocionado, les dispensa.

Son famosos también los remates de las delegaciones de Bogotá, Caldas, Valle y Antioquia cuyas sedes están localizadas en una casa de la ciudad a pocas cuadras del Coliseo, cada una con su propio ‘valor agregado’. En la sede de Antioquia, por ejemplo, haciendo gala de la amabilísima atención de sus gentes, se ofrece un reconfortante caldito de cortesía. En la de Bogotá, en cambio, se venden empanadas y aguardiente a precios muy módicos, así, quienes amamos esta música, nos evitamos la pérdida de tres canciones y el puesto mientras vamos a comprarlo a la tienda. 

[[nid:539973;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/270x/2016/05/p4gacetamay29-16n1photo04.jpg;left;{Foto: Bernardo Peña | El País}]]

Los remates, eso sí, son con sentada en el suelo: incomodísimos. Pero acaso quién dijo que uno iba al Mono a sentarse cómodamente. Aquí de lo que se trata es de escuchar buena música y eso es un eficaz paliativo contra la dureza del suelo, la aplanchada del ‘derriere’ y el dolor de columna.

En alguna ocasión una manizalita socia de Funmúsica y ‘fija’ en Ginebra me decía: “Ustedes se tiraron en los remates; ahora tenemos que irnos a dormir a las 4:00 a.m. porque el Concierto Dialogado empieza a las 10, y yo no me lo voy a perder por nada. Pero también hay que dormir un ratico, ¿no?”.

Mi amiga tiene razón. Desde hace algunos años Funmúsica empezó a hacer estos  conciertos, que son unas presentaciones informales de artistas participantes o invitados especiales, que intercambian con el público. En ellos, es usual conversar, por ejemplo, con el maestro Héctor Ochoa y pedirle que nos cuente cómo compuso ‘El camino de la vida’, antes de cantarlo. Hay un solo problema con los Conciertos Dialogados: cada día tenemos la dificilísima tarea de escoger a cual de los dos se asiste y perdernos el otro, porque son al tiempo, y aún  no hemos podido conseguir el don de la ubicuidad. ¡Que vaina!. 

Venir entonces al Mono Nuñez es garantizar música en la mañana, música en la tarde, música en la noche y música en la madrugada. ¿Quiere más?

Permítame darle un consejo que usted seguro me va a agradecer toda la vida: no le dé más vueltas al asunto y váyase hoy, y todos los años de aquí en adelante, al Festival Mono Nuñez a comprobar que eso sí es música, y de la mejor. Ya verá que así podremos cantar junto a su compositor Lucho Vergara, “que son estas ganas de vivir cantando…”.

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