‘La tierra en la lengua’, el regreso al cine de Rubén Mendoza

Julio 20, 2014 - 12:00 a.m. Por:
Claudia Rojas Arbeláez | Especial para GACETA
‘La tierra en la lengua’, el regreso al cine de Rubén Mendoza

'La sociedad del semáforo', una película sobre la vida en la calle, causó polémica por su crudeza.

Luego de su polémica película ‘La sociedad del semáforo’, que mostraba la cruda y oscura realidad de las calles bogotanas, el director Rubén Mendoza regresa a la pantalla con ‘Tierra en la lengua’. Con un guión premiado en Italia y Estados Unidos, la película aborda un sentimiento similar al del eterno odio al padre: el desprecio por un abuelo mezquino y autoritario.

Como autor, Rubén Mendoza se cuida de lo que dice. Más que por soberbia, lo hace por el respeto que le tiene a un espectador del que todo lo espera pero al que nada le pide. Ni siquiera taquilla. Tampoco aplausos. Por eso, solo propicia un encuentro con sus historias, contadas con la voz del corazón y el afecto, pero también con el hígado y el odio. Él es un autor que hace preguntas directas, pero al que tampoco le molesta dar respuestas incómodas.Ya ha aprendido a estar por encima de muchas cosas. Sobre todo después de lo ocurrido, varios años atrás, cuando su opera prima, ‘La sociedad del semáforo’, enfrentó a un país al que le resultan incómodas ciertas realidades y prefiere quedarse con las sombras que se proyectan y que le producen el placebo de que todo está bien. Desde aquel momento, el director boyacense de 33 años emprendió un camino que lo llevó por otras latitudes terráqueas y lo internó en un proyecto más personal, uno que tuvo su génesis en sus días de infancia, pero que solo ve la luz ahora con el nombre de ‘Tierra en la lengua’. Una película que ya empezó a ganar reconocimientos en diferentes festivales y con la que Mendoza continúa su recorrido del ‘director fénix’ que sabe reescribirse desde el papel hasta la pantalla con la certeza del que camina en terrenos llenos de piedras pero también de rosas.Por estos días, Mendoza confiesa que se ha convertido medio caleño. Y es cierto. Casado con una caleña, acaba de desembarcar en la llamada ‘Caliwood’ para ver crecer aquí a su pequeña hija. En medio del calor de esta tierra que inspira imágenes, hablamos con él de sus películas.Rubén, ’Tierra en la lengua’ empieza con unas imágenes caseras y un diálogo entre un hombre joven y una anciana a la que entrevista con bastante complicidad. Esto podía hacernos pensar que la película que vamos a ver es una realidad. ¿En qué momento entra la ficción?El hecho de empezar con una entrevista es porque soy de los que piensa que hay cosas que se escuchan más bonitas contadas y escuchadas que vistas. A mí me parece muy rico confundir, y confundir es parte del sabor final que deja esta película: qué es verdad y qué mentira. De hecho, la primera imagen la filmé por casualidad a los diez años y la última imagen que sale en la película la filmé, también por casualidad, en el 2002. Entonces esta película es toda ficción y también es toda verdad. Porque empieza en una ficción y ahí se mantiene aunque cuente una verdad muy profunda para mí.Eso quiere decir que de alguna manera esta película es producto de alguna anécdota personal…Como dice Leopoldo María Panero, “la odiosa dicotomía entre lo público y lo privado”. Sí, es una historia que conozco, pero tal vez para mucha gente que haya padecido a un patriarca como don Silvio le puede resultar también propia. Ese es uno de los misterios de las obras de arte, conectarse con el público bien a través de sus amores o de sus odios. Algo muy paradójico y ambiguo es hablar de realidad o de mentira y no de ficción y documental como herramientas expresivas. Porque también pueden mezclarse y hacer unos híbridos interesantes como las ficciones documentadas o los documentales ficcionados.Una de las primeras cosas que llama la atención de la película es que transcurre en los Llanos Orientales bajo condiciones muy limitadas: no hay señal telefónica, escasos servicios públicos, el contacto con otras personas es mínimo. ¿Por qué fue tan importante para usted crear ese ambiente de aislamiento en el que se mueven los personajes?Porque solo desde el aislamiento estos personajes pueden realmente intimar entre ellos hasta la frontera del irrespeto. Y solo cuando intimamos de verdad con alguien exponemos nuestra verdad y también nuestra porquería. Este contacto obligado que se da entre el abuelo y sus dos nietos es generado por la geografía y las condiciones en que se encuentran, en una casa sin luz, sin teléfono y completamente alejada de todo el mundo. Eso hace que emerja en ellos su oscuridad. Esto fue algo que no me propuse conscientemente, pero a veces basta con pensar las cosas para que se den y en este sentido… sí, sí pensé que estando aislados eran inalcanzables de muchas cosas menos de ellos mismos. A lo largo de su obra, desde que empezó con sus cortometrajes como ‘La cerca’ y ‘Reino animal’ por mencionar solo algunos, hasta ‘La sociedad del semáforo’, siempre ha sido un director osado y libre en manifestar sus posturas. Uno al que le gusta abrirse y exponerse. ¿Pasa lo mismo en ésta?En realidad yo quería sentirme muy poco expuesto en esta película. Y aunque tiene unas imágenes reales, también hay un material inventado. El súper ocho lo filmé yo y las imágenes del VHS fueron grabadas con la cámara de una tía, cuando yo tenía 10 años y hacía una imitación de mi abuelo. Pero no me siento contando la historia de mi abuelo sino compartiendo la vida de un personaje muy cercano a él. Porque me da mucha curiosidad alguien que en teoría es malo, como muchos machotes de su estilo, pero que a la vez sea tan magnético. Son personajes que encarnan la desventura pero también materializa la aventura. Con ese ‘man’ (mi abuelo) siempre pasaban cosas buenas, siempre íbamos a lugares especiales y nos ponía de cara a tanta belleza mientras él estaba tan oscuro. Como dice el tao “conoce la belleza, mantente en la inmundicia”, él siempre se mantuvo oscuro, aunque la cosa estuviera preciosa.¿Y en qué momento todas esas vivencias empezaron a plasmarse en una película?Esta película tiene una génesis que parecería que fuera la primera, porque sus primeras imágenes las hice cuando era un niño. Pero en realidad, la escribí por primera vez cuando tenía 21 años. Se llamaba ‘El burladero’ y la trabajé como tres años. La mandé a una convocatoria en la que me presenté con un sobre en el que decía “¿Qué haría si su abuelo le pide que lo mate?”. Y cuando habrías el sobre decía: “Una película”. Tres años después leí el proyecto y me pareció que no pasaba de ser una venganza adolescente sin mucho sentido. Después, cuando estrené ‘La sociedad del semáforo’ y quería largarme de aquí como fuera, retomé el proyecto para presentarme a las becas de la Cinéfondation del Festival de Cannes. Me presenté con mucha honestidad, mandando un poema que casi era una renuncia. Les contaba a los jurados que ese proyecto era increíble, porque era muy oscuro, lleno de porquería. Decía que quería tener tiempo para reorganizar esa idea y ese material, que ni siquiera estaba seguro de que ahí hubiera una película. Y me gané la beca. Ese mismo año también ganó un caleño, Óscar Ruiz Navia.Una beca que le daba seis meses pagos para escribir su proyecto. ¿Cómo le fue en ese tiempo?Estando en París, revisé el material de archivo y las entrevistas que le había hecho a la familia y allá empecé a dibujar mucho. La premisa continuaba siendo la misma: un abuelo le pide a su nieto que lo mate y durante ese viaje los nietos descubren la figura real de ese abuelo, el patriarca acaparador, el machote y se dan cuenta que matar a un personaje como estos es premiarlo. En el tiempo de la residencia escribí un par de argumentos, pero no llegué al guión. Eso sí, vi todo el cine que pude y también hicimos unas fiestas míticas. Fiestas a las que llegaron a ir cien personas. Entonces, ¿quién se iba poner a escribir con tanta comodidad?¿Por qué? ¿Acaso hay unas condiciones especiales para escribir?Sin ninguna urgencia es muy difícil escribir. Cuando uno tiene todo suplido es más difícil hacerlo. Es mi posición de autor, de la manera como me gusta escribir. Las condiciones fundamentales mías para escribir tienen que ver con la comodidad de mi existencia. Soy un escritor de muchas versiones, reescribo hasta en el rodaje y en la edición. Yo no creo que haya una forma mejor o más contundente de escribir. Eso es lo bello del arte: no hay fórmulas ni caminos seguros. A veces yo padezco un mes entero de no poder escribir. Y cuando digo padecer es que puedo amargar una ciudad entera, pero después ante la urgencia de la entrega logro escribir. Pero para mí el guion es solo una etapa, porque soy un director que escribe sus proyectos y los lleva hasta el fin. Yo reescribo con la cámara, después con el montaje y le pongo la puntuación con el sonido.¿Hay puntos de unión entre lo que hizo antes y ‘La tierra en la lengua’?Claro, hay un puente muy grande entre ‘La cerca’ y ‘Tierra en la legua’. Soy un hombre de volver todo el tiempo, también un hombre urbano y un hombre rural. Desde mis cortos lo he ido descubriendo. Donde me siento cómodo me acomodo, me ‘jala’ la geografía. No solo el paisaje, sino todo lo que la atraviesa. En Colombia, por ejemplo, cada 50 kilómetros hay otra altura, otra vestimenta, otro tipo de alimentación, otros cultivos. Eso me encanta. Y yo soy igual, la geografía me atraviesa todo el tiempo, unas veces en Bogotá, otras en Boyacá, otras en el Llano. En cuanto a los inversos también hay algunos puentes. Los personajes masculinos, pero también la fuerte presencia femenina que los acompaña. Pienso que cada obra es particular, según su sentido y el río que la trajo hasta ahí. Con ‘La sociedad del semáforo’ tuvo algunos asuntos incómodos con ciertos medios. ¿Qué le quedó de todo eso?Uno tiene que estar buscando como cineasta. No hay que creerse lo malo, ni tampoco lo bueno. La película hizo 52 mil espectadores, pero fui agredido por el periodismo de farándula y es muy triste que eso se vuelva la primera relación con la película cuando yo me demoré cuatro años construyéndola. Y llega un periodista y le habla a tres millones de personas o quién sabe cuántos más, y les presenta una entrevista editada. Finalmente el fracaso y el rechazo fortalecen y aclaran el camino también. Uno se compara con los héroes de uno. Van Gogh le creía a su hermano que le decía “todo bien, que estamos en lo que es” y aunque se murió de hambre hoy lo siguen miles de personas. No estoy diciendo que me vaya a pasar igual, pero hay que persistir en el camino. Sobre todo si siente que está satisfaciendo su existencia. Hay que ofrecer lo que uno tiene en el espíritu, eso es lo más honesto que hay.

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