La música que unió a un exguerrillero, un exsoldado y una víctima de los 'paras'

Julio 03, 2016 - 12:00 a.m. Por:
Santiago Cruz Hoyos | Periodista de GACETA
La música que unió a un exguerrillero, un exsoldado y una víctima de los 'paras'

'Javi', 'The Olave', y 'El brain de la melodia', los integrantes de Sensación Positiva.

‘Sensación positiva’ es un grupo musical que ha hecho de la reconciliación, el mensaje para llevarle a Colombia.

‘El brain de la melodía’ se encontraba almorzando cuando vio la noticia por televisión: el gobierno de Juan Manuel Santos y la guerrilla de las Farc acababan de firmar, en Cuba, el cese al fuego bilateral. 

- Sentí mucha alegría. Ahora los grupos que están en el monte tienen que poner de su parte. Y nosotros, como sociedad. 

‘The Olave’, igualmente, estaba en su hora de almuerzo cuando se enteró del acuerdo. 

- La paz no se firma; se hace.

‘Javi’ se enteró después de almorzar, cuando revisó las noticias en su celular. Estaba trabajando en un municipio del Cauca, Guachené. Ahora los tres se encuentran en una cafetería de un centro comercial al sur de Cali. 

[[nid:552269;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/270x/2016/07/img_00441.jpg;left;{Con ‘Amar en tiempos de guerra’, nuestro próximo proyecto, queremos enviar un mensaje de reconciliación, cambiar las mentes de quienes se resisten al perdón”.Foto: Especial para GACETA}]]

- Nosotros vamos a poner nuestro grano de arena a la paz de Colombia con una canción en la que cada uno cuenta su historia en el conflicto armado. Se va a llamar ‘Amar en tiempos de guerra’. 

‘El brain de la melodía’, ‘The Olave’ y ‘Javi’ -  sus nombres artísticos y con los que desean ser identificados en esta historia - integran un grupo musical que es símbolo de lo que hoy pretende buena parte de Colombia: la reconciliación. 

El grupo – Sensación Positiva se llama -  lo conforman un exguerrillero, un exsoldado de la Marina y un joven  desplazado de su pueblo por grupos paramilitares. 

- ¿Cuando se juntaron eran conscientes de lo que representan?

- No. Todo se dio porque simplemente somos amigos. 

- Y en esa nueva canción que están preparando, ¿qué historias van a contar?

***

El exguerrillero nació en el departamento de Nariño, en un pueblo cercano al río Patía. Era, técnicamente, un campesino.  Desde muy niño se ganaba la vida en el campo. En el campo es casi una obligación que un pequeño de diez años ya esté trabajando – es eso o que la familia no coma -  entonces él a veces sembraba. Otras veces se dedicaba a cortar árboles con un hacha para vender los troncos en los aserraderos.  Y sin embargo, dice como si eso de por sí ya no fuera difícil, la vida posterior en la guerrilla  se le hizo muy dura.

A las Farc ingresó cuando tenía 13 y le hicieron una promesa que jamás se cumplió: si te unís a  nosotros, tu familia tendrá una mejor vida. El niño campesino que se volvió guerrillero anhelaba eso, una oportunidad para tener una mejor vida. Que la gotera no lo mojara mientras dormía, que pudiera comer tres veces al día todos los días, que  su bisabuela, la mujer que lo crío después de que su mamá lo dejara, tuviera una casa digna frente al mar de Tumaco y del mismo color de la mesa en la que charlamos ahora: caoba. Es su color preferido.

Los únicos que le hablaron de una oportunidad, sin embargo,  fueron los guerrilleros. Y él aceptó. El conflicto en Colombia, no importa en qué bando estés,  finalmente es eso: una forma de ganarse la vida.   

En la guerrilla  debía levantarse a las 4:20 de la mañana. Tenía dos minutos para bañarse, otros dos minutos para ponerse la percha, el uniforme,  un minuto para comer algo, generalmente un plato que parecía hirviendo pero que cuando probaba el primer bocado ya estaba frío. La selva es inclemente, como algunos comandantes que la habitan.  Si alguien se tardaba más de un minuto en comer, corría el riesgo de que un superior le tirara su plato al suelo. 

Pero eso era lo de menos. Lo de más eran los bombardeos. La primera vez sucedió después de que su comandante estrenara un fusil disparándole a una avioneta de reconocimiento que sobrevolaba el campamento. La avioneta se fue, pero a los 45 minutos aparecieron los aviones. 

En ese caso se activa un código de retirada. Unos hombres que en la guerrilla llaman ‘fusileros’, armados con metralletas de balas largas capaces de atravesar cualquier blindaje, se encargan de repeler el fuego aéreo mientras el resto huye hacia otro campamento previamente acordado. Cuando todos se encuentran de nuevo hacen el conteo de las bajas. Ese día hubo seis que no llegaron al sitio acordado. 

Es cuando los comandantes aprovechan para repetir con furia el discurso que tanto han pronunciado: el gobierno es el enemigo, los soldados son enemigos, los ricos son los enemigos, los culpables de todo. Y el corazón, dice el exguerrillero, va cambiando. Porque él era un niño que sí, trabajaba, la pasaba mal a veces, pero no le guardaba rencor a las personas, no pensaba en hacer daño, no tenía rabia. La guerra en cambio te hace ser alguien que piensa todo el tiempo con odio, al alguien que siempre tiene ganas de vengarse contra no se sabe muy bien qué o quién. 

A los 16, tres años después de esa vida,  en todo caso, el exguerrillero decidió abandonar a los ‘camaradas’. Ya había visto los panfletos que lanzaban los helicópteros  militares y que invitaban a la desmovilización, ya había escuchado en las radios de los campesinos las propagandas del gobierno: “guerrillero desmovilízate, Colombia y tu familia te espera”. Sus comandantes decían que aquello  era un engaño, que quien se desmovilizaba era asesinado por el Ejército, que las propagandas eran como maíz para que llegaran las palomas juntas y fueran sacrificadas. El miedo es otra gran arma. 

Pero el exguerrillero dudaba de esas versiones. Los testimonios de los desmovilizados eran muy distintos a lo que decían los comandantes. Y además las promesas del gobierno le seducían. Como el estudio, por ejemplo. El exguerrillero, cuando ingresó a las  Farc, no sabía leer.

Dudó también cuando lo enviaron a extorsionar a un agricultor que, alguna vez, siendo un pequeño, le dio  trabajo. “Yo puse un plato de comida en tu casa, ¿por qué me haces esto?”, le dijo el hombre y él no supo qué responder. En cambio se preguntaba a sí mismo: ¿qué es lo que estoy haciendo? 

La oportunidad de desmovilizarse se dio por fin después de un malentendido. En la guerrilla acusaron a su comandante de haber despilfarrado en trago y mujeres $150 millones, una acusación al parecer falsa, o por lo menos con acusados que no eran los verdaderos culpables. El caso es que a su comandante, y a todos los que lo protegían,  los iban a matar. El plan era hacerlos pasar por muertos a manos de los paramilitares, para evitarse líos con las familias.

La fuga de aquella condena tardó días. Los emboscaron, se perdieron en la montaña, pasaron días sin comer, se dieron un banquete cuando obligaron a un campesino a que les vendiera un marrano, hasta que llegaron a una base militar donde entregaron sus armas. Entonces, por primera vez en su vida, al niño campesino que se convirtió en guerrillero le celebraron su cumpleaños.  

***

El exsoldado nació en Cali y pasó 24 de sus 25 años de vida en el mismo barrio: El Vallado, Distrito de Aguablanca. Ahora vive en otra zona de la ciudad, haciéndole el quite a la violencia de pandillas. Es lo que ha hecho siempre, esquivar la violencia urbana.  La mayoría de sus amigos de infancia de El Vallado cogieron malos pasos, están muertos, de hecho. Si él nunca integró ninguna pandilla fue por sus padres.

Su familia es cristiana y siempre estuvo a sus espaldas, cubriéndolo de malas decisiones. Porque en algunas zonas del Distrito hay una presión fuerte para los muchachos. En la calle te dicen “sos un cagado” si no hacés esto o lo otro, y él que no esté preparado, o el que no tenga una familia que lo oriente, termina cayendo en la trampa. El ego  te dice que no podés permitir que te consideren débil, “mariquita”, entonces hacés cosas que no querés hacer. Cosas malas. La iglesia también ayudó al  exsoldado para no seguir la misma historia de sus amigos. 

Cuando tenía 21 ingresó a la Marina, pero no propiamente por deseo de hacerlo. En realidad  se sentía acosado. Había estudiado diseño gráfico pero no podía conseguir trabajo y en casa había necesidades por cubrir. Las Fuerzas Militares eran su única opción. La guerra, definitivamente, es una manera de ganarse la vida, no importa de qué lado estés.  

En la Marina permaneció durante un año y medio. Fue dragoneante. Primero empezó en Coveñas, después estuvo en Bogotá  y por último en el Putumayo, donde, dice, se aprende a conocer qué es eso de servirle a la patria.

En el Putumayo tuvo que padecer varios hostigamientos de la guerrilla, por ejemplo. Y el primero fue tétrico. Porque en el Distrito de Aguablanca se acostumbró a escuchar el sonido de  las balas de vez en cuando, con una gran diferencia: había  paredes para resguardarse. 

Cuando sucedía eso, los hostigamientos,  sus generales repetían el discurso que le daban los comandantes al exguerrillero, pero a la inversa. Al exsoldado le decían que la guerrilla era lo peor que podía existir en la Tierra y le mostraban videos para comprobarlo. 

Sin embargo, lo que decían algunos altos mandos era muy distinto a lo que hacían. En una ocasión el exsoldado vio  lanchas cargadas con droga y  no pudo hacer nada para detenerlas. Habían ordenado “de arriba” que las dejaran pasar… ¿para qué estoy aquí?, se preguntó y empezó a considerar una  nueva vida. 

Sobre todo porque no es nada agradable vivir con la zozobra de no saber si al siguiente día seguirás respirando, si al siguiente día vas a pisar una maldita mina y vas a volar en mil pedazos. Renunció.   

Cuando volvió a la ciudad   trabajó un tiempo como guarda de seguridad, pero su sueño era ser empresario. Incluso fundó una microempresa de diseño gráfico.  Hasta allí llegó una tarde el exguerrillero, y el exsoldado, que siempre ha amado la música, estaba cantando.

***

El jovencito que fue desplazado por la guerra nació en San José de la Turbia, un pueblo del departamento de Nariño. Allí llegaron los paramilitares en una noche de 2008. Tumbaron las puertas de las casas, a los padres los sacaron a la calle y a los hijos, adentro, les decían: “¿tu papá tiene un arma? Si tiene, con esa misma te matamos”. 

Su madre alcanzó a oir los gritos de la gente y tuvo una corazonada: era mejor lanzar al vacío  desde una ventana el arma de su esposo, antes de que llegaran a casa los paracos. Eso los salvó de la muerte. Nada, sin embargo,  les evitaría el destierro.

Los paramilitares acusaban a la población de ser colaboradora de la guerrilla y  obligaron a todos a  salir del pueblo. Si regresaban, dijeron, los mataban uno a uno. 

La mayoría se fue para Satinga, un municipio cercano. Dormían en el colegio  y recibían ayuda de Acción Social y de la Cruz Roja. Fue uno de los peores años para muchos. 

Con el tiempo el muchacho desplazado por esa guerra comenzó a estudiar en las mañanas y en las tardes trabajaba en las peluquerías de Satinga.  Es estilista.  En los tiempos libres componía canciones. Una de las primeras se llama ‘Devórame’. Y en 2014, cuando supo de la muerte en Cali de un primo hermano  suyo, asesinado al parecer por un lío pasional, decidió venir a la ciudad “a progresar”, cumplir el sueño que su primo no pudo lograr. Fue cuando conoció al exguerrillero y al exsoldado, que para ese momento ya se habían convertido en grandes amigos. Su pasado en bandos distintos de la guerra no les importó. Finalmente, entre ellos, no había ningún problema y en cambio si un sueño en común: la música. 

***

- La canción en la que contamos nuestras historias de vida está de un ‘cacho’. Apenas le faltan algunos coros, los estribillos, dicen los integrantes  de Sensación Positiva, aún sentados en la cafetería. 

La canción es una forma también de contar esta segunda etapa del grupo. Porque al principio estaba integrado por tres desmovilizados. 

Cuando el exguerrillero se entregó en la base y comprobó que efectivamente había pertenecido a un grupo armado ilegal, pasó a ser parte del programa de reinserción a la sociedad de la Agencia Colombiana para la Reintegración. Con el programa estudió marroquinería, ebanistería, mecánica de motos y en esas  conoció a su novia, la mujer que por primera vez  le celebró un cumpleaños. Era  7  de marzo, y el exguerrillero le dijo que la iba a visitar a su casa. Cuando entró vio globos, una torta, dos copas. 

-¿Tenés una fiesta? 

-No, la fiesta es tuya.  

El exguerrillero no se acordaba de su cumpleaños.  Como nadie  se  lo había celebrado jamás, ni siquiera felicitado, entonces  para él era un día como cualquier otro. Cuando recuerda la fiesta, sonríe grande. 

Los talleres que ofrecía la Agencia Colombiana para la Reintegración, entonces,  se hacían en el Centro de Capacitación Don Bosco, dirigido por el padre Germán Londoño. Fue allí donde, con dos desmovilizados más, surgió la idea de crear un grupo musical de salsa. Era 2007 y decidieron llamarlo Sensación Positiva porque eso es, lo que aún, pretende la agrupación: si antes la guerra generó una sensación negativa en la gente, en las víctimas, que ahora la música genere todo lo contrario. 

[[nid:552271;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/270x/2016/07/p8gacetajul3-16n1photo02.jpg;left;{'Yo te amo' de Sensación positiva. Video Oficial. “No vivimos de la música. Las producciones cuestan mucho y no contamos aún con patrocinador. Por eso cada uno de nosotros tiene un trabajo aparte. Pero el sueño es cantar”.}]]El grupo se fue de gira incluso. Estuvo en Bogotá, en Pereira, en Jamundí, hicieron videos de sus canciones que  se pueden ver en Youtube. Pero pasó que a uno de los muchachos – el primo hermano del joven desplazado por la violencia – lo mataron; otro de los integrantes decidió regresar a su tierra, Nariño. El exguerrillero se quedó solo. 

Sin embargo no renunció a su idea de cantar. La música, dice, hizo que desapareciera toda  la ira que le generó la guerra. La música es a lo que se quiere dedicar cada vez que se levante de la cama.   

Cuando se hizo amigo  del exsoldado, que en Don Bosco estaba haciendo un taller de diseño gráfico, decidieron unirse para relanzar el grupo. Después llegaría el  desplazado, que compuso los nuevos sencillos de Sensación Positiva como una canción que se llama ‘Me tiré la quincena’.

-Con la música queremos llevarle un mensaje al país: a pesar de nuestro pasado  podemos reconciliarnos y trabajar juntos por un sueño, como lo hacemos en Sensación Positiva. Creemos que es importante entregar el mensaje en este momento. Porque el posconflicto va a ser difícil. No todos van a estar dispuestos a entregar las armas. Un comandante guerrillero no va a querer dejar de recibir diez o quince millones de pesos al mes de un momento a otro. Y en la sociedad aún se señala. Que este fue tal y tal. Entonces el tema es complejo, pero creemos que es posible hacer la paz. Nosotros lo demostramos. Y por eso, con la música, queremos insistirle a toda Colombia  que la reconciliación es posible, dicen antes de partir.  

Unos días atrás, en el patio de una casa, los muchachos de Sensación Positiva cantaban: “Es difícil tener que partir sin un rumbo fijo, ver que todo se termina sin ningún motivo;  caras entristecidas por la situación, con un sufrimiento tan grande en su corazón; pero aún así sigo luchando por encontrar la paz, el sentimiento sublime que no hemos podido hallar”… 

La filósofa e historiadora Diana Uribe, alguna vez, dijo: “La cultura cambia la conciencia histórica de una época. Puede cambiar un modelo de venganza por uno de reconciliación. Si la cultura avala la venganza, los pueblos se eternizan en los conflictos. Si la cultura avala la reconciliación, los pueblos hacen virajes en su historia”.

 

 

 

VER COMENTARIOS
CONTINÚA LEYENDO
Publicidad