La muerte sin cruces, la muerte sin flores

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Circasia, Quindío, acoge desde hace 80 años el Cementerio Libre, el más antiguo de su tipo en Colombia, destino final de quienes en vida desearon abrazar la muerte sin cruces ni epitafios. Sin la culpa del infierno o el cielo como premio.

La muerte sin cruces, la muerte sin flores

Noviembre 02, 2012 - 12:00 a.m. Por:
Lucy Lorena Libreros Periodista de GACETA
La muerte sin cruces, la muerte sin flores

El cementerio Libre en Circasia, Quindío, es el más antiguo de su clase en Colombia.

Circasia, Quindío, acoge desde hace 80 años el Cementerio Libre, el más antiguo de su tipo en Colombia, destino final de quienes en vida desearon abrazar la muerte sin cruces ni epitafios. Sin la culpa del infierno o el cielo como premio.

Aquí, en este lugar, Fabio Andrés Daza, que nació en 1985 y murió hace apenas un par de meses, no podría tener —como ahora— una tumba decorada con una fotografía suya a todo color. La última morada de Roberto Ríos López, en vida un carpintero, tampoco permanecería siempre con un vaso de agua, atendiendo la creencia torpe de su tía Rosalba, que dice, Biblia en mano, que a los muertos sienten sed.Marina Giraldo se privaría de tener en su viaje al más allá la compañía de ese Divino Niño en miniatura que saluda con los brazos abiertos desde su lápida. Y los Martínez Buitrago se ahorrarían los pesos que gastan en los gladiolos rosados que cada quince días dejan al pie del mausoleo de la familia.Aquí, en este lugar, no ocurren cosas así. Aquí no hay cruces ni flores. Aquí nadie fue despedido de este mundo con discursos solemnes de sotana ni con redobles de campanas desde la iglesia del parque. Aquí, en el Cementerio Libre de Circasia, un pueblo chico ubicado a diez minutos de Armenia, se cree en la muerte sin cielo y sin infierno. Sin castigos o recompensas divinas.A su modo me lo explica Leonel González, un tipo de palabras escasas y ojos esquivos. Son las 9:30 de la mañana de un viernes de octubre y el hombre, un campesino de tez cetrina y mirada azul, de camisa arrugada y botas de caucho, 48 años, esposa amable y tres hijos, se alista para barrer los pasillos de este cementerio. Otras veces —me contará luego— suele gastar sus horas pintando de blanco las paredes y lavando lápidas. Y el tiempo le rendirá lo suficiente para mantener podados y reverdecidos los jardines, para impedir que el paso de los años borre la tinta negra con los nombres de cerca de 600 difuntos que reposan aquí, en este lugar, desde hace más de 80 años. Y, claro, para sepultar a quienes en vida desearon abrazar la muerte sin cruces ni epitafios. Sin el látigo y la culpa de la Iglesia. Leonel lleva cinco años en esas.Gracias a esas manos suyas, ásperas como lija, es que este cementerio, que cabe en la mirada y se alza sobre una pequeña colina a la salida de Circasia, luce siempre como esta mañana de viernes: limpio, ordenado, como cielo en tierra, como de postal. Porque sucede que aquí, en el Cementerio Libre, aunque la muerte debería ser lo de más, parece en realidad un asunto menor. Gracias a esas manos, de repente morirse no es tan grave. La muerte se antoja bella, delicada. Ni siquiera se te hace absurdo que un cementerio quede, como este de Circasia, pegadito a un parque infantil donde los niños juegan en columpios y pasamanos. Es casi una metáfora: la vida queda a solo un paso de la muerte. Hoy vives, mañana quién sabe.Gracias a lo que logran esas manos de Leonel, en fin, entiendes que esa muerte —siempre tan temida— no es más ni menos misteriosa y trascendental que la vida: tiene de flor y tiene de espinas. Amén.Eso de desacralizar la muerte lo entendió desde muy joven don Braulio Botero Londoño, un hacendado nacido en La Unión, Antioquia, cuya familia migró a Circasia, en pleno fragor de la colonización antioqueña, a comienzos del siglo pasado. Fue él quien impulsó la construcción del Cementerio Libre. Una estatua suya, de hecho, es lo primero que recibe, junto a dos hermosas araucarias, a quienes visitan el lugar. Todos en Circasia lo llaman un librepensador. Uno de los hombres más cultos que ha nacido por estos lados. El asunto lo conoce bien John Jaramillo Ramírez, profesor y miembro de la Academia de Historia del Quindío. Pregúntele no más y enseguida le contará lo que aquí pasó: el ‘Florero de Llorente’ de esta historia fue la muerte, en la vereda La Concha, hacia 1928, de Valerio Londoño —tío de Braulio— a quien “por sus creencias religiosas y filosóficas, y por oponerse a que la educación religiosa debía estar en manos exclusivas de la iglesia católica, el entonces párroco de Circasia, Manuel Antonio Pinzón, le negó la sepultura en el cementerio ‘Los ángeles’ administrado, como casi todos los del país, por la Iglesia”. Viuda e hijos, con el tiempo en contra y un cadáver sin destino, viajaron con el muerto hasta Armenia, pero allá también les dijeron no. La negativa se repitió en Calarcá, en Montenegro y en Filandia. Los Londoño lo supieron luego: el cura Pinzón había telegrafiado a los párrocos de todo Quindío para que Valerio y los suyos pagaran caro el desafío. Cuenta el profesor Ramírez que la familia no tuvo más remedio que inhumar el cuerpo en los jardines de su propia casa. El padre Pinzón, ni más faltaba, volvió a la carga y entonces denunció ante la Policía que el muerto “había sido sepultado en un lugar inadecuado y que ese cadáver estaba contaminando las aguas del pueblo”. Sucedió, pues, lo que era apenas lógico en un país clerical que parecía tener por ese entonces más iglesias que casas: el cura tenía la razón y los Londoño debían ser llevados presos, Braulio entre ellos. Sería esa la primera piedra que se pondría para la construcción del lugar en el que las prostitutas, los suicidas, los comunistas, los ateos y todos aquellos huérfanos de fe y religión podrían ejercer su legítimo derecho a morir y tener una última morada. La idea solo pudo materializarse hasta 1930, después de tres décadas de hegemonía política conservadora, con el ascenso a la presidencia de Enrique Olaya Herrera —un “liberal de hueso colorado”, como escribiría Gabo— que obviamente ‘excomulgó’ desde la Casa de Nariño a quienes creían que la Iglesia podía hacer su voluntad acá en la tierra como en el cielo.Tras la ‘bendición presidencial’, Miguel Botero Bernal, padre de don Braulio, donó el lote ‘El mangón’. Las señoras sin camándula donaron sus joyas para recoger los 500 pesos que costaba la obra. Se hicieron bailes en ‘El Casino’ y también bazares. ‘Cantarillas’, les decían por ese entonces. Se creó una junta Pro-Cementerio Libre, con Braulio Londoño, Guillermo Echeverry y Julio Gaviria Lince, tres notables del pueblo, a la cabeza. Al entusiasmo se sumó la experiencia del ingeniero mecánico alemán Antonio Schifferl, quien se hizo cargo gratuitamente de la dirección de la obra. Hasta la muerte, tan democrática ella, hizo su donación: el cuerpo de otro ciudadano alemán, Hermann Deluis, asesinado en una calle de Circasia, quien “al morir sin confesión y siendo luterano, también le niegan la entrada al cementerio católico”, recuerda el profesor Ramírez.En pocos meses la construcción fue abrevando el estilo arquitectónico que aún conserva: el republicano. Cuatro bóvedas verticales adornadas con símbolos masónicos —destinadas para el futuro descanso eterno de don Braulio, Schifferl, Echeverry y Londoño— dominaban la construcción con un mensaje claro: por sus ideas radicales ellos, hasta después de muertos, debían permanecer de pie. La sotana de un nuevo párroco, Azarías Cardona, se agitó con ira santa desde el púlpito para impedir lo que parecía inevitable. Pero sus oraciones no fueron escuchadas: nacía en las montañas quindianas el primer cementerio laico de Colombia. Leonel González conoce poco, muy poco la historia del Cementerio Libre. De eso y de la muerte, a pesar de que vive tan cerca de ella. ¿Acaso qué es la muerte? “Yo eso ni lo pienso. ¿Quién sabe cómo será? Si será para descansar, como muchos creen, o antes para trabajar más duro. Ninguno se me ha aparecido pa’ contarme cómo es eso por allá. De pronto es tan duro el trabajo que no les queda tiempo pa’ asomarse por acá. O es tan bueno que no quieren perder el tiempo aquí”. Su casa —en el pasado habitada por don Braulio y su familia— está justo enseguida de ese lugar a cielo abierto que él enluce a diario con tanto esmero. Su casa tiene un nombre que se lee en la entrada con caligrafía bien cuidada: La Libertad. Un pequeño museo que atesora fotos, documentos y pertenencias del fundador del cementerio. Es que Leonel, como si no tuviera suficiente con sus labores de aseo, jardinería y pintura, también hace rendir el tiempo para servir de guía turístico. Enseña por ejemplo el baúl que don Braulio llevaba a sus viajes por Europa donde vivió como diplomático por largos años. La foto memorable de la visita de Jorge Eliécer Gaitán poco tiempo después de que el cementerio fuera terminado. Los diplomas en los que consta que la única religión que profesaba Londoño Botero era la masonería. Gran caballero Kadosh del Águila Blanca y Negra se lee en uno de ellos. Grado 33, advierte otro en letras de molde. Apurando una taza de café, en pleno parque central de Circasia, Juan Fernando Londoño, nieto de don Braulio, se muestra orgulloso de que su pueblo haya sido fértil en eso del “libre albedrío para pensar. No me pregunte por qué, pero Circasia ha sido habitada siempre por librepensadores. En el caso de los gestores del cementerio, se trató de gente que había leído a los enciclopedistas franceses. Eran hombres que se reunían a estudiar los cambios políticos y sociales del mundo, que saludaron con entusiasmo la Revolución Rusa, el socialismo, el movimiento de María Cano, a quien varias veces invitaron al pueblo. Pero siempre se tropezaron con las sotanas”. Juan Fernando está seguro de que la historia del cementerio resume bien lo que ha sido la vida misma de este país. El lugar, por ejemplo, fue quemado y arrasado durante los años de la violencia política tras la muerte de Gaitán. Donde lo mismo se empuñaba el fusil que la intolerancia. Los pájaros conservadora, acusaron varios. El cementerio permaneció en total abandono hasta los años 70, cuando don Braulio regresó de Suiza, en donde tuvo que exiliarse huyendo justamente de la violencia partidista. Tan parecida es la historia del Cementerio Libre a la de este país, que aún muchos años después de su fundación, los sacerdotes, tan dados a amenazar con el fuego eterno desde los altares, “seguían excomulgando a las familias que enterraban a sus muertos en el Cementerio Libre. Con todo y eso, en el ese panteón laico fue enterrado Fortunato Gaviria, abuelo del expresidente César Gaviria. Y los padres de Carlos Lehder, el famoso narcotraficante quindiano”, recuerda Juan. Hasta el escritor Gustavo Álvarez Gardeazábal tiene separada una bóveda para cuando se marche del mundo de los vivos. “Aquí es famosa la anécdota —cuenta el hombre— de un señor Ramírez, ateo, dueño de una ferretería ubicada en la esquina del parque. Un día, saliendo de su negocio, un rayo lo mató. Claro: la iglesia cobró. Y les advirtió a los ingenuos devotos que eso mismo les sucedería a los que se atrevieran a llevarle la contraria a Dios”. Un grupo de jóvenes subió el volumen de la rebeldía y formó el Club de los Suicidas. Buscaban la muerte cada ocho días, al compás de ‘Triste domingo’, una canción de Agustín Magaldi. La Iglesia alzó su voz, pero nada evitó que durante una década los tipos se citaran clandestinamente para celebrar la muerte. Para ir por ella. Esta tierra fértil de librepensadores los justificaban: finalmente esos muchachos no hacían otra cosa que adelantar un desenlace que siempre será inevitable: morirse. Leonel, en cambio, se echa la bendición cuando oye mencionar la palabra suicidio. “Es que yo, de verdad, soy más bien creyente. Si tuviera que elegir en cuál cementerio terminar enterrado escogería el católico”.No tendrá que ir muy lejos de su casa, seguro. Porque Circasia es tan pequeña que el Cementerio Católico y el Cementerio Libre están apenas separados por una calle. En el primero las reglas quedan claras desde la entrada: “Espero la resurrección de los muertos”. En el segundo la única ceremonia que se admite es la del afecto y la amistad. Mientras en el primero se entierran en promedio unos 150 cuerpos al año, en lo que va de 2012 al cementerio laico han llegado apenas 6 difuntos. Ni siquiera uno al mes. Intuyo con buen juicio, pues, que el día que muera Leonel González, habrá en su tumba vasos con agua para la sed en el más allá, gladiolos rosados o un Divino Niño saludando con sus brazos extendidos. Su deseo lo ha expresado en vida: “A mí que me lloren y que me recen. A mí que me pongan una cruz y me lleven flores”.

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