La sociedad de los poetas presos, en Cali

La sociedad de los poetas presos, en Cali

Noviembre 13, 2016 - 12:00 a.m. Por:
Anderson Zapata R. / Especial para El País
La sociedad de los poetas presos, en Cali

Por medio de actividades lúdicas y académicas los reclusos pueden potencializar sus procesos de formación personal.

La poesía penetra todos los espacios donde el espíritu humano esté vivo, aunque este espacio sea una cárcel. En el pasado Festival Internacional de Poesía de Cali, un grupo de presos poetas olvidaron por unos segundos su condena y recitaron sus versos.

Cae la noche en la cárcel de Jamundí y la imaginación de Óscar, quien se encuentra preso desde hace más de nueve años, se convierte en poesía: 

Oh… cuántos dudan de tu existencia.

Dicen que no eres real.

Que eres efímera.

Que eres ilusión de vida.

Que solamente existen momentos pasajeros de tu existir.

Carmen, quien lleva tres años presa,  también ha decidido armarse de lápiz y papel para contar uno por uno los días en prisión. Sobre el primer día tras las rejas,  escribió:

Agoté mis lágrimas en una noche

Pero creo que aún goteo

Como la muerte.

Óscar y Carmen han encontrado en las palabras una salida. Y no es metáfora: la poesía no solo libera su imaginación de la cárcel, sino que además los hace salir, físicamente, de ella. Así sea por unas horas. 

Óscar y Carmen sedujeron con sus versos a los jurados del XVI Festival Internacional de Poesía de Cali, que se realizó entre el pasado 19 y 23 de septiembre. También  fueron los protagonistas de la gala de premiación del Festival, en el Teatro Jorge Isaacs. Allí, ante centenares de personas, recitaron.

Su lugar  en la final de esta fiesta de la palabra  lo obtuvieron después de concursar  con cientos de personas privadas de la libertad, que postularon sus escritos para la categoría que el Festival  tiene reservada para ellos. Minutos antes de saltar al escenario del Teatro Jorge Isaacs, Óscar miraba de reojo por una ventana del quinto piso del edificio. 

Contemplaba la poesía  de la vida que tantas veces nos pasa inadvertida: el atardecer caleño, el cerro de las Tres Cruces, la arquitectura  de La Ermita, el renacentismo del diseño del edificio de Coltabaco,  los carros. Sí, cuando estás en prisión hasta el tráfico puede convertirse en poesía. Mientras tanto Carmen, en un rincón,  repasaba una y otra vez el poema que en minutos, iba a recitar:

Hay días en que los hechos 

muestran que no basta desear

Para mover montañas

‘Un día más es un día menos’

es la frase de consuelo

mientras nos desovillamos 

recordando lo que fuimos.

Llegó el momento para Óscar: 

Mi bello barrio, Floralia…

Recorrí mi infancia ya pasada

Por tus corredores conocí la cultura de mi Cali amada,

En medio del estudio, el deporte, vagancia y sueños

Conocí el éxtasis de la vida.

Llegó el turno de dar a  conocer los nombres de los  ganadores de la categoría. Primer lugar, Carmen; segundo lugar, Higinio Ildefonso; tercer lugar, Óscar. 

Entonces Carmen subió al escenario, la poeta más ovacionada de la noche. A los presos los juzgan, los señalan, los encierran. La poesía, en cambio, hizo que la aplaudieran, la admiraran y hasta  saliera en los periódicos en la sección de las buenas noticias.

Óscar nos cuenta  que la prisión, sobre todo los primeros días,  es un lugar de ira y llanto. Sin embargo, son estas circunstancias las que lo motivan a plasmar en sus escritos lo que se vive todos los días en ese lugar. 

“Nuestra mente, alma y cuerpo van juntos, y cuando ellos se unen comienzan a brotar palabras, ideas y frases. Lo que yo hago es convertirlos en cuentos y poesías”, dice Óscar mientras sostiene una pila de papeles, sus historias. 

 “Quienes inspiran mis escritos son mi familia y mis hijos, ellos saben que estoy en deuda con ellos ya que desafortunadamente, por circunstancias de la vida, estoy en este lugar, pero saben que los amo”.

Carmen, por su parte,  cuenta que en la cárcel hay un dicho que todos repiten cada vez que  ingresan a las celdas. “Un día más y un día menos, un día menos para estar recluidos y un día más que se le suma a la redención”. 

Las noches pasan y la monotonía de los días en la cárcel se le hace el peor castigo. Carmen plasmó  aquel  sentimiento en una poesía titulada ‘Sobre el principio’. 

Allí cuenta todo lo que se ideaba para tratar de salir del encierro y verse con lo que mueve su vida: su hijo.  Él está fuera del país, pero todos los sábados hablan durante  una hora. Porque Carmen, pese a la prisión,  no ha dejado de ser madre, no ha dejado de dar consejos, de ordenar, así sea por el teléfono.  La maternidad es otra fuente de inspiración para sus versos.

Carmen  y Óscar  dictan clases de escritura a los demás reclusos de la cárcel de Jamundí. A muchos les han enseñado a escribir, y a nadie se le deja pasar un error de ortografía. Somos lo que escribimos.  

“Allá, en la cárcel, lo que fomentamos son los valores, la ética y los proyectos de vida. Queremos que la gente valore lo único que uno tiene en un lugar de estos, la vida”, dice Óscar, quien también promueve la convivencia pacífica. 

Antes de agredir, pregona, mejor pensar con cabeza fría. La rabia, a muchos, los condujo hasta allí.  A otros, al cementerio. “En la cárcel,  hay talento, emociones, futuro y ansias de seguir viviendo”, interviene  Carmen.  Y eleva la voz, como si gritara: “Es que aún, pese a las rejas,  tenemos un corazón que vibra”.

Por: Juan David Ochoa.

Después de aceptar  la invitación a dictar una serie de talleres en el complejo penitenciario COJAM, sobrevino la naturaleza de la duda y el impulso inevitable de una alarma que dejaba entrever los gritos poderosos del prejuicio. 

Los intenté aplacar con argumentos laborales, con los fundamentos rígidos del profesionalismo, con la obligatoriedad del cumplimiento, sin pensar aún en lo que después estallaría de frente como una revelación y un golpe: la razón humana para hacerlo, pero no precisamente por ellos, los internos aislados de los ruidos posmodernos del mundo, sino por mí; un ingenuo escritor atragantado por la invidencia feroz y la fragilidad sin fondo.

El 16 de agosto llegué con Alejandra Lerma, amiga y compañera de oficios, al centro cultural de Cali. Allí nos esperaban Victor y Julián; representantes de la red de Bibliotecas Públicas, dignos domadores de una calma que conjugaban sutilmente con el humor negro para atenuar una jornada que nos describían como imprevisible.

Atravesamos la ciudad en un Twingo voraz que alcanzó en pocos minutos las últimas humaredas del tráfico del sur.

  Alejandra y yo hacíamos el silencio íntimo de la curiosidad, y cuando estábamos a punto de un interrogatorio de previsiones, vimos el primer indicio; una torre de control gigantesca y moderna en un extraño parecido a un molino de viento con francotiradores del INPEC que soportaban la jornada en el letargo de quien no espera nunca lo temido. 

La portería inicial nos entregó los primeros indicios de una logística dura. Con el papel de ingreso sellado y los documentos envueltos en un papel de registro, esperamos una hora al costado del portón mientras conocíamos mejor a los promotores  y guías ya fulminados por la seriedad de las funciones. 

Lo siguiente fue el ingreso al portón 2: una extensión de seguridad más allá de los parqueaderos donde estaban dispuestos los perros labradores que nos miraban con los ojos de ese otro mundo lejano y desconocido de la animalidad. 

Nos sentamos en fila, uno a uno, mientras pasaban a soplarnos con su olfato de ansiedad y abstinencia. 

Pasamos al filtro central, presionamos las huellas por un cuaderno de un grueso de dos siglos de anotaciones, intercambiamos los documentos y el registro por una ficha de madera numerada que debíamos cuidar como a nuestra propia memoria, nos quitamos los zapatos para dejarlos ir por la máquina del pundonor, y nos paramos frente a frente de otro dragoniante que nos esperaba después del detector de metales para la última requisa. 

Ya ibamos adentro, ¿o afuera? y la primera visión fue al visión exacta del surrealismo, la aparición más escalofriante y sublime que indicaba que estábamos pisando las reglas de otro mundo: de un edificio de cinco pisos atravesado por barrotes azules estallaba un ruido ensordecedor que solo se dejaba ver por incontables toallas blancas que se batían todas sin parar con movimientos extraños. 

No comprendíamos la finalidad ni el argumento, y pude percibir el silencio casi paternal de Julián y Victor que parecían dejarnos arrastrar por el suspenso, alargándonos la respuesta.

-Adivinen lo que significa- Dijo Julián a nuestra espalda.

-lo miramos con la sonrisa de la perplejidad y el hambre de la revelación.

-Es un abecedario propio. Lo construyeron para comunicarse con las internas que se encuentran al frente. Por más que intenten descifrar no lo podrán hacer. Es demasiado Rápido. 

Lo dijo así, caminando con la costumbre de haber aceptado la ficción más grande.

- ¿Y cómo hacen para saber quién es quién si la distancia es enorme?  Preguntó Alejandra, pasmada.

- Víctor se encogió de hombros y volvió a sonreír. Nadie lo sabe- dijo. 

- El chat se cae solo cuando llueve, porque no se ven, o cuando se van a dormir.

No recuerdo quien soltó esa frase pero la dijo con la conciencia de la brutalidad surreal de lo que estaba sugiriendo: el majestuoso y terrorífico impulso incontenible de la humanidad para comunicarse contra toda la legalidad y los peligros, sobre todas las posibilidades y los muros, pese a toda probabilidad.

Los pasos ya estaban dirigidos por el hipnotismo. Después de esa revelación no podía soportar la realidad de algo más desbordante o más inconcebible, pero seguía el protocolo para el ingreso a la cárcel de máxima seguridad, al costado derecho del complejo. Miré a Alejandra con suspicacia, conozco desde hace mucho su sensibilidad. Quería ver algo en su rostro que me transmitiera un mínimo de extravagancia ante lo que acabábamos de ver. La mirada fue en silencio. Las palabras eran inútiles frente a esa magnitud, lo sabíamos. ¿ Le ibamos a enseñar a escribir a quienes ya habían descubierto otro tipo de lenguaje? Me pregunté sin decírselo a nadie. 

Frente a la cárcel de máxima seguridad el protocolo fue igual: reseña dactilar, firma, escanner, y continuamos entre un pasillo angosto que solo dejaba ver alrededor una maraña de alambres extensivos que explicaban la extrema peligrosidad del patio. Al final dos dragoniantes nos esperaban con gesto que identifiqué, y corroboraría después, como un tímido nerviosismo. La seguridad no gusta mucho de las visitas, dicen, por evitar eventualidades de riesgo. 

Cuando nos abrieron la puerta detallé lo particular. Los internos que caminaban alrededor de la cancha tenían un aspecto distinto a los internos del edificio inefable. Eran corpulentos, andaban en pequeños grupos, y en la mirada tenían el código del desafío. Nos explicaban al mismo ritmo de las preguntas internas que muchos allí tenían condenas por dirigir grupos armados, o por narcotráfico desde las altas esferas, o por ameritar simplemente un cuidado sobrenatural. Las miradas de sospecha y crudeza podían entenderse entre la tradición natural del mando que tuvieron alguna vez, y la pausa de sus pasos tal vez sea la calma de quien apenas empieza a dimensionar su pasado.

Alejandra ya se había alejado junto a Julián hacia el pabellón de mujeres, y en el lugar en el que me encontraba estaba Ballesteros; el jefe del INPEC  en el lugar, la voz de mando. Nos envió a Victor y a mí con uno de los internos que conocía bien la geografía de los barrotes y la enumeración de la central de educación, donde dictaría el taller. El hombre nos llevó hasta un salón amplio y nos ordenó esperar mientras se encargaba de citar los inscritos. En pocos minutos empezaron a llegar, uniformados de blanco, en silencio, saludaban sutilmente, otros con la cordialidad de un apretón de manos, y rodearon el salón mientras se ubicaban disciplinadamente en las sillas adecuadas junto a mesas que concatenaban perfectamente en formación de óvalo.

 Mientras escuchaba la lectura de cada una de esas voces que sabía que jamás volvería a escuchar entre la vastedad del país y del mundo, no podía dejar de conmoverme por esos intentos de explosión, esas muestras de inocencia al otro lado de la oscuridad que querían, tal vez, apaciguar su ruido, opacar su memoria o revelarla sin espanto, confesarse o intentar entender entre tanta incertidumbre y fragilidad los profundos suburbios humanos, con el peligro asumido de llegar a verlos.

Sabía de antemano que aunque quisiera, no podría explicar en detalle la sensación de haber atravesado la jurisdicción de otros códigos de existencia. Todo lo que en libertad se acepta entre la rutina de un horario complejo o trivial no tiene ninguna comparación con los códigos de un presidio: la sensación y la interpretación del tiempo, la aceptación de una condena sujeta a la irrestricta logística de la vigilancia, la introspección del silencio o su revelación en aturdimiento, la cotidianidad del movimiento de quien se sabe solo, la subjetividad, la recriminación, la aceptación, la fe, la idealización del amor, la comprensión poderosa de percibirse libres.

Cuando fui realmente consciente otra vez del retorno a la furia del mundo, ya había atravesado de nuevo los barrotes, las firmas de identificación, el rastro de las huellas y la retoma del documento que me hacía ciudadano del albedrío. Allí quedaban para siempre, hacia otro ángulo del progreso de un lenguaje alterno, las toallas que se agitaban solas intentando revelarse el deseo desde lo posible y la intensidad del amor entre el tiempo que les permita la extensión de sus condenas.

Libertad

Por: Óscar Ricardo Rico

Te añoraba aún si haber nacido, 

Al observar el mundo al que llegue 

Me sentí inquieto y maravillado,

Al sentirte en el canto subliminal de un pájaro. 

Luego, cuando dí 

mis primeros pasos 

Y sentí la frescura

 de la naturaleza

Bajo mis pies descalzos, me maravillé de nuevo.

El bullicio y el silencio llevan tu ilusión,

La misma que hoy infundes en mi corazón.

En las tinieblas y en mis sueños de cada noche 

Ahí estas tú, al igual que en la luz del sol radiante

Al alba al despertar observo con anhelo el oriente

Y poco a poco ciento como das vida a este mundo inconsciente.

Oh… mi añorada y amada

Cómo no creer en ti 

Si estas en cada molécula de mi ser.

Aunque en ocasiones me traicionas con tus burlas

En estos muros y barrotes que me aprisionan

En los años que llevo encerrado y lejos de ti,

Me has enseñado que no es fuera, si no dentro de mi

Que habitas tú, mi añorada libertad.

Ingreso 

Por:Carmen Cecilia Cifuentes

Hay días en que los hechos  

Muestran que no basta desear 

Para mover montañas 

“Un día más es un día menos” 

Es la frase de consuelo 

Mientras 

nos desovillamos recordando 

lo que fuimos 

Y parecemos niños esperando un regalo 

Mientras, afuera, 

un hijo pregunta 

¿Cuándo será mañana?

Fuga

Desde el rectángulo

 de mi ventana

huelo la luna y 

las angostas estrellas

con un espejo clandestino

las persigo como fantasma agotado

viene la ronda,

 mis manos insomnes

se aferran a las rejas mientras

pienso en

 el mundo vertiginoso

 de afuera

al lado de nuestro, ritmo cansino

 y renegado.

Mi paisaje es corto,

las paredes exhiben sus

 tripas desvergonzadas

y yo estoy sola, estallada

 de recuerdos.

‘Librarte’ es un proyecto de promoción de lectura, escritura y lenguajes expresivos. Todos,  espacios donde el recluso logra ser libre a través de la palabra.  

 

VER COMENTARIOS
CONTINÚA LEYENDO
Publicidad