Las campanas de Llorenç Barber sonarán en el Festival de Música de Popayán

Las campanas de Llorenç Barber sonarán en el Festival de Música de Popayán

Febrero 25, 2013 - 12:00 a.m. Por:
Redacción Gaceta
Las campanas de Llorenç Barber sonarán en el Festival de Música de Popayán

Las campanas son el instrumento por excelencia de Llorenç Barber, artista español que estará en Popayán el 19 de marzo, en el marco de los 50 años del Festival de Música.

Sus campanas han sonado en Londres, Acapulco y Buenos Aires. El próximo 19 de marzo sonarán, también, en Popayán, a donde regresa después de 14 años de su primera presentación. Su nombre es Llorenç Barner, es andaluz , y nadie sabe mejor que él a qué suenan las ciudades. Entrevista con uno de los invitados al Festival de Música de Popayán que celebra 50 años.

Cuando alguien le diga que el músico Llorenç Barber viene a Colombia, no se imagine que se trata de un pianista que viene a ofrecer un recital. Tampoco crea que se trata de un director de orquesta –aunque tal vez sí lo sea, pero no precisamente de una orquesta como las que conocemos aquí. En fin, no crea que ese señor de barba blanca es un músico tradicional: ‘traje de pingüino’, partitura en mano, violín bajo el brazo. Cuando le digan que Llorenç Barber viene a Colombia sepa que se trata de un músico de campanas. Ese, el de hacer sonar los bronces, es el oficio al que se ha dedicado este artista español en los últimos 30 años. Y gracias a él ha recorrido las ciudades más disímiles y distantes para acompañar a los ciudadanos a descubrir a qué suenan sus ciudades. Es lo que él llama música plurifocal. Sí, él lo sabe: es un oficio curioso. Tanto que muchos ponen cara de incrédulos. Pero luego sonríe cuando ve la reacción de los transeúntes, casi todos asombrados por los sonidos que nunca pensaron posibles. “Son muchas las fibras que se tocan al exponerse a una audición fuera de todo formato”, dice. Así lo ha visto en Acapulco y en Londres. También en Buenos Aires y en París. En Roma y en Popayán. Aquí, en Colombia, estuvo hace 14 años, en 1999, invitado a participar en la celebración de la Semana Santa. En esa ocasión, el concierto tuvo lugar a la media noche del Sábado Santo, tras la procesión del Señor Resucitado. Fue un concierto en el que participaron 49 músicos esparcidos en siete campanarios, y en el que sonaron las campanas de San Francisco, Santo Domingo, La Ermita, La Encarnación, La Catedral, la Torre del Reloj, San José y San Agustín. “En ninguna ciudad del mundo he vivido más despierto que dormido”, recuerda hoy con gracia. Y eso, vivir más despierto que dormido, es probablemente lo que vuelva a vivir en un par de semanas, pues este año Llorenç Barber es, de nuevo, el invitado de honor para la inauguración del Festival de Música de Popayán, que cumple sus bodas de oro. El concierto se realizará el 19 de marzo y contará con la participación de 40 músicos percusionistas en nueve campanarios del centro histórico de Popayán. ¿Cuál es el encanto de los bronces? ¿Qué encierra esta música? GACETA habló con el artista. Llorenç, ha dicho usted en varias ocasiones que uno de los primeros músicos que descubrió, siendo aún muy joven, fue John Cage, un monstruo de la música, un transgresor. ¿Fue acaso él el culpable de que usted tomara un camino poco convencional en la música? En la década de los años 70 la personalidad de John Cage turbaba a unos y concitaba nuevos modos de enfrentarse al arte. Yo fui positivamente incitado por sus reflexiones a salir de las rutinas y lanzarme a sus suculentos axiomas. Cage solía repetir que “la música que más me interesa es esa que todavía no he oído”. Pues bien, poco a poco fui buscando mi propio camino, lo que suponía salir de convenciones aceptadas y adoptar un estado de alerta por cuantas posibilidades se avizoraban. Y allí estaban el futurismo, el ruidismo, el maquinismo, la posibilidad de una orquesta que daba entrada a nuevos instrumentos y efectos. Para entonces, ya la música adoptaba elementos electrónicos y hasta computarizados... ¡Todo un mundo nuevo se ponía a nuestro alcance! Y yo, adolescente, visitaba lo más vanguardista para absorber cuanto podía serme útil. ¿Por qué quería diferenciarse tanto del camino tradicional de la música? ¿Qué buscaba? La verdad es que mi determinación era tal y la época en que yo estudiaba estaba tan infiltrada de ganas de novedad, que abundaban - incluso en la vieja España, todavía franquista- ejemplos humanos y creativos de primera instancia.Barce y su grupo Fluxus, por ejemplo. Luego sería alumno de Kagel, un compositor cuyas armas eran tanto los sonidos como las situaciones que acompañan el sonar, es decir, el soplo, la boca abierta, el certero golpear, la emisión esforzada y concentrada que acompaña al gesto instrumental. Así que yo quise tomar ese camino. Y era nada más que el principio. Muchas cosas iban a venir a partir de ahí.Como la música minimalista y experimental...Fue en un viaje a Londres, en 1976, el que me evidenció un montón de cosas: la riqueza de la improvisación libre, la versatilidad y el atractivo del 'contexto' en el que surgen los sonidos, es decir, la ciudad...El sonido de las ciudades. Ese es justamente el eje de su trabajo...Todo surgió de la lectura del libro ‘The tunning of the world’, del canadiense Murray Schafer, porque crece en mí la necesidad de crear el Taller de Música Mundana, un grupo especializado en dialogar creativamente con esa ciudad en la que vivimos inmersos y dónde también nosotros sonamos, porque aportamos nuestra voz sonora a ese sinfonismo que es el vivir en compañía de otros elementos y seres vivos. Pero entonces surge un interrogante: ¿Quién puede sonar de igual a igual, con unos rugientes y sucios autobuses o camiones?¿Es entonces cuando decide subirse a los campanarios?Sí. Acepto que dejar el asfalto para empinarme a la cima de unos campanarios preñados de bronces es un reto que nadie hasta entonces había tomado como arma nuclear. Entendí que ese era un dardo con el cual podíamos intervenir en el hábitat de los humanos. Ese fue el principio de todo: desplazar el interés al corazón de la cotidianidad común hacia eso que llamamos arte 'público' y dejar de lado los viejos e inoperantes (por limitados) 'auditorios', con sus repertorios y sus 'primas donas' o empolvados 'virtuosos' de mercado, o sus directores de larga batuta y 'tente tieso'.¿Cómo se interviene una ciudad a través de un concierto de campanas? Lo primero es conocer sus costumbres, sus sonidos, sus materiales, sus vientos y climas, sus alturas, su orografía, sus historia hecha 'urbanismo'. Es solo a partir de ahí que se puede ser tan audaz de querer 'sonar' ese cúmulo de variables que se muestran tan monstruosamente disímiles e inabarcables. Todo juega: los ecos, las distancias, las alturas, hasta las aceras y avenidas, los ríos, el mar...¿Eso quiere decir que todo sirve como instrumento musical?Sí, todo. Incluso si intervenimos espacios de intemperie. Pero ya es mi trabajo saber dosificar, superponer, amontonar o contraponer esos 'instrumentos'. Claro que luego hay que ser pacientemente pedagógico y explicar que la escucha ha de ser distinta de la que practicamos en las sala de nuestras casas, frente a la televisión y la radio, donde casi se da por sentada una escucha 'pasiva', inmóvil, de ojos cerrados. Aquí, por contra, la escucha es activa, móvil, inteligente y hasta cargada de suerte.¿Por qué campanas y no otro instrumento? Hace ya casi un milenio que nos acompañan. Vinieron de oriente para sembrar nuestros entornos. Con el tiempo se llenaron de memoria, se entrometieron en nuestras celebraciones personales, familiares, grupales y comunales, y despiertan en quienes atienden su sonar recovecos muy intensos. Justo cuando parecían muertas, llega el pensamiento artístico celebracional y las espabila, les da un nuevo orden cívico. Un concierto de campanas es más que un simple concierto; acaba siendo una manifestación de ciudadanía, un firme postular que el espacio público ha de ser limpiado, curado y vestido de un nuevo esplendor, de unas nuevas maneras de comunicación.¿Cuál es la respuesta del público?Son tantas como las fibras afectadas de cada quién al exponerse a una audición fuera de todo formato. Muchos se tropiezan con una realidad: la plaza invadida de rebotes sónicos, el aire poblado de sondas que llegan, juegan, y dejan sembrados nuestros sentimientos. Pensemos que más del 90% de nuestros vecinos nunca entrará en su vida a ningún auditorio. Porque ese silencio faraónico de sus vestíbulos, ese rancio vestir de sus trajes pingüino, ese escuchar adormecido no les es atractivo. Y, sin embargo, oír en su ventana un sonar tan familiar como el de ciertos bronces es algo suyo, sólo suyo. Pero al mismo tiempo algo tan compartido como el pan, o el respirar. ¿Qué expectativas tiene de Popayán, una ciudad que visitará por segunda vez? Conozco Popayán. No en balde he vivido varias semanas, muy intensamente, entre sus calles y torres. En ninguna ciudad del mundo he vivido mas despierto que dormido que allí. ¡Había tanto que hablar, que escuchar, que visitar que volver a pensar! A todos quienes vayan al concierto les aconsejo que se den la oportunidad de abrir las orejas, sin abandonar la calle, las plazas, las terrazas... Que disfruten los sonidos distintos, que se los gocen; que abran de par en par las puertas de su sensibilidad y memoria. Que recuerden que es SU andar el que compone este desatado sonar que es la música pública para auditores activos y audaces.

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