“Las historias nos permiten captar la realidad sin velos”: Juan José Hoyos

Abril 12, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Santiago Cruz Hoyos l Periodista de GACETA
“Las historias nos permiten captar la realidad sin velos”: Juan José Hoyos

La editorial Sílaba acaba de reeditar el que es considerado uno de los mejores libros de crónicas del país: ‘Sentir que es un soplo la vida’, del periodista antioqueño Juan José Hoyos. GACETA conversó con él. ¿Puede un libro cambiarle la vida a alguien?

La editorial Sílaba acaba de reeditar el que es considerado uno de los mejores libros de crónicas del país: ‘Sentir que es un soplo la vida’, del periodista antioqueño Juan José Hoyos. GACETA conversó con él. ¿Puede un libro cambiarle la vida a alguien?

La crónica se titulaba ‘Los muertos fuimos cinco’. Era la historia de un campesino que presencia una masacre. El hombre se salvó de los asesinos haciéndose el muerto.

La crónica estaba consignada en la página 145 del libro ‘Sentir que es un soplo la vida’, obra que reúne las mejores historias escritas por el periodista antioqueño Juan José Hoyos, en su época de reportero de El Tiempo.

Yo tenía unos 22 años cuando leí esas páginas. El corazón se me quería salir. Sentía la angustia del protagonista de la historia, Esmar Agudelo, quien podía ver todo lo que hacían los asesinos ya que le habían tapado la cara con una camiseta de algodón muy usada.

Y Esmar vio cómo uno de los verdugos se fue hasta donde él y le pegó un peinillazo en la nuca. Después le pegó otros dos, uno en cada hombro. Esmar alcanzó a ver por la camiseta cuando el asesino se agachó para sacar la puñaleta. Le metió tres puñaladas más en el pecho. Después escuchó que varios hombres se rieron cuando el asesino dijo: “voy a dañarle la jeta a este hijueputa”. Esmar sintió un peinillazo en la boca y se desmayó.

Fue cuando se hizo el muerto. Una vez los asesinos se descuidaron, entraron a un rancho por unas palas, Esmar dice que cayó en la cuenta de que estaba vivo y empezó a correr. Pero no era capaz de guardar el equilibrio. La cabeza le podía. Se le iba para los lados. Hasta que logró meterse en la montaña.

En ese punto solté el libro. La historia estaba tan bien narrada, que era como si yo fuera el campesino a quien le habían dado un machetazo en la boca, el hombre a quien su cabeza se le iba para los lados. Sentir lo que sentía la víctima era una manera de entender mi país. Sentir que es un soplo la vida.

Cuando terminé de leer me dije: yo quiero hacer lo que hace Juan José Hoyos. Entonces deseché para siempre la idea de ser  periodista deportivo para en cambio dedicarme a aprender a contar historias. Los libros, es cierto, le pueden cambiar la vida a sus lectores.

Ahora que la editorial Sílaba ha decidido relanzar ‘Sentir que es un soplo la vida (estará en las librerías este mes) valía la pena contarle esa historia a Juan José. Por lo menos aquí, por escrito. Él – al menos es la impresión que me ha dado - no se siente cómodo con los halagos. No le gusta que le digan eso que tanto le dicen: maestro. El relanzamiento era también una buena excusa para escucharlo de nuevo. 

No lo había pensado antes, pero hoy, más de veinte años después de haber sido publicado por primera vez por la Editorial de la Universidad de Antioquia, siento que ‘Sentir que es un soplo la vida’ es un libro fundamental en mi vida y en mi obra. En mi vida, porque cada línea de ese libro la escribí con mi sangre: quiero decir sintiendo y viviendo como mías cada una de las historias. En mi obra, porque aunque no me había dado cuenta, este libro es una mirada descarnada de mi ciudad, de mi región, con sus cosas bellas y terribles, y también de mi oficio.

Era un momento privilegiado para los narradores en la prensa escrita. Estaba desapareciendo la gran tradición del periodismo narrativo representada por Germán Castro Caycedo -para mencionar solo uno de los grandes maestros de nuestro oficio- y los editores todavía añoraban esos relatos llenos de vida, de amor, de odio, de paisajes, y entonces cada que un joven reportero se arriesgaba y se atrevía a abandonar los escritorios de la redacción para ir a buscar ese otro país, y por lo menos sabía poner las comas, aparecía gente que parecía caída del cielo y le daba la mano a uno. Y, ¡pum!, le cambiaba a uno la vida.

Yo recuerdo especialmente dos ángeles de la guarda en mi primera época en El Tiempo. El primero, Rafael Santos; el segundo, un veterano del oficio: don Carlos Villar Borda. Ellos dos, cada uno desde su orilla, me tendieron la soga que, de algún modo, me salvó de dedicarme a hacer un periodismo de escritorio, de ruedas de prensa, de comunicados, de grabadoras puestas en la mitad del escritorio de un gobernador, o un alcalde o un jefe político, para que cada uno diga lo que le dé la gana, sin ser cuestionado, ni confrontado. Un oficio servil, triste, donde el periodista es solo una especie de mandadero.

Fui un privilegiado. Cuando regresaba de un viaje buscando una historia, Rafael Santos me dejaba ir para mi casa para que el ruido de los télex no me distrajera. A veces escribía en la redacción relatos de  corto aliento. Cuando estaba escribiendo crónicas o reportajes trabajaba jornadas de salvaje: 18, 20, 24, 36 horas seguidas. En esa época tenía 26, 30 años. Ahora ya no soy capaz de hacer eso.

En Colombia, Álvaro Cepeda me convenció de que el periodismo narrativo bien hecho es pura literatura de urgencia. En el resto del mundo ya me habían convencido de eso Ernest Hemingway, Isaac Babel, John Reed, Daniel Defoe....

El buen periodismo no tiene nada que ver con la velocidad. Lo que sigue siendo importante en el periodismo no es decir primero las cosas, sino saberlas decir mejor, y eso no se logra con la inmediatez, con la velocidad de transmisión, eso se logra con la forma de investigar un hecho y, luego, con la forma de contarlo.

John Hersey se demoró meses y más meses en Hiroshima después del estallido de la primera bomba atómica en la historia del mundo, y aunque miles de periódicos, emisoras de radio y canales de televisión difundieron antes que él la noticia, nadie como Hersey y la revista para la que él trabajaba -The New Yorker- contaron la historia de la tragedia de Hiroshima con todas sus implicaciones para la historia de la humanidad. Hoy, 70 años después del lanzamiento de la primera bomba atómica, el reportaje de Hersey es considerado una de las obras maestras del periodismo de todas las épocas.

Sí hemos cambiado. Hoy las tragedias causadas por la minería ilegal son peores que antes. Los desplazados por la guerra sobrepasan los 6 millones, de acuerdo con cifras pulgadas por el mismo gobierno... Y Colombia está exportando más drogas ilegales que nunca antes en su historia reciente. Antes se hablaba de dos grandes carteles de drogas... Hoy nadie sabe a ciencia cierta cuántos son... Y los indios... cada día están peor, atrapados sin salida entre los bandos en pugna de la guerra que vive Colombia. Todos ellos invaden sus territorios sin ningún miramiento legal, reclutan indígenas menores de edad y asesinan a sus líderes tradicionales... ¡Claro que hemos cambiado! Hoy todo está peor.

Porque las historias, las narraciones, son las únicas que logran mostrar la realidad en forma total, con toda su complejidad. Son las únicas que nos permiten captar sin velos la realidad. Son las únicas que nos permiten comprender al otro escuchándolo, acompañándolo, viéndolo enfrentar los problemas de la vida diaria en su propio entorno. Porque las historias son las únicas que no mienten.

Dos últimas preguntas: ¿ha seguido de alguna manera relacionado con los protagonistas de ‘Sentir que es un soplo la vida’? ¿Les cambió en algo la vida el haber publicado sus vidas, a propósito del poder de las historias?

Tuve una relación muy estrecha con varios personajes del libro después de escribir sus historias. Fui amigo del Jaibaná Salvador y lo visité en su tierra casi hasta el momento de su muerte. Sigo recibiendo cartas, llamadas telefónicas, mails de algunos de los testigos y protagonistas de ‘Los muertos fuimos cinco’ y otros reportajes sobre las primeras masacre de los grupos paramilitares.

Con Manuel Mejía Vallejo, a quien entrevisté cuando él tenía 50 años y yo 20, fui amigo hasta su muerte. Muchos de los personajes de las crónicas y reportajes sobre el barrio Guayaquil se convirtieron en personajes de otras historias mías y fueron, como el Gordo Aníbal, mis amigos incondicionales hasta el día de su muerte.

Escribo una columna dominical para el periódico El Colombiano, de Medellín. Sigo insistiendo en terminar una novela que comencé a escribir hace más de diez años como un guión de cine y que se titula ‘Verás que nada es mentira’. Hace dos años me fui a vivir a una casa de campo situada a más de 100 kilómetros de Medellín buscando un lugar más tranquilo y una vida menos agitada para poder acabar de escribir algunas historias que toda la vida he soñado contar.... De vez en cuando vuelvo a sumergirme en el vértigo del periodismo para escribir un reportaje o una crónica... pero siempre con la esperanza de salir con vida y poder regresar al lugar numinoso, sagrado, de la escritura que es el sitio de encuentro con uno mismo, con su propia voz.

Primero que todo que viva intensamente. Toda crónica es un pequeño gran fragmento de la vida. Segundo, que lea a los mejores escritores. No se puede aprender a escribir sin aprender a leer. Tercero, que piense que el periodismo narrativo es ante todo un encuentro con el otro, con su voz, no un acto de egolatría. Cuarto, que siga el camino que le muestra su propio corazón y que no oiga consejos. Los consejos no sirven para nada. Cada narrador tiene que crear su propio método y hallar su propia voz.

 

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