Las parteras del Pacífico: manos que dan vida

Las parteras del Pacífico: manos que dan vida

Junio 12, 2016 - 12:00 a.m. Por:
Beatriz López y Aura Lucía Mera | Especial para GACETA
Las parteras del Pacífico: manos que dan vida

Rosmilda Quiñones, de 66 años, es portadora de una tradición del Pacífico.

El médico Saulo Quiñones formó a las primeras 30 mujeres que ejercían como parteras en el Hospital Regional de Buenaventura, para evitar la mortandad sistemática de niños en áreas rurales y marginadas.

Nuestro primer contacto con las parteras del Pacífico fue la noche del sábado 21 de mayo, cuando tambores, cununos y marimbas interpretaban ‘Mi Buenaventura’  y otros aires en homenaje a Baudilio Cuama.

Toda esta magia musical sucedía  en la Escuela Taller, situada justo en frente  del  emblemático Hotel Estación, cuyo diseño le debemos al ingeniero italiano Vicente Nasi, discípulo de Le Courbousier. Allí estaban Rosmilda Quiñones  y su hija Liceth, parteras ambas,  con quienes concertamos la reunión para el día siguiente.

Salimos de la Isla Cascajal, más conocida como el Puerto, para llegar al barrio la Independencia, muy lejos del casco viejo de la ciudad, construido en los años 40 en los extramuros, casi a la salida para Cali. Sus estrechas calles, sus casas de dos pisos y un abigarrado movimiento comercial, conducen a la sede de Asoparupa, en cuya fachada se destaca la escultura en relieve de una mujer negra, altiva, embarazada.

Nos recibe en la puerta  Rosmilda Quiñones, una mujer de sonrisa infinita, vestida de pollera y blusa blanca, turbante envuelto graciosamente con varios nudos y aros de oro chocoano. Pasamos a una habitación amplia donde una joven embarazada de cinco meses, acompañada por su marido, recibe masajes suaves y continuos de aceites y hierbas.  

Son las manos de las parteras del Pacífico: mágicas, impregnadas de esencias, preparando la llegada al mundo de esos bebés desde meses antes del parto. 

 Manos expertas, dedos sabios que saben cómo desanudar un cordón umbilical que pone en riesgo el nacimiento, o voltear la cabecita para que no se lastime. Manos que han heredado un conocimiento milenario. 

¿Quién es Rosmilda Quiñones? ¿Quién es esta mujer que ha liderado contra viento y marea la constitución de una Asociación, cuyas 254  mujeres inscritas tienen licencia ancestral, civil y jurídica para traer vidas al mundo?

Rosmilda nació en  Magüí, Nariño, donde su padre,  Edelberto Pío Quiñones Angulo, fue docente y llegó a ser Alcalde del pueblo. Con Rosa Elena Fajardo Arizala, tuvo diez hijos: Editrudis, Marlen, Rosmilda, Pío Absalón, Amparo Clelia,  Sunilda, Elpidio,  Wilberto, Angel y Lucy.  

Don Edelberto decidió trasladarse de su natal Magüí a Buenaventura con su numerosa prole. Rosmilda, todavía pequeña, empezó a trabajar con Flor María Gamboa, la ‘Chola’, que es la partera que más niños ha traído al mundo en la Costa Pacífica. De ella aprendió todos los secretos del oficio. Por ejemplo, a purificar el agua con azufre, a preparar el viche con el jugo de la caña, canela y  hierbas como la acedera.

Afirma Rosmilda que hay diferencias entre las parteras de su raza y las indígenas. “Nosotras somos más abiertas y no le ponemos misterio al trabajo de parto. En Nariño y el Cauca procuran no exponer las partes íntimas de la futura mamá, antes y durante el parto. Las tapan con sábanas y cobijas”. 

El cordón umbilical lo cortan cuanto ya se seca y generalmente llaman al papá para que lo haga, creando así un vínculo de apego con el recién nacido. Durante la gestación, involucran a toda la familia. Generalmente los niños nacen nueve meses después de la cosecha de chontaduros “después de los chontaduros, vienen los muchachos”, dice entre risas. 

Rosmilda no quiere dar el  número exacto de los bebés que ha ayudado a nacer. Dice que ha atendido hasta 10 partos por noche, durante los 20 años de ejercer el oficio. Solo un  niño nació muerto. “Una joven campesina llegó a la sede con el abdomen bajo y de inmediato intuí que algo pasaba. Le puse la campana o espinal (de madera) y no sentí los latidos del bebe. Le informé al médico de turno, quien corroboró mi diagnóstico”. 

Llegó la hora del parto, y efectivamente el niño nació muerto. Llevaba varios días sin que la madre sintiera sus pataditas. “Ella aceptó las explicaciones del médico pero el marido reaccionó violentamente y  amenazó con demandarnos”.

El marido de Rosmilda fabricaba colchones, mientras ella era la modista del barrio. Sus manos prodigiosas no solo eran buenas para traer bebés sino que también hacía collares, pulseras y convertía en bufandas las piezas que salían del telar. 

Cuando decidió reunir a las parteras del Pacífico colombiano para financiar los gastos de Cámara de Comercio, papeleos y otros permisos, todo lo que entraba por la venta de colchones iba para la Asociación.

El doctor Saulo Quiñones, entonces director del Hospital Regional de Buenaventura, al darse cuenta del gran potencial que tenían estas mujeres que hacían su oficio empíricamente, decidió formarlas y enseñarles a utilizar el estetoscopio, los guantes, las pinzas, las tijeras y el clance, así como a tener asepsia, a detectar una fiebre puerperal y otros estados de emergencia que solo debían ser atendidos por médicos.

Además, ante la racha de muertes de niños en las zonas rurales y en las áreas más deprimidas del puerto, en  el momento del parto, y con la escasez de médicos en la Costa Pacífica,  Saulo Quiñones sembró la semilla de esta Asociación con 20 mujeres, que hoy llega a 254. Al comienzo, no las aceptaban en los centros de salud, pero  él las apoyó en todo momento.

Hoy trabajan en conjunto con hospitales y clínicas. Una de sus reglas es no practicar abortos. 

Pero quizá la gran batalla que libró Rosmilda fue la inscripción de Asoparupa, yendo y viniendo a los estrados oficiales de Cali y Buenaventura, donde la burocracia le devolvía los papeles tachados. Una y y otra vez los hizo y los rehizo con el apoyo de abogados como Eduardo Areiza. Los  Estatutos datan de 1989 a 1991. Curiosamente, Dilian Francisca Toro era en ese entonces Secretaria de Salud Departamental.

Hoy, estas mujeres que es su mayoría provienen de Tumaco, Guapi, y veredas y esteros de la Costa Pacífica, son  mundialmente conocidas. Condecoradas e imitadas, las  invitan a intercambio de saberes ancestrales en  África, Francia, Estados Unidos, Brasil, México y Argentina. En este último país sucedió algo curioso: un médico se volvió partero tras conocerlas.

Existen viejas creencias relacionadas con las mujeres en embarazo. Por ejemplo, que el abdomen adquiere determinadas dimensiones si es niño o niña, que el machismo de los hombres afro está implícito en el número de hijos que tenga, no importa si es con varias mujeres, de ahí la explosión demográfica, origen del desplazamiento masivo hacia ciudades como Cali.

Rosmilda sonríe y afirma que lo único cierto es la historia de las 40 gallinas para la dieta de la mujer recién parida.  También señala que  la mujer de la Costa Pacífica no es la misma de antes: “Las que logran superar la barrera de la pobreza se están educando y le ponen condiciones y talanqueras al machista que jugaba dominó sentado frente a un barril, tomando cerveza, mientras su mujer se ganaba la vida vendiendo chontaduro  en un platón”. 

Para reafirmar lo que dice, se refiere a sus dos hijas, Liceth que hizo cuatro meses de enfermería en la Universidad Mathías Lumumba, en Bogotá. Luego se vino a trabajar con ella y hoy es la que organiza lo concerniente a la Asociación. También sigue los pasos de su mamá la otra hija, Isleani Angulo, que terminó Comercio Internacional, con proyectos de una maestría y  actualmente ocupa  una alta posición en Gases de Occidente.

Sostiene que en Buenaventura lo que existe hoy son muchos embarazos de muchachas jóvenes y que el desplazamiento ha producido una  cantidad de madres solteras, pues “los hombres se acuestan con ellas, las embarazan y se van”.

Esta mujer que hace parte de la nueva era de Buenaventura tiene tres hijos y dos nietos recibidos por ella. A sus padres y dos hermanos muertos los despidió con lágrimas entre alabaos y chigualos. Rosmilda recibe la vida y así conjura la muerte que ronda en los esteros de una ciudad que merece mejor suerte.

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